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jueves, 28 de agosto de 2014

Desgarro

«Días y noches regaladas, desperdiciadas quizá.
Sábanas desgarradas sin pasión, sólo con dolor.»

Rebecca se sentó, mirando a la gente pasar. El peso sobre su corazón aún no desaparecía y ella comenzaba a pensar que tal vez nunca se iría. Estaba comenzando a pensar que ese peso era el castigo perfecto por todo lo que había sucedido. Por su credulidad, por su inmoralidad sentimental.

Le vio en la distancia, caminando de manera despreocupada. De su brazo, otra hermosa chica caminaba. No era la misma de la última vez, ésta tenía el cabello negro. No recordaba que le gustaran tan bonitas, pero él siempre le había hecho creer que el físico en realidad no le importaba.

Menuda idiota había sido.

Lo que le había dicho hacía tanto tiempo, ¿cómo eran esas palabras? ¿De dónde habían salido? No lograba recordar y en ese momento no se sentía con las energías suficientes como para tratar de evocar un poco del valor que la había atacado esa vez. El valor y la rabia con el tiempo se habían transformado en un sentimiento tan amargo que apenas la dejaba dormir por las noches.

Había aprendido a desgarrarse por dentro para no gritar durante las pesadillas que la acechaban.

Había aprendido a romper su corazón una y otra vez para recordarse lo que él le había hecho.

Porque él la había desgarrado, y ahora no podía vivir sin ese sentimiento masoquista recientemente descubierto.

Rebecca se levantó de la banca, las manos en los bolsillos y el flequillo cubriendo su mirada en esa noche cerrada y fría. Pasó de largo la tabaquería, así como también obvió el hecho de que la garganta le quemaba por algo de alcohol.

En lugar de castigar su garganta, sus pulmones y su hígado, sólo siguió caminando.

Tal vez lastimar sus pies aliviaría un poco el dolor por haber desgarrado tanto su alma y su corazón.

miércoles, 2 de enero de 2013

Monólogo



Soy tan estúpida por quererte de esta manera… Pero ya se acabó. No volveré a caer en tus redes y esta vez es definitivo. Porque me he cansado ya, para que sepas, a ver si te grabas esto en la cabeza. Me hiciste más daño del que nadie antes me ha hecho, creaste un mundo de ilusión para mí y no una, sino dos veces, lo que es peor. Creaste ese mundo pseudo perfecto solo para destruirlo con tu absurda manera de ser y de amar. Aunque estoy segura que no amarás nunca a nadie de verdad, estoy segura que jamás conocerás el verdadero significado de la palabra amor.

Quiero que sepas que sí te amé, y que lo hice de verdad. Las dos veces anteriores lo hice, creí en tus palabras y creí en que lo que sentías por mí era más que un capricho. Mi error, lo acepto. Pero como dije antes, no volverá a pasar.

Voy a demostrarte que puedo vivir sin tu amor, que puedo vivir sin ti. No te necesito para ser una mujer completa, Leo. Voy a demostrarte que puedo vivir en mi propio mundo frio y solitario sin sentir dolor o arrepentimiento, porque quien se arrepiente es doblemente miserable. Y yo no me arrepiento ni de haberte conocido ni de haberte dado más oportunidades que cualquier otra persona en el mundo. No me arrepiento de nada pues gracias a lo que pasó corroboraste las palabras que negué de mi mente por tanto tiempo.

No vales la pena, jamás lo valdrás.

Tal vez un día pueda arrancarte por completo de mis entrañas. Tal vez un día dejaré de sentir este sentimiento insano y autodestructivo que siento por ti. Hasta ese momento, seguiré viviendo como hasta ahora he vivido. Sin ti y feliz de esa manera.

Leo, si te veo de nuevo algún día, en el lugar que sea, quiero que sepas que ni siquiera me percataré de tu presencia. En cuanto nuestras miradas se crucen, será como mirar un estorbo en el camino. Serás peor que la basura, apestoso y molesto. Que agradable sensación es esta del rencor, no entiendo porqué la negué por tanto tiempo…



Leo la vio en la distancia, escuchando por milésima vez el mensaje que ella le había dejado en el móvil. Su voz era fría y distante, incluso un poco risueña. Rebecca tenía el cabello más largo que la última vez en la que la había visto. Sus gafas eran diferentes y el color de su cabello también. Se veía como una mujer indestructible. Quiso acercarse a ella, pero sintió miedo. Miedo de lo que podría pasar si se acercaba y le pedía una nueva oportunidad, aunque fuese como amigos. Aunque sabía que ella no le perdonaría. Por eso cruzó la calle y evitó que le viera, por temor a lo que podría pasar si se encontraban otra vez…

viernes, 28 de diciembre de 2012

Elegantemente Destruidos



El silencio se ha roto, las palabras vacías
Lamen la capa de pecado de nuestra piel

—Tienes que salir de aquí en algún momento, Becca —la escuchó decir mientras despegaba la vista del ordenador. Cassandra estaba al otro lado de la mesa con los brazos cruzados y con lo que quería ser una expresión dura. Rebecca suspiró—. Ibas muy bien, ¿qué pasó para que quisieras mandar todo al carajo?

—Lo que pasó es que me di cuenta que los hombres son hombres y como tales son los seres más despreciables que existen en el planeta —contestó la aludida tranquilamente, dándole un sorbo a su café—. Y tú, hermanita, deberías alejarte de ese Aramis, no te hace bien.

— ¡Tú no sabes lo que me hace bien! —gritó la muchacha, golpeando la mesa con las manos— ¡Ni siquiera sabes lo que te hace bien a ti misma!

—Cassandra, baja ese tono de inmediato —ordenó Rebecca, encendiendo un cigarrillo—. Ahora sal antes de que me arrepienta de haberte dado permiso. Si quieres joderte la vida por un tipo que solo juega contigo, muy bien, allá tú. Pero luego no me vengas llorando, porque te las vas a tener que arreglar sola.

Rebecca vio como su hermana menor salía de la casa dando un portazo y ella se quedó allí, sentada en la sala frente al ordenador, con un cigarrillo en los labios e incontenibles deseos de llorar. Pero no lo iba a permitir, ya había llorado suficiente. Por eso volteó la vista hacia el ordenador y continuó trabajando de la misma manera en la que había comenzado a hacerlo después de tratar de olvidar la escena y la traición, ahogándose en alcohol y humo de cigarrillo.

