Quienes me inspiran a seguir

Mostrando entradas con la etiqueta Del Amor y Otros Delirios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Del Amor y Otros Delirios. Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Implícito


No era una persona directa, al menos no emocionalmente hablando. Podía dar un discurso de política sin siquiera tartamudear, pero no podía ni siquiera mirarlo a los ojos cuando la miraba por más de cinco segundos, con esa mirada de borrego degollado que ponía su mundo de cabeza.

Era un idiota. Un idiota con mayúscula, y se encargaba de recordárselo todo el tiempo. Siempre se lo decía. "Idiota", le llamaba una, y otra, y otra vez, sin llegar a cansarse. Sus conversaciones incoherentes terminaban más o menos así:

—¡Deja de mirarme! —gritaba ella, tratando de controlar el sonrojo de sus mejillas.


—No quiero —contestaba llanamente él, con esa sonrisa en su rostro, haciéndola apretar los dientes con fuerza para luego llamarle con ese apelativo tan cariñoso.


—Eres un idiota.


—Lo sé.


Al finalizar ese tipo de conversaciones ella simplemente rodaba los ojos y dejaba que el silencio incómodo se instalara entre ellos, uniéndolos. Y él continuaba mirándola con esos ojos insondablemente irritantes. Porque ¡era tan irritante! Era como si se esforzara cada vez más, buscando nuevas formas de hacerla perder los estribos.


Finalmente ella se alejaba, le daba la espalda y gruñía:


—Me caes mal.


Y lo decía con tanta convicción que él borraba la sonrisa, la maldita sonrisa, sólo para molestarla más.


—¿En serio te caigo mal?


Y quería contestarle que sí, que le caía tan mal que a veces soñaba despierta con arrojarlo por la ventana.


—Sí, me caes mal.


Y luego sus ojos se encontraban. Y la mirada de él trataba de esconder la burla, pero le era imposible. Y para ella era imposible mantener esa afirmación por más de un minuto.


—No, maldición, no me caes mal... ¡Pero eres tan jodidamente irritante!


Por respuesta él sonreía... y ella se sabía atrapada por su jugarreta.


—Lo sé. Y aún así te gusto.


Se burlaba de ella.


—Cállate...


Trataba de sonar imperiosa, pero nunca lo conseguía, y mucho menos cuando el muy odioso iba y la abrazaba con tanta fuerza que todo su enojo y toda su molestia se esfumaban de golpe, con su consciencia decidiendo irse de vacaciones y con su cuerpo reaccionando a ese abrazo.


—Eres tan tierna —le decía finalmente él, mirándola sin soltar el abrazo y haciéndola sonrojar.


—¡Vete al demonio! —ella se zafaba del abrazo y lo golpeaba con todas sus fuerzas, haciéndolo reír.


Y lo miraba. Lo miraba con el ceño fruncido, con los labios apretados conteniendo una sonrisa, mordiéndose la lengua y temblando para controlar el impulso de ir a abrazarlo.


Porque conocía sus verdaderos sentimientos.


Porque cuando le decía que era un idiota, quería agregar que era el idiota más lindo que nunca antes había conocido. Porque cuando decía que le caía mal, quería decir en realidad que se caía mal ella misma por ser tan asquerosamente dulce estando a su lado. Porque cuando lo hacía callar realmente quería decirle que continuara haciéndola reír. Porque cuando lo mandaba al demonio aguantaba el impulso de decirle que si se iba, que por favor la llevara con él.


Pero no lo decía. Nunca decía nada de eso... Porque estaba implícito.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Corrupto


Llevaba la esfera en sus manos, y caminaba cuidadosamente, calculando cada paso para no quedar expuesta a ninguna clase de duda o peligro. Pero sus pensamientos la traicionaban.

En sus manos el cristal relucía incluso en la oscuridad por la que transitaba, y eso la hizo sentir más triste e incómoda. Era demasiada responsabilidad para ella, y se sabía incapaz de llegar más lejos, no sabiendo cómo era ella y lo terrible que podía ser su mente, lo traicioneros que podían ser sus pensamientos.

Aquel objeto era importante, tan importante que sus manos temblaban de manera incontrolable al saberse torpe e incapacitada de parte de su visión. Aún sentía el ardor en los ojos, y los pulmones aún le quemaban por culpa de la carrera que había dado para alejarse del peligro. No tenía la fuerza suficiente.

De pronto sus pies trastabillaron. La reluciente esfera estuvo a punto de caer de sus sudorosos dedos, pero logró mantenerla a pesar del dolor que la recorrió cuando golpeó el suelo de gravilla con las rodillas. Sintió las pequeñas heridas abriéndose en las piernas magulladas y cansadas y no pudo más. ¿Por qué a ella? Era una incapaz, una inepta, una mujer torpe que no podía ni cuidar de ella misma, ¿por qué le habían dado a cuidar y proteger algo tan valioso? ¿Por qué?

Sintió impotencia, una rabia profunda y grave que subió desde su pecho hasta su garganta saliendo en forma de un grito que se perdió en la penumbra. Y tomó la esfera con una de sus manos temblorosas y la arrojó lejos, queriendo deshacerse de esa responsabilidad que le habían encomendado. Escuchó el cristal sólido romperse metros por delante de ella y los fragmentos de lo que fue la esfera al golpear, innumerables contra las rocas y la gravilla, le parecieron un coro de risas tristes.

Había fallado. Sus pensamientos corruptos la habían hecho fallar. Supo que ya nada volvería a ser igual.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Oye


Tienes que saber que maldigo como un camionero, que hablo como borracha y me río como una foca enferma. Tienes que estar consciente que cuando salgamos no voy a ser yo quien busque tu mano si hay muchas personas mirando. Tienes que saber que escapo de los abrazos en público y que te llamaré "idiota" siempre que pueda. Debes tener siempre en cuenta que te golpearé tan duro que te costará respirar si es que te atreves a molestarme en público, y que no soy de las que se sonroja cuando le dices algo dulce delante de otras personas, sino más bien levantaré una ceja y te miraré con cara de "¿en serio?" antes de burlarme de ti por ser tan jodidamente cursi.

A pesar de todo eso, tienes que saber que cuando estemos solos, mi atención será tuya hasta el máximo. Que te sonreiré como si todo fuese a terminar hoy, que te susurraré miles de "te quiero" a cada oportunidad, que buscaré refugiarme en tu pecho siempre que pueda y que cuando me molestes te pediré disculpas por haberte golpeado antes, cuando estábamos en público. Te diré que realmente no creo que seas un idiota, sino más bien que la idiota soy yo por ponerme como un flan siempre que me miras. Y mis mejillas arderán, claro que lo harán, pero en lugar de sonreír de manera sincera, escaparé de ti, porque sé que, eventualmente, me perseguirás.

