Quienes me inspiran a seguir

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miércoles, 7 de agosto de 2013

Carta a los Muertos


Si los vivos tuvieran la oportunidad de decirle algo a quienes han abandonado tu vida de la noche a la mañana, de manera abrupta: ¿qué dirían?


“Siempre te amé”. “Fuiste un ejemplo”. “No había nadie más gracioso que tú”. “Tu fortaleza siempre me hizo fuerte”. “Si solo sonríes, todas las cosas malas en tu vida se evaporarán, desaparecerán”. “El dolor es más grande cuando piensas en el”. Tal vez todo eso y muchas cosas más. ¿Quién sabe?, quizá un día todos nos encontremos en Algún Lugar al cual llamar Cielo, al cual llamar Paraíso.


Eso me hace recordar que todos, inevitablemente, caminamos en una vía indirecta hasta esa puerta final que, al ser cruzada, nos alejará físicamente de quienes nos aman y de quienes amamos. Y me hace pensar que es curioso, pues cuando estás vivo son pocas las veces en las que te sientes fuertemente amado, son pocas las veces en las cuales sientes que incluso con solo una persona que te ame bien y mejor, sería como cubrir la plaza de todas las cientos de personas que has conocido a lo largo de tu vida. Y es difícil, es difícil despedirse, es difícil abandonar y sentirse abandonado. Porque cuando estás en ese entierro, como un vivo o un muerto, ese momento parece interminable, y el dolor se extiende y quema de tal manera que puede que jamás te recuperes.


Quienes nos dejan para irse a Algún Lugar, no pueden decir nada. O más bien, nosotros no podemos escucharlos. Probablemente piensen que somos, que fuimos, que seremos por siempre seres hipócritas pues estamos diciéndole a un cuerpo sin vida todo lo que debimos decirle cuando ese cuerpo se movía, cuando ese corazón latía cerca de nuestro corazón. ¿Cómo enmiendas ese terror de sentirte abandonado, queriendo redimirte por los pecados pasados?


No hay redención, ese es el problema. Ese es y siempre será el maldito, estúpido problema. La redención no existe, así como tampoco ese Cielo lleno de ángeles que cantarán para nosotros mientras estamos muertos. Porque los muertos están bajo tierra, siendo comida de gusanos, pudriéndose, mientras los ángeles cantores se encuentran en el Paraíso, en Ese Lugar en las nubes, sobre las nubes, a más de treinta mil kilómetros de altura, en Ese Lugar en el que el viento sopla tan fuerte y donde no hay oxígeno, por lo que en Ese Lugar morirías tu segunda muerte.


Por otro lado, hay personas que dicen, que creen fervientemente que aquellos que amamos solo mueren cuando se les olvida. Yo misma pensaba en ello antes, mucho antes de llegado este momento. Pero ya no lo creo. Porque cuando estás muerto, a quienes te aman les duele y te recuerdan, pero ellos están vivos. Están vivos y tú darías todo lo que no tienes por cambiar mil años de historia por un solo minuto, que quizás pueda comprarte un día, y ese día que quizás y con mucha suerte pueda comprarte un año. Pero no puedes.


Si los muertos tuvieran la oportunidad de decirle algo a quienes están vivos: ¿qué dirían?


“Aún a pesar de todo, cuando estaba muriendo, soportaste estóicamente el dolor de verme abandonarte. O tal vez tú me abandonabas. Nos abandonamos mutuamente para recorrer nuevos caminos. Y aunque muchas veces sentí que mantener la relación no valía la pena, sí tengo motivos para irme, no en paz, pero sí pacíficamente, tal y como todos llegamos a este mundo. Entre gritos, entre lágrimas, entre palabras que serán escuchadas solo un instante y recordadas incontables instantes más, pero que paulatinamente serán olvidadas. Porque todo en esta vida se olvida cuando te mueres”.


Entonces, señoras y señores, me doy cuenta que en realidad uno no vive para siempre si solo es recordado. Las personas te recuerdan por mucho tiempo, es cierto, pero cuando todos los que te recordaban han desaparecido, ¿qué queda? Ya nadie te recuerda, ya nadie pronuncia tu nombre diciendo “me gustaría que estuvieras aquí”, ya nadie te extraña pues has sido reemplazado por un nuevo recuerdo al cual extrañar.


Y es un ciclo, y es una fórmula, y son números y matemáticas.


Si me dieran la oportunidad de vivir infinitamente, la rechazaría sin dudar. No le temo a la muerte, pues como los muertos he aprendido que en realidad solo puedes temerle a la vida. Porque mis muertos me han enseñado cosas que jamás olvidaré, inconscientemente nunca las olvidaré porque aquellos recuerdos me llevaron a un canal de aprendizaje que no puedo ni quiero repetir, que no quiero ni debo recordar, pero que permanecerá dormido en el fondo de mi memoria porque eso, al final de cuentas, es todo lo que queda. El recuerdo del aprendizaje dormido y escondido, esperando el momento oportuno de saltar ante ti para hacerte de firme recordatorio sobre tus errores pasados y los errores de nuestros muertos...


Vanessa dejó de escribir, sintiéndose torpe y tosca. Solo había tomado el consejo de Viktor y había comenzado a escribir, pero ahora que el amanecer se acercaba, se sentía incluso más destruida y más rota que antes. Porque su corazón conocía una terrible verdad, la sentía aunque su mente aún no tenía conciencia plena de todo.


Dejó el lápiz sobre las hojas llenas de sus lágrimas, preguntándose cuándo había comenzado a llorar de manera silenciosa. Algo dentro de ella se removía de manera inquieta, algo gritaba furioso dentro de su cuerpo. Su corazón latía rápidamente, cardiaco, a punto de un colapso. Sin detenerse a pensar en nada, tomó el teléfono del escritorio y marcó, desquiciada, sin recodar siquiera de quién era el número que estaba marcando. Era una necesidad completa, irracional, melancólica y abrumante.


Al quinto tono de marcado, una voz femenina, contestó.


—¿Diga?


La voz de aquella desconocida la tomó por sorpresa. Se escuchaba tanto o más rota que ella, de una manera que solo una persona medio muerta podría describir. Simplemente así, Vanessa se armó de valor, sin importar que sus susurros altos consiguiesen despertar a Viktor, que dormía en el diván de aquel estudio.


—Disculpe, yo solo... —se detuvo. ¿Qué?, ¿solo qué? ¿Qué se suponía que debía decir? La desconocida, al parecer, lo sabía incluso mejor que ella.


—Vi tu nombre en el registro de la llamada. Eres Ness, ¿cierto? —susurró ella, su voz tratando de sonar menos rota, menos insegura, menos destrozada— Fuiste la novia de Christopher antes de tu... muerte.


Vanessa sintió que en realidad, lo que ella había querido decir no había sido “tu muerte”, sino más bien “su muerte”. Y eso fue suficiente para ella, su corazón por fin muerto y destrozado ante esa verdad que se había negado a creer, incluso cuando ella misma lo había enviado a la muerte sin piedad alguna.


—Lo siento... —dijo Ness en un susurro ahogado. Realmente lo sentía, realmente le pesaba.


—Sí, yo también lo siento —la mujer suspiró profundamente, un silencio prolongado instalado en la línea antes de que ella agregara—. Espero verte en el servicio. Realmente... creo que a Christopher le hubiera gustado que tú escribieras un elogio para él... ya sabes... al final de todo...