Nos damos cuenta que los finales felices no son para todos
No son para nosotros…

Levantó el móvil con desgana y se preparó psicológicamente para lo que leería. Porque estaba segura que no le iba a gustar lo más mínimo, aunque aún así era lo suficientemente masoquista como para hacerlo cada vez que el teléfono sonaba y su corazón le gritaba que no lo rompiera otra vez leyendo esas palabras.

Becca, tenemos que hablar. Por favor, dame una oportunidad, no es lo que parece. Te amo. Leo.

Quería contestarle, por un lado, que fuera y aporreara su puerta, que la obligara a escucharlo, pero jamás tendría el valor suficiente para tragarse su orgullo y el poco amor propio que todavía le quedaban por él. Por otro lado quería decirle que fuera a verla solo para gritarle en su cara, otra vez, que con ella no iba a seguir jugando. Porque Rebecca había asumido que no era juguete de nadie, y mucho menos lo sería de alguien que ya había jugado demasiado con ella y que, encima de todo, la había regresado rota a su caja de zapatos.

Pero jamás dejé de intentar
Y jamás dije que no estaba listo para…

Miró el reloj de pared. Eran cerca de las diez de la noche y su hermana no llegaba, por lo que tomó su abrigo y salió del departamento a toda carrera mientras marcaba el número de teléfono de Cassandra. Preocupada se subió al ascensor, escuchando con el corazón detenido como el aparato la enviaba al buzón de mensajes. Maldijo por lo bajo y salió a toda carrera del edificio, encontrándose con la lluvia que no dejaba de caer.

Mientras recorría las calles con desesperación, no podía dejar de preguntarse por qué las cosas tenían que ser de esa manera. Y no pensaba en su hermana menor en ese momento, sino en ella misma y los errores que llevaba cometiendo una y otra vez, siempre metiendo el dedo en el quicio de la puerta para que se lo aplastaran cuando la hoja de madera fuera empujada para cerrarse. Y es que ella parecía no querer aprender.

Un poco de dolor
Un poco de anhelo
Un poco de amor
Que se cruzase en nuestro camino

Por alguna razón y aunque jamás quisiera aceptarlo, en el fondo y al igual que su hermana era muy positiva y optimista. En el fondo de su corazón magullado esperaba equivocarse y que Aramis, el idiota que traía loca de amor a su hermana al final de todo no fuera tan idiota y, en cambio de Leo, hiciera las cosas bien. Porque Cassandra merecía tener a su lado a una persona que la valorara por la belleza tanto interna como externa que poseía.

Desgraciadamente ella no había corrido tanta suerte, aunque no le importaba lo más mínimo. Mientras su hermana estuviera bien y fuera feliz, ella podía darse por afortunada por el solo hecho de poder compartir aunque fuese un poquito de su felicidad. Porque Cassandra, a diferencia de ella misma, tenía muchas cosas hermosas que entregar.

Un poco de miedo
Un poco de odio
Un poco de esperanza al desahuciado

Se detuvo al ver la escena, sintiendo su estómago revolverse dentro de su cuerpo. Sentía ganas de vomitar, aunque no entendía por qué.

Cassandra estaba allí, sentada donde siempre con la vista fija en ese sujeto del que no dejaba de hablar. Se miraban y sonreían como dos enamorados. Ella hablaba, hacía movimientos con las manos, ignorante de la lluvia que los tenía empapados de pies a cabeza y él la observaba casi con devoción. Y Rebecca se sintió de pronto celosa. También quería que alguien la mirase de esa manera y la tratase con esa dulzura.

—Está bien —suspiró, escondiéndose tras un árbol y apoyándose en su tronco para no caer. Todo le daba vueltas, pero no le importó.

Mientras regresaba al departamento con paso vacilante, se obligó a pensar en que su hermana estaba bien y que sus plegarias habían sido escuchadas en menos de un minuto. Aramis la estaba cuidando, la trataba bien y ella era feliz con eso. Aunque en el fondo no quería creerlo al cien por ciento, sabía que las cosas podían cambiar.

Un poco de lluvia
Unos pocos truenos
Una pequeña y débil sonrisa
Al final de nuestro día

Se sentó en el suelo del pasillo, apoyando la cabeza contra la puerta de entrada del departamento. Había salido tan rápido que se había olvidado de las llaves adentro. Su día, su vida era un caos total y no sabía qué hacer con ella. Se sentía patética, enferma y fuera de lugar, por eso tuvo que rodearse las piernas en un abrazo para evitar llorar, enterrando el rostro entre las rodillas. ¿Cómo podía ser tan…?

—Rebecca…

Ella alzó la mirada y lo vio arrodillado frente a ella, con esos hermosos ojos grises de tormenta fijos en los suyos. Por un segundo lo vio doble y hasta triple, pero se obligó a enfocar la vista detrás de sus empapados lentes.

— ¿Qué se supone que haces aquí? —inquirió tratando de sonar firme, más su voz salió tristemente quebrada por culpa de los temblores que recorrían su cuerpo.

Una pequeña nube de tormenta
Un poco de invierno
Un suspiro de vida
Donde no la haya

Él sonrió y ella quiso matarlo por hacerlo. Porque aunque sabía que solo era cosa de los delirios que causaba la fiebre que sabía que tenía, la sintió verdadera y llena de esperanza. Por eso cuando él la levantó en brazos se pegó tanto a su cuerpo como si quisiera fundirse y hacerse uno con él. Ya no le importaban las excusas, las respuestas, los miedos. No le importaba nada. Si Leo quería jugar con ella y volver a romperla ya no le interesaba porque estando junto a quien la cargaba sentía que alguien la quería como ella anhelaba, como siempre había deseado ser amada. Y aunque fuera mentira, él le aportaba esa seguridad y esa ilusión de amor que necesitaba para vivir. Por eso cerró los ojos, pegó su nariz al cuello de él para aspirar profundamente su aroma y se dejó llevar.

Siempre fuiste mucho más fuerte que yo
Ahora nuestro dolor te ha hecho hermosa
Pero dentro de tu armadura
¿Está tu corazón aún abierto?