Aún así evita las guerras de cosquillas, soy del porcentaje de personas que termina golpeando al otro. También evita las sorpresas, me hacen sentir incómoda. Si quieres darme un presente con una visita basta. Compartir el tiempo, reír, hacer el tonto y pelear. Esas cosas me gustan mucho más que un ramo de flores (aunque si me regalas una planta en una maceta no diré que no). Me gustan los libros y la buena música, así que si escuchamos algo con tranquilidad o me permites unos minutos para leer en tu compañía, ese sería uno de los mejores presentes que pudieras darme.

Me gusta hacer cosas. Pintar, caminar, experimentar nuevas emociones y nuevas cosas. Siempre quise saltar en paracaídas aunque las alturas me aterran, o gritar algo estúpido desde una gran altura. Me gusta el aire libre y la felicidad, aunque siempre parecerá que tengo la palabra "LÁRGATE" labrada en la frente. Con otros me haré la dura, pero tú sabrás que soy tan dura en el fondo como un enorme y redondo algodón de azúcar.

Pero si le dices todo esto a alguien más... tengo un hacha y no dudaré en usarla.

sábado, 20 de junio de 2015

Permitir


Me permito extrañarte esta noche fría, noche en que la temperatura marca cuatro grados que siento como si fueran diez bajo cero. Me permito pensar en ti con los ojos abiertos y escucharte en cada parpadeo, como si realmente me susurraras al oído. Me permito ser yo, sin ti, pero en el fondo contigo.

Si pudiera permitirme más que ilusiones y quimeras, me permitiría un abrazo tuyo para ahuyentar esta soledad, así como un beso que calme los latidos de mi corazón y me deje sin aliento para suspirar. Si pudiera permitirme tu cercanía, haría que los centímetros de distancia, tan abismales y terroríficos, quedaran reducidos a una ilusión hecha sombra del dolor que siento ante los océanos y continentes que nos separan.

Por otro lado, te permito marchar, aunque eso pese en mi alma. Te dejo marchar si es lo que anhelas, y quedarte si es lo que deseas. Te permito decir hola o adiós, según lo que tu corazón dictamine y sin que sientas culpa porque las cosas se acaben o comiencen de una manera diferente. Te permito ser franco, y tal vez mentiroso, si es que eres capaz de mentir por piedad. Te permito sacar mi lado dulce, así como te permito decirme que me calle cuando estoy siendo demasiado grosera...

Pero lo que nunca te permitiré es que me engañes. Porque yo jamás me permitiría engañarte. Porque engañarte sería engañarme a mí misma. Y engañarnos a ambos sería romper nuestro lazo indestructible, tan indestructible que ni la distancia ni las peleas permiten que se rompa.

domingo, 14 de junio de 2015

Sí, quiero

Sí.

Acepto que soy una mujer ruda, dura, llena de defectos, insegura e insatisfecha, pero bastante loca. Loca por querer decir que sí, y hacerlo. Loca por haber dicho que no sin arrepentirme ni una sola vez antes. Loca por haber esperado aún cuando se me pedía siempre un poco de riesgo.

Sí, acepto que soy cautelosa, pero esa misma cautela me ha llevado a donde estoy ahora. A decir: Sí, quiero.

Sí, quiero. Tomo el desafío de enseñarte y que me enseñes, de gritarnos con cordialidad y de hablarnos con crudeza. Tomo el anhelo entre mis manos de querer ver el mundo a través de tus ojos y que tú veas el mundo a través de los míos. Tomo el riesgo de entregar mis ganas, y de cuidar las tuyas, esperando dar la talla.

Sí, quiero. Espero que me digas las verdades de frente, que no haya mentiras blancas, ni negras, ni rojas, ni mucho menos piadosas. Espero un poco de afecto por cada gota de amor y un abrazo cuando mis manos te busquen. Espero una sonrisa en medio de la noche, pues yo sonreiré hacia ti cuando las pesadillas aquejen. Espero que lo nuestro sea recíproco.

Sí, quiero. Acepto tu amor como una ofrenda, como un regalo, como una bendición sin dios ni salvador. Acepto tu forma de ser, infantil y enérgica, y acepto que no puedo darte más que un alma vieja llena de experiencia.

Sí, quiero. Te quiero, te quiero, te quiero. Te quiero en la salud, pero más en la enfermedad. Te quiero en los altos, pero sobre todo en los bajos. Te quiero en las risas, pero sobre todo en las penas. Te quiero en tu adversidad y en la mía, porque es cuando más deberemos demostrar amor y compromiso.

Sí, quiero. Quiero tu cariño, tu amor y hasta tu dulzura. Quiero la diabetes y la falta de latidos, los alientos que se escapan y los suspiros cursis. Quiero que me soportes, porque no será en vano. Quiero tu compromiso así como yo estoy comprometida contigo. Quiero, quiero, quiero.

Sí, quiero. Seamos egoístas el uno con el otro. Demostremos nuestros celos sin medida y hablemos sobre ello, pues es confianza y eso quiero. Tu confianza y la mía, formando la nuestra, una confianza con la forma de un universo en que las estrellas son tus ojos y los míos al encontrarse en las sombras.

Sí, quiero.

Quiero estar contigo y que quieras de la misma forma estar conmigo.

Sí, quiero.

Quiero un tú, conmigo. Para siempre. Así dure cinco segundos más.

Sí, quiero.

Quiero sentirme enamorada. Y quizás, si la vida lo permite, permanecer así.

miércoles, 21 de enero de 2015

Por qué lo hago


Una vez me preguntó por qué hago lo que hago. Sus palabras exactas fueron las siguientes:

—Lía, ¿por qué alejas a quienes te aman?

En ese momento no contesté, y no lo hice porque no supiera por qué lo hago. No respondí esa pregunta por la gran vergüenza que siento al admitir todo eso.

La razón por la que me alejo de las personas que me aman es porque estoy asustada, porque tengo miedo. Porque puedo, porque me dejan, porque me abandonan, porque creo que continuarán allí cuando quiera volver corriendo con más vergüenza de la que siento ahora.

¿Y por qué estoy tan asustada?