—Iré —anunció sin pensar. Tenía que ir, por lo menos eso le debía—. Avísame cuándo será, escribiré el mejor elogio para él.


—Yo sé que sí. Eres una gran escritora, Ness —continuó ella con naturalidad, nuevos sollozos resonando por la línea agitada de emociones—. Él te amaba, te amó más de lo que pudo llegar a amarme alguna vez a mí. Tú nunca lo lastimaste, siempre lo protegiste. Me hubiera gustado ser lo que necesitó. Al final, yo fui el intento de mujer, no tú. Hasta pronto, Ness.


Y colgó.


Y en ese momento, Vanessa se dio cuenta que estaba hablando con Romina, la eterna prometida de Christopher.


Y entonces se derrumbó, llorando con el teléfono pegado a su oído, tratando de escuchar en la línea cortada por lo menos un susurro muerto de la voz de Chris, un susurro que jamás podría volver a escuchar porque, entre ellos, simplemente se habían matado.


Y eso dolía, demonios que dolía. Porque con la definitiva muerte de Chris... ella también había muerto un poco...

martes, 6 de agosto de 2013

Ecos del Pasado


A veces también podía tener ese simple impulso de hacer cosas. Tal como en ese momento. Sus mejillas estaban encendidas, contrastando con la palidez de su piel, sus manos se encontraban jugando ansiosas con todo lo que estaba en su camino. Necesitaba algo que hacer, necesitaba algo en lo cual distraerse, pero era tan poco el espacio que tenía en esa diminuta cocina que estaba segura no poder soportar más tiempo en un lugar tan reducido. Y mucho menos con él tan cerca de ella.


—Ness, deja de moverte —susurró una voz a su espalda, totalmente crispada.


—Dejaría de moverme si me dejaras salir de aquí —gruñó ella de vuelta, poniendo los ojos en blanco—. No puedo ni siquiera alcanzar las repisas más altas para ayudarte porque, ¡hola!, si suelto este estúpido bastón, me voy de bruces al suelo...


—Deja de quejarte y hazme algo de buena compañía —el hombre le revolvió los cabellos con cuidado, pero Vanessa se quitó la caricia con un golpe de su mano libre—. ¡Bien, como quieras!


Él salió de la diminuta cocina rápidamente, dejándola sola. Quería gritarle que podía irse al carajo, pero sabía que no sería justo, no con él, que lo único que había hecho era aguantarla.


Desde que había regresado al mundo de los vivos, las cosas habían cambiado bastante. Aún le faltaba recordar muchas cosas, pero estaba segura que si se esforzaba lo suficiente, podría retomar su antigua vida que, a pesar de no ser perfecta porque siempre había estado llena de engaños, sí era mejor que su vida en la cual fingìa que podía matar sin sentir remordimientos. En el fondo algo de ella continuaba aferrado a Christopher, pero ya había sido suficiente para toda una vida. Chris se había marchado, ella lo había echado de su vida. Ni siquiera sabía si estaba vivo o muerto y, por mucho que dijera que no le importaba saberlo, lo cierto era que sí, le importaba demasiado. En el fondo, su corazón aún latía por él y eso le causaba incluso más frustración.


Luego de la muerte de Alec en medio de la nada, Francesco se había encargado de regresarla a ser quien una vez había sido. Habían comenzado a tener largas charlas, hablando siempre sobre Jean Blast. Vanessa supo entonces que aquel nombre había sido idea de Christopher y eso la ayudó a entender porqué lo aborrecía tanto. Le recordaba las mentiras, los engaños a los cuales él la había empujado.


—Eres una persona muy manipulable, Ness. No creo que Christopher en realidad haya tenido eso como meta, manipularte, me refiero. Pero aún así... no debes culparte. Solo sigue con tu vida, recupera tu lugar en el mundo al que perteneces. Vanessa, eres buena con las armas, es cierto, y tienes más agallas que muchos hombres que he conocido. Pero no perteneces aquí. Tienes que regresar a tu lugar. Nosotros sobreviviremos sin ti...


Esas habían sido las palabras de Francesco, las cuales la habían impulsado a tomar aquella decisión, la decisión de regresar a su hogar. Y sí, había sido un completo escándalo, pero había valido la pena. Se había encontrado con sus viejos compañeros de facultad, la escuela en la cual enseñaba la quería de regreso en los salones para dar clases. Marcelo, su editor, había saltado de contento y había llorado cuando la vió, estrechándola en un abrazo como si fuera un padre totalmente fuera de control al ver de regreso a su hijo del peor de los infiernos. En cierto modo, Vanessa recordó que las personas de la editorial siempre habían sido como una segunda familia para ella.


Y él la había encontrado. Aún no sabía cómo, pero la había encontrado. Habían pasado años desde la última vez en la que se habían visto, realmente largos años, cuando ella estaba apenas estudiando letras y cuando él ya estaba haciendo su tesis sobre cosas que ella no entendía y que tenía bastante que ver con còdigos de programación. En ese tiempo, cuando se habían conocido, él siempre le había dicho que no debía desvivirse de aquella manera por Christopher Drake -siempre lo llamó por su nombre completo-, que ella merecía algo mejor que ver como un idiota era demasiado ciego para ver lo que tenía a su lado. Y Vanessa solo se reía antes de decirle “pude soportar lo peor, su compromiso... puedo soportar cualquier otra cosa más”.


La última vez que había visto a Viktor, había sido una semana antes de su cumpleaños número veintidós. Viktor sabía que no podría hacerla salir la semana de su cumpleaños porque tenía, como todos los años, esa semana completamente planificada para mantenerse lo más ocupada posible y no tener un solo segundo libre. Vanessa aún se encontraba decepcionada porque Christopher parecía haber olvidado su cumpleaños -para variar-, pero cuando Viktor la había invitado a una “no-cita” de “no-cumpleaños”, simplemente no había podido decir que no. Habían salido, se había reído y luego, cuando la tarde estaba muriendo y el sol se escondía en el horizonte, él le dijo que se iría y que no estaba seguro de cuándo regresaría. Luego había tomado el rostro de Vanessa entre sus manos y la había besado suavemente. Era el segundo beso que recibía en su vida, pero no pudo quejarse porque antes de darse cuenta de lo ocurrido, Viktor se alejaba con una sonrisa nostálgica en los labios cálidos.


Y ahora estaba allí, con ella, invadiendo su privacidad como si esos ocho años no hubieran pasado, como si las cosas no hubieran cambiado, como si ella no se encontrara irremediablemente rota. Estaba allí, en la casa que había compartido por un año completo con Christopher, esa casa blanca llena de recuerdos regados por cada rincón. Y al parecer la única razón por la cual esos recuerdos no le dolían, era porque Viktor alejaba cada recuerdo con una sonrisa sincera.


Definitivamente tenía que disculparse con él, aunque la sacara de quicio veintitrés de las veinticuatro horas que tenía el día.


Salió de la estrecha cocina -ahora se arrepentía horriblemente de ese diseño estilo americano que a Christopher tanto le gustaba, pero que ahora notaba era de lo más impráctico-, apoyándose en su bastón con todo el poco equilibrio que podía lograr. Nunca había sido la mujer más coordinada del mundo, por lo que aún se preguntaba cómo rayos no la habían matado en el campo de batalla.


Vio a Viktor sentado en el sillón, mirando televisión como quien no quiere la cosa. Vanessa se acercó hasta la mesita de centro lentamente, cojeando. Aún tenía la rótula fracturada por la última pelea, aquella en la que Alec había muerto, y era por demás incómodo el sentarse en una mesa bajita, pero quería mirarlo a los ojos. Viktor ni siquiera la miró mientras ella se sentaba y encendía un cigarrillo con soltura.