Abrió los ojos, sintiéndose desorientada y con la boca tan seca como si hubieran pasado años desde que había probado una gota de agua. Se llevó una mano al rostro mientras se sentaba en la cama, tratando de hacer memoria sobre lo que había pasado. Lo último que recordaba era que había salido a buscar a Cassandra, luego había regresado al departamento y se había sentado en el suelo a esperar a su hermana porque había salido sin llaves. Luego había llegado alguien, aunque no estaba segura de quién se tratase. Miró a su alrededor y…

—Este no es mi departamento —gimió con voz estrangulada, mirando de un lado a otro.

Se levantó de la cama casi de un salto, chocando de lleno con una serie de cables que la hicieron tropezar y soltar más de una maldición mientras se encontraba en el suelo. La puerta se abrió de golpe y ella observó al joven que la observaba conteniéndose la risa al verla desparramada en el suelo.

Porque aquí estoy, aún atrapado en mi solitario armazón
Intentando alcanzarte con mis dolorosas espinas
Escúchame ahora, por favor no me digas
Que eres muy orgullosa para…

—Eres bastante imprudente, Rebecca —sonrió él, entregándole una taza de té a la mujer que se encontraba mirándolo sentada al otro lado del mesón—. De haber sido cualquier otra persona, quizás qué te hubiera pasado.

—Cállate —gruñó ella, encendiendo un cigarrillo como si estuviera en su departamento—. Ahora dime, ¿qué hacías en mi piso y porqué no me dejaste morir?

— ¡Una fiebre no iba a matarte, exagerada! —el joven se sentó frente a ella con una humeante taza en sus manos. Rebecca sintió deseos de darle un puñetazo por las libertades que se estaba tomando con ella— Y solo iba a dejarte una nota que Leo te mandó conmigo. Me dijo que no contestabas sus llamadas, así que me preocupé y pensaba hablar contigo luego de visitarte con la excelente cuartada que él me dio.

—Muy inteligente de tu parte, Joshua —ella puso los ojos en blanco. Debió haberlo visto venir—. Ahora dime, por favor, que no fuiste tú quien me cambió ropa.

—Entonces te mentiré —molestó él, ganándose un manotazo en el brazo por parte de ella.
Un poco de dolor
Un poco de anhelo
Un poco de amor
Que se cruzase en nuestro camino

Terminó de cambiarse ropa y salió de la habitación arrastrando los pies. Tenía cincuenta llamadas perdidas de su hermana menor y no quería saber la que iba a armarse cuando se atreviera a llegar al departamento. Cassandra le haría el berrinche más grande en lo que iba del año y, lo que era peor, en el último mensaje le había anunciado que Leo le estaba haciendo compañía así que lo mejor era que volviera pronto. Pero no quería.

Se sentó en el sillón junto a Joshua, el joven de ojos grises que la había rescatado del frio del pasillo que ahora la abrazaba casi con afecto. Pero ambos sabían la verdad, lo de ellos era una especie de amistad por interés. Rebecca le daba un poco de atención y él a ella cuando se encontraban desvalidos, luego simplemente se olvidaban del otro y regresaban a su rutina. Y no era que Joshua fuera un mal tipo, sino que la exasperaba. Y una de las mayores razones de ello era que Joshua era, técnicamente, el mejor amigo de Leo.

—Mi hermana me matará —gimió escondiendo el rostro contra las rodillas, sintiendo calor en las mejillas por culpa de la posición.

—Puedes decirle que estuviste conmigo y que la pasaste bien —sonrió él, acariciando la espalda baja de Rebecca con dos dedos. Ella lo miró mal.

— ¿Acaso olvidaste que Cassandra te odia? —Joshua sonrió más ampliamente y se separó, sacando un papel arrugado de su bolsillo y mostrándoselo a ella— No, en serio no. No quiero verlo.

Un poco de miedo
Un poco de odio
Un poco de esperanza al desahuciado

—Querida Rebecca —comenzó a hablar él, imitando la voz de Leo de manera cómica y empalagosa. Ella suspiró tapándose los oídos en un vano intento por no escuchar—: Sé que en este momento pensarás cosas horribles, y no te culpo. No te mentí en ningún momento, jamás lo haría. Encontrarme con Romina fue solo un accidente, jamás lo habría planeado. Te amo y no quiero perderte otra vez. Por favor, déjame explicarte este horrible mal entendido. Con cariño, Leo —Joshua arrojó el papel a un lado hecho una bolita, riendo perverso—. ¿Le crees?

—Cállate —ordenó ella levantándose del sillón, acomodándose las gafas en el puente de la nariz y tomando su abrigo—. Si muero vendré a invadir tus noches de pesadillas, para que lo sepas.

— ¡Me gusta la idea, cariño! —escuchó que Joshua gritaba justo cuando cerraba la puerta de golpe.

Un poco de lluvia
Unos pocos truenos
Una pequeña y débil sonrisa
Al final de nuestro día

Cerró la puerta de su habitación de golpe, escapando de los gritos de Cassandra y de las miradas acusadoras de Leo cuando dijo, como si no significara nada en realidad, que había pasado la noche en casa de Joshua. Más específicamente y con toda la maldad del mundo, en su cama. Su hermana menor se había puesto como una cabra y Leo… No había podido sostener su mirada. Lo notó como si estuviese a punto de romperse, pero no le importó. En el fondo se regocijaba con esa escena pues pensaba que solo así Leo dejaría de tenerla segura a su lado. Además, así él también sentiría parte del dolor y la traición que ella había sentido.

Se sentó en la cama y encendió un cigarrillo, escuchando a su hermana aporrear la puerta como si tuviera un martillo en cada mano. No le hubiera sorprendido tampoco eso, pero lo que sí le sorprendió fue ver que su puerta se partía por la mitad justo cuando Leo le había arrojado lo que parecía ser… ¿Un sillón?

— ¡Pero qué mierda te pasa! —gritó Rebecca fuera de sí, señalando el sillón y su puerta destrozada— ¡Eres un cavernícola, Leo!

— ¡Qué mierda te pasa a ti! —exigió saber él, entrando en la habitación ante la mirada atónita de Cassandra
— ¡Entiendes todo mal y solo por eso te crees en el derecho de ir a meterte en la cama de mi mejor amigo!

