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jueves, 5 de enero de 2012

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Deja de llorar... Por favor, deja de llorar...

No importaba cuantas veces ella dijera aquellas palabras, él no la escuchaba. Y le desgarraba su muerto corazón la impotencia que pesaba allí dentro.

Ángel se arrodilló frente al altar, como cada día, acariciando su fotografía, y en su muerta garganta se formó un nudo que la dejó sin el aliento que necesitaba para poder continuar en el limbo entre la cordura y la pérdida total de su razón.

Sentía tanto haberlo abandonado, tanto...Pero ya no había vuelta atrás, porque ella estaba muerta y él moría en vida a cada segundo que pasaba. ¡Oh, cuanto anhelaba devolverle su felicidad!

Lo vio tumbado en la hierba, entre las flores, y se largó a llorar con él, con sus lágrimas etéreas, irreales, lágrimas que no existían pues no eran físicas, eran del corazón. Su corazón lloraba, y gritaba, y estaba en pena por él... Por la persona a quién más había amado y a quien más había lastimado.

Te amo, Ángel...

Edén se inclinó sobre el cuerpo dormido de Ángel, de SU Ángel y besó su frente, haciendo que él se removiera en sueños, en pesadillas. Acarició con una de sus inexistentes manos los cabellos de él, sus mejillas y, con el dolor de su alma, emprendió el vuelo.

Ese era el adiós definitivo, ahora solo esperaba que pudiera encontrar la felicidad y... Olvidarla.

viernes, 7 de octubre de 2011

Jardín




Ángel acarició la lápida de su amada con la punta de sus dedos. La tumba blanca no había cambiado en nada durante esos años, y aún ver su fotografía allí era como tenerla frente a él. ¡Cuán duro había sido con ella! Había pensado que con un poco de indiferencia Edén se daría cuenta de su error al sentir culpabilidad de algo que ella no había buscado, pero solo la había ayudado a caer más hondo en el abismo. Y lo lamentaba…

Lo único que calmaba el agitado corazón de Ángel era aquel santuario que había preparado para ella, para su descanso eterno Aquel era el Jardín de Edén, era su pedacito de cielo en la tierra, el lugar en el que encontrar sus brazos entre los helechos, entre los tulipanes, entre los girasoles que a ella tanto le habían gustado en vida.

—Te extraño, Edén —suspiró Ángel, recordando como si fuera ayer sus sonrisas y sus gestos, sus caricias sobre su piel desnuda—. Y no sabes la falta que me haces… Y lo culpable que me siento por haberte dicho aquellas duras palabras. Pensé que Mabel te retendría, que te ayudaría, que te darías cuenta de que nada de lo que había pasado era tu culpa. Y quise desaparecer un momento de tu vida para que encontraras la paz que tanto necesitabas… Pero corriste al verme al otro lado de la calle, me viste como si fuera un espectro o un mal recuerdo, y me duele… —Ángel se secó una lágrima fugitiva que rodaba por su mejilla y suspiró otra vez, tratando de encontrar la calma— Ay, Edén, no sabes lo arrepentido que estoy. Te traté de aquella manera cuando más necesitabas de mi amor, te negué un abrazo en un momento de desolada desesperación, te asesiné con mis palabras y mi errada forma de actuar…

Nadie le contestó, sabía que ella desde su fotografía no le contestaría, que ahora Edén era ese jardín en el que estaba, que ella no volvería a sus brazos nunca más. ¡La extrañaba tanto!

La lluvia comenzó a caer sobre el Jardín de Edén, sobre aquel trocito de cielo que había preparado con tanto esmero para que por lo menos parte de su alma siguiera con vida, pero no era igual a sentir su risa al despertar cada mañana, o sus pequeñas maldiciones. Edén estaba soñando ahora en las estrellas, entre las nubes, y aún ahora Ángel se preguntaba qué soñaba.

