Quienes me inspiran a seguir

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domingo, 30 de diciembre de 2012

Enfado



— ¡Imbécil! —gritó Cassandra antes de soltarle una tremenda bofetada.

Ángel sabía que merecía ese golpe, pero jamás pensó que en verdad ella fuera capaz de levantarle la mano a alguien alguna vez en su vida. Se llevó la mano a la mejilla y sintió el ardor, aunque más le dolió la mirada herida que la muchacha le entregaba.

—Merecía eso, lo acepto —asintió Ángel, rascándose la cabeza y evitando que la muchacha le arrojara la mochila, retrocediendo un paso en el pequeño ascensor—. ¿Ahora puedes escucharme?

— ¡Soy paciente pero no idiota, Ángel del demonio! —continuó gritando ella, roja de cólera— ¡La próxima vez que quieras hablar conmigo, llámame por mi nombre!

Las puertas del ascensor se abrieron y Ángel vio a Cassandra bajar como una exhalación, dando fuertes pisadas y lanzando maldiciones a diestro y siniestro. Quiso sentirse mal por lo que le estaba haciendo, pero incluso molesta esa muchacha era capaz de sacarle una sonrisa y hacerle pensar que no había mujer más dulce y tierna que ella en el mundo. Por eso, aún sabiendo que llegaría tarde a su trabajo, bajó corriendo del ascensor tras ella hacia la puerta del departamento de Cassandra, donde ella peleaba con sus llaves.

—No te enojes, Cass —rió él al llegar a su lado, abrazándola por la espalda y reteniéndola contra su pecho— Te prometo que no volverá a pasar.

— ¡Suéltame! —chilló ella, pataleando y empujando para tratar de soltarse— ¡Ángel, déjame en paz! ¡Basta! ¡Vete!

—Solo te soltaré si dejas de gritar, los vecinos piensan que te estoy secuestrando —anunció él, sonriente.

Cassandra dejó de patalear y observó a su alrededor, donde todos sus vecinos estaban asomados a las puertas de los departamentos. Pudo ver que uno de ellos llevaba incluso un bate y un teléfono en las manos. El color inundó sus mejillas y ella agachó la cabeza, totalmente avergonzada.

—No gritaré, lo prometo —dijo Cassandra de manera sumisa antes de mirar a sus vecinos y comenzar a repartir disculpas por el escándalo.

Ángel la observó con una sonrisa hasta que el último de los mirones se hubo escondido en la tranquilidad de su hogar. Luego la vio suspirar, cansada de la situación antes de voltearse a mirarlo con esos ojos que a él tan loco lo ponían. No podía evitar llamarla de esa manera cuando la veía, pero para cuanto comenzaban a hablar él ya había asimilado que esa muchacha no era Edén, sino Cassandra.

—Oye, no me mires así —rogó Ángel, tomándole las manos y retomando la palabra antes de que ella pudiera quejarse o decir nada—. Lamento llamarte siempre Edén, Cassie, pero cuando te veo de lejos apenas puedo distinguirlas, se parecen demasiado. Aunque en mi defensa, sé que eres tú. No hay chica más linda en el mundo que tú…

—Seguramente se lo decías a ella también, ¿o no? —Cassandra se soltó de las manos de Ángel y puso los brazos en jarra, aún demasiado molesta— Seguramente la enamoraste de la misma manera en la que enamoraste a mí, tonto grave, idiota, imbécil, tarado…

Él no pudo evitar sonreír ante las palabras de ella. Sabía que Cassandra no tenía mala intención al decir lo que le había dicho, sino más bien que no era capaz de contener su enfado. Por eso se inclinó hacia ella y la abrazó, pegándola con fuerza contra su pecho para no darle oportunidad de escape mientras susurraba contra su oído:

—Entonces… ¿Estás enamorada de mí?

— ¡No ignores mis insultos, maldición! —chilló ella otra vez, roja hasta la raíz del cabello.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Cassandra



Podía sentir que se desmoronaba a cada palabra que él pronunciaba. Cada uno de los sonidos que de sus labios perfectos y masculinos salía era como una daga afilada que iba directamente a su corazón. Angélica, a su lado, sujetaba su mano con fuerza, como siempre siendo su pilar. Frente a ella y junto a Ángel, Mabel se miraba las uñas como si en realidad no tuviera la mayor importancia toda la información que se encontraba recibiendo.

—Entonces, a ver si entiendo bien —tartamudeó Cassandra, tomando una profunda inspiración para mantener la calma—. Soy igual a tu ex novia, Edén, que falleció hace un año y por eso a veces me llamas así, porque piensas que ella está viva o se te olvida que está muerta y… —se detuvo, incapaz de continuar hablando.

—Estás enfermo —soltó Angélica, levantándose de un salto y decidida a llevarse a su amiga de allí—. Tratas de reemplazar a esa tal Edén con Cass. Eres un desquiciado.

—Más respeto, niña —intervino Mabel, arrugando el ceño—. Estás en el departamento de mi amigo y de quien hablas también era mi amiga. Cuidado con lo que dices.

—Lo siento, su alteza, pero tu amigo está loco y tu otra amiga no se puede ofender porque está muerta —contraatacó Ange, furiosa—. ¿Qué esperas que diga Cassie? ¿Esperas que luego de que él la engañara y después, porque es acorralado se decida a contarle y ella, tan campante le diga que…?