Una pequeña nube de tormenta
Un poco de invierno
Un suspiro de vida
Donde no la haya

Rebecca cerró la distancia entre ellos con dos cortos pasos, levantó la mano y la impactó con fuerza contra la mejilla de Leo, que solo por la fuerza del golpe quedó mirando hacia un costado de la habitación. Cuando volvió su vista a ella la vio sonrojada, con las mejillas repletas de lágrimas y temblando de pies a cabeza. Era igual a la niña que había conocido tantos años atrás, cuando en la escuela a ella la molestaban pero aún así avanzaba como si nada pudiera derribarla, a pesar de no poder contener las lágrimas que escapaban de sus oscuros ojos marrones.

—Largo de mi casa, Leo —dijo ella con voz seca, apretando las manos en puños—. Lárgate de mi casa y de mi vida. Ya jugaste conmigo dos veces antes, no volverá a pasar una tercera vez, ya te lo dije. No soy tan estúpida. ¡Y adivina qué! Si quiero acostarme con alguien lo haré, pero aunque no te debo explicaciones porque oficialmente no eres nada mío te lo diré de todas maneras, esperando que tu diminuta cabeza lo entienda: No-me-acosté-con-Joshua. ¡Ahora largo antes que llame a la policía!

—Becca… —gimió él, tratando de razonar con ella más solo se encontró con su mirada de piedra.

—No me hagas repetirlo —amenazó Rebecca, inquebrantable.

Ella vio como Leo salía rápidamente del departamento sin siquiera mirar atrás. Escuchó la puerta de entrada cerrarse de golpe y solo entonces se permitió desmoronarse. No entendía por qué todo lo que tenía que ver con él la ponía de esa manera, pero por místicas cosas del destino siempre metía el pie en el mismo charco de barro. El charco de Leo, la estupidez y el pseudo amor que se profesaban.

Solo entrégate a mí
Juntos estaremos elegantemente destruidos

—En serio lo amas —gimió Cassandra abrazando a su hermana con fuerza, permitiéndole llorar en su hombro.

— ¡Pero no quiero amarlo! —gritó Rebecca, tratando de arrancarse ese sentimiento insano de las entrañas— Es un imbécil que me engaña y me miente, pero yo soy más estúpida porque lo permito aunque sé que eso me destruirá. No puedo evitar quererlo… No puedo evitar volver a sus brazos.

Y mientras lloraba, Rebecca descubrió un nuevo significado para la palabra “patética”.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Confrontación



Salió feliz del departamento, tarareando una canción y esperando encontrarlo. Quería darle una sorpresa, después de todo ella se suponía que tenía demasiado trabajo para salir y él estaría ocupado en el día con sus entrenamientos en el gimnasio. Le caería de sorpresa, seguramente le gustaría eso.

Caminó por la avenida con una sonrisa en el rostro en dirección al lugar donde ella sabía que entrenaba. No es que Leo se lo hubiera dicho antes, era solamente que recordaba haberlo visto un par de veces en la distancia tomado de la mano de su ex novia. Ni siquiera recordarla le iba a borrar la sonrisa de los labios, después de todo Leo ya estaba con ella y esperaba que fuera por mucho tiempo. Tomó la última esquina y se quedó paralizada en medio de la acera. Porque entre todo lo que pudo haber visto, entre todas las personas desagradables del mundo…

—Mentiroso de mierda…

Giró sobre sus talones al verlos, sintiendo que la sangre en sus venas se congelaba. No estaba celosa, estaba hirviendo de rabia. ¿Cómo podía siquiera estar hablando con esa… esa…? ¡Zorra! Porque no encontraba otro apelativo para llamarla. Y claro, también estaba enfadada con él por ser tan imbécil y no decirle la verdad. ¡Claro! ¡Para un día que se decidía a salir y los encontraba juntos! Aunque no estuvieran haciendo nada más que mirarse, una mirada demasiado intensa. Él le había mentido. Otra vez.

Detuvo el paso que estuvo a punto de dar y giró otra vez, mirándolos directamente. Y sin dudarlo encendió un cigarrillo y se acercó a ellos a paso decidido, con los oscuros ojos marrones destellando de rabia contenida. ¡Oh, había esperado tanto por un momento así! Esta vez no se iba a callar nada, ni el más mínimo grito, ni la peor palabra mal sonante que quisiera salir de sus labios.

— ¡Leo! —gritó estando a dos metros de ellos para llamar sus atenciones. Él la miró como si viera a un fantasma y la mujer frente a él se cruzó de brazos al verse interrumpida. Rebecca sacó pecho al llegar frente a ellos y encaró a Leo— ¿Cómo te fue en eso tan importante que tenías que hacer?

—Bien… —susurró él, bajando la vista para no mirar a Rebecca a los ojos— Tardó menos de lo que esperaba, ya me iba a casa.

—Genial —ella sonrió, irguiéndose incluso más tomando en cuenta que era bastante pequeña y que tendía a caminar ligeramente encorvada—. ¿Te ibas a casa antes o después de conversar con esta zorra?

La mujer soltó una exclamación y exigió una disculpa aferrando el pálido brazo de Rebecca con sus manos morenas de largas uñas acrílicas. Rebecca la miró fijamente antes de sacudir su brazo, haciendo que la mujer la arañara, dejando la zona enrojecida contrastando con su blanca piel. Luego, y para asombro de todos los transeúntes que se habían detenido a observar la escena, Rebecca le soltó un puñetazo en plena nariz a la aludida antes de encender un nuevo cigarrillo.

— ¡Becca! —gritó Leo sujetando a Rebecca y alejándola rápidamente unos pasos. Ella le fulminó con la mirada antes de soltar sus brazos del agarre de él.

—Becca nada, grandísimo hijo de puta —siseó ella, mirándolo enfurecida—. No quiero más mentiras, ya basta de que me veas la cara de tonta, ¿estamos? Si quieres encamarte conmigo y con ella al mismo tiempo y esperar a que yo no me dé cuenta, estás mal. Yo no soy tu segundo plato. No lo permití antes, ni lo voy a permitir hoy ni nunca. ¡Así que te puedes ir a la mismísima mierda!

Luego se dio la vuelta y se fue todo lo airosamente que podía. Ya sabía ella que no podía confiar en él, que no debía confiar en él porque si había sido capaz de hacer lo mismo antes nadie le aseguraba que esta vez no iba a ser igual. Desgraciadamente ella había confiado como estúpida y la bomba le había explotado en la cara. Otra vez. Y es que ella no aprendía nunca.