—Viktor... —le llamó Ness en un susurro, dándole una calada al cigarrillo para poder relajarse— Mira, lo siento. Sé que soy muy irritante, sobre todo ahora que no puedo hacer nada por mí misma y porque... bueno... prácticamente soy...


—¿Él vivió aquì contigo? —la interrumpió de pronto, mirándola con sus ojos claroscuros. Vanessa se quedó sin aliento por un segundo completo— Ness, dime, ¿él vivió aquí contigo?


En la voz de Viktor no había reproche, ni burla, ni dolor. Era una pregunta suave, inocente, creada para hacerla escupir todo lo que callaba. Porque él sabía que ella solamente podía expresar las cosas con palabras escritas, pero desde que la había encontrado, solo la había visto garabatear un poco en hojas sueltas que luego terminaban en la basura.


Ness suspiró y asintió con la cabeza, apesadumbrada.


—Sé que piensas que soy una idiota, que debí imaginar que las cosas entre Chris y yo terminarían así de todas maneras. Lo siento, Viktor, pero simplemente... estaba demasiado cegada por esos sentimientos y... y...


—Ya, tranquila —él alcanzó la mano libre de ella, la tomó entre las suyas y acarició suavemente con la yema de los dedos—. Cuando me enteré que tú eras Jean Blast, te busqué, créeme que lo hice, pero nunca pude dar contigo. Era como si estuvieras siendo rodeada por una barrera impenetrable. Y cuando me enteré por las noticias que habías sido capturada por el bando enemigo en esta absurda guerra, quise morir. Poco tiempo después, busqué a Christopher Drake y le pregunté porqué no te buscaba. Su simple respuesta fue: “tengo demasiadas cosas que hacer, hay más civiles a los que proteger” —ante esas palabras, Vanessa sintió que su corazón se contraía de dolor. Viktor pudo ver los grandes esfuerzos que hacían sus ojos para no llorar—. Luego se extendió el rumor de que habías muerto, y quise morir para ir contigo a donde estuvieras y poder cuidarte. Pero entonces, un día, encontré una botella en la playa. Y supe que eras tú. Y te busqué. Y apareciste... Y yo sé que te sientes rota y vacía sin él, sé que te sientes traicionada, Nessie, pero tú ya no estarás más sola. Yo estaré contigo. Espantaré tus demonios si te asustan demasiado, y si no, me sentaré a tomar el té con ellos. Pero te cuidaré, porque soy tu amigo. Te cuidaré, porque mis sentimientos siguen intactos como en aquel tiempo en el que eras una muchacha convirtiéndose en mujer. Porque eres importante para muchas personas. Porque eres importante para mí. Escribe tu historia de nuevo, expresa todo lo que sientas. No tienes que usar máscaras, no tienes que ser Jean Blast. Solo sé tú misma, Ness. Al que le guste, perfecto, y al que no, se puede ir a la mierda.


Vanessa sintió, ante esas palabras, que su vida volvía a tener un poco de sentido. Sintió que podía volver a confiar, sintió que tenía un amigo otra vez. Pero aún así había un problema. Ella no se sentía preparada para entregarle su corazón a nadie, ya estaba demasiado dañado como para arriesgarse.


—Viktor, yo... no estoy lista para...


—Cállate y ven acá —Viktor sonrió, acercándose para abrazarla con suavidad—. No te estoy pidiendo que estés conmigo de esa forma, solo te pido que me dejes ser tu amigo.


—Gracias... gracias... —sollozó ella, abrazándose a él con fuerza.

Entonces, por primera vez en mucho tiempo, sintió que sí había cosas de su pasado que valía la pena rescatar de las cenizas, recordar desde el olvido. Recuerdos hechos eco que valían la pena ser escuchados. Que había memorias que valían la pena ser recordadas y escritas.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Despertar


La explosión la sacudió con fuerza, haciendo vibrar cada hueso y terminación de su cuerpo. Sintió el sudor frio corriendo por su columna vertebral incluso cuando tenía una de sus mejillas pegada a la tierra mojada, incluso cuando capas y capas de tierra y roca saltaban a su alrededor, incluso cuando su corazón latía tan rápido que parecía que se detendría en cualquier momento.

—¡Ness! —escuchó un grito en la distancia, incluso cuando sus oídos parecían insensibilizados ya por la cadena de explosiones. Tal vez por eso no pudo reconocer la voz de quién la llamaba— ¡Vanessa!

Se levantó de un salto tambaleante, mirando en todas direcciones. La playa estaba hecha una porquería, al igual que ella. Se reprendió mentalmente por lo que había hecho. ¿En qué rayos había estado pensando? ¡Todo por un maldito impulso! Ella jamás, nunca hacía cosas impulsivas, sentía -más que sabía- que las cosas impulsivas no eran nada bueno. Como el impulso de haber querido a un idiota. Como el impulso de haber querido perderse montada en una motocicleta. Como el impulso de confiar en quién no lo merecía. Y ahora ese maldito impulso que la había llevado a arrojar una botella al océano. ¡Malditos fueran los impulsos!

—¡Capitana! —un nuevo grito, su voz visión sacudida por las explosiones de arena y tierra aclarándose lentamente, aunque su audición continuaba dejando bastante que desear— ¡Capitana, responda!

No podía devolver el grito, lo sabía, eso sería delatar su posición aún cuando era un blanco más que visible. Seguramente quienes habían arrojado los explosivos se encontraban aún entre los árboles, esperando por el momento oportuno para atacar, acechando en silencio. "Esto es una guerra", se recordó rápidamente. Odiaba las guerras, odiaba disparar, odiaba matar pero... pero se lo había ganado por meterse con quien no debía.

Levantó su arma del suelo y trató de orientarse, su cerebro trabajando a velocidad luz sobre qué hacer. Pero estaba bloqueada. Lentamente había ido abriendo los ojos ante la verdad, abriendo los oídos ante los rumores y la mente ante las cavilaciones. Y a pesar de que solo llegaban a sus oídos historias incompletas, para ella eran un gran avance. Un avance enorme dentro de su mente en blanco.

—¡Blast, contesta maldita sea!

Sus ojos se abrieron enormemente contra los árboles. Blast... ¡Solo Francesco la llamaba de esa manera! Aguzó el oído y pensó, estrujando al máximo su cerebro. Noroeste, desde allí había escuchado la voz de Francesco, a quince, quizás veinte metros de donde calculaba la trayectoria del primer explosivo. Las otras voces... No, solo había sido una voz, una sola llamándola de dos maneras distintas. Y esa estaba más cerca del linde del bosque con la playa, más cerca del enemigo.

—¡Retrocedan! —gritó a todo pulmón, levantando su arma y comenzando a correr contra los árboles en dirección opuesta a la voz de Francesco— ¡Enemigo en los árboles, retrocedan!

Las órdenes nunca habían sido lo suyo, así que pensó que esa le había salido medio decente mientras cargaba contra el bosque dando grandes y largas zancadas. Una explosión de verde era mejor para ella que campo abierto, incluso mientras corría y cuando las ramas bajas de los árboles la golpeaban con fuerza. Tenía que seguir corriendo, debía hacerlo, la vida de él dependía de ella.