—Está bien —cortó Cassandra las palabras de su amiga, mirando a Ángel. En ese momento parecía el hombre más desdichado del mundo y eso fue mucho más doloroso para ella que todo lo que acababa de suceder. Angélica se giró a mirarla, boquiabierta—. Ángel, no entiendo tus razones pero… Está bien. O sea, me molesta un poco y claro que me duele, pero no mata el dolor. Además, ahora lo entiendo. Amabas a Edén, aún la amas y te cuesta olvidarla. Y no quiero que la olvides porque sé que en el fondo también me quieres a mí lo suficiente como para decirme cosas lindas.

— ¡Cassandra! —gritó Angélica, sin poder creer lo que su amiga estaba diciendo.

—Está bien, Ange —Cassandra miró a su amiga con una sonrisa en el rostro—. Sé que en el fondo Ángel me reconoce. Sé que él me mira a mí la mayor parte del tiempo, sé que él está consciente de que yo me llamo Cassandra, no Edén.

Ángel la miró con los ojos abiertos como platos, al igual que Mabel. Angélica, por su parte, solo levantó a su amiga del brazo y salió casi corriendo con ella del departamento sin siquiera darle espacio o derecho a replicar nada.

No podía creer lo que acababa de escuchar. Era como si de pronto le hubieran dado vuelta encima un balde de agua fría. Mientras le contaba a Cassandra sobre su Edén, había esperado que luego le gritara de todo, porque sabía que se lo merecía. Esperó un berrinche, una bofetada, gritos como los de Angélica, pero en los escasos segundos en los que ella se mantuvo en silencio y él se mantuvo escuchando la discusión de Ange y Mabel no imaginó que ella actuara de esa manera. Cassandra le había hablado con tacto, cariño y afecto, con una voz suave y una mirada sincera que él apenas había sido capaz de sostener por más de un segundo.

Si hubiera sido Edén, seguramente hubiera gritado, le hubiera golpeado y, seguramente, le hubiera mandado a la mierda. Pero Cassandra no era Edén y solo con eso había sido capaz de darse cuenta. Cassandra, a pesar de ser casi una fotocopia de su amada Edén, no era ella. Tenían el mismo corte extraño de cabello, llamativo, pero lo portaban de dos maneras completamente diferentes. En Edén ese estilo se veía rudo, fuerte, el estilo de una mujer segura. En Cassandra, en cambio, hacía resaltar su ternura y lo diferente que era del mundo. Tenían el mismo color chocolate en su mirada, pero mientras que en Edén su mirada decía siempre “púdrete”, la mirada de Cassandra era amable y gentil, bondadosa.
Eran muy diferentes y solo con esas pocas palabras el mundo lo había obligado a asimilarlo.

— ¿Estás bien? —miró a Mabel, me le acariciaba el hombro con cariño. En los ojos verde botella de ella pudo ver preocupación y un deje de asombro aún.

—Sí, eso creo —dijo Ángel, encogiéndose de hombros y fijando su mirada avellana en el lugar donde antes había estado sentada Cassandra.

— ¿Qué vas a hacer? —continuó la mujer con el interrogatorio— Seguramente y aunque no lo dijo abiertamente, debe estar muy enojada. ¿Lo vas a dejar así y seguirás con tu vida o continuarás buscándola, tratando de convertirla en Edén?

Ángel sabía que Cassandra jamás sería Edén. Acababa de notar todas esas pequeñas diferencias y sabía que con el tiempo descubriría más y más sobre ella, diferencias que seguramente le gustarían más de lo que estaba dispuesto a aceptar. Y aunque no quería dejar ir el recuerdo de Edén de momento, estaba seguro de que no quería perder a Cassandra.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Doppelganger



Mabel no podía creer lo que sus ojos veían, por lo que se obligó a parpadear un par de veces solo para cerciorarse de que no era una ilusión. Y no lo era. La muchacha frente a ella, con esa sonrisa tímida y ese porte avergonzado era real, tangible. Junto a la muchacha, Ángel sonreía como si estuviera demente, como si hubiera perdido el juicio. Y sintió que ella estaba a punto de perder el último tornillo que le quedaba.

—Mucho gusto, me llamo Cassandra —dijo ella sin dejar de sonreír—. Ángel me ha hablado mucho de usted, estaba ansiosa por conocerla.

—Ajá… —Mabel se obligó a salir de su trance cuando el timbre sonó.

—Debe ser Ange —dijo Cassandra, saliendo disparada a abrir la puerta del departamento de Ángel mientras el timbre sonaba con insistencia—. ¡Ya voy!

La mujer de ojos verde botella no perdió ni un solo segundo, sabiendo que el tiempo era valioso. Se acercó a Ángel en solo una larga zancada, le aferró el brazo con fuerza y le susurró al oído todo lo bajo y controladamente que pudo.

—Dime que no te las diste de doctor Frankenstein, por favor…

—Tampoco es un vampiro, ni una ilusión, ni un clon —enumeró Ángel seriamente, viendo como la amiga de su novia entraba en el departamento—. Aunque bien podría ser la gemela perdida, ¿no lo crees?

—Muy gracioso —Mabel se apartó de él solo para observar a la muchacha nueva que entraba en la estancia, quedando con la boca abierta. Otra vez. Era igual a… Pero no, seguramente era una muy mala coincidencia.

—Ángel, Mabel —Cassandra abrazó a su amiga por sobre el hombro, sonriente—. Esta es mi mejor amiga y compañera de universidad, Angélica. Ange, ellos son Ángel, mi novio y Mabel, su mejor amiga.

— ¡El diablo existe! —gimió Mabel, viendo como “Angélica” se cruzaba de brazos y la miraba con expresión huraña y altiva. Ángel estalló en una carcajada— ¡Eres como sacada de FIPA! —gritó, señalándola con el dedo.