Se encaminó entre frustración y rabia hasta su departamento. En el camino compró una botella de whisky y varios paquetes de cigarrillos. Al llegar al lugar se encontró sola, por lo que no tuvo reparos en poner música a todo lo que daban los altoparlantes, encerrarse en su oscura habitación sin ventanas y comenzar a beber y a fumar a partes iguales.

Rebecca tenía serios problemas, no con el mundo, sino con ella misma. Y a pesar de saberlo no estaba dispuesta a admitirlo. En realidad no estaba dispuesta a admitir muchas cosas. No quería decir sus miedos en voz alta, no quería aceptarlos porque le entraba pánico de confiar en alguien como confiaba en Leo. Al final él siempre terminaría rompiendo su corazón y ella, como una imbécil, siempre terminaría perdonándolo. Porque Leo siempre tenía buenas excusas, siempre decía lo que ella quería escuchar. Y estaba harta de eso, pero no sabía cómo detenerlo. Era como un torbellino que pasa una vez a la semana. Sabes que vendrá y no puedes detenerlo por mucho que lo intentas. Lo único que puedes hacer es aferrarte a algo para que no te lleve con él.

Pero para Rebecca ya era tarde. El torbellino ya se la había llevado. Aunque Leo era más que un torbellino, era como una tromba marina en una temporada de tormenta, con truenos y rayos y lluvia y noches oscuras de soledad y amargura, de inmenso dolor y profunda desesperación.

El teléfono sonó y ella lo tomó, mirando la pantallita brillante un segundo antes de arrojarlo sobre su hombro y darle un largo trago a su botella de whisky.

martes, 25 de diciembre de 2012

Entrega



Podía sentir tanto, con tanta intensidad, que se sentía colapsada de emociones, de sensaciones, de cosas que pensó jamás volver a sentir. Era una mezcla de cariño, amor, alegría, satisfacción y placer, todo reunido en el mismo punto solo para chocar y hacer erupción, creando un cataclismo de cosas incontrolables. Y ella odiaba no tener el control, aunque fuera en una minucia.

Rodeó el cuello de él con sus brazos y apretó los labios hasta convertirlos en una fina línea, ahogando un gemido. Incluso teniendo los ojos cerrados podía verlo sobre ella, mirándola con esos intensos ojos grises que él poseía, liberándola de parte de las cadenas forjadas por el miedo y la costumbre de permanecer en solitario. Podía sentir gracias a sus ojos cerrados las caricias de él incluso con más intensidad. Su toque era mágico, relajante y le causaba ligeras cosquillas ardientes.

—Te amo… —susurró él en su oído, haciéndola estremecer.

Hizo la cabeza hacia atrás y despegó los labios que ya estaban rojos de tanto haberlos apretado, soltando un suspiro que chocó contra el cuello de él, que se pegó a su cuerpo incluso con más fuerza. Como si de pronto ella fuese a desaparecer. Aunque Rebecca no lo culpaba, al tener los ojos cerrados podía pensar, imaginar que el sueño sería eterno.

—Mírame —ordenó Leo, besándole ambas mejillas casi con devoción.

—No quiero —negó Rebecca con los ojos muy apretados, sintiendo como él ahora le besaba y mordía el cuello.

— ¿Porqué? —inquirió él, colándose entre las piernas de ella.

—Porque tengo miedo de que al abrir los ojos, me dé cuenta que es solo un sueño… —sus labios temblaron ligeramente y él los besó con tanta dulzura que sintió deseos de llorar— No quiero que sea un sueño…

—No es un sueño… —aseguró él en un susurro suave y cariñoso— Abre los ojos.

Rebecca dudó, pero abrió los ojos finalmente. La habitación estaba oscura, pero podía ver la figura de él, su rostro de facciones afiladas muy cerca del de ella. Lo primero que vio fueron sus ojos grises que relampagueaban de deseo, luego sus labios entreabiertos que manaban una cálida respiración irregular que chocaba contra sus propios labios, haciéndola estremecer. Y cuando quiso decir algo, una palabra bonita, lo sintió.

De pronto se encontró en una caída sin retorno. Él se aferró tan fuerte a ella desde todos los puntos de su cuerpo al mismo tiempo que tuvo que obligarse a morder su labio inferior para no gemir de placer. Y él, al parecer consciente ello la torturó con calma y precisión, recordándole todas las veces en las que ella se había rendido a sus pies. Todas las veces en las que se había entregado a él.

Y habían sido demasiadas para recordar sin sentir vergüenza.

Era como si nunca hubieran estado lejos del otro, sobre todo por él. Tocaba cada rincón de su cuerpo con maestría y precisión, causándole un placer inimaginable. La besaba en lugares que no sabía podían arder de esa manera y la sujetaba contra la cama como si fuera el único lugar al que pertenecía. Y a pesar de todo, le gustaba. Se sentía controlada y querida, aunque ligeramente asustada.

Desde la última vez no había permitido que nadie más fuera tan indecente con ella. Pero con Leo era diferente. Él la trataba incluso con devoción a la par de posesividad. Era como si quisiese recordarle que era de su propiedad. Y cuando ese pensamiento se coló en su mente justo al momento en que explosiones recorrieron todo su cuerpo, sintió pánico. Pánico porque no quería ser propiedad de nadie, ni siquiera de él por mucho que lo amara. Sentirse así era la única regla que no se permitiría romper, ni siquiera con él. Por eso esperó a que Leo, después de interminables minutos de arrumacos y caricias se durmiera para poder abandonar la cama y darse una ducha de agua congelada en el baño.

Al salir ya vestida se dirigió a la cocina, se preparó un café el triple de cargado de lo normal y encendió un cigarrillo de camino al balcón, donde se sentó en una de las sillas de plástico, admirando el panorama nocturno. No podía creer lo que estaba pasando, ¿desde cuándo la entrega era comparable a pertenecerle a alguien? Ella había decidido, luego de un mes tonteando con besos y abrazos, llevarlo a su departamento una noche en la que Cass se iba a la casa de su mejor amiga. Y pensó, ingenuamente, que solo pasarían la noche conversando y tonteando, como siempre hacían. En lugar de eso habían terminado en la cama.