Su audición dañada no le permitió escuchar los pasos que la seguían. Él iba justo tras ella, como un lobo tras una gacela. Tenía una clara visión de la espalda de la mujer, que corría como si estuviera escapando de todas sus sombras y demonios juntos. La tenía casi al alcance de la mano, solo unos pocos metros más...

Y el restallido de un cañón siendo disparado congeló el tiempo por un segundo completo.

Vanessa cayó al suelo sobre su costado izquierdo, aullando de dolor y él se abalanzó más rápido en su dirección, el color abandonando su rostro. La vio tendida en el suelo, una mancha de sangre apoderándose de su hombro derecho. Ella se sentó rápidamente y apuntó el arma en su dirección, una mirada enfurecida y repleta de dolor llenando sus ojos. Pero se relajó cuando lo reconoció.

—Va a estar bien —se apresuró a decir él, arrodillándose a su lado y tratando de inspeccionar la herida. Ella se sacudió sus manos con rudeza y se levantó del suelo.

—Estamos rodeados —susurró, alzando otra vez el arma.

Labadie giró sobre sus talones, de pie junto a ella. Pudo ver que el rostro de él estaba cubierto de sudor y que su rostro tenía una expresión mortificada. Lo lamentaba, estaba segura de ello. Él, que le había ayudado a rellenar bastantes espacios rotos en su corazón, lamentaba el haberle dicho la verdad cuando no había estado preparada. Pero no importaba, ya no más.

—Lo siento, Labadie —dijo ella, su cuerpo pequeño cubriendo el de él. Sentía el cansancio por todo lo recorrido, por toda la información de los últimos días, por todos los acontecimientos. Sentía la sangre bajar de su rostro para abandonarla por la herida de su hombro. Pero eso no era nada en comparación al dolor que le había hecho pasar—. Esta vez... si voy a protegerte.

Él la observó entre pasmado y melancólico, pero no tuvo tiempo para reaccionar a nada. Los disparos comenzaron a rugir en el aire y ella lo empujó a un lado, tras un árbol, agazapándose con pericia y comenzando a devolver los tiros contra los enemigos invisibles. La notaba cansada, ella solo necesitaba un respiro. Venían por ella, como siempre. Aún no entendía porqué se esforzaban tanto en sacarla del camino. ¿Qué era lo que sabía? ¿Qué era lo que querían callar?



Henrietta Francesco corrió con fuerza, los pasos de todo el escuadrón resonando tras ella, devolviendo tiros a ciegas y escuchando los gritos de los enemigos que caían sin cesar. No podía dejarla morir, no ahora que parecía que alguien por fin se preocupaba de verdad por ella, no cuando por fin aparecía una persona que la conocía de verdad y que sabía que ella, aunque tratara, no pertenecía a ese lugar. Ella era letras, no armas. Ella no merecía ser torturada en mente y cuerpo como estaba dejando que hicieran. ¡Pero, maldición! No conocía otra forma de mantenerla con vida más que aquella, más que manteniéndola en el centro del lugar donde no quería estar. Hasta ese momento, nadie se había dignado a revisar el lugar más obvio.

—Aguanta, Ness —rogó a todos los dioses que conocía.

Segundos después los vio. Labadie peleaba a mano desnuda con dos soldados vestidos completamente de negro mientras Vanessa se encontraba cubriéndole la espalda, batiendo a tiros a cualquiera que quisiese acercarse demasiado. Sin duda hacían un equipo formidable, pero no era momento de alabar la conexión que ellos tenían. Siguió esquivando los árboles, en pocos segundos podría estar a la distancia necesaria para abrir fuego y ayudarlos.



Un impacto en su rodilla la arrojó al suelo, el mundo deteniéndose por culpa del dolor desgarrador que la envolvía. Cayó al suelo, sintiendo que la vida se le iba de las manos, pero lo único que podía pensar era que debía protegerlo. Él había dado su vida por ella una vez, lo había creído muerto pero estaba vivo y no podía permitir que sufriera de nuevo ese dolor agonizante de enfrentar a la muerte. No por ella, no lo merecía.

Continuó disparando incluso cuando su mirada se nublaba cada vez más y más. Si tan solo pudiese captar bien los sonidos, su puntería sería mejor.

Una mancha borrosa se plantó frente a ella, pudo ver las botas cubiertas de tierra y sangre. Alzó la mirada, pero la luz cegadora del sol de media tarde le dio de lleno en los ojos. ¿Iban a matarla ya? ¿Había por fin terminado todo? Alzó el arma por instinto, pero la sombra se arrodilló a su lado, alejó el cañón de su dirección y la abrazó con fuerza. Era lo único que podía hacer con ella.

—Yo te protegeré todas las veces que sea necesario, Nessie —susurró Labadie en su oído, un susurro cálido y amable, un susurro que la transportó a otro tiempo, incluso antes que Drake—. Tú tienes que vivir. Tú vas a vivir.

Vanessa lo miró a los ojos, desesperada. Ese color avellana brilló cuando sus miradas se encontraron. El rostro de él estaba repleto de sangre, enrojecido por los golpes y se notaba al límite. Quiso gritar, quiso maldecir, quiso transportarlos a otro tiempo, al tiempo fugaz en el que habían sido felices.

—Ahora te recuerdo —sollozó Ness, ahogándose en el dolor.

—Lo sé, lo sé —asintió él, sonriendo con cansancio antes de depositar un suave beso sobre la frente sucia de la mujer—. Nunca olvides que te quiero. Siempre estaré contigo, aunque sea como un recuerdo.

Los brazos de él la abandonaron, tomando el arma de entre sus manos y dándole la espalda mientras se levantaba.

—¡Alec...! —gritó desesperada, ahogándose con las palabras que quería decir y que nunca dijo antes de desmayarse.



Abrió los ojos lentamente, el mundo girando sin control a su alrededor. Sentía más dolor físico del que había sentido en su vida, sentía las extremidades pesadas y la boca tan seca como un desierto. Trató de ubicarse, de recordar... y de pronto todo lo sucedido la golpeó, acrecentando su dolor físico y haciéndola ahogar un grito que murió en sus labios abiertos en agonía.

Francesco se incorporó sobre ella, depositando una compresa fría sobre la frente de Vanessa. Ella le dedicó una mirada enloquecida, repleta de dolor y sabía que lo recordaba, que recordaba todo hasta antes de caer desmayada. Y pudo leer en los ojos de la frágil mujer la pregunta que sus labios abiertos y su voz perdida entre el dolor querían hacer.

—Lo siento, Ness...

Lágrimas escaparon de los ojos de la Capitana, su mente negándose a creerlo. Lo había perdido, él había muerto y ella, por segunda vez, no había podido protegerlo. Ella, que le había jurado siendo apenas una niña que lo cuidaría. Ella, que le había dado la espalda por el estúpido de Drake. Ella, que lo había olvidado cuando él no lo merecía.

Y lo único que podía hacer por él, para mantenerlo vivo aunque fuese como un recuerdo, lo único para lo que era realmente buena era...

—Dame lápiz y papel... —sollozó Vanessa, su mirada perdida en la de Francesco.

Se había acabado por fin. Jean Blast había despertado al mundo de nuevo.

Era hora de escribir. De escribirle. Para no olvidar. Para no olvidarlo.

domingo, 7 de abril de 2013

Océano


"Hay demasiada agua aquí y de pronto ya no sé nadar. Simplemente lo he olvidado, así como he olvidado muchas otras cosas. De pronto he olvidado cómo se lucha contra la corriente, cómo se avanza a través del hielo incluso cuando sientes que no vas a ningún lugar.