— ¿Siempre son tan raros, Cass? —inquirió la aludida, mirando a su amiga con una ceja alzada. Cassandra rió de manera nerviosa— Y deja de señalarme con el dedo, ni siquiera te conozco para que te des esas libertades conmigo. ¡Por Dios! Que cada vez te buscas gente más rara para tener cerca…

— ¿Cómo tú? —Cassandra se encogió de hombros, sonriendo dulcemente.

—Si sigues tentándome vas a tener que recordarme por qué somos amigas —amenazó, dejando con la boca abierta a Ángel y Mabel—. ¿Y estos qué? Les van a entrar moscas a lo que no cierren la boca.

— ¡Ange! —exclamó Cassandra, llamando la atención de su amiga, que se limitó a resoplar.

—Ange nada. Ahora entiendo porqué estás tan loca, con una mujer así cerca quién no lo estaría —Angélica señaló a Mabel, que se cruzó de brazos, indignada.

—Por lo menos no soy una niña que busca llamar la atención con palabras afiladas —contraatacó la mujer, aún a pesar de continuar sorprendida por la escena.

— ¡Já! Seguramente hablas de Cassandra —Ange se encogió de hombros mientras su amiga simplemente se dejaba caer en un sillón, enfurruñada—. Aunque debo admitir que para ser anciana, no eres tan lenta.

—Y tú no pareces del todo una niña inmadura que planea perderse en una orgia de sexo, drogas y alcohol —agregó Mabel, sonriendo.

Había pasado muchísimo tiempo desde la última vez en la que se había perdido en una pelea verbal de aquellas. Lo había extrañado. Era como pelear contra sí misma, algo que solo pasaba en su mente la mayor parte del tiempo. Se preguntó si Cassandra podría, si acaso, ser un buen material para enseñarle a pelear con las palabras pues estaba segura que si Ángel mantenía una relación con la muchacha a largo plazo, tendría que aprender a apañárselas para no aburrirse como una ameba. Miró a Angélica, que ahora discutía contra Cassandra, que parecía a punto de llorar. No, no sería buen material. Lástima.

—Parece que te la estás pasando muy bien —su mirada verde botella se clavó en Ángel, que sonreía a pesar de que a su nueva novia parecían estarla masacrando verbalmente.

—No significa que apruebe lo que estás haciendo —suspiró, cruzándose de brazos otra vez y tratando de camuflar sus palabras con la conmoción—. Edén no volverá y, aunque esa niña se parezca físicamente a ella, no es ella. No es Edén, Ángel. No trates de pensar que regresó porque no lo hizo.

Un minuto de silencio y notó que Cassandra y Angélica miraban en su dirección fijamente. En ese momento más que antes parecía que Cassandra reventaría en llanto de un segundo a otro, mientras que Angélica tenía una mirada que le recordó, sino al cien por ciento, a la mirada de su protagonista en Formas Idiotas Para Amar.

—Ángel… —titubeó Cassandra, apretando las manos en puños al parecer como iniciativa para reprimir un ataque de histeria— ¿Quién es Edén?

lunes, 24 de diciembre de 2012

Porque Eres Tú



No esperó una respuesta, simplemente gritó antes de cerrar la puerta del departamento con fuerza solo para encontrarse con esos ojos avellana que lograban poner su mundo de cabeza. Sonrió, una sonrisa demasiado real y sincera, impulsiva. Sintió los brazos de él rodeando su cintura, levantándola del suelo a pesar de ser ella casi igual de alta que él. Los labios de él se pegaron a los suyos con tanta suavidad que sintió se derretía por culpa de esa caricia.

— ¿Lista para nuestra cita? —consultó Ángel, abrazando a Cassandra contra su cuerpo.

—Yo nací lista —rió ella, remeciendo todos los sentidos de él.

Ángel estaba cada vez más seguro de que esa era una nueva oportunidad de la vida para volver a estar con su Edén. Y aunque su cuerpo había abandonado aquel mundo hacia no mucho tiempo, estaba completamente seguro que el alma de su amada había emigrado para salvarse, refugiándose en el cuerpo de esa chica que estaba ahora entre sus brazo.

Tomó la mano de la muchacha y tiró de ella hacia el ascensor, escuchándola reír a cada paso que daba mientras le comentaba sin parar cosas que él no alcanzaba a entender. Se había acostumbrado a esa nueva parte de ella, ese factor hablador y sincero, pero al mismo tiempo enfurruñado y vergonzoso. Le gustaba eso de ella, le gustaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

— ¿Me repites los nombres de quienes te molestan? —inquirió Ángel mientras salían del edificio, mirándola fijamente mientras hablaba de sus compañeros de universidad.

Cassandra lo miró como si le hubiera salido un tercer brazo pero en medio de la frente.

—Nadie me molesta, Ángel —dijo ella, curiosa—. Si alguien se atreviese, seguramente moriría en las garras de Ange. Aunque ella es buena cuando la conoces, no te asustes —agregó riendo, sin percatarse en la expresión de Ángel.

A veces se le olvidaba que no era ella al cien por ciento. Eran iguales en muchos sentidos, menos en ese. Cassandra era una muchacha amada por todos, que repartía su cariño a partes iguales entre quienes le rodeaban. Le era extraño. De pronto se sentía celoso, poco valorado, molesto porque la atención de ella no le perteneciera por completo. Pero se obligó a recordarse que esa “nueva Edén” venía así y que tendría que acostumbrarse a eso si quería mantenerse a su lado. No le gustaba que ella no dependiera tanto de él como antes.

—Llegamos —sonrió triunfal Ángel, saliendo de sus pensamientos y sonriendo casi como el Jocker.

— ¡Qué lindo! —exclamó Cassandra, con los ojos brillantes y una sonrisa deslumbrante en el rostro.