Una vez salí con un chico por un corto periodo de tiempo. Es probable que haya sido el hombre más tierno, dulce, simpático, generoso, preocupado, amoroso y agradable que haya conocido en mi vida. Fue criado con buenos valores. Se esforzaba por aquello que quería para su futuro. Era atractivo, inteligente, divertido y encantador. Realmente podría enumerar todas sus cualidades durante días y días. Además, era un hombre de una sola mujer. Se respetaba a sí mismo y respetaba a los demás. Me respetaba a mí como nadie había hecho antes.

Pero lo más importante es que era feliz. Él era feliz, algo que todos deseamos ser. Pero él no lo deseaba, porque ya era feliz tal y como estaba. Y con esa felicidad suya lograba contagiarme de entusiasmo y felicidad.

¿Por qué no quise estar con él entonces? Era algo que ni yo misma podía comprender.

Me hacía cumplidos todos los días. No importaba que mi cabello pareciera un nido de pájaros, que me viera como una pordiosera o que dijera tantas maldiciones como un camionero ebrio. A pesar de todo eso, él me decía que era una chica guapa. Me escuchaba llorar como cocodrilo a las tres de la mañana y reír como una foca enferma a las cinco de la tarde. Hacía todo lo que estaba en su mano cuando estaba mal, buscaba siempre la manera de animarme y me enseñó partes de mí que ni siquiera sabía que existían. Me enseñó a reír otra vez cuando sentí que mi sonrisa estaba perdida y me dijo que mis ojos brillaban incluso cuando pensé que ya no lo hacían.

Me dejó ver las cosas buenas de mí misma. Pero también sacó las cosas feas de mí.

Era pesada, con poca paciencia y nada amable cuando estaba con él. Él era demasiado agradable y yo era demasiado dura. Estaba demasiado curtida y al final eso predominó por sobre sus esfuerzos por hacer de mí una ligera nube de algodón de azúcar. Los cercos eléctricos que había construido a mi alrededor eran demasiado altos y tenían demasiada carga para cualquiera que intentara derrumbarlos o saltarlos. Era tanto lo que me había aislado a mí misma del mundo para no resultar herida que ni siquiera él, con su amabilidad, su ternura y su amor pudo alcanzarme.

Él era todo lo que buscaba en un hombre. Todo lo que podía haber necesitado. Y lo alejé.

¿Por qué lo hice?

Porque él me presentaba algo a lo que no estoy acostumbrada.

La coordinación a veces es lo peor. Alguien llega a tu vida en el momento justo, en el peor momento y por las mejores razones. Y es maravilloso porque es una salvación a todas las granadas que el mundo y la vida se esmeran por lanzarte. Él llegó para despertar de su letargo la fuerza que escondía, el amor que guardaba y la esperanza que cultivé muy secretamente dentro de mi alma. Llegó para mostrarme una manera de amar que ni siquiera sabía que existía. Para enseñarme cosas de inmenso valor y para animarme cuando sentía que no podía levantarme de los tropiezos.

Pero, ¿por qué no me quedé con él?

La persona perfecta había estado justo allí, pero estaba tan aterrada de todo eso que terminé por encontrarle cosas malas y lo alejé de mi vida. Encerré mi corazón bajo enormes y pesados candados mientras él me esperaba con los brazos abiertos, mientras esperaba que le confiara todas mis penas y esperaba él ayudarme a potenciar todas mis alegrías.

Pero mi corazón seguirá detrás de esos cercos eléctricos que tanto tiempo me tomó construir. Y sé que mientras sea así, jamás encontraré a la persona indicada para mí. Porque sé que lo perdí, y que ya no volverá. Porque el momento ya pasó y no se puede remediar.

¿Me arrepiento de que las cosas terminaran así? No. Sé que no estoy lista para amar a nadie intensamente, por mucho que mi corazón se exprima ante el hecho de haber dejado a ese chico tan tierno, atento, amable y especial que había llegado en el momento justo a mi vida. Porque no pude aprender a amarme a mí misma mientras estaba con él y, si no lograba amarme a mí, mi amor hacia él iba a ser sólo una mota de polvo en el espacio infinito.

¿Desearía haber podido amarlo? Sí. Lo amé, lo amé y lo amo infinitamente, pero no es un amor completo. Es un amor complejo, duro, egoísta. Y él es una persona demasiado increíble que merece no que una chica lo ame más, sino que lo ame mejor.

¿Me amó él a mí? Nunca sabré la respuesta a esa pregunta. Puede que sí me amara. Él hizo lo que pudo, pero yo corrí lejos y me aparté. Hizo lo que estaba a su alcance e incluso más, pero yo seguí corriendo.

El problema es que he corrido muy lejos y ahora no recuerdo el camino de regreso.

¿Por qué lo hago? ¿Por qué sigo corriendo?

Pues... porque quiero ver si puedo encontrar el principio de este camino, dando la vuelta al mundo.

sábado, 16 de agosto de 2014

Recuerdo


Recuerdo...
Recuerdo aquellos días en los que miraba al horizonte sin preocuparme de nada que no fuera en tomar tu mano mientras observábamos el atardecer.
Recuerdo la manera en la cual tus dedos, largos y cálidos, sujetaban los míos con fuerza y delicadeza.
Recuerdo la forma en la que mi respiración se detenía cuando el sol arrojaba sus últimos rayos sobre nosotros, dejando una estela de colores rojos, anaranjados, malvas y púrpuras en el espacio infinito sobre nuestras cabezas.
Recuerdo tus ojos mirándome tan fijamente. Y recuerdo las ansias nerviosas que cosquilleaban en mi estómago.
Recuerdo el color dorado brillante de la línea al desaparecer entre nosotros, justo debajo de nuestras manos entrelazadas.
Recuerdo tu nombre susurrado por mis labios con una voz que nunca sentí mía, porque sonaba tan endemoniadamente enamorada de ti, de todo de ti.
Recuerdo el impulso cuando la primera estrella, con el cielo ya oscuro, nos iluminaba incluso antes que la tardía luna.
Recuerdo mi espalda chocando contra las hojas secas de los árboles.
Recuerdo tus labios posándose ansiosos sobre los míos.
Recuerdo mis manos aferrándose a tu espalda.
Recuerdo el brillo de mis ojos reflejado en tu mirada.
Recuerdo... recuerdo todo lo referente a ti, cada momento de manera tan perfecta, que incluso ahora, luego de transcurrido tanto tiempo, continúa quitándome el aliento.

jueves, 24 de abril de 2014

Enfermedad


Ella se sentó frente a la ventana. Al otro lado del cristal podía ver como las gotas de lluvia caían lenta, pero constantemente. Era una llovizna suave, una cortina delgada que le permitía ver más allá de las mismas gotas y que, al mismo tiempo, la reflejaban a ella millones de veces, como si fuesen un espejo líquido tratando de armarse antes de estrellarse contra el suelo de concreto y hacerse mil pedazos.