Así que ahora solo me dejo llevar, a pesar de todo.

Es un poco curiosa la forma en la que algunas cosas simplemente se evaporan mientras que otras, en cambio, parecen magnificarse incansablemente, formando un manto amplio y húmedo de un tela que no puede ser desgarrada.

Se transforman en algo tan insondable como el océano mismo.

¿Todos tenemos un océano así?

Quizás, puede que sí.

¿Quién lo sabe?

Yo no...

Aunque curiosamente, lo sé. Inconscientemente, lo sé.

Es demasiado amplio aquí. Demasiado turbulento. Y ya no me quedan fuerzas para poder continuar con este camino... o con esta maratón a brazada larga...

Pero incluso aquí, a veces... logro escuchar los estallidos de las balas en la distancia..."



¿Qué? ¿Simplemente allí acababa la nota? ¿Ningún pedido de auxilio, ninguna indicación, nada que lo alentara a hacer algo estúpido, ilógico quizá?

Miró la botella que estaba en su mano y luego la nota arrugada y un poco húmeda. Las letras garabateadas en la nota eran lo suficientemente legibles aún, por lo que sabía que el mensaje había terminado simplemente allí, en eso. En ese mensaje no había siquiera un continuará.

Pero de pronto sus ojos enfocaron una letra, una sola letra incluso más legible que todo el contenido de la nota en la botella que había viajado hasta él por ese basto océano. Una simple letra que puso su mundo de cabeza. "V". Eso era todo, no había más... Pero en cierta forma sí lo había.

Renovado en su espíritu sacó un pedazo de papel y un lápiz, garabateando una corta misiva antes de meterla en la botella y arrojarla con todas sus fuerzas de vuelta al océano. Una misiva de esperanza.

Luego se dio la vuelta y comenzó a correr. Tenía que prepararse todo lo rápido posible para encontrar a "V", así ella no quisiera ser encontrada.

jueves, 14 de marzo de 2013

Literalmente: Piña



Allí estaba ella, caminando penosamente hacia su hogar con una bolsa con dos piñas y arrastrando los pies por culpa del futuro que acababa de ver que la esperaba. Se sentía deprimida, muy deprimida. Era uno de esos días en los que prometía responder lo que fuese solo levantando el dedo medio e ignorando todo a su alrededor. Lo que era peor... el calor le hacía doler demasiado la cabeza y la fiebre no terminaba de bajarle.

Dobló la última calle para llegar a su casa, viendo como los pocos metros que le faltaban para llegar a un refrescante vaso de agua se hacían cada vez menos. Pero entonces... La vio. Ella. Por su mente pasaron mil y una imágenes de tortura, cosas que le encantaría aplicar en ese despojo de ser humano. Y como si su día no fuera ya lo suficientemente malo, ella la miró, una sonrisa maldita extendiéndose por ese rostro horrible, redondo y aniñado.

Quedaron frente a frente a escasos dos metros de distancia, fulminándose con la mirada.

—Que asco, apenas me levanto y tengo que toparme contigo —dijo la chica, sonriendo ampliamente.

Tuvo grandes, enormes deseos de golpear a esa... esa... lo que fuese ella. Porque si había algo que esa chica no era, en definitiva, era un ser humano. Pero no iba a darle en el gusto, por lo que solo le levantó el dedo medio antes de suspirar y retomar su camino, pasando de largo a la muchacha.

—Eso es, huye —continuó la chica, su voz socarrona creándole un enorme dolor de cabeza—. Eres una cobarde, una vulgar, una soez... Y encima, hablas de manera terrible, tartamudeas y escribes mal.

Vanessa se detuvo en seco, girando su cuerpo en 360° solo para ver el rostro de esa chica de frente. Apenas se había alejado un metro, fácilmente podría volver sobre dos o tres paso y darle la merecida paliza de su vida a la chica pero, en lugar de eso, solo metió la mano en la bolsa, extrajo una piña de ella y la lanzó con todas sus fuerzas.

En realidad no esperaba darle, nunca había tenido muy buena puntería.

Pero le dio. Increíblemente le dio. Y en plena nariz.

Fue como si el mundo se moviera en cámara lenta. Vanessa vio la piña salir despedida de su mano, recorrer el espacio lentamente y estrellarse contra la nariz de la chica con un sonido sordo, hueco. La chica calló al suelo sujetándose el rostro con las manos mientras la piña asesina rebotaba sobre el pavimento. Vanessa esbozó una sonrisa justo al tiempo que una de sus vecinas se acercaba corriendo a ellas, vecina que, curiosamente, lo había visto todo.

—¡Pero niña! ¡¿Cómo se te ocurre tirarle una piña?! —gritó la mujer escandalizada, ayudando a la chica a sentarse en el suelo.

Vanessa se acercó a su piña y la devolvió a la bolsa sin dejar de sonreír antes de decir:

—No me iba a ensuciar las manos dándole otro tipo de piña. Si es que sabe a lo que me refiero...

Y luego se dirigió a su casa muy campante, casi saltando de felicidad.


Las risas estallaron en el campamento con tal estruendo que parecían más el sonido de miles de taladros perforando el cemento.

Henrietta estaba tendida en el suelo, revolcándose de risa junto a un par de mujeres más. Otros soldados le palmearon la espalda a Vanessa en son de compañerismo.

Labadie no podía dejar de mirar esa sonrisa repleta de travesura que su Capitana tenía dibujada en su rostro pálido y cansado.

—Así que... una piña —dijo Labadie apenas las risas bajaron su intensidad. Ness lo miró sin perder la sonrisa.

—Sí, una piña.

—¡Literalmente! —exclamó Henrietta Francesco.

Las risas volvieron a estallar incluso con más fuerza que antes.

Labadie y De Lellis se miraron sin poder parar de reír y, como si esa piña hubiera sido la solución a todos sus problemas, una ventana se abrió en el interior de la Capitana. Una ventana que dejó entrar mucha luz en un lugar que, durante mucho tiempo, había permanecido en completa oscuridad.

domingo, 25 de noviembre de 2012

No Te Lo Diré


La lluvia caía con fuerza en esa tarde de invierno. Nadie estaría tan loco para salir de cubierto solo para mantener la mente ocupada. O por lo menos nadie estaría tan loco como ella, que buscaba cualquier pretexto para alejarse de las preguntas que caían sobre ella como la lluvia y a las cuales trataba de evitar porque no sabía qué más hacer.

—Ness, déjalo ya —susurró Henrietta, viendo como su Capitana le regalaba una mirada furiosa y decidida.

—¡Jamás! —gritó Vanessa, estirándose hasta rozar con los dedos una cuerda— Ya casi... Solo...

Henrietta no podía creer la capacidad de recuperación que esa mujer poseía. Era como si fuese una mujer completamente distinta a la que había despedido al cabronazo de Drake hacía solo dos semanas atrás. Era como si hubiese retrocedido en el tiempo hasta conocer otra vez a la mujer que Vanessa había sido. Una mujer fuerte, testaruda, orgullosa y risueña que no estaba dispuesta a rendirse ni a dar su brazo a torcer con nada ni nadie. Y sabía que el resto del escuadrón valoraba ese cambio.

—Te vas a caer, Ness —suspiró Francesco, esperando y contando mentalmente.

Tres...

—No me voy a caer —negó la Capitana, acomodándose mejor en la endeble tabla que la sostenía sobre una fosa de barro, el agua dificultando sus movimientos—. Ahora cállate y deja de molestar.