—No tiene nada de malo, Rebecca —se dijo en voz alta, dándole un sorbo a su café—. Eres una mujer adulta, tienes derecho a…

¿A qué tenía derecho? ¿A acostarse con Leo aunque llevaran un mes saliendo? ¿A llevarlo al departamento solo porque ya habían estado juntos miles de veces? ¿A pensar que él estaba siendo posesivo al empujarla a una situación sin retorno o a pensar que estaba siendo la mayor imbécil de la historia? ¿A entregarse a él, aunque en realidad fuera más parecido a un pacto sellado con una noche revolcándose en la cama? Porque le había entregado su corazón y ahora su cuerpo. ¿Qué tendría que entregarle luego, en qué tendría que ceder?

martes, 18 de diciembre de 2012

Duda


No sabía qué pensar. Había pasado dos semanas horribles preguntándose la misma cosa, sin poder hacer nada bien. Apenas comía, dormía escasos minutos al día, tomaba más café del habitual y fumaba hasta quedar con la voz rasposa y ardor en la garganta, aunque eso era normal en ella. Y por mucho que pensaba, no encontraba la respuesta a la pregunta si sería correcto o siquiera sano el tratar de intentarlo de nuevo.

Algo dentro de él la hacía sentir mal, la hacía dudar pero, al mismo tiempo y de manera absurda la hacía sentir fuerte. Porque lo peor ya había pasado y ella había aprendido a la mala. De la peor manera había entendido que las relaciones significaban sacrificios que no valían la pena y asesinaban parte importante de su dignidad en el proceso. Y Rebecca no estaba segura de querer pasar por eso nuevamente, aunque su corazón le gritara que le quería. Porque ella estaba segura que le amaba, siempre lo había tenido presente incluso mientras trataba de olvidarlo. Aunque eso no significaba que no dudara.

Su mente se ocupaba de gritarle a cada segundo del día los pros y los contras de volver a tener una relación con Leo. Y desgraciadamente para el corazón de ambos, eran más contras que pros.

Leo era un sujeto cariñoso y atento, sabía que podía confiar en él y contarle hasta el más mínimo de sus secretos con lujo de detalles. Pero por eso mismo dudaba. Estaba aterrada de volver a pasar por lo mismo. Tenía miedo de volver a demostrarle ese cariño como una vez lo había hecho para que él, con su voluble manera de ser simplemente le dijera un buen día que estaba confundido. No, Rebecca sabía que no podría soportar ese golpe. Apenas había podido superarlo la vez anterior, no estaba segura de sobrevivir a una segunda vez.

Lo cierto era que quería creer en él. Además, Leo se estaba esforzando. Cada día Cassandra le preguntaba cosas, preguntas que ella no sabía cómo responder. Porque Leo era de todo menos una persona sutil, solo le había faltado comenzar a gritar con un megáfono que le diera otra oportunidad.

Desde la noche que habían hablado que todos los días le enviaba cinco mensajes de texto como mínimo, le escribía cartas que deslizaba por debajo de su puerta y un repartidor iba cada dos días a dejarle un presente. Rebecca estaba embelesada y asustada a partes iguales, pero no podía de todas maneras despegar sus oscuros ojos marrones del regalo del día. Un jarrón que competía con los de la realeza y no necesariamente porque se viera costoso, sino más bien porque era del tamaño de una casa. Un jarrón de cristal tallado que contenía una veintena de rosas blancas. Maldición, Leo sabía cómo ganarse su corazón de nuevo. Estaba irremediablemente perdida.

Miró el reloj de pared. Apenas eran las cinco y media de la tarde. Seguramente Cassandra estaba con ellos en el lugar de siempre así que, con poca confianza y decisión pero dispuesta a aclarar todo de una buena vez tomó su cazadora de la percha, guardó cigarrillos, llaves y el móvil en el bolsillo y salió del departamento sin mirar atrás.

El recorrido hacia el parque se le hizo eterno, a cada paso que daba su nula decisión parecía esfumarse a pasos agigantados, pero aún así continuó caminando con un cigarrillo en los labios y obligándose a no ser tan cobarde e indecisa.

Cuando llegó al parque, los vio. Todos estaban iguales a como los recordaba de la última vez. Scarlett estaba sentada junto a su hermana, hablando en voz baja entre risas y miradas de esas que las adolescentes se dan. Frente a ellas, recostado sobre el césped y mirando el cielo nublado se encontraba Aramis, con esa eterna expresión indescifrable en el rostro. También vio a Joshua y a otros más a los que no reconoció. Se encogió de hombros y siguió buscando con la mirada, pero no estaba.

Leo no estaba allí.

—Estúpida —musitó en voz baja, dándole la última calada al cigarrillo antes de voltear.

Apenas alcanzó a dar medio giro cuando su cuerpo chocó contra el de alguien. Un torso amplio y unos brazos fuertes que la rodearon en un abrazo antes de poder darse cuenta. Y Rebecca por pura sorpresa se sacudió del abrazo, cayendo de bruces al suelo solo para soltar la maldición más grande de su vida.

— ¿Estás bien? —Leo se arrodilló en el suelo frente a ella, con esa sonrisa que le asesinaba la cordura.

—Sí, obvio —Rebecca se levantó de un salto, notando la mirada sorprendida de su hermana en la distancia—. Solo vine a… Cass y eso… A ver si… Mierda —gruñó al no poder controlar sus tartamudeos.

— ¿Alguien te dijo que eres una horrible mentirosa? —rió él, despejándole el cabello del rostro.

—No, Cassandra tiende a pasarlo por alto —se encogió de hombros, sonrojada hasta la raíz del cabello—. Bueno, tampoco no permití a nadie hacerlo desde que… Nosotros. Ya sabes —sin poder evitarlo, Rebecca se metió las manos en los bolsillos y comenzó a balancearse en su lugar—. Aunque no me molestaría que volvieras a hacerlo… Solo tú y a tiempo completo.