La fiebre era intensa, pero no se sentía cansada. A pesar de tener la nariz enrojecida por culpa del frio y de los estornudos constantes, no se sentía de mal humor. En realidad ella sentía como si flotara. Se encontraba perdida ante la lluvia y su propio reflejo en el cristal de la ventana. Un reflejo de ojos cansados y tristes, un reflejo inconstante que iba entre una sonrisa y una mueca de desaprobación cada pocos segundos. Era un reflejo ajeno en el cual, de todas formas y casi de manera imposible, lograba reconocer algo de sí misma, aunque aún no lograba definir lo que veía.

De manera perezosa, pero automática, estiró la mano hacia la ventana y la abrió lenta, suavemente, de manera acompasada a los agotados sonidos de su corazón, que retumbaban en la oscuridad de la habitación solamente quebrada por la luz de las farolas que estaban en la calle. Volvió a acomodarse, pero esta vez con los codos apoyados en el alfeizar de la ventana, sintiendo la reconfortante brisa fría y las tenues gotas constantes de lluvia impactando contra su rostro, disminuyendo un poco el calor proporcionado por la fiebre.

Sonrió.

Se sentía un poco como morir y revivir constantemente, como nacer cada pocos segundos, como si estuviera mudando de piel. Algunos sentimientos se aferraban, como la fiebre, a todo su cuerpo. Otros, en cambio, se iban cuando las gotas de lluvia se deslizaban por su rostro hacia la barbilla, perdiéndose en la bufanda que tenía enredada en el cuello.

También sentía que a pesar de todas las maneras dulces y violentas que conocía de morir, incluso aunque tuviera fiebre y apenas pudiera recordar quién era, sentía que jamás podría elegir otra manera de morir además de... de él.

Él era su manera perfecta de morir. El recuerdo, la sonrisa y las palabras bonitas. Siempre había sido el portador de la flecha que apuntaba a su corazón, así como también era el portador del calmante para las heridas que en su alma pesaban. Nada ni nadie podría sacarlo jamás de ese lugar.

Apoyó la frente caliente y húmeda por el sudor y las gotas de lluvia sobre los antebrazos, tomó una profunda inspiración cansada y dejó a sus lágrimas salir. Eran lágrimas tranquilas, pero constantes, al igual que la lluvia. Eran lágrimas de sanación, aunque estaba segura que jamás podría sanar esa herida completamente. Por lo menos estando bajo una enfermedad podía comenzar a intentarlo, pues estaba segura que de tener sus fuerzas caprichosas intactas, sería demasiado orgullosa como para llorar por eso. Para llorar por él, otra vez.

Oh, pero como dolía amarlo de esa manera tan perfectamente imperfecta. Realmente era como tratar de hacer que un ciego aprendiera a hablar en lenguaje de señas el tratar de dejar de amarlo. Pero no podía evitarlo, siempre había sido así, desde el principio. Era un amor inestable y caprichoso, enfermizo e hiriente. Era ese tipo de amor que te hace gritar cuando solo quieres llorar.

Lo extrañaba.

Extrañaba que él estuviera con ella, que le sonriera y le dijera algo, cualquier cosa que la hiciera sonreír. Extrañaba los pequeños detalles que una vez había tenido con ella, y extrañaba también la manera en la cual solía mirarla. Ahora de todo lo que ellos habían tenido solo quedaba esa fiebre infernal, esa nariz enrojecida por tanto estornudar y esa enfermedad llamada rabia. Rabia contra sí misma por no poder dejar de sentirse molesta ante su indiferencia. Esa rabia por estar siempre celosa. Esa rabia incoherente...

Levantó el rostro y la lluvia, ahora fuerte y renovada, intensa, golpeó contra su rostro, llevándose sus lágrimas. Y pudo sonreír ante la aceptación de lo pequeña que era. Porque en ese momento de completa vulnerabilidad podía pensar con tranquilidad, gracias a la enfermedad, que era una chica torpe que necesitaba de su caballero de armadura hecha con cajas de cartón.

Oh, realmente cuando enfermaba aprendía tantas cosas...

jueves, 10 de abril de 2014

Ella


Ella no era una chica romántica. En realidad no era de esas chicas a las cuales pudieras conquistar con flores y corazones. Ella en realidad se consideraba a sí misma bastante simple, aunque todos a su alrededor dijeran lo contrario.

Una vez ella había estado enamorada, perdidamente enamorada. Aquello no había terminado bien.

Mientras ella había entregado no solo su corazón, sino su vida a aquel que amaba, solo había recibido una carta llena de errores ortográficos, escrita con la tinta de la ebriedad y contando promesas que jamás se cumplirían. Sus ojos leyeron con horror aquellas líneas con menos acentos de los que debía, y mientras eso sucedía, su corazón y toda ella se recubría con la tinta oscura y amarga de las palabras no dichas.

Jamás había sido romántica, pero aquel amor sádico, masoquista e incompleto la habían transformado en una mujer de hierro. Y no importaba cuánto quisiera demostrarle a alguien que le quería, su propia mente la obligaba a retroceder mientras la armadura se fortalecía en la desconfianza.

A su vida llegaron algunos hombres buenos, sí. Y ella los había querido, los había querido mucho, pero siempre los apartaba de su lado. Porque estaba dolida y no quería confiar ya más en nadie, no quería volver a ser herida como en el pasado. Por eso, cuando alguien demostraba demasiado hacia su persona, ella comenzaba a distanciarse, acomodando mejor la armadura contra su cuerpo y tomando el primer vuelo hasta el anochecer que pudiera alcanzar.

Los rechazaba a todos porque en el fondo sabía que siendo así de incompleta e imperfecta, no podía amar a nadie. Porque darles falsas ilusiones a otros sería lo mismo que le habían hecho a ella, y no pensaba permitirlo. Primero hubiera preferido morir.

Una vez, después de mucho tiempo, alguien alcanzó su corazón. Habían logrado una hazaña nunca antes vista.

Él era inteligente y agradable, la hacía reír y sonreír, la hacía sentir mariposas en el estómago con sus palabras cariñosas y le cantaba cuando ella menos lo esperaba. Y por mucho que había intentado no caer a los brazos de ese hombre, ella había terminado cediendo a sus caricias y a sus consuelos. A esas palabras que sentía sólo para ella.