Pero jamás lo sabría, porque Edén se había ido, porque su Jardín no tenía más vida que las mismas flores que cuidaba con tanto esmero, esperando que volviera, verla aparecer entre los arbustos con su sonrisa de traviesa maldad…


Fin

Oscuridad




Mabel estaba muy preocupada por su amiga. Edén llevaba días sin levantarse de la cama, no probaba bocado, no hablaba, y eso la tenía casi fuera de sí. Ahora estaba sentada junto al bulto enrollado entre las sábanas que era la muchacha, tratando de hacerle entrar en su dura cabeza que nada de lo que le había sucedido a Sebastián era su culpa, que no debería estar así, que todo iba a ir mejor si solo se calmaba y dejaba que el tiempo fluyera como siempre.

Pero no era que Edén no quisiera escucharla, es que no podía escucharla. Estaba tan sumida en aquella pesadilla, tenía tan presente el recuerdo de Sebastián tendido en el pavimento con su cuerpo contorsionado como el de una muñeca de trapo que sentía no solo su cuerpo, sino también su mente sumido en un mar de profunda oscuridad y desolación. ¿Dónde estaba la luz que la había hecho sonreír días atrás, meses atrás? Hasta había perdido la noción del tiempo con todo aquello, y estaba aterrada. ¿Dónde estaba su Ángel cuando más anhelaba sus alas protectoras?

Un grito de dolor se escapó de su garganta, seguido de un interminable sollozo que resonó en la habitación como un trueno antes de que la lluvia se hiciera presente en una ciudad destrozada por el caos. Mabel la alzó de la cama, abrazándola con fuerza y sintió el corazón de la muchacha latir desbocado mientras más gritos escapaban de su garganta destrozada. Cada día era lo mismo, cada noche, a cada hora los gritos de su amiga llenaban la casa hasta el más profundo y deshabitado rincón, remeciendo todo hasta los cimientos. Y ya no sabía qué hacer.

Adín entró hecho un bólido en la habitación, con su rostro contraído en un rictus de preocupación. Una semana las cosas llevaban así y ya ninguno sabía qué más hacer. Ángel estaba quedándose con ellos para cuidarla en las horas en las que no trabajaba, pero apenas él se marchaba, Edén comenzaba una nueva sesión de gritos y llanto que no eran capaces de frenar, y lo único que podían hacer por ella era abrazarla.

Edén se dejó abrazar y acariciar, tratando de mantener su dolor lo más oculto que podía, pero la oscuridad era más grande que ella y que su fuerza de voluntad. Se levantó de la cama y caminó sin ser consciente de lo que hacía, simplemente caminando y caminando, arrastrando los pies bajo las miradas curiosas de sus amigos. Salió de la casa y observó a su alrededor, viendo los automóviles pasar a cada segundo. Y sintió el movimiento en su abdomen plano, sintió la vida, sintió la muerte corriendo como sangre por sus piernas hasta el suelo, hasta el infierno. Y volvió a gritar, buscando desesperada el rostro de su Ángel de cristal que se alejaba batiendo sus alas graciosamente.

¡No, no me dejes!, quiso gritar, pero no fue capaz de hacerlo. Y quiso que todo acabara cuando dejó de sentir, tratando de ir tras su ángel y alcanzarlo, para retenerlo entre sus brazos…





Ángel aferraba con fuerza su mano, y la acariciaba con la yema de sus dedos, solo así ella podría ser capaz de encontrar la luz entre su oscuridad y despertar. Llevaba tanto tiempo así, tantos años, que no dudaba en que Edén había creado un mundo perfecto dentro de su mente para no despertar jamás. Pero él no sabía que la escena se repetía una y otra vez, que esos meses interminables se repetían en su cabeza, cambiando nombres, colores, rostros, simplemente cambiando todo para no ser alejada de la oscuridad.

Mabel se preguntaba qué podría estar soñando para que su corazón se disparara de esa manera y se preguntó si tenía que ver con aquel día, en la plazoleta, luego de aquella discusión entre ellos. Ángel le había pedido dejar de llorar, dejar de alucinar, hacerse tratar de una vez por todas para dejar todo el dolor atrás, pero ella se había negado, no podía evitar sentirse desdichada. O tal vez no quería evitar sentirse desdichada.