—Sabía que te gustaría —Ángel la abrazó por sobre el hombro, orgulloso—. He querido traerte desde hace mucho.

—Claro, mucho tiempo —la muchacha le dio un codazo juguetón, guiñándole un ojo—. ¿Desde hace dos semanas, quizás?

—Puede ser —él se encogió de hombros, perdiéndose en la vista de las flores multicolores que se extendían ante ellos.

—Pero bueno, no te equivocaste —ella se inclinó hacia él y besó su mejilla, sonriente—. ¿Cómo sabías que me encantan los girasoles?

—Lo sé porque eres tú —Ángel la miró un segundo, perdiéndose en esos expresivos ojos color chocolate de los que se había enamorado—. Porque tus ojos son como las páginas de un libro, esperando ser leídos solo por mí. Esperando a que descubra todos tus secretos, mi Edén…

Cassandra abrió los ojos como platos y sintió que se le desencajaba la mandíbula. Ángel la miraba como si no la hubiera visto en muchísimo tiempo, la observaba con una clara devoción y tanto amor que se sintió perdida. De pronto todo su cuerpo temblaba, sentía la garganta obstruida por una roca y apenas podía mantener las lágrimas fuera de sus ojos.

— ¿Cómo… me llamaste? —inquirió Cassandra, alejándose de él un paso y obligándolo a salir de su ensoñación.

—Cassandra —dijo él rápidamente, sin pensarlo, casi de manera mecánica—. Ese es tu nombre —sonrió, acercándose lentamente a ella y tratando de tranquilizarla con un abrazo—. ¿Por qué? ¿Qué escuchaste, preciosa?

—Yo… —ella tartamudeó, sin saber qué pensar. Tal vez había escuchado mal, tal vez se estaba imaginando cosas. Como fuese, las manos de Ángel acariciando su espalda con cuidado y delicadeza lograron calmarla, hacerla sonreír— Nada, perdona. Esta semana la universidad me tuvo de cabeza y estoy actuando como una desquiciada.

—Una desquiciada adorable —rió Ángel, abrazándola con más fuerza para que no viera su expresión culpable.

En ese momento se sentía como un verdadero hijo de puta por hacerle eso.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Apropiado



No podía creer lo que estaba haciendo pero allí estaba, a las ocho de la mañana sentada en el sillón del departamento de un desconocido, con un vaso de jugo de manzana en las manos y esperando a que ese desconocido terminara de hacer lo que fuera que estaba haciendo en el baño. Bien podía ser un psicópata violador, pero ahí estaba, idiota como ella sola, aceptando una invitación a desayunar de alguien que apenas conocía. Sacó el móvil de su bolsillo nerviosamente y envió un mensaje corto y conciso a su hermana mayor y a su mejor amiga avisando sobre la tamaña estupidez que estaba haciendo, diciendo que si no daba señales de vida en una hora, la buscaran con un equipo SWAT en el departamento del susodicho.

—Ya me decía Ange que estoy más loca que una cabra… —suspiró Cassandra, recordándose que era la mayor idiota de todo el universo.

— ¿Quién es “Ange”…?

Solo por inercia y debido al susto, Cassandra le arrojó todo el contenido de su vaso al psicópata violador que acababa de asustarla antes de levantarse de un salto del sillón, tropezando con la alfombra y cayendo al suelo entre la mesita de cristal y el sillón de piel en el que antes hubo estado sentada. Ángel observó la escena, atónito, con jugo de manzana cubriendo su rostro y buena parte de la camiseta que se acababa de poner. La muchacha volteó a verlo, asustada, y él decidió que era la cosita más adorable del mundo.

— ¡Perdón! —chilló la muchacha, levantándose torpemente del suelo para quedar frente al hombre— En serio lo siento, es que me asustaste… Perdón.

—Tranquila, no pasa nada —Ángel se encogió de hombros, sonriendo—. Un poco de jugo no me va a matar. Ni que fuera ácido —y despareció entre carcajadas de vuelta al baño.

Cassandra levantó el vaso vacío del suelo y observó a su alrededor, encontrando la entrada de la cocina a unos pasos de ella. Se encaminó hacia allí con pasos nerviosos y tímidos, dejando el vaso en el fregadero antes de lavarse rápidamente las manos allí y secarlas en sus pantalones antes de volver al sillón como si no hubiera pasado nada. Y es que ahora se sentía como la reina de las idiotas, por lo que escondió el rostro entre las manos tratando de no gritar de frustración.

— ¿Porqué siempre tiene que verme hacer el ridículo…? —suspiró, a punto de un colapso nervioso.

—Tus ridículos me parecen adorables…

La muchacha volteó a ver en dirección de la voz con el corazón en la mano, a punto de entrar en paro cardiaco. Allí, junto al sillón y con una camiseta diferente estaba ese hombre, con esa enorme sonrisa preciosa y sincera, con esos ojos avellanas tan lindos y brillantes, tan…

— ¡¿Porqué tienes que asustarme así?! —gritó Cassandra, roja hasta las orejas. Y estaba roja de indignación, aunque también de vergüenza.

—No es mi culpa que esa cabecita linda esté siempre en las nubes —Ángel le acarició los cabellos con dulzura, viendo la expresión enfurruñada de ella.

—No estaba en las nubes, tú apareces de la nada como un ninja —gruñó ella, sonrojada.

— ¿Ninja? —él se sentó a su lado, esperando saber más.

—Sí, como los de las películas —continuó Cassandra, encogiéndose de hombros—. No me sorprendería que tu nombre fuera de esos raros, como chino-mandarín o algo así.