Una nueva emoción había vuelto a nacer en su corazón, oxidando su armadura pensada para ser indestructible. De pronto sus palabras comenzaron a tener colores y formas, no solo trazos en un papel blanco lleno de rencor y de curvas amargas que trataban de ser acantilados suicidas para cada estrofa.

Él había llegado a conseguir que ella le sonriera... y le amara.

Pero aquello no podía durar, porque los fantasmas nunca se habían marchado de ella. Los fantasmas regresaban cada noche para acecharla y darle horrendas pesadillas sobre el futuro que tendría con ese maravilloso ser que la esperaba al otro lado de la ventana, resguardándose de la fría noche mientras miraba sin descanso el camino que ella tomaría para llegar hasta él.

El miedo se transformó en algo firme y constante. El temor a perderlo, a que dejara de amarla. El temor a hacerse daño.

Al final, ella le abandonó. Y corrió, corrió como si el mundo se acabara a su espalda. Tomó el primer tren al sur y se alejó de aquel que tenía el poder de romper su corazón.

Ahora ella está lejos, sentada bajo los rayos del sol, esperando. No sabe qué espera, pero continúa en eterna vigilia. Sus noches se vuelven cada vez más y más tormentosas sin él, a pesar de que él parece no guardarle rencor alguno. Él la acepta, y quiere lo mejor para ella. O al menos eso dice él. Y ella sólo quiere que la olvide y que sea feliz, porque solo de esa manera siente que podrá quitar su armadura, sanar sus heridas y poder continuar.

Pero la armadura está tan fija en su piel que comienza a perder la esperanza. La esperanza de sanarse.

La esperanza de volver a amar, como una vez le amó a él. A quien desarmó todos sus temores y se sentó a tomar el té con sus demonios.

La esperanza de poder mirarlo a los ojos y sentir que todo estará bien.

lunes, 10 de febrero de 2014

Absurda


A cada paso que daba, sentía que su corazón se hundía de pesar. Y lo más idiota, lo más irreverente, era que ella misma se lo había buscado. Ella había dado el paso en retroceso, ella había comenzado y terminado con el adiós. ¿Por qué simplemente no podía decir la verdad?


Negó con la cabeza, secando las lágrimas que corrían por sus mejillas. Por un momento estúpido Kamil pensó que él la seguiría. Por un momento de absurda ilusión pensó, imaginó que él la tomaría del brazo y le diría que todo estaba bien, que era libre de llorar. Que la abrazaría incluso contra sus pataletas, contra sus gritos y contra la máscara de hielo que siempre mostraba ante todos. Porque él siempre era capaz de destrozar la imagen que proyectaba hacia el mundo, siempre era capaz de deshacer todo lo que ella con esmero había construído a su alrededor, apartando la soledad y el dolor a los cuales estaba tan acostumbrada.


Y lo peor de todo era que la rabia, el odio que sentía... ni siquiera eran contra él. Eran siempre contra sí misma. Era rabia por no poder desmoronarse sin temor a lo que pensara, sin temor a que él sintiera que era inútil a su lado. Y lo odiaba. Odiaba causarle esa inseguridad, esa inestabilidad.


Se odiaba por no poder entregarle jamás nada bueno. Nada de valor. Nada más que una promesa de amor incondicional, aunque doliera... Aunque su amor se enterrara e hiriera como espinas de sentimientos absurdamente encontrados dentro de su corazón.


Subió en el automóvil, sin siquiera mirar al conductor del mismo. No necesitaba mirarlo para saber la preocupación que enmarcaba su rostro. El recorrido transcurrió por largos minutos en completo silencio, con conductor y pasajero atentos en el camino.


—Señorita.


Kamil volteó la mirada al hombre, sus lágrimas brillando en la oscuridad. Él continuaba atento al camino, esquivando el resto de los vehículos que pasaban por la autopista.


—No sé lo que le aqueja —continuó él—, pero no debería llorar de esa manera. Y sé que no soy nadie para decirlo, pero puedo ver en su rostro que las decisiones que ha tomado, la han herido... mucho. No se deje abatir por el dolor, no deje que la venza. Seguramente es una muchacha muy fuerte. Si enfrenta sus temores con fortaleza y decisión, seguramente todo se arreglará.


El hombre sonrió, mirándola al detenerse frente a una luz roja.

Y Kamil se desarmó, llorando de manera descontrolada.

lunes, 14 de octubre de 2013

Encuentro II

[El hombre sabio y la chica del lápiz]



Recuerdo que cuando le conocí, cuando te conocí, solo pude pensar con horrible vergüenza una cosa: Que eras el hombre más triste y desdichado que había conocido jamás, y que probablemente ninguna tristeza se compararía en el mundo a tu tristeza y a tu dolor.

Tu historia, cuando me enteré de ella, me hizo sentir como una niña escondida, refugiada entre los brazos de su padre, buscando una respuesta a cosas, a preguntas que no entiende porque, en el fondo, tiene demasiado miedo para entender. Porque se siente, me sentía dañada y frágil. Y tú penetraste en esa fragilidad, inmovilizaste mis ojos con los tuyos y me hiciste que ver que tenía mucho, mucho camino por recorrer.

Aquel día había buen tiempo, pero estaba helando rápido. Era casi como una premonición extraña. Yo siquiera soy capaz de recordar muy bien lo que estaba haciendo antes de comenzar a sentir tu presencia, antes de decidirme a hablar contigo porque sentía, en el fondo de mi alma, que si no lo hacía, simplemente te perderías, así como yo ya me había perdido.

Nos presentamos y la conversación fluyó suavemente. Reí y dije muchas tonterías, ¿lo recuerdas? Creo que estaba un poco nerviosa. Bueno, eres mayor que yo, y sabio, ciertamente lo eres, pero estabas perdiendo esa sabiduría por culpa del sopor de tantos años dormido, por culpa de ese sentimiento de querer regresar a dormir porque sientes que no puedes ver que la persona que amabas, aquella que no pudiste abrazar por más tiempo, no está contigo para apaciguar ese sentimiento de terrible vacío y soledad.

Creo que por eso, porque nos entendíamos, nos hicimos tan cercanos.

Lentamente, casi como los pasos temblorosos de un niño, las cosas comenzaron a fluir. Era como una corriente suave y cálida. Me gustaba cuando comenzabas a hablar de historia y yo te miraba, escondida detrás de mis páginas y mis libros etereos, esperando siempre por un poco más de tu sabiduría. Sabes muchas cosas, te envidio por eso. Pero tranquilo, es una envidia sana, no te preocupes.