Había corrido esa tarde, tratando de alcanzarlo y el automóvil la había impactado de frente, haciéndola volar por los aires. Y Edén no iba a despertar jamás, lo sabían, sabían que no volverían a ver su mirada color chocolate brillando de emocionada felicidad nunca más, que el último recuerdo que tendrían de ella sería eso, su cabeza rota sobre el pavimento, sus labios tratando de susurrar un lo siento, sus ojos nublados tratando de enfocar, viendo algo lejano.

Ahora Edén vivía un sueño, y ellos no sabrían jamás que era lo que ella veía, lo que ella sentía, lo que ella sentía y soñaba. Tal vez era feliz en su sueño, tal vez era más feliz que nunca con los ojos cerrados y evadiendo la cruda realidad. Había perdido a su hijo, al hijo de Ángel y suyo y no podía perdonarse a sí misma, por eso lo había tergiversado todo, volteando la realidad, evitando lo que ella era, yéndose lejos en sus sueños y pesadillas.

El médico entró en la habitación y les preguntó si estaban listos. Ángel sollozó, besando la mejilla fría de Edén y suspirando. Mabel no fue capaz de ver, por lo que se tapó los ojos antes de perderse entre los brazos de su esposo, que miraba fijamente el cuerpo inerte de su antigua amiga. De pronto, y con un pitido de aviso, el corazón de Edén se detuvo para siempre.

jueves, 6 de octubre de 2011

Perdón




— ¡Aléjate de mí! —gritó Edén, mirando con rabia al hombre frente a ella.

Aún no podía entender como ese sujeto se dignaba tocarla otra vez, después de todo el daño que le había hecho. No, eso no era justo, eso no era correcto, ¡eso no tenía pies ni cabeza! Se zafó de las manos del hombre, que sujetaban uno de sus brazos con insistencia y lo miró con sus ojos color chocolate destilando odio. Ese hombre se las pagaría todas juntas, todas juntas de una sola vez, y siquiera se inmutaría al verlo tendido en el pavimento, muerto o agonizante, no le interesaba. Lo importante era verlo mal, muy pero que muy mal.

—Edén, escúchame por favor —suplicó el hombre, rogándole también con sus oscuros ojos.

—No tengo nada que escuchar, Sebastián —gruñó ella, palpando sus bolsillos en busca de un cigarrillo—. ¿Acaso no te bastó con hacerme tanto daño antes? ¿Soy tu deporte favorito o qué? —interrogó con rencor, mirándolo fervientemente.

Sebastián, el hombre de los ojos negros se acercó otro paso a ella, cerrando la distancia y abrazándola con fuerza. Edén luchó, gritó, lo empujó y lo golpeó hasta que él no intentó volver a tocarla. Ahora no solo tenía rabia, sentía su orgullo herido también. ¿Cómo era capaz de tocarla sin sentir culpa? Se alejó otro paso de él y lo miró con todo el odio del mundo a los ojos mientras una de sus manos, de manera inconsciente, se detenía en su vientre plano, acariciándolo con suavidad mientras la otra le devolvía el milagrosamente entero cigarrillo a los labios. La nicotina mantenía a raya sus impulsos de ahorcarlo aún en ese mar de gente que los rodeaba.

—Edén… —la llamó él otra vez, y ella le dio una bofetada con las lágrimas rodando por sus mejillas.

—No te llevaré a ver la tumba de MI hijo —gruñó, alzando la voz unas cuantas octavas—. No quiero saber tampoco que fuiste a verla, no tienes ningún derecho, Dema no es nada tuyo.

—Soy su padre —susurró Sebastián, bajando la mirada.

—No, no lo eres, Dema no tiene más padre o madre que yo, ¿comprendes? —Edén estaba que no podía más, tenía los nervios destrozados, necesitaba ver a Ángel.

— ¿Qué puedo hacer para que me perdones? —consultó Sebastián, mirando con súplica a la chica frente a él, a esa chica que había cambiado tanto en dos años y medio.