Ángel explotó en una sonora carcajada, sintiendo su corazón inundado en felicidad. Ella era igualita a Edén, tenían los mismos gestos y usaban las mismas palabras rebuscadas pero adorables. Incluso eran del mismo tamaño, altas y delgadas, hermosas. Tan hermosas que él no podía simplemente ignorar el magnetismo de esa segunda Edén que se presentaba en su vida para sanar las heridas.

—Pues para que sepas, me llamo Ángel —rió él, viendo la expresión contrariada de ella.

—Oh… —Cassandra observó fijamente a Ángel, sorprendida— Pues, para que sepas y para que te suba el ego, ese nombre es muy apropiado para ti.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Casualidad



Estaba todo lo que se llamaba agotado. Había tenido la peor noche de su vida en el trabajo y lo único que quería era subir a su departamento, tirarse sobre la cama y dormir hasta que se le salieran los ojos. Lo bueno era que no tenía que trabajar esa noche porque, para su bendición, habían comenzado sus bien merecidas vacaciones. Aunque no es que la idea le entusiasmara, después de todo no tenía con quién pasarlas. Edén no estaba, Mabel se había ido de viaje por trabajo y no había visto en un mes a esa muchacha que le recordaba tanto a ella.

Sí, ya lo había aceptado… Edén no volvería ni siquiera pareciéndose a otra persona. Aunque Mabel había sido quien le había ayudado a entenderlo. Quizás, si hubiera estado solo, no hubiera podido con todo eso.

Atravesó las puertas de entrada de su edificio, saludó al recepcionista con un movimiento de cabeza y se encaminó casi arrastrando los pies hasta el ascensor, pulsando el botón y apoyando la frente contra el muro mientras esperaba que la máquina bajara y rogando por no quedarse dormido. Cuando el ascensor hubo llegado abajo y abierto sus puertas para él, entró aún arrastrando los pies y pulsó el botón del quinto piso.

Y justo antes que las puertas comenzaran a cerrarse, una figura se coló en el ascensor.

Abrió los ojos sin poder creer del todo lo que veía. Ella estaba frente a él, con la respiración agitada y mirándolo como si se tratase de un fantasma. Sus enormes y expresivos ojos color chocolate estaban fijos en los suyos, unidos como dos imanes extremadamente poderosos.

—Buenos días —dijo de pronto ella, bajando la mirada hacia el suelo mientras el ascensor iniciaba el ascenso.

—Buenos días —dijo él, sonriendo enternecido al notar las mejillas sonrojadas de ella—. ¿A qué piso vas?

—Am… —Cassandra volteó a ver el panel de botones, su corazón latiendo a mil por segundo— Al quinto también…

Definitivamente había hecho algo muy bueno alguna vez en su vida para recibir un regalo así por parte del cielo. La vio apretujarse contra la esquina del ascensor, mirando el suelo metálico fijamente y con el cabello cayendo en cascada, tapando la expresión aniñada que estaba seguro tenía en ese momento. Sonrió cuando las puertas se abrieron y él las detuvo, notando que la muchacha parecía no tener intenciones de salir de allí.

— ¿Vienes? —consultó, ganándose una mirada sorprendida.

Cassandra salió del ascensor sin decir una sola palabra, sintiendo cómo las puertas se cerraban tras ella cuando Ángel había sacado la mano para mantenerlas abiertas. Decir que estaba nerviosa era poco comparado a todo lo que sentía. Cuando lo había visto en lo primero que había pensado fue en la botella vacía que llevaba dentro de la mochila. Luego había pensado en Angélica y sus palabras para, después, pensar en que Dios tal vez no era un tan mal modelo a seguir. Descartó el último pensamiento, devolviéndose a la realidad cuando se encontró con los ojos de él.

Ángel no había podido resistirse. En cuanto ella hubo salido del ascensor, simplemente se había quedado clavada en su sitio, como si esperase que un agujero se abriera bajo sus pies y la succionara. Se veía adorable y confundida, con la cabeza en otro lugar. Por eso se había arrodillado frente a ella para encontrar sus ojos y poder decir, sin temor a equivocarse, que estaba dispuesto a tomar esa oportunidad para rehacer su vida.

— ¿Qué haces? —susurró Cassandra, atónita al notar que el hombre estaba arrodillado frente a ella.

—Miro tus ojos —fue la simple respuesta de Ángel, que mantenía la sonrisa en sus labios—. Son muy bonitos, deberías mantener la frente en alto para que todos pudieran maravillarse con ellos.

—Eso fue rebuscado —no pudo evitar sonreír mientras él se levantaba, siguiéndolo con la mirada—. Pero tal vez un poco, un poquitito bonito.

—Gracias —él hizo una reverencia exagerada que sacó una carcajada de Cassandra, que en ese momento, adoraba las casualidades y que el mundo fuera un pañuelo.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Comparación



Por alguna razón, simplemente no podía dejar de pensar en él. ¡La sacaba tanto de quicio! Era un hombre muchísimo mayor que ella que alucinaba con otra persona al verla. Era la cosa más insana que había visto jamás pero… No podía olvidar la forma en la que la había mirado esas tres veces que se habían visto, cada una más bochornosa que la anterior. Bochornosa para ella, por supuesto.

—Te gusta, eso es lo que pasa —dijo con seguridad Angélica, depositando una botella de agua frente a su amiga.

Y definitivamente el peor error que había cometido era ir tras su mejor amiga de lengua viperina para pedirle consejo. Claro, había sido la idea más brillante que se le hubiera ocurrido jamás. Y aunque sabía que su amiga tenía razón, no iba a admitirlo en voz alta frente a ella ni frente a nadie. Ni siquiera delante de un psiquiatra bajo secreto profesional. Nunca.