Recuerdo que una noche, mientras estábamos escondidos en un rincón como dos prófugos escapando de los polizontes, me acurruqué contra tu costado y lloré. Ni siquiera sé porqué comencé a llorar, solo recuerdo que de pronto sentía un nudo firme en la garganta y comencé a sollozar como una tonta, temblando por no sé qué cosa. Tal vez por los recuerdos, que comenzaban a ser ya demasiado insoportables.

—Tienes que soltarlo —me dijiste, rodeando mis hombros en un abrazo, acercándome a tu pecho—. No es sano para ti el vivir de esta manera, pequeña.

Miento, ahora soy capaz de recordar -o puede que nunca lo haya olvidado-, el motivo de mi llanto. Y fui muy mala contigo, realmente hiriente. Lamento el haberte dicho aquellas cosas...

—¿Y qué hay de ti? —bramé llorosa, con el nudo firmemente cortándome las palabras— Tú no quieres dejarla ir, ¿por qué conmigo debe ser diferente?

—Porque yo estoy viejo, y a perro viejo no se le enseñan trucos nuevos —dijiste llanamente, como si hablaras del clima. Oh, lamento el haberte dicho algo tan cruel, en serio lo lamento—. A ti te queda tanto por delante, tanto camino. Tal vez solo no era para ti, y no puedes martirizarte por eso.

Tenías razón en una cosa. Me estaba martirizando. Con el tiempo me había vuelto estúpida y masoquista, sintiendo que no podría ser ni sentir más que aquel profundo dolor que me envolvía y que tú, de aquella desquiciante manera paternal, querías comenzar a sacudir lejos de mí. Y ahora, solo ahora que ha pasado tiempo, soy capaz de verlo.

Recuerdo que luego de eso me sentaste en tu regazo, de la misma manera que solía hacer mi padre. Recuerdo que tomaste el lápiz con el cual sujetaba mi cabello de aquella estrafalaria manera y lo sacaste, dejando caer en cascada la mata enmarañada. Acariciaste mis mejillas con la punta del lápiz, como dibujando un mapa de mis lágrimas. Y me mirabas profundamente, tanto que era imposible el no mirarte, el no perderme de esa manera. No podía ser capaz de advertir que me estabas atrapando, pero creo que de haberlo sabido, tampoco te hubiera detenido.

Tú sí entiendes, Javier.

—¿Quieres hacer algo, pequeña? —dijiste al fin, cuando fui capaz de dejar de sollozar.

Me encogí de hombros, sin saber muy bien qué decir. Pero luego, actuando -para variar- por inercia, tomé el lápiz de entre tus dedos y comencé a escribir en la muralla tras de ti. Palabra por palabra, todo de manera inconexa. Escribí sobre el dolor, sobre la tristeza, sobre la soledad, sobre un violín, sobre historia y geografía, sobre lo que me estabas enseñando. Escribí sobre tus ojos y sobre los míos, sobre tu sabiduría y sobre el lápiz mismo con el que escribía en ese momento. Dejé salir todo hasta sentirme vacía y cansada, sin haberme dado cuenta siquiera en ese momento que a veces lágrimas mudas se deslizaban otra vez por mis mejillas y que tú, paciente y cariñoso, las secabas casi con devoción.

Realmente soy muy torpe, ¿o no? Pero creo que tú tampoco sabías muy bien lo que estaba sucediendo. ¿Lo sabías? Dímelo, por favor. Tampoco es algo que sea capaz de preguntarte directamente, sabes que soy muy tímida.

Y bueno... luego de aquello, nos hicimos casi inseparables. Soportabas mis tonterías y niñerías, aún lo haces. Soportabas mis berrinches con una sonrisa, espero no ser demasiado torpe como para que te saque de quicio y quieras apartarte de mí.

Me quieres, o eso espero. Y yo te quiero desde aquel momento en que nos conocimos, sin saberlo, siendo completamente ignorante de que nuestros caminos estaban destinados a cruzarse, nos gustase o no.

Y aún ahora, cuando estamos prontos a estar tan lejos, cuando comienzo a mirar los minutos como si fueran segundos, preguntándome en qué momento llegarán... pienso en ti, en esas caricias tranquilizadoras. Pienso en tu silueta mirándome, sentado sobre el escritorio junto a las pantallas con tu sonrisa arrebatadora y con ese brillo de renovada felicidad en tus ojos. Y me pregunto si alguna vez seré capaz de no sonrojarme ante tu recuerdo. Si seré capaz de dejar de mirar por la ventana, suspirando mientras espero verte llegar. Si podré escribir una palabra, un verso, una página, un cuento o un libro entero sin pensar en que me estarás mirando, pujando por saber qué es lo que el lápiz dice al rasgar el papel.

Y me pregunto si un día me cansaré de tu sabiduría...

Pero si me dejas decirte algo... Lo dudo. Pero silencio, no le digas a nadie.

Es un secreto...

Es nuestro secreto.

martes, 8 de octubre de 2013

Encuentro I


[Drew & Marie]

Recuerdo que cuando te conocí, inmediatamente pensé tres cosas:

Primero; que tenías la mirada más sincera y a la vez más triste que había visto jamás en mi vida.

Segundo; que eras realmente, realmente gracioso. Sencillamente poseías -y aún posees- un sentido del humor único.

Tercero; que me encantaría poderte abrazar y no soltarte nunca, jamás.

Recuerdo que cuando escuché tu nombre, pensé que era el nombre más bonito del mundo: Drew. Por alguna razón sabía a miel y se sentía en verdad real. Perfectamente real.

La primera vez que te vi, fue en la distancia. Una distancia grande, grande como un universo, casi infinita. Hablabas con quien es como mi gemela -nos parecemos mucho incluso al no tener la misma sangre-. Y ella te hacía reír y sonreír, y yo sentía unos celos irracionales porque pensé en que me gustaría ser yo quien hiciera brillar tus ojos de esa manera.

Ustedes eran amigos, y yo también quería ser tu amiga.

Esa madrugada, la madrugada misma en que te vi por primera vez, me acerqué a Bri en silencio, cautelosa y nerviosa. Recuerdo aquella conversación como si estuviera sucediendo todavía.

—Bri... —la llamé. Ella me miró por sobre sus anteojos y dejó a un lado los papeles en los cuales trabajaba— ¿Con... con quién estabas... hoy en la tarde...?