Dos...

—Hazme caso y pídele ayuda a Labadie, él sí está dispuesto a ensuciarse por ti —Henrietta vio a Vanessa hacer equilibrio peligrosamente en la tabla cuando quiso enviarle una mirada venenosa por su comentario—. ¿Qué? No hagas de cuenta que no es verdad. Todos notamos como te mira, prácticamente te almuerza con esos ojos que tiene.

Uno...

—¡Él no me mira de ninguna mane...!

¡Bingo!, pensó Henrietta al ver a su Capitana caer medio metro en una fosa de barro, salpicando sustancias asquerosas de dudosa procedencia en todas direcciones. Y no pudo evitar reírse cuando la vio salir de la fosa con los anteojos manchados en una mano y apretando con fuerza la otra en un puño, lanzándole cuchillos con la mirada mientras la lluvia arreciaba sobre ella.

—No me gusta decir te lo dije, pero... —la Comandante se tapó la boca con una mano, aguantándose la risa.

Vanessa miró a Henrietta, desafiándola a decir algo más antes de relajar la postura y comenzar a caminar hacia las barracas para cambiarse y quitarse un poco el barro de encima. Y pensó que iba a morirse cuando sus ojos color chocolate se encontraron de frente con unos ojos avellanas que la esperaban justo frente a la puerta del lugar en el que descansaba. El rostro de él estaba enmarcado por su cabello inusualmente largo y, por un momento, sintió deseos de acariciar esas hebras mojadas que se pegaban a la piel pálida. Vio como Labadie abría la boca para decir algo, pero ella fue más rápida y pasó como una exhalación, gritando:

—¡No te lo diré!

Lo que era peor, no se refería a lo que acababa de suceder, sino más bien a la pregunta en la que ella había mentido de manera descarada y que él repetía con constancia y perseverancia todos los días desde que llegara a aquel lugar.

Los secretos de su mirada.

Cada día desde que le había conocido le costaba más el mantener la mentira de que no tenía nada que esconder, de que no sentía nada y de que, en realidad, era solo una mujer hecha para poder servir de escudo humano a los cobardes que se encontraban en ese momento sentados tras un escritorio, bebiendo whisky y sacando cuentas alegres sobre las bajas en cada escuadrón que protegía la frontera. Cada día desde que él le hiciera esa pregunta por primera vez sus barreras bajaban más y más. La muralla inquebrantable que había construido a su alrededor resultaba no ser tan inquebrantable en esos momentos pero aunque doliera luego no estaba dispuesta a abrir sus miedos a nadie más nunca otra vez.

Una persona ya la había lastimado suficiente para toda la vida. No iba a permitir que alguien ocupara ese lugar de ser sádico para transformarla en un títere masoquista.

Labadie quería saber demasiado y ella no estaba dispuesta a cooperar, ni en ese momento ni en mil años. No quería decirle nada. No iba a decirle a nadie más cómo se sentía, lo que guardaba y los miedos que escondía. Eran suyos y no estaba dispuesta a escuchar que nadie se compadeciera de ella o incluso le dijera que no podría salir jamás del abismo en el que a ella le gustaba pero odiaba estar.

Paradojas de la vida.





—¿Otra vez te dijo que no? —inquirió Francesco, parándose junto a Labadie. El hombre suspiró y asintió con la cabeza— Tranquilo, mañana será otro día y le podrás preguntar de nuevo. Ánimo.

Henrietta sabía que tarde o temprano Vanessa soltaría la lengua y las palabras que se guardaba. Hasta ese momento iba a hacerle la vida tan imposible que rogaría por descubrir lo que se traía entre manos y que se negaba a ver a pesar de tener una mente brillante.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Más Allá de las Miradas


Para él era muy difícil el poder explicar algo que no sabía de dónde provenía ni hacia adonde se dirigía. Pero más allá de eso, era más complicado el poder encontrarse frente a esa mujer de aspecto taciturno, huraño y, a pesar de todo, sonrojado. Era una prueba que jamás antes había tenido que superar y estaba repleto de terror. Y no era ese estilo común de terror, ese que congelaba la sangre en las venas y rompía el corazón a martillazos, no. Este miedo era diferente, tampoco nada similar al sudor frio de los nervios antes de la batalla inminente. Esa sensación nueva era como... Estar desnudo frente a un congelador que tenía la puerta abierta y, a su vez, estar atado a una silla.

—¿Mi rostro tiene algo que llame su atención, soldado? —la escuchó decir, sin poder dejar de mirar esos profundos ojos color chocolate que lo escrutaban sin piedad.

La mirada de esa mujer era comparable con el filo de una navaja lanzada por un experto, completamente letal. Era como si todo sentimiento y humanidad hubiera sido destrozado en ella y ahora solo quedara un inmenso vacío acompañado de una profunda oscuridad.

—No, señora —dijo firmemente, logrando recordar el tono que debía tener un soldado.

—Entonces le ordeno que deje de mirarme como si tuviera treinta y dos pares de manos —dijo ella, volteándose airosa antes de perderse en el campo de tiro.

Y sin poder evitarlo, él sonrió. Pero no fue el único, pues todas los soldados allí presentes, femeninos en su mayoría y los pocos masculinos que había, lanzaron distintas risas y frases ácidas de compañerismo y camaradería. Pudo ver a la Comandante Francesco sonreír incluso tras esa máscara casi imperturbable de austeridad y, a pesar de todo, fue similar a una mezcla de sorpresa y delirio de fantasía. Sin poder ni querer evitarlo, el soldado salió tras la Capitana hacia el campo de tiro.

—¡Capitana! —exclamó, llamando la atención de la mujer, que volteó de inmediato en su dirección.

Esta vez su mirada lucía diferente, más calma y menos huraña, pero aún así taciturna. Su mirada ahora reflejaba tanto dolor que sintió su alma desmoronarse, un sentimiento jamás antes presente en su interior.

—¿Sí? —esta vez, la voz de ella fue suave como la seda y dulce como el algodón de azúcar, aunque no dejaba de ser ácida y amarga, una combinación extravagante y devastadora.

—Solo... —acortó la distancia entre ellos hasta que solo unos centímetros los separaban. Sintió el frio desprenderse del cuerpo de ella a su vez que una corriente eléctrica azotaba sus extremidades desde el principio hasta llegar a su corazón para sobrecargarlo con una explosión jamás antes sentida ni imaginada— Sé que no debería hablarle así pero... Quisiera poder comprender los secretos de su mirada...




Vanessa se obligó a retroceder un paso, sorprendida ante las palabras del soldado. Sus ojos avellanas la asaltaban de una manera que no deseaba sentir, su cuerpo desprendía una calidez que ella no quería tener cerca y su voz... Era tan amable como en sus peores pesadillas. No. No podía tenerlo cerca. Tenerlo cerca sería caos y destrucción, sería lanzarse en caída libre sin paracaídas. Algo que jamás volvería hacer por nada ni por nadie.

—Mi mirada no tiene secretos, soldado —argumentó, tomando una postura incluso más fría y distante de lo normal—. Lo único que debería importarle, de todas maneras, son las balas del enemigo cuando estemos en las trincheras. No debería pensar en nada más si quiere vivir, Labadie.