—No me gusta —suspiró, destapando su botella sin dignarse mirar los ojos verdes de su amiga—. Lo he visto tres veces y puedo decirte que cada vez que lo veo me parece más molesto e irritante.

—Eso no es impedimento alguno para que te guste —sonrió la muchacha de ojos verdes—. No olvidemos que te enamoraste de Ara…

— ¡Ni se te ocurra decirlo! —Cassandra golpeó la mesa con los puños, mirando enfurecida a su amiga. Algunos curiosos voltearon a mirar en su dirección pero a ella, por primera vez, no le importó— Pensé que habíamos quedado en que ese tema era intocable e irrepetible, Angélica. Por favor, deja tus palabras ácidas para una persona que te soporte.

—Eso le da fuerza a mi lógica, Cassandra —Angélica acarició las manos de su amiga, tratando de tener un poco más de tacto con ella. Y es que se olvidaba a veces que su queridísima amiga era un poco… Emocional—. Mira, para que lo entiendas mejor te lo voy a explicar así —la muchacha tomó las dos botellas de agua y las puso una junto a la otra, sonriendo—: ¿Qué diferencia ves en estas dos botellas?

—Ninguna, son iguales —dijo la muchacha de ojos color chocolate, pensando que a su amiga se le acababa de caer el último tornillo.

—No seas idiota, observa —ordenó la muchacha de ojos verdes, perdiendo la paciencia.
Cassandra fijó su vista sobre las botellas, pensando concienzudamente en la respuesta. No había diferencias destacables en ellas aparte de…

—El contenido es diferente —susurró, sin apartar la vista de las botellas.

— ¿Porqué? —inquirió Angélica con una sonrisa triunfal en su rostro— Ambas son iguales, ¿o no?

—O sea, ambas tienen agua, pero las cantidades que tienen son diferentes —agregó Cassandra.

—Ese es mi punto —Angélica captó la mirada de su amiga y sonrió más ampliamente—. Cass, puede que por fuera se vean igual o los sientas igual, pero hay diferencias entre ambos. Diferencias que tienes que aprender a apreciar si quieres dejar ir algunas cosas. Está bien, lo de “él” no funcionó, pero puede que el destino… O lo que sea… Te estén dando una oportunidad. La oportunidad que te mereces.

Cassandra se quedó fija mirando las botellas, sin saber qué decir. Angélica tenía razón, aunque bueno, siempre la tenía, pero eso no iba al caso. Las cosas con “él” no habían funcionado y puede que esa fuese la oportunidad para enamorarse y que, en lugar de ser unilateral, fuera recíproco. Era la oportunidad que se había cansado de esperar pero que había aparecido al final de todo.

—Mejor vamos a clase —terminó por decir Cassandra, tomando su botella y comenzando a caminar hacia la salida de la cafetería.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Suspiro



Ángel la observó durante un minuto completo, sonriendo. Era hermosa, casi tanto como ella, y eran tan parecidas físicamente que sabía que esa muchacha encajaba perfectamente entre sus brazos y sabía, también, que su cuerpo encajaba por completo sobre el de… Detuvo sus pensamientos. No, no podía pensar en esas cosas cuando apenas la conocía. Aunque, técnicamente, él la conocía perfectamente. Esa muchacha era igual a Edén, era obvio que la conocía.

La vio correr tras el enorme perro San Bernardo, tropezando con la arena que le impedía seguir avanzando. Era como un déjà vu. Muchas veces había visto a su Edén correr por la playa tras un perro callejero o, incluso, había visto su espalda, sus cabellos meciéndose con el viento cuando él la perseguía y ella escapaba como si en realidad quisiera alejarse de él. Un suspiro escapó de sus labios cuando la vio caer torpemente sobre la arena, envuelta en un ataque de risa.

Sin dudarlo, se levantó y caminó hacia ella, que en ese momento tenía el peso del enorme San Bernardo sobre ella. El perro le acariciaba el cuello con la nariz, haciéndole cosquillas. Ella se revolvía bajo el animal, tratando de escapar.

—A las damas no se les mantiene prisioneras —susurró, acariciando al perro tras las orejas y consiguiendo que se moviera—. Hola —sonrió, encontrándose con los ojos color chocolate de ella.

Cassandra se quedó inmóvil, tendida sobre la arena, mirándolo fijamente. Encontrarse con él era el colmo de sus rarezas porque: Primero, llevaba años tratando de encontrarse con una persona y al parecer el que tuviera su dirección, su número de teléfono y conociera su lugar favorito y a sus amigos no bastaba; Segundo, lo que menos quería era encontrarse con él y revivir el vergonzoso momento en que él se había reído por haberle robado su primer beso. Maldito fuera.

— ¿Hay alguien ahí? —inquirió Ángel, viendo la mirada de ella, dura como un bloque de concreto.

—No. Digo, sí —tartamudeo Cassandra, incapaz de mostrarle su molestia a ese hombre—. Solo me preguntaba si Dios me odia, eso es todo.

— ¿Y por qué Dios te odiaría? —Ángel sonrió, incapaz de no hacerlo ante ese hermoso gesto enfurruñado de ella, que se sentaba a lo indio sobre la arena.

—Porque me ha hecho pasar la peor de las vergüenzas contigo y, además de eso, no me permite morir de humillación tranquila, sino que te hace aparecer en mi visión siempre en mis peores momentos —dijo ella rápidamente, casi sin respirar.

Ángel no pudo no sonreír ante las palabras de ella, ante su expresión, ante su forma de expresarse. No había cambiado lo más mínimo con él, seguía siendo la misma mujer fuerte y segura que recordaba, la misma mujer que decía siempre lo que pensaba y demostraba lo que sentía ante las personas precisas y necesarias. Un suspiro se escapó de sus labios mientras pensaba en la forma de reconquistarla.