—¿En la tarde? —Bri me miró, calmada y sinceramente, pensativa.

—Sí. Estabas con un chico, alto y moreno —describí, sintiendo las mejillas arder.

—¡Ah! Te refieres a Drew —esta vez, una amplia sonrisa se extendió por su rostro aniñado e infantil, lo cual la hacía lucir incluso más joven.

—¿Se llama Drew...?

Recuerdo que mi corazón se saltó un latido completo, antes de comenzar a golpear dentro de mi pecho con mucha, muchísima fuerza. Bri me miró solemne, casi ceremoniosa, siempre sonriendo como solo ella sabe hacerlo, con una afabilidad innata.

De alguna manera, hablamos durante horas sobre ti. Incluso ante ese extraño temor, incluso ante todo, estaba ávida, deseosa de conocerte. Y supe tanto de ti esa madrugada, que luego solo quería tenerte frente a mí y conocerte, y que tú me conocieras. Pero estaba esa situación, ese temor al rechazo que siempre me ha dominado.

—¿Quieres que los presente? —dijo de pronto Bri, haciéndome regresar los pies a la tierra.

Mi corazón dio un vuelco y mis manos temblaron casi imparables, totalmente dominadas por los nervios.

—No —dije bruscamente. Bri se sorprendió ante mi respuesta—. No vamos a repetir lo de la última vez, Bri. No.

Ella se quedó mirando a la nada, pensativa. Y de pronto, rápida como una estrella fugaz, sus ojos se llenaron con el brillo de las estrellas, y pude verme reflejada en sus ojos que, con certeza, en ese momento estoy segura, se parecían a los míos. Ella se parecía a mí, y yo a ella.

—Esto es lo que vamos a hacer —palmeó el asiento a su lado con otra reluciente sonrisa y yo me senté allí, a la escucha.



Realmente ese plan era una locura, lo era. Una locura de pies a cabeza. Pero, en cierto modo, esperaba anhelante que funcionara.

Cuando apareciste caminando, manos en los bolsillos y mirada perdida, distraída, mi corazón volvió a detenerse en menos de veinticuatro horas. Y lo más difícil, recuerdo, de ese momento, fue cuando te acercaste hacia donde yo estaba y me besaste en la mejilla, una sonrisa quedamente instalándose tranquila en tus labios esculpidos.

No puedo hacer esto, no puedo, me va a descubrir. Ese fue mi pensamiento desesperado cuando te quedaste contemplándome durante un segundo completo más de lo que se debería mirar a una persona. Tu mirada ónice reflejaba una pequeña pizca de duda y sonreí, tratando de parecer normal. Tratando de parecer Bri. Y cuando sonreíste de vuelta, sentándote a mi lado, sentí que todo iba a ser complicado y sencillo al mismo tiempo.

—Hola, Drew —saludé tímidamente, pero al mismo tiempo de manera animada. La sonrisa permaneció en mis labios tanto tiempo, tan amplia, que pensé que debía verse bastante falsa.

—Hola, Bri —saludaste de vuelta, mirando el sombrero que tapaba bastante de mi mirada—. Lindo sombrero. ¿Te molesta el sol?

Sonreíste y yo, sin saber cómo ni porqué, lancé una estridente carcajada. No había sol, más bien estaba bastante oscuro pues estaba anocheciendo y las luces de las calles comenzaban a encenderse de manera casi casual.

Hablamos durante horas y horas, a veces de manera tímida y otras veces bastante más animados. Pero hablamos. Y acordamos vernos la noche siguiente.

Y luego de muchos, muchos encuentros, eras tan, tan adictivo para mí, que me desesperaba el hecho de que un día pudieras descubrir la verdad y terminaras odiándome.

Recuerdo aquel día en el cual saliste con Bri, con la verdadera Bri, tu amiga Bri. Iban todos en grupo y yo, como una espía, los miraba desde la distancia. Me asombraba la popularidad que Bri conseguía solo con esa sonrisa radiante y a la vez tímida, me asombraba el hecho de verla y no poder entender la razón por la que a mí me resultaba tan complicado ser natural mientras que a ella... bueno, le salía todo natural.

En un momento ustedes se quedaron atrás del grupo, hablando en susurros. Bri te miraba seriamente, casi compasiva, y tú tenías esa mirada de hombre desesperado. ¡Oh, cuánto quise, cuánto anhelé el poder correr en tu dirección y refugiarte en mis brazos, para que nada ni nadie te hiciera sentir de esa manera!

Aquella noche, Bri me dijo que tenías el corazón destrozado. Ella lo expresó de esa manera y yo, profundamente, dolorosamente, sentí como mi corazón se rompía al enterarse de tu sufrimiento.

Y esa misma noche me propuse a mí misma ser quien reparase y cuidase tu corazón. Y no me importó lo más mínimo a quien tuviese que sacar del camino para poder conseguirlo.

Soy bastante egoísta, lo sé.

Y aunque soy egoísta, yo... Te amo, Drew.

martes, 26 de marzo de 2013

Fluir


Trata de correr, trata de esconderse. Trata de alejarse del abrumador sentimiento de soledad que se escabulle dentro de su corazón. Sentimiento extraño, inusual, invasivo. Mucho de nada, poco de todo.

Trata de ocultarse a ese sentimiento, pero sabe que está atrapada. No tiene salida. Sabe que debe permanecer a su merced porque es lo único seguro, envuelto en toda la inseguridad caótica que es su vida. Solo se tiene a sí misma, como siempre se ha tenido. Aunque es difícil de asimilar bajo esa tormenta que la azota.

Quiere irse lejos, flotar más allá de todo lo que cree que conoce. Pero no sabe nada, no entiende nada. Y eso, en cierta forma, la hace fuerte.

La hace atractiva a la vez de inalcanzable.

No quiere que nadie la alcance, no quiere que nadie la toque o la abrace.

Porque está aterrada.

Porque tiene miedo de perder lo poco bueno que puede llegar a tener. Porque tiene miedo de querer más, y más, mucho más de lo que puede ser capaz de llegar a cargar. Porque es ambiciosa, y lo sabe.

Abre los ojos...

Niega con la cabeza, en su mente grita que no con todas sus fuerzas. Porque tiene miedo de lo que puede pasar. Porque tiene miedo de volver a creer.

No todo es tan malo, A.

Aunque no lo parezca, ella quiere creerle. Quiere entregarse sin tapujos ni problemas, quiere decir que en realidad toda la tormenta ya ha pasado de una buena vez y para siempre.