Y aunque quería creerse sus propias palabras con fuerza desgarradora, le costó un segundo más de lo que quiso el poder desprenderse de esa mirada que, de pronto, le aportaba confianza y seguridad...

sábado, 20 de octubre de 2012

Hipocresía


Despertó sobresaltada. Un fuerte dolor recorrió toda su cabeza y un grito ahogado, casi mudo escapó de sus labios. Apretó los ojos intentado ver algo más allá de las lágrimas que emborronaban sus mejillas, tratando con todas sus fuerzas de mantener el miedo lo más lejos posible de sus entrañas. Pero era difícil. Sentía que el aire le faltaba, sentía como si una gran mano enorme estuviera apresando su corazón, apretando con fuerza hasta el punto de muerte.

Salió de un salto de la cama, cayendo de rodillas al suelo. Se levantó, secó las lágrimas que corrían por sus mejillas casi con rabia, lastimándose con la aspereza de su mano antaño suave y cálida. Abrió los ojos, enfocando la vista en la madera ennegrecida por el barro y el paso del tiempo. Se levantó suavemente, sin prisas, manteniendo la estabilidad. Se irguió todo lo alta que era -lo cual no era mucho- y caminó fuera de ese pequeño cuarto que le hacía de habitación.

El frio aire de la madrugada le arañó las mejillas y la piel desnuda de los brazos, haciéndola estremecer. Volvió sobre sus pasos, tomó la vieja cazadora que había visto tiempos mejores y se la puso con movimientos torpes, casi desvalidos. Tomó los cigarrillos y los metió en su bolsillo, acomodó su arma al cinto y salió de nuevo del cuarto, dejando atrás las barracas.

Todo permanecía en sepulcral silencio. Los árboles no eran mecidos por la brisa, las estrellas no tintineaban como cascabeles o como copas chocando en un brindis. Ni un alma estaba presenta a esas horas y ella lo sabía bien. Desde que todo aquello comenzara, solo noches en solitario y eternos días negando al pasado tenía. Aunque jamás lo admitiría delante de sus compañeras, tampoco podía sentirse a gusto con ellas. Incluso compartiendo el mismo espacio con esas mujeres que lo habían perdido todo, al igual que ella, podía saciar su ansia de compañía. Se sentía sola y tener sentimientos de esa magnitud, la abrumaban sobremanera.

Encendió un cigarrillo mientras se sentaba contra el tronco de un árbol, suspirando. De nada servía el tratar de recordar algo que no quería. Tampoco admitiría jamás que estaba aterrada de descubrir algo que no le gustara. Tenía miedo. Pero en su afán de no acordarse, estaba enferma de recuerdos y pesadillas. Cada noche, cada día, ilusiones quiméricas se aparecían. Y una voz. Una voz que cerraba una puerta y la dejaba atrás, a su suerte, temiendo por su vida.

Apoyó su mano en el suelo y sintió algo sus dedos. Dirigió su agotada vista hacia allí y vio, doblado de manera desigual, un papel manchado con barro y algo más. Lo tomó y lo abrió, curiosa, manteniendo el cigarrillo en los labios. Una fotografía cayó sobre su regazo, de cara a sus muslos cubiertos por la tela del pantalón que también había visto tiempos mejores. Tomó la fotografía y en ella vio a una hermosa mujer, su cintura siendo rodeada por los brazos fuertes de un hombre de grises ojos de tormenta. Un grito quiso escapar de sus labios, una lágrima rodó por su mejilla. Sin ser realmente consciente de ello, comenzó a leer.

Querida Laurine:

Te extraño demasiado y apenas he comenzado con esto. No sé si podré soportar tanto tiempo lejos de tus brazos, de tus besos, de tus caricias y de tu voz. Te necesito, pero eres lo que me da fuerzas para poder estar en este horrible lugar cerca de... Ella.

Al principio pensé que era una coincidencia, un alcance de apellidos. Pero al llegar la vi.

Traté de ser todo lo indiferente que pude, pues sé que ella no me recuerda. Aunque debo decir que es complicado, cada noche la escucho gritar y me tiene con el alma en un hilo. Quisiera matarla para terminar con su estúpido sufrimiento, pero no me mancharé las manos con su sangre. Te lo prometí. Te prometí que si la encontraba, iba a ser todo lo delicado posible con ella. Trataré de hacerlo. Por ti. Porque te amo.

Prometo que pronto terminaré mi compromiso con ella, prometo que pronto seré exclusivamente tuyo. Y cuando regrese, diré a quienes la buscan que he encontrado su cadaver en algún lugar. No la buscarán. Además y de todas maneras, creo que ella planea acabar con su vida. Me da lástima...

Vanessa no quiso seguir leyendo, un nudo se había formado en su garganta y una lágrima pujaba por escapar de nuevo, fugitiva, para rodar por su mejilla. Dobló el papel casi con saña, apretando los dientes y casi siendo capaz de escuchar el sonido de su corazón al romperse en miles de pedacitos que jamás volverían a estar juntos. No se permitió llorar.

Pasó unos minutos más antes de levantarse, guardar la nota y la fotografía en su bolsillo, encender un nuevo cigarrillo y comenzar a caminar en dirección a las barracas masculinas, donde solo cinco hombres dormían. O eso se suponía. Porque cuando pasó junto al campo de tiro vio a cuatro de ellos allí, jugando cartas y riendo de manera silenciosa. Los saludó con una inclinación de cabeza al pasar junto a ellos y continuó con su camino, más tranquila y segura al saber que no tendría que expulsar a nadie de su litera. Llegó frente a la puerta, la luz estaba encendida. Alzó su mano para abrirla y se congeló. Escuchó voces. Específicamente la voz de Francesco y la de Drake. Discutían.

—¡Eres un maldito bastardo, Christopher Drake! ¡Un verdadero cabrón hijo de puta! —los gritos de Francesco seguramente podían escucharse por todo el lugar. Vanessa contuvo el aliento— ¡De haber sabido todo esto, jamás te hubiera dicho que vinieras! ¡Jamás hubiera pedido tu cambio de escuadrón para que estuvieras con ella!

—Tú no lo entiendes, Henrietta —la voz de Drake llegaba a sus oídos casi como un susurro. Vanessa aguzó el oído todo lo que pudo—. Yo perdí las esperanzas con ella, ahora solo estoy siguiendo su concejo, el que una vez me dio. Seguir con mi vida.

—Admítelo, Drake —siseó Henrietta, Vanessa imaginó la expresión molesta de la mujer—. ¿Amaste alguna ves a Vanessa?

—Yo aún la amo —dijo él, Vanessa no lo sintió seguro de sus palabras.

—¡Claro! ¡Y como la amas tanto, no dejas pasar ni una semana para buscarte otra mujer! —Vanessa apretó los ojos y los puños, el cigarrillo siendo destrozado en su mano— Porque sí, Drake. Averigüe que estás con esta tal "Laurine" desde hace casi dos meses. Mismo tiempo en el que Vanessa desapareció de la faz de la tierra. Por lo menos para ti, porque cuando yo la encontré y aunque ella no lo recuerda, repetía tu nombre como si el mundo se fuera a acabar. ¡Jamás amaste a Vanessa! Y probablemente nunca ames a nadie. Ni a esa mujer con la que estás ahora...

Ese fue el momento en que decidió interrumpir. Vanessa cuadró los hombros, encendió un nuevo cigarrillo y entró en la barraca con paso decidido, dejando atónitos a ambos participantes de la discusión. Henrietta tenía entre sus manos un enorme folio negro que desbordaba papeles. Drake la miraba como si estuviera viendo a un fantasma. Otra vez.