—Eres tal y como te recuerdo, Edén… —dijo sin poder evitarlo al perderse en los ojos de ella, expresivos y vivaces.

Cassandra quedó sin aliento. Ese hombre la miraba como si fuera lo más importante en su vida, la observaba con una devoción casi incomprensible, le sonreía con una sinceridad y un cariño que no podía comprender. Era como si esos ojos avellana de él tuvieran un magnetismo que la obligaba a no apartar la mirada. Pero a pesar de que su corazón latía frenético, su mente le gritaba que no se dejara vencer de nuevo por palabras bonitas, miradas directas y suspiros. Porque no eran para ella.

—No me llamo Edén —carraspeó ella, levantándose de la arena y acariciando el lomo del perro, que se posicionó a su lado—. Me llamo Cassandra y espero, en serio, no volver a verlo nunca más en mi vida.

Él la vio darse la vuelta y comenzar a correr con el enorme animal casi pisándole los talones. Era como si la vida le estuviera dando una segunda oportunidad para estar con ella, pero sin que él se enterase y, lo primero que hacía para joder las cosas a base de bien era arruinar la sorpresa que le habían preparado.

—Cassandra… —suspiró su nombre sintiendo que, en realidad, también le quedaba muy bonito.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Salvación



No supo porqué lo había hecho, pero allí estaba, escondida tras la esquina entre una intersección de la avenida principal y un perro que la observaba como si estuviera loca, con el corazón a punto de salírsele por la garganta y sintiendo sus mejillas de pronto teñidas de carmesí. Y es que no había podido evitar hacer aquello cuando le había visto desde la distancia. Aquella mirada desconocida pero tan familiar le había dicho, le había gritado que la buscaba por la forma anhelante en que estaba sentado en esa banca. Dios, ¿porqué tenía que escoger exactamente ese día para volver a verlo?

—Cassie —una voz a sus espaldas y un grito ahogado escapando de sus labios.

— ¡Oh por Dios, Ange! —gimió nada más voltear a ver a su amiga, que la observaba de brazos cruzados y una ceja alzada— ¿Cuánto llevas allí?

—Lo suficiente —dijo la joven simplemente, poniendo ahora los brazos en jarra—. ¿Qué miras? O mejor dicho… ¿A quién miras?

—No estoy mirando nada —dijo titubeante Cassandra, acomodándose el morral sobre el hombro antes de comenzar a caminar directamente al parque—. ¿Vamos? Los chicos no deben tardar en llegar.

—Claro, claro —fue la simple respuesta despreocupada de su amiga antes de verla posicionarse a su lado.

Cassie no comprendía cómo era que Angélica siempre terminaba encontrándola en los peores momentos, pero la joven siempre, siempre lo hacía. Miró de reojo a su amiga y compañera. Sus largos cabellos castaños y esos profundos ojos verdes que resaltaban entre la multitud, aquel andar de “muévete que estorbas” que era capaz de empequeñecer hasta al más macho, aquella forma fría de mirar cuando algo no le interesaba o ese brillo de travesura que se posaba en sus dientes cuando sonreía al tener una idea maquiavélica. Sí, definitivamente era mejor tener a Angélica como amiga que como enemiga, eso seguro.

Saliendo de aquellos pensamientos tuvo que hacer tripas corazón cuando él la observó acercarse con esa mirada avellana tan anhelante y ella, como si fuera un desconocido de verdad, le pasó de largo mientras charlaba trivialidades con su compañera. Cassandra se dio cuenta que jamás olvidaría esa mirada de dolor en su vida, jamás sería capaz de no sentirse culpable cada que la recordara.

Continuaron caminando hasta la fuente del parque, sentándose en una de las bancas de color verde oscuro y mirando el agua que brillaba por el sol de media tarde.

— ¿Quién es ese que te mira tanto? —esa pregunta la sacó por completo de sus pensamientos, haciéndola enrojecer hasta la raíz del cabello.

—Nadie me está mirando —negó rápidamente, sintiendo como una estaca se clavaba en su corazón con fuerza. Ange, a su lado, bufó con molestia—. ¿Qué?

—Tú me estás escondiendo algo, Cassandra, y exijo saber inmediatamente qué es —ordenó la castaña de manera autoritaria. Cassie sintió un nudo en la garganta—. Anda, soy toda oídos.

— ¡Vale, de acuerdo! —jamás había sido capaz de soportar la presión de las preguntas de su amiga, por lo que con un suspiro le lanzó una mirada de reojo al desconocido de la banca— ¿Recuerdas que te dije el otro día que un tipo me había besado de la nada?

—Lo sabía, es él —ay no, ahora sí iba a arder Troya.

Angélica se levantó de la banca casi como impulsada por un resorte y comenzó a caminar hacia él con paso redoblado. Cassandra salió tras ella, tratando de retenerla, pero sus palabras eran tan inútiles como siempre que a Ange se le metía una idea en la cabeza. Solo esperaba que no lo destrozara, no podría vivir con eso…

Su amiga se plantó justo frente a él y puso los brazos en jarra, mientras ella se mantenía oculta a su sombra, anhelante y temblorosa, casi con el corazón en la mano. Él alzó la mirada y preguntó algo con esa voz que le había partido el alma en mil pedazos, Ange contestó con su voz fría y prepotente, con esa voz que intimidaba hasta a un gigante. Él se disculpó, Ange no cedió con sus demandas de una disculpa. Él se levantó y Ange se irguió mucho más, como si quisiera crecer así otro par de metros.