—Deja que un auto te arrolle y si sales vivo yo misma te llevo a ver la tumba de mi hijo, mal nacido —ordenó Edén, señalando la calle por la que pasaban más automóviles de los habituales.

Y para sorpresa de Edén, Sebastián sonrió, cerró los ojos y pasó a su lado dando pasos seguros y tranquilos. Edén volteó con los ojos muy abiertos y vio, horrorizada, como el cuerpo de quien le había destrozado el alma salía despedido por los aires. Sebastián cayó al suelo con un crujido potente, aún con los ojos cerrados y sin siquiera haber hecho una mueca de dolor en aquellos eternos segundos de colisión. No que no hubiera tenido tiempo, Edén se había equivocado con él, otra vez. Sebastián sí estaba lo suficientemente loco y además dispuesto a hacer todo lo que ella le dijera para merecer su perdón. Y ella había sido una completa zorra con él.

Pudo escuchar gritos a su alrededor, muchos gritos, pero ella no tenía cabeza para eso. Escuchó a las ambulancias llegar, policía, todo eso que llegaba cuando de un accidente así se trataba y pudo escuchar también a los paramédicos decir que tenía la cabeza intacta pero las cervicales astilladas. Si despertaba sería suerte, si caminaba, un milagro. Edén se sintió como basura cuando las personas la señalaron como la persona que había estado con él y unos hombres, policías, le pidieron que los acompañara a dar una declaración sobre lo acontecido. Asintió media ida, pensando solo en una persona. Ángel…




— ¡Edén! —Ángel la abrazó con todas sus fuerzas apenas la vio salir de la estación. Su rostro estaba tan demacrado, tan ausente, estaba tan ida que apenas podía corresponderle el abrazo— ¡Dios, Edén! ¡Estaba tan preocupado!

Pero Edén no contestó, no dijo nada, solo se apretó contra él, sollozando quedamente mientras Ángel la subía en un taxi mientras llamaba por móvil a Mabel, advirtiéndole de lo que acababa de suceder.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Todo lo que necesitas




Edén abrió los ojos de manera perezosa. Las cortinas estaban descorridas por lo que la luz del sol de mediodía le daba de lleno en el rostro. Le dolía la cabeza como si le hubieran pasado con un tanque por encima y decidió, por el resto de sus días, no volver a beber nunca más. Se sentó en la cama lentamente, enfocando en la habitación y, aterrorizada, se dio cuenta que no era su habitación. ¿Dónde rayos estaba? Se levantó de un salto y notó que traía puesta una camiseta blanca que le quedaba enorme, a pesar de lo alta que era. Mierda, mierda, mierda, pensó buscando su ropa, que no encontraba por ningún lugar en esa habitación. Si Ángel se enteraba la iba a asesinar, la iba a desollar viva.

— ¿Edén? ¿Qué haces cariño? —inquirió una voz a sus espaldas y cuando volteó a ver notó a un muy desorientado Ángel tendido en la cama.

Suspiró. Claro, tonta, Ángel los había invitado a su departamento en su día libre y ellos habían ido a pasar el rato. Mabel y su novio se habían ido a casa temprano con la excusa barata de dejarlos pasar tiempo de calidad a solas con una sonrisita boba en la cara y ella no había encontrado nada mejor que sonrojarse ante la larga lista de preguntas que le esperaría en casa. Ángel estiró los brazos hacia ella y Edén, sonriendo, volvió a arroparse entre las mantas de la cama, contra el pecho de Ángel y respirando su perfume casi con necesidad. No hubiera cambiado ese momento por nada del mundo, eso definitivo.

— ¿No me dirás que estabas haciendo? —susurró Ángel contra su oído, y ella se hundió más contra su pecho, negando con la cabeza.

—No te diré nada —gruñó por lo bajito, sacándole una carcajada a su Ángel—. Me dejaste beber como imbécil anoche, no te diré nada.