—Hubieras tenido los huevos de decírmelo —dijo con voz neutra Vanessa, sacando la nota y la fotografía del bolsillo y arrojándolas al suelo, a los pies de Christopher—. Toma tus cosas y lárgate antes de que me arrepienta de dejarte ir con vida, hipócrita. Te conviene tenerme muerta, ¿no? Después de todo, querías terminar conmigo. Por eso viniste.

—Nes... Yo no... —tartamudeó él, tratando de excusarse.

—Solo mis amigos pueden llamarme Ness, Drake —cortó tajante la Capitana, mirándolo altiva—. Me encargaré de que nadie jamás vuelva a aceptarte en un escuadrón, así tenga que venderme lo haré, lo prometo. No volverás a tomar un arma en tu vida y también me aseguraré de que seas el hombre más miserable de este mundo. Porque lo mereces —a continuación, Vanessa se quitó el anillo que se negaba a quitar y lo arrojó al suelo, sobre la fotografía y a los pies de Drake—. Sé feliz, Drake. Terminamos. Ahora largo antes que le envíe tu cuerpo a esa... Mujer en una bolsa.

Sin decir más, Vanessa salió de la barraca seguida muy de cerca por Henrietta. Una hora después, Drake abandonó esa antigua base sin arma, sin munición y sin nada que le protegiera pues por encargo de Francesco, ningún soldado lo dejó ir con algo que le sirviera de defensa por si se encontraba en un apuro.

Christopher Drake jamás volvió a saber de Vanessa.

Vanessa Aimé De Lellis comenzó de nuevo, tratando de sanarse.

Henrietta Francesco decidió alejar a los hipócritas de su amiga y no volver a dejar que nadie más se le acercara sin antes haberlo investigado a fondo.

jueves, 11 de octubre de 2012

Nadie está solo


Estaba hasta las mismas narices de toda esa perorata sin sentido que estaba siendo obligada a escuchar. Solo quería que el día terminara para poder irse a su incómoda cama, tratar de dormir un par de horas, despertar con pesadillas y luego comenzar su día tres horas antes que las demás -a las tres de la mañana- con un cigarrillo y mirando las estrellas. Pero no, ahí la tenían, casi secuestrada contra su voluntad. Estaba comenzando a perder la paciencia.

—¿Ness? ¿Me estás escuchando? —inquirió una mujer alta, por lo menos diez años mayor que ella, con unos profundos ojos ébanos y unos brazos que daban miedo.

—¿Sinceramente? —Vanessa alzó una ceja, dándole otra calada al cigarrillo— No estoy escuchando nada de lo que dices desde hace... —miró su reloj, calculando— Treinta minutos, aprox.

—¡Serás imbécil! —la mujer alzó las manos, fastidiada. Las mujeres que cerraban el círculo suspiraron, cansadas— Ness, tú no eras así...

—No vuelvas a decirme Ness, Francesco —siseo la Capitana, estirándose perezosamente solo para no mirar a sus compañeras y pseudo amigas—. Mi nombre es Vanessa Aimé De Lellis, escoge de los dos nombres o limítate a llamarme Capitán, pero no vuelvas a repetir... Ese nombre.

Henrietta Francesco miró a su superior, entristecida. Esa no era ni de cerca la muchacha que había conocido meses atrás, esa mujer que le daba la espalda y caminaba con paso descuidado hacia las barracas era... Una desconocida. Una mujer desconocida y rencorosa que estaba dispuesta a tratar por el suelo a cualquiera que se le acercara lo suficiente. Le daba poco más que pena, sentía verdadera compasión de ella. Vanessa había sido una buena chica una vez, pero ahora el odio, la venganza y el dolor la consumían, dejándola ciega, sorda y muda ante todo lo que pasara a su alrededor. Y lo que era peor, era lo suficientemente cobarde para admitir que...

—¡Blast! —gritó, llamando la atención de todas, quienes ya casi habían comenzado a retirarse. Vanessa volteó a verla con fuego en sus ojos color chocolate.

—¿A quién acabas de mencionar, Henrietta Francesco? —inquirió la mujer, apretando los puños tan fuertemente que se le pusieron los nudillos blancos.

—Blast. Jean Blast —dijo de manera segura la veterana, caminando hacia su capitán con la espalda muy recta—. ¿Algún problema con ese nombre, Capitán?

—¡¿Cómo te atreves?! —gritó Vanessa, al borde del colapso. Todas las mujeres observaban la escena, atónitas— ¡Sabes lo mucho que me lastima eso y encima eres capaz de venir y sacármelo en cara! ¡Ese bastardo acabó con mi vida! ¡No deberías ni siquiera mencionarlo cerca de mi presencia! ¡Ni lejos! ¡Ni en ninguna parte!

—Ness, tienes que saber la verdad de una vez —susurró Henrietta, tratando de calmar a su, extrañamente hablando, amiga.

—No necesito saber nada más —susurró la capitana, comenzando a caminar hacia el campo de tiro.

No necesitaba saber nada, no necesitaba excusas baratas ni explicaciones. Jean Blast le había jodido la existencia y ella no iba a permitir que se le usara ni siquiera en una pelea de perros. Jean Blast estaba muerto, al igual que Ness y su pasado. Porque aquello era confirmación de que no podía confiar en nadie. ¿Amigos? No los necesitaba. ¿Amor? Eso era para débiles. El amor te nubla y te hace dudar, y Vanessa no estaba dispuesta a ninguna de esas cosas. Era una sobreviviente, al que le gustara bien y al que no, bien también.

Se detuvo en el campo de tiro, sacó un cigarrillo y lo encendió, mirando el cielo estrellado de la primavera que apenas comenzaba. Caos y confusión se expandían por su mente, por su corazón y por mucho que tratara de reprimirlo, golpeaba cada vez con más fuerza, incansable. Y ella ya estaba comenzando a cansarse de todo ello. Solo quería que la guerra terminara pronto para así poder cumplir con su parte del trato. El delicioso premio la esperaba al final, solo debía soportar un poco más.

—Capitana —un susurro a su espalda la hizo girar sobre sus talones, sobresaltada. La figura de Drake, el soldado nuevo, estaba frente a ella—. ¿Le molesta si la acompaño?

—Me molesta —casi rugió ella, furiosa—. Me gusta mi soledad y mi intimidad, disfruto de ella. No necesito que un hombre venga a mi lado y me trate como a una damisela en apuros. Soldado, no lo olvide nunca: Aquí-no-hay-damiselas-en-apuros. ¿Cappicci?

—Con todo respeto, capitán —Drake ya estaba comenzando a cabrearse de la actitud de esa mujer, lo tenía hasta las narices con su discurso de "soy fuerte, te meteré una bala en el trasero"—. Solo quería hacerle compañía, ya que siempre la veo sola. Pero si usted disfruta estando en esa soledad, aislándose de todos como si su vida dependiera de ello, allá usted. Si la matan en el campo de batalla será porque todos la preferirían muerta.

No fue hasta que lo había dicho que se dio cuenta de sus palabras. Apretó la mandíbula, cuadró la posición y esperó, observando como la mujer parecía estar luchando para no llorar. En una situación normal le hubiera dado lástima, pero esa situación... Era casi como un deja vu.

—Que así sea, soldado...

Una vez alguien le había dicho a Vanessa que nadie estaba solo, y aunque no lograba recordar quién era, tampoco le importaba. Le habían mentido, cosa nada rara, ya apenas si le importaba. Ella estaba sola y lo prefería así. Menos carga emocional, menos dolor. Más fácil despedirse del mundo.