Pero el miedo continúa allí.

Miedo al rechazo. Miedo a perderse a sí misma como se ha perdido antes.

Pero ella lo sabe, sabe que tiene que dejar atrás. Sabe que ella es agua, sabe que debe seguir adelante.

Sabe que, aunque cueste...

Debe volver a fluir.

Sabe que el camino será difícil, sabe que estará lleno de rocas y desvíos que la harán parecer incluso más pequeña e indefensa. Sabe, también, que a veces hará frío y que otras veces sentirá que se evapora porque las fuerzas la abandonan nuevamente.

Pero no quiere rendirse.

No te rindas.

La voz se lo dice, en su memoria y, más allá de eso...

Gritando desde su corazón.

jueves, 21 de febrero de 2013

En Pedazos


Es como una enorme esfera de cristal que ha caído, haciéndose añicos contra el suelo. Creo que eso es lo que es mi corazón en este minuto... rompiéndose en pedazos.

Porque simplemente lo has soltado, y eso duele. Porque simplemente lo has dejado ir y el, idiota como el solo, se ha arrastrado hasta el barranco y se ha arrojado al vacío.

No es tu culpa, de todas formas. Es mía, porque yo sabía en qué terminaría.

No me ames, ¿de acuerdo? No lo hagas. Porque si lo haces, dolerá demasiado. Porque si lo haces, la infelicidad recaerá sobre ti. Y yo quiero que seas feliz.

Tampoco quiero amarte, porque duele. Porque cuando te amo de esta manera los ruidos hacen eco y las garras me alcanzan como si en realidad estuvieran muy cerca. Están muy cerca.

Quisiera poder ser lo que quieres que sea...

Quisiera poder darte lo que necesitas...

Quisiera... tantas cosas...

¿Sabías que muy alto en el cielo hay una estrella que está dispuesta a romperse en pedazos por ti?

A veces... quisiera poder ser esa estrella. Pero en cambio soy solo este espejo roto, un despojo de lo que pude haber sido, de lo que pude haber reflejado.

Y lo siento...

jueves, 14 de febrero de 2013

Latidos de Distancia


Querido Tú:

Tal vez nunca me expreso de la manera correcta, ¿sabes? Pero hay ocasiones -ocasiones como esta- en la que puedo darme un poco de valor para poder decir algunas de las cosas que siento. Pero tú bien sabes lo torpe que puedo llegar a ser, lo tímida, cobarde y estúpida todos esos adjetivos que soy cuando la ocasión menos lo amerita. Ah... soy tan torpe que me molesta.

Recuerdo cuando te colaste en mi interior, claro que sí, es algo que recuerdo con claridad. Con demasiada claridad. De pronto mi corazón se encontraba latiendo a un ritmo desenfrenado, a un ritmo que causaba dolor de tan rápido marchaba, a un ritmo que me aterraba. Que me aterra hasta el día de hoy. Y no pude hacer más que comenzar a preguntarme qué me estabas haciendo. ¿Qué clase de hechizo lanzaste en mí, para atraparme de esta manera? Nadie antes había conseguido atraparme pero tú... Tú, con una sola mirada, me atrapaste. Y no solo eso, sino que me dominaste.

No entiendo cómo has logrado derribar los altos muros que tanto trabajo me costó construir. Pero lo hiciste, y ahora me encuentro aterrada ante las infinitas -y dolorosas- posibilidades que se extienden ante mí. Porque cuando te miro a los ojos... tengo miedo de perderte. Y lo sabes. Y es un miedo que no puedo dominar, que no puedo espantar. Es uno de mis demonios y estoy destinada a cargar con el.

Pero no todo lo que me has hecho es malo, no señor. Hay demasiadas cosas hermosas aquí que no sé cómo expresar. Esta esa sonrisa tuya que me hace sentir que el mundo es el que está de cabeza y no yo. Está tu mirada, esa que me hace sonrojar hasta la médula. Están tus manos, que me tocan con esa amabilidad que nadie antes había usado conmigo. Están tus palabras, siempre cálidas y sencillas, aunque incomprensibles para mí la mayoría del tiempo. ¡Son tantas cosas y tan poco tiempo...!

Aunque lo más importante de todo es... La forma en la que haces latir mi corazón.

Por eso me he puesto a pensar y he llegado a la conclusión que estamos a un millón de latidos de distancia.

Sé que lo que he dicho no tiene sentido, pero no tiene que tenerlo, ¿sabes? Porque es lo que siento. Porque si lo ponemos en comparación, nuestra cercanía física es incluso más pequeña que la cercanía de nuestros latidos. Nuestras manos están a un roce de distancia, mientras que nuestros corazones se encuentran con galaxias enteras para poder siquiera verse un segundo.

Y no me gusta.

Hace que duela...

Pero oh, cielos, te amo. Te amo y sé que ya no puedo negarlo más. Te amo en todos los idiomas que conozco y puedo llegar a conocer. Te has colado en mi interior y has echado raíces con fuerza y yo no soy quién para tratar de arrancarte de allí. Porque aunque me aterra, me encanta que estés allí. Ahora esa parte de mí te pertenece y, aunque no tengo miedo a que dejes de amarme, sí le temo horriblemente a un mundo en el que tú no existas.

Me aterra siquiera imaginar esa posibilidad.

Es por eso que ahora me encuentro escribiendo esto. Porque quería que supieras que sin importar lo que pase con nuestros sentimientos... siempre estaremos a un millón de latidos de distancia. Tal vez nunca seamos capaces de tocarnos de verdad en una caricia de reconocimiento a esos sentimientos, tal vez ya ha sucedido y ni cuenta nos hemos dado. ¿Quién sabe? Por supuesto que yo no lo sé. Y tampoco estoy segura de querer saberlo.

No espero de ti un final de cuentos de hadas, así como tampoco espero promesas para toda la vida. No espero nada de ti más que sinceridad. Porque yo soy sincera en mis sentimientos, en mis acciones, en mis palabras. Si te aburres de mí, dímelo, no me destrozará. Tal vez duela un poco al principio, pero en cada latido de mi corazón existirá un recordatorio de que fue bello y sin igual mientras duró. Solo eso me hace sonreír en la anticipación de cosas que aún no suceden y no sé si sucederán.

Y aún a pesar de todo lo que he escrito aquí, mis sentimientos no cambian. Por eso, porque si continúo seré redundante, es que es hora de ponerle punto final a esta carta.

Guárdala en tu corazón, a ver si nos acerca un par de latidos.


Con amor... Yo.