Leo sonrió tan ampliamente que pensó que esa sonrisa era la más grande del mundo por lejos. Él la abrazo con fuerza y besó sus labios casi con desesperación y Rebecca, aunque sabía que eso era lo que quería, no podía despejar las dudas que se apilaban en su mente.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Contradictorio



Aún no entendía por qué había accedido a hacer la locura que estaba a punto de hacer, pero por cosas de ese loco mundo en el que vivía, lo estaba haciendo. Pero es que no había podido ignorar ese mensaje, aunque la hubiera despertado a los cinco minutos de apoyar la cabeza en la almohada. Tampoco había podido ignorar el lugar y la hora del encuentro, pero claramente tampoco tenía muchas opciones. Si salía de día, su hermana la ametrallaría con preguntas a las que ella no sabría responder. Si salía de madrugada, cuando ella durmiera, lo más probable era que no se diera ni por enterada. Además, tampoco quería tenerlo metido en su departamento. No de nuevo.

Encendió un cigarrillo y suspiró, sintiendo dolor de cabeza. Tenía que dejar de darle tantas vueltas al asunto, pero no podía, le costaba demasiado. El mensaje había sonado tan desesperado, tan horriblemente desgarrador y lleno de emociones que, otra vez se recordó, había sido imposible ignorarlo. Estaba en un verdadero dilema, dilema del que no quería conocer la solución.

—Becca —ella alzó la mirada para encontrarse con los ojos grises repletos de desolación. Él se sentó a su lado, taciturno—. No pensé que vendrías…

—Te respondí en un mensaje que lo haría —sin poder evitarlo suavizó la mirada y le abrazó por sobre el hombro, sintiendo el calor de él llegando a su cuerpo—. ¿Qué pasó?

—Rompí con mi novia —dijo él, bajando la vista y alejando sus ojos grises de ella. Rebecca era adicta a esa mirada, por eso sintió un enorme vacío en sus entrañas al no tenerla—. Le dije que estaba confundido, que no me sentía querido y que… No sé. Son muchas cosas, no creo que entiendas.

—Puedes tratar —como no había hecho en mucho tiempo con nadie, Rebecca sonrió. Y él le devolvió la sonrisa cuando la miró—. Oye, Leo, sabes que siempre entiendo todo —le animó antes de darle una calada al cigarrillo.

—Sí, tienes razón —Leo suspiró antes de acomodarse mejor en la banca, recargándose contra ella suavemente—. Hace tiempo que veníamos con problemas, ¿sabes? Ella me engañó y yo dejé a una chica maravillosa por ella, que al final siempre termina buscándome cuando yo ya no puedo más. Y ahora que no pude, ella simplemente me dijo que me amaba, cosa que jamás hace. No la entiendo… Te abandoné por ella y no valió la pena. Ahora me odias y sé que lo merezco, pero en todos estos años no he logrado arrancarte de mi corazón.

Rebecca se quedó congelada, con el cigarrillo a medio camino en la trayectoria a sus labios. ¿Había escuchado bien? ¿Leo se acordaba de… lo que habían tenido? ¿En serio lo recordaba? ¿Y ahora le decía que, básicamente, había terminado con su novia por… ella? Rebecca no lo podía creer. Sabía que tenía una expresión impagable, pero no le importó. Sabía que debía decir algo, pero no sabía qué debía decir. Sabía que Leo estaba esperando una respuesta, la que fuese, pero no tenía siquiera el impulso de contestar un “también te quiero” o, en el mejor de los casos, golpearlo por haber tardado tanto. Pero lo que sí sabía era que estaba feliz.

Ahora miles de sentimientos reprimidos escapaban de sus jaulas. Aceptación, cariño, dolor, alegría, angustia. Eran tantos que no sabía dónde terminaba uno y comenzaba el siguiente. Lo que era peor, los sentimientos estaban acompañados de una infinidad de recuerdos que había tratado por años de borrar de su mente al pensar que él la había olvidado. Pero Leo no la había olvidado. Leo la recordaba y sentía cosas por ella al igual como ella siempre sentiría cosas por él.

—Ah… —Rebecca espabiló, llevándose el cigarro a los labios antes de removerse incómoda— No sé qué decir, Leo. Perdona.

—Tranquila, no espero que me digas nada —él le sonrió de esa manera tan despreocupada que solo él tenía y ella sintió que se derretía—. Solo quería decirlo, que lo supieras. Cuando estuvimos juntos no nos dijimos muchas cosas y ese fue mi error. O sea, tú siempre fuiste sincera conmigo, pero yo me encargué de joder las cosas a base de bien. Perdón por eso, Becca.

—No hay nada que disculpar —ella apagó el cigarrillo, deshaciéndose del abrazo y levantándose de la banca con gesto despreocupado—. Creo que necesitaré unos días para pensar y asimilar esto. Digo… No es que no me haga feliz, pero quiero estar segura de que esto que sientes y de lo que yo puedo llegar a sentir está bien.

—No hay problemas —Leo se levantó y la abrazó por la espalda, apoyando su barbilla en el hombro de Rebecca—. Pero tienes que saber que eres perfecta para mis brazos, igual que lo eras entonces.

—Tonto… —gruñó por lo bajo ella, escondiendo el sonrojo de sus mejillas bajo su alocada mata de cabello corto— Tengo que volver, si Cass despierta y no me ve seguro le entra un ataque de nervios.

Rebecca no esperó a despedirse, no tuvo el valor siquiera de mirarlo a los ojos. Se escabulló de los brazos de Leo y corrió en dirección a su edificio a todo lo que daban sus piernas, con el corazón golpeando dentro de su pecho y no necesariamente por la carrera. Se suponía que lo odiaba, se suponía que debía odiarlo con todo su ser por lo que le había hecho pero… ¡Dios! Siempre que lo veía miles de cosas se removían en su interior y ahora, con ese nuevo conocimiento, sabía que estaba total e irremediablemente perdida.

Cuando llegó al departamento se encerró en la habitación, se escondió entre las mantas y se quedó allí, muy quieta hasta que, justo cuando estaba a punto de quedarse dormida, su móvil vibró en el bolsillo de su pantalón. Lo sacó y miró la pantallita brillante que iluminó su rostro escondido entre las sábanas.

Buenas noches, princesa de mis sueños congelados.

Y luego de leerlo cinco veces, Rebecca se permitió llorar hasta que el sueño la venció.

sábado, 24 de noviembre de 2012

Ojos Grises



Despertó sobresaltada, con el corazón latiéndole a mil por segundo y con un desagradable sudor frio cubriendo todo su cuerpo. Miró a su alrededor, notando la penumbra que envolvía la habitación antes de mirar el reloj de su mesita de noche que marcaba las dos de la madrugada. Había dormido demasiado y eso era inaceptable.