—Lamento lo del otro día, señorita —le dijo, mirándola por sobre el hombro de su amiga. Ella tembló otra vez, como si estuviera desnuda frente a la puerta abierta del refrigerador—, no fue mi intención pasarla a llevar ni asustarla.

—Está… No se preocupe —las palabras salieron lentas y temblorosas de sus labios por lo que, con un suspiro, se obligó a calmarse—. Está bien, siempre me confunden con otras personas…

—No está bien —la voz de Angélica otra vez, dura, lastimando esos ojos que estaban empañados por un velo de tristeza—. Una disculpa no es suficiente. ¡Le robaste su primer beso a mi mejor amiga!

— ¡Angélica! —Cassie chilló de la vergüenza el nombre de su amiga, rogando porque se la tragara la tierra.

Pero de pronto la vergüenza desapareció cuando le escuchó. Su risa como las campanadas del llamado de una iglesia, los ojos de pronto destellando felicidad, las mejillas de él, su piel saliendo del pálido lienzo que era el temor y la desilusión.

Al verlo reír, Cassandra supo que podría encontrar en él una salvación a sus penumbras.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Demencia



— ¡Era ella, te lo puedo jurar! —exclamó Ángel, casi fuera de sí.

No comprendía porqué de todas las personas tenía que ser justamente ella quien no le creyera. Ella, que la había conocido tan bien. Ella, que le había acompañado incluso en el peor momento. Ella, quien le había prestado su hombro para llorar incluso cuando su propia estabilidad se estaba desmoronando.

—Ángel, siéntate y cálmate. Ahora —ordenó ella, moviendo su larga cabellera negra mientras negaba con la cabeza. Esperó a que él hiciera lo que le había dicho antes de mirarlo fijamente con sus ojos verde botella—. Cariño, tú sabes que ella nos dejó hace mucho tiempo. Tú y yo fuimos testigos de aquello…

—Mabel, por favor, tienes que creerme —casi le suplicó, pero ella negó con la cabeza.

—Yo sé que la extrañas mucho, yo sé que te hace falta —susurró con voz comprensiva, sentándose frente a él en el suelo y aferrando sus manos entre las de ella—. Yo también la extraño, pero no podemos estar mirando entre las personas a alguien que se le parezca. 
Ángel, Edén murió hace un año ya… Déjala ir…

Y él se derrumbó. Ángel sintió que el peso verdadero de esas palabras le caía en la cabeza como un bloque de concreto y el dolor desgarrador luego de aquel encuentro con ella se hizo presente otra vez, creando un agujero en su pecho tan grande que ni la locura era suficiente salida para alejarse de ese dolor.

Buscó los brazos de Mabel con desesperación y ella, comprensiva, le abrazó con fuerza, acariciando sus cabellos con suavidad mientras le arrullaba con palabras de aliento. Ambos se estaban volviendo locos con esa situación, ambos estaban cansados de buscarla entre la multitud. Ella apenas había sido capaz de entrar a la que fuera la habitación de su amiga luego del funeral, entrar allí era un suicidio para su desgastado corazón.

Aunque quisieran perderse en la demencia, ambos sabían que debían dejarla ir.

Y había llegado el momento de superar el duelo y dejar el luto.

Previsto



Comenzó a avanzar hacia aquella muchacha de arremolinados cabellos cortos y brillantes que destilaban felicidad en sus tres colores. Y sus ojos, aquel brillante mirar color chocolate que resaltaba entre la multitud, destilando sensualidad. Su porte, aquella manera de sentarse en la banca que solían ocupar juntos en el parque, sujetando el libro con ambas manos y con la vista fija en la lectura mientras la música retumbaba en los fonos que llevaba puestos… Incluso así parecía salida de un sueño. Pero él podía distinguir los sueños de la realidad.

—Edén —le llamó, quedando de pie frente a ella.

Ella alzó la mirada, mostrando unas mejillas arreboladas y brillantes culpa del sol de verano. Le miró con sus ojos profundos y brillantes un largo segundo mientras se quitaba los fonos de los oídos, sin soltar el libro que ahora reposaba sobre su regazo.

— ¿Disculpa? —inquirió ella, sin dejar de mirarlo a los ojos.

Y Ángel no pudo resistir el impulso de su mirada. No pudo ni quiso resistirse al magnetismo, al poder que aquella expresión había causado en su persona, por lo que se inclinó lentamente sobre ella, tomando su rostro entre sus manos y besando suavemente los labios pintados de carmesí de la joven.




Apenas él se separó de ella cerró su libro con fuerza, se levantó de un salto y comenzó a caminar sin decir una sola palabra, realmente confundida y enfurecida. Aquel había sido su primer beso. Aquel extraño le había arrebatado su primer beso.

Sintió que una mano la detenía por la muñeca suavemente apenas había dado unos pasos y, al voltear a ver a aquel descarado, se encontró con la mirada más desolada que había visto en toda su vida.

—No me dejes, Edén —escuchó que le decía, y ella sintió el impulso de echarse a llorar en sus brazos.

—Creo… Se ha equivocado de persona, lo siento —tartamudeó con un nudo creciendo en su garganta, al tiempo que él le soltaba la muñeca lentamente—. Lo siento…

Cassandra no entendía por qué era ella quien se disculpaba con el extraño que le había robado su primer beso, pero algo en aquellos ojos le había gritado que no le hiciera daño, que él no era una mala persona. Siguiendo un tonto impulso, Cassandra acarició con delicadeza el rostro de aquel extraño, besó su mejilla con cuidado y luego, sin esperar ni decir nada, echó a correr por la avenida, perdiéndose entre la gente.