—Eso no fue mi culpa —sonrió él, y Edén se sintió desfallecer ante sus casi inaudibles risitas—. Te veías tan linda hablando tanto que no quise aguarte la fiesta. Además, cuando intenté hacer que dejaras de beber casi me quedo sin descendientes.

Edén enrojeció hasta la raíz del pelo. ¿Qué le habría dicho? ¡Dios, si hasta casi lo había golpeado! Excelente imagen la que estaba creando para su novio. Se acurrucó más contra él y susurró que lo sentía, más Ángel se largó a reír, diciéndole que era la cosita más tierna que había visto en sus veintiséis años de vida. Eran la pareja más extraña, a su parecer. Él se reía de sus casi nulos berrinches y ella se estaba comportando cada vez más como una nena de preescolar a la que le quieren quitar su osito de peluche favorito. Pensó en la posibilidad de compartir su osito de peluche con el mundo y la idea del vacío y los celos no la dejó respirar por una fracción de segundo.

—No te compartiré —masculló de pronto, apretándose más contra él. Ángel le levantó el rostro, con la duda instalada en sus ojos color avellana—. Que pensaba en ti como un osito de peluche al que tengo que compartir y no me gusta la idea. No te compartiré —negó en rotundo, sonrojándose más aún.

Ángel soltó una carcajada y comenzó a repartir besos por todo el rostro de esa adorable chica que se había pasado la noche entera diciéndole cuanto lo amaba. Había sido tan hermoso, aunque no estuviera en sus cinco sentidos, tenerla recostada contra su pecho, ambos sentados en el sillón de la sala y hablando sobre los aliens o cualquier cosa con la que ella saltara. Escuchó la sonrisa de Edén, radiante y fresca cuando le besaba el cuello en roces juguetones. Tenía tanta energía siempre, no podía comprender cómo sus tontos compañeros de facultad le hacían la vida a cuadritos. De pronto, una idea genial le vino a la mente y no pudo evitar sonreír mientras se alejaba solo un poco para observar su, de pronto, aniñado rostro.

—Mañana pasaré por ti a la universidad —soltó de pronto Ángel, y Edén se sintió de pronto desorientada.

— ¿Qué? —inquirió, totalmente perdida en el rumbo que había tomado la charla, o lo que fuera que estuviera pasando en ese segundo.

—Que mañana pasaré por ti a la facultad —repitió sonriente él, acariciando los largos cabellos de ella, que se desparramaban sobre la almohada—. Tengo ganas de conocer a tus “agradables” compañeros.

Edén sonrió, con travesura y casi maldad en sus finos labios sonrojados. Eso sería la mar de divertido. Le besó los labios suavemente y sintió mareo, un mareo agradable recorrerle todo el cuerpo seguido de un cosquilleo que se instalaba en forma de calor justo sobre su corazón. Ángel era tan bueno, tan paciente y tan amable con ella, siempre haciéndola sentir bien que el tiempo a su lado pasaba como agua fluyendo en un manantial, en una cascada irrefrenable. Y ella amaba ese amor, lo amaba a él con todas sus fuerzas y supo, desde ese preciso momento cuando se perdió por millonésima vez en esos profundos y expresivos ojos color avellana que no necesitaba nada más que eso para ser feliz. Ángel era todo lo que necesitaba… Para siempre.

Café Y Lejía




Ángel se sentía casi como una rata de laboratorio ante el escrutinio de esos ojos verdes, que daban vueltas y vueltas a su alrededor. A su lado, Edén estaba roja hasta la raíz del pelo, mirándose las manos como si fuesen lo más interesante del mundo y evitando, por sobre todas las cosas, encontrarse con la mirada acusadora de Mabel, la amiga de su… ¿Novia?

—Así que… Ángel —dijo de pronto Mabel, haciéndolo dar un saltito asustado en su lugar—. Edén, querida, ¿nos dejas un momento a solas?

—No —la respuesta de Edén fue instantánea, tanto que llegó a enfrentar su mirada chocolate con las esmeraldas de la chica—. Mabel Hervia, te conozco y no. No, no, no y no.