Se levantó de la cama, tomó la taza de café que ahora estaba frio y se dirigió a la cocina bebiendo a largos tragos el café amargo. Encendió la luz de la cocina, dejó la taza en el fregadero y se encaminó al baño, donde se lavó la cara y mojó su cabello sin siquiera mirarse al espejo. Luego cruzó el pasillo y abrió la puerta de la habitación de su hermana menor, notándola dormida sobre las mantas con el teléfono en la mano y una sonrisa en el rostro. Suspiró. Cassandra jamás aprendería. Entró en la habitación, dejó el teléfono sobre la mesita de noche y tapó a su hermana con cuidado antes de salir de la estancia de manera sigilosa, cerrando la puerta tras de sí.

Volvió a su habitación, tomó los lentes y regresó a la sala, sentándose frente en la mesa y volviendo a observar los documentos que debía organizar antes de pasarlos en un documento al ordenador y hacerlos llegar nuevamente a la empresa.

Mientras trabajaba, su mente no podía dejar de pensar en él. Y lo odiaba, pues no quería recordarlo, no quería tenerlo en su cabeza y deseaba fervientemente arrancarlo de su corazón. Pero jamás podía, jamás lo lograba y se odiaba incluso más por eso. Habían pasado años desde aquellos incidentes y él no la recordaba, había rehecho su vida vetándola de todos sus recuerdos y la cortejaba como si fuese una desconocida. Maldito bastardo. Le había hecho tanto daño y el muy desgraciado ni siquiera lo recordaba.

Se levantó encendiendo un cigarrillo y fue a la cocina, preparándose el café incluso más cargado de lo normal, agregándole solo por gusto un chorrito de whisky. Su médico se lo había advertido, si seguía así tendría una úlcera que ni Dios le iba a quitar de encima, pero no le importaba. Le gustaba el café, no podía vivir sin sus dos litros diarios y no lo iba a dejar solo porque un anciano sabelotodo se lo dijera. Su rutina había funcionado por años y estaba segura que continuaría así. Regresó a la mesa, encendió el ordenador y bebió café a sorbos mientras fumaba.

Aún no entendía por qué él no dejaba de molestarla, se suponía que tenía novia y Rebecca no estaba dispuesta a ser su segunda opción. No de nuevo. Ni de él ni de nadie. Los hombres ya habían jugado lo suficiente con ella y ya había aprendido la lección, estaba muy bien cómo eran las cosas en ese momento, no necesitaba cambios en su vida. No necesitaba que pusieran su mundo de cabeza de nuevo cuando lo tenía todo bajo control.

De manera masoquista, Rebecca abrió un archivo oculto de su ordenador y observó todo lo que allí había. Poemas, cuentos, “cartas” románticas, fotografías… Mil recuerdos de esos meses que estuvieron juntos antes que la tormenta se desatara en esos ojos grises. Había sido tan idiota al pensar que él cambiaría definitivamente a su ex novia por alguien como ella. Eso no pasaba en la vida real. En la vida real los hombres eran unos cabrones que hacían lo que les venía en gana, que se cogían a cualquiera con tal de mantener las cosas en su lugar.

Había sido realmente estúpida al pensar que esos ojos grises serían sinceros con ella. Y lo peor de todo es que estaba segura que sería capaz de cometer el mismo error dos veces si no lo vetaba de su vida de una buena vez y para siempre.

—Mierda… —gruñó, cerrando todo y apagando el ordenador— No puedo trabajar así…

Apagó el cigarrillo en el cenicero, asesinó el resto de su café de un trago y se encerró en el baño, dándose una corta ducha rápida antes de vestirse y salir del departamento con las llaves y los cigarrillos en el bolsillo. El cabello mojado se le pegó al cuello y a las mejillas, pero no le importó. Cuando salió del edificio una brisa gélida le acarició los brazos desnudos y, encendiendo un cigarrillo, comenzó la caminata.

No sabía hacia dónde se dirigía, solo sabía que quería estar lo más lejos posible de él y de todo lo que le recordara a él. Aunque era imposible. El departamento, las calles, la noche, el invierno… Todo era un recuerdo constante que odiaba con toda su podrida e intoxicada alma. Pero seguía odiándose más a sí misma que a él. Por alguna razón, siempre encontraba fundamentos para excusarlo, cosa estúpida si le odiaba tanto.

Caminó por largos minutos sin dirección alguna, encendiendo un nuevo cigarrillo siempre que el anterior se consumía por completo. El aire frio de la madrugada le sentaba bien a sus músculos aunque estaba consciente que su piel necesitaba un poco de vitamina D pues el color que estaba adoptando rallaba en lo insano, casi cadavérico. Las ojeras se hacían presentes bajo sus ojos, aunque nunca le había importado lo más mínimo su apariencia. Cassandra era la atractiva, ella era… La hermana mayor trabajadora. O algo así. No que se quejara, le gustaba ser una sombra y quizás por eso solo salía de noche a estirar las piernas y tomar un poco de aire.

Llegó al parque y se sentó en una banca, escuchando el susurro de la brisa fría entre los árboles, el sonido de los pocos automóviles que pasaban a esa hora y observando el cielo que apenas se notaba estrellado en una ciudad donde había más luz artificial que natural. Estaba tan acostumbrada a la soledad… Que era como si ahora fuese una persona viva y fuese, a su vez, su mejor amiga. Sonrió ante ese pensamiento tan idiota.

—Pero que milagro…

Rebecca volteó sentada en la banca y sus ojos marrón oscuro se encontraron con unos grises risueños. Sentía que tenía la boca patéticamente abierta, que estaba quedando como estúpida y que debía hacer algo para detener esa situación. Se llevó el cigarrillo a los labios, dándole una profunda calada antes de levantarse.

—Que placer más repugnante —ella arrojó la colilla al suelo y la aplastó con saña. La sonrisa de él se amplió—. ¿No te bastó con arruinarme la tarde, ahora quieres arruinarme la noche?

—Lo que pasa es que me atraes con un magnetismo casi animal —dijo él, dirigiéndole una mirada tipo escáner a Rebecca, de esas que tanto le molestaba—. En serio, Becca, ser tan bonita debería ser ilegal…

— ¡Eres imposible! —gritó ella, volteándose para irse a su departamento lo más rápido posible.