—Serena, morena —rió Mabel, invitándolos a sentarse al otro lado de la mesa—. Ángel, ¿café?

—Dile que no, lo envenenará —gruñó Edén, con una pizca de pánico en su voz. Ángel rió.

— ¿Puede ser sin azúcar pero con crema? —consultó él, y Edén le dirigió una mirada aterrorizada.

—Claro, no faltaba más —sonrió Mab, sacudiendo su larga melena negra—. Edén, ¿quieres algo?

—Lejía —gruñó la chica, sacándoles una carcajada a ambos—. Y que sea para ti, si no es mucho pedir.

—Okey, un café sin crema ni azúcar —canturreó Mab antes de irse casi dando saltitos a la cocina.

Edén miró a Ángel, perdiéndose en esos profundos ojos avellanas que tanto amaba, sonrojándose hasta la raíz del cabello otra vez. Aún no comprendía por qué estaba así de nerviosa estando cerca de él, era algo tan tonto, tan infantil, pero simplemente no podía mantener a raya las reacciones de su cuerpo y corazón cuando él la miraba de aquella manera tan intensa.

Ángel se perdió en los ojos color chocolate de Edén, tan profundos, tan sinceros y expresivos, nada comparados con los ojos que había visto en aquellas fotografías. Esas fotos no le hacían ni la más mínima justicia a la chica que estaba sentada a su lado, con las mejillas arreboladas en aquella expresión tan tierna. Tomó una de las manos de ella, que descansaba sobre la madera de la mesa y la apretó suavemente, repartiendo pequeñas caricias.

—Ángel —le llamó ella con voz suave y aterciopelada, él sintió que con solo escuchar su voz tocaba el cielo.

—Dime, Edén —susurró suavemente en respuesta, y ella sintió que todo su ser se estremecía ante las palabras de él.

—No importa qué diga Mabel —tartamudeó Edén, bajando suavemente la mirada—. He cambiado y…

Ángel la acalló con una caricia suave sobre sus labios, antes de inclinarse lentamente para besarla, como si estuviera besando el pétalo de una rosa. El sabor de los labios de Edén era magnífico, fabuloso e irreal, nada comparable a una caricia normal o de este mundo. Para él, besar los labios de ella era perderse en el pecado, sentir como si las ninfas le arrastrasen hasta una hoguera ardiente, infinita.

Edén rodeó el cuello de Ángel con sus brazos, suavemente, torpemente, de manera tímida y sensual, algo demasiado espontaneo incluso para sus siempre ensayados movimientos. Los labios de él eran cálidos y delicados, cuidadosos, y no pudo imaginar nada mejor en ese mundo, en esa vida o en la próxima. Dejó que los brazos de Ángel se enredaran a su espalda y sintió escalofríos cuando la aproximó al máximo contra su cuerpo. Podía sentir los latidos de sus corazones chocando contra el pecho del otro, sus respiraciones dificultosas y entrecortadas por la emoción. ¿Cuántas veces había sentido aquello? Solo una vez… Con él. Con su Ángel.

— ¡Ustedes no pierden el tiempo, eh!

Se separaron bruscamente y Edén enrojeció otra vez, bajando la mirada y acomodándose mejor en su silla. Mabel reía. Lo cierto es que había estado observando desde el umbral de la puerta abierta mientras su novio, Adín, preparaba los cafés. Se miraban de manera tan intensa, tan apasionada y completa que esta vez supo su amiga no iba a necesitar que le pateara el trasero a algún aprovechado que solo quisiera llevársela a la cama por una noche.

Adín dejó la bandeja sobre la mesa suavemente, sonriendo, notando como aún los dedos de la pareja frente a él permanecían entrelazados bajo la mesa, notando como se miraban por el rabillo del ojo.

martes, 4 de octubre de 2011

Hola




—Tranquila, Edén, que ya verás que aparece —escuchó la suave voz de Mab al otro lado de la línea—. Tienes que aprender a calmarte, mujer.

— ¿Calmarme? —inquirió Edén, sujetando con fuerza la cámara profesional en sus manos y apuntando al cielo, hacia las nubes que se movían lenta, perezosamente— Probablemente acabo de cometer la peor estupidez de toda mi existencia, ¿y tú me pides que me calme, Mabel?

La risa al otro lado de la línea la puso roja de la rabia. No es que Mab se estuviera burlando de ella, es solo que hasta ella reconocía que estaba actuando como una niña de preescolar. Suspiró, ajustando el manos libres mejor en su oreja sin dejar de apuntar al cielo, sujetando la pesada cámara con una mano, esperando el momento oportuno para disparar. Tenía que buscarse otro pasatiempo, eso era definitivo.

—Ya, ya, tampoco es para tanto, Edén —interrumpió sus cavilaciones Mabel, aún riendo—. Si tan arrepentida estás de eso, ven a casa.

— ¿Y si aparece? —inquirió Edén de nueva cuenta, sentándose en el borde de la banca, mirando de pronto la estatua de Poseidón como si fuese lo más interesante del mundo.

—Eres una loca, mujer —bufó de mala gana Mab—. Quédate o vuelve a casa, haz lo que quieras, pero espero que luego, si vuelves, no estés arrepentida por no haberte quedado.

Y antes de que pudiera replicar algo, Mabel cortó. Edén se quitó el manos libres de la oreja y lo guardó en el bolsillo del saco azul piedra que llevaba puesto. Dejó la cámara sobre su regazo solo un segundo para encender un cigarrillo con ansias, antes de tomar de nuevo el aparato entre sus manos y comenzar a revisar en la pantallita pequeña las tomas que había capturado, descartando las que a su parecer eran un completo asco. Tenía unas realmente buenas pero sabía que podía hacerlo mejor. Alzó la vista un segundo para llevarse el cigarrillo a los labios y, al otro lado de la plazoleta, justo junto a un árbol, lo vio.

Sabía que era él, cada fibra de su cuerpo lo decía aunque estuviera vuelto de espaldas. Sintió que su corazón comenzaba a latir más y más rápido, que el color subía a sus mejillas, que sus manos comenzaban a temblar de manera incontrolable y quiso gritar de terror, como las heroínas de una mala película de miedo.





Ángel cruzó la calle hasta la plazoleta, encendiendo un cigarrillo con ansias. Hacía frío, de seguro hubiera sido mejor cerciorarse de que ella estaba allí antes de salir a perder el tiempo con aquel helado clima que estaba bajando. El cielo aún estaba claro, eran cerca de las seis de la tarde y lo más probable era que dentro de poco los matices pasaran de celeste a anaranjado con una pizca de púrpura. Aunque nadie le aseguraba que al verla desde la ventana, merodeando por allí con sus largos cabellos al viento y su expresión dura, no se hubiera acobardado y se hubiera metido bajo la cama para nunca más volver a salir.

Se apoyó un segundo en un árbol, rascándose la barbilla con pereza mientras observaba a las personas caminar de un lado a otro. Había visto a una chica, probablemente igual de alta que Edén pero no era ella, lo había sabido nada más fijarse en su corto cabello rubio. Suspiró con desgana llevándose el cigarrillo a los labios y volteó para darle una fugaz mirada al otro lado de la plazoleta, que si bien no era muy grande, hacía difícil la labor de encontrar a alguien gracias a sus innumerables árboles. Fue entonces cuando la vio. Y ella lo estaba mirando.

Sintió que su corazón chocaba contra sus costillas una vez antes de detenerse, para comenzar de nuevo a martillar en su lugar como si quisiese salir corriendo de allí, salirse de su caja torácica. Ella estaba sentada en una banca, una de las pocas desocupadas, con las piernas cruzadas, con algo negro y grande en su mano derecha, algo que reconoció como una cámara fotográfica. En la otra mano y a medio camino de su rostro tenía un cigarrillo. Llevaba los cabellos atados en una cola de caballo alta, con su afilado rostro despejado. Era incluso más hermosa en persona, a pesar de la distancia.

Dio un paso adelante y ella se levantó de la banca lentamente, metiendo la cámara en una mochila antes de colgársela al hombro. Caminó hasta ella sin detenerse mientras la muchacha luchaba contra el cierre de la mochila para hacer que se cerrara y, cuando llegó junto a Edén, ella apenas había alcanzado a dar un paso adelante.

—Hola —dijo Edén, y para Ángel fue como escuchar a un sirena cantar, hermosa y letal.

—Hola —dijo él, y Edén sintió un corriente eléctrica cuando Ángel la abrazó fuertemente contra su pecho.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Mensaje — Segunda Parte




Ángel releyó por enésima vez en los últimos treinta minutos el mensaje de Edén, sin poder creer lo que allí ponía. No sabía qué hacer con ello, todo era tan rápido, inesperado, tan precipitado que ahora el nerviosismo había ocupado cada poro de su cuerpo, haciéndolo temblar como una bandera en el viento huracanado.

Querido Ángel:

Primero que todo y antes que nada… Ángel, perdóname por ser una estúpida impulsiva de primera.

Acabo de leer tu mensaje y, sin ánimos de lastimarte, debo decir que me largué a llorar como una niña chiquita. Pero antes que te sientas mal déjame decirte que son lágrimas de felicidad, como las de esa misma niña chiquita que está observando maravillada el mejor regalo de navidad de su corta y desabrida vida. ¡Y hoy no es navidad!


Ángel rió por lo bajo ante la última frase. Normalmente Edén no era una persona que dijera cosas así, la ternura en ella era demostrada de otra manera completamente diferente, pero aún luego de leer tantas veces aquella línea no podía dejar de imaginar la sonrisa traviesa en los labios pintados de púrpura de la muchacha. De seguro estaba igual de sonrojada escribiendo aquello como él estaba sonrojado ahora leyéndolo.

Como sea, ya estoy comenzando a desvariar. Mi punto es que debí darte una oportunidad y no comportarme como la mayor estúpida inconsciente de toda la faz de la tierra. Quiero decirte, quiero que sepas que aunque me comporte como una tonta, que aunque al igual que tú estoy desencantada del amor, te creo. No puedo dejar de creerte, dejar de pensar que tus palabras son sinceras y verdaderas. ¿Qué ganarías con mentirme? Yo creo que nada, en realidad, no puedes lastimarme con una mentira así, pero sí puedes lastimarme diciéndome que me odias y que quieres que me aleje de ti lo más posible. Y, para ser más sincera, tampoco creo que pueda mantener las distancias contigo.

Volvió a sonreír, una sonrisa dulce posada en sus finos labios. Ella le creía y, lo que era mejor que eso, era que ella describía justamente como él se sentía. Cuando Edén le había dicho esas dos palabras él, a pesar de estar hecho un lío pensando en que su nueva casi mejor amiga había creado esos sentimientos hacia él, una extraña sensación de alegría lo inundó los días siguientes. Solo que era consciente de esa alegría ahora, cuando no estaba preocupado por su extraña desaparición.

Sé que vivimos en la misma ciudad, ¿sabes? Jamás ninguno dijo de donde éramos, pero reconozco el lugar donde estabas cuando te sacaste una de las fotografías que me enviaste antes de que el cataclismo de mi impulsividad pasara por aquí. Y también quiero decirte, con mucha vergüenza, que estoy dispuesta a encontrarme contigo, aunque el solo pensamiento de verte a la cara me haga temblar como una tonta esquizofrénica.

¿Por qué jamás le había preguntado donde vivía, de dónde era? Había estado tan ocupado pensando en lo encantadora que era que había olvidado por completo aquel detalle, el detalle de saber cuántas horas de distancia había entre ellos, si es que había mar entre su nuevo amor. Aunque ahora había algo más importante que esa insignificancia de la distancia, ya que vivían en la misma ciudad. ¿A cuantos minutos estaría su departamento de la casa de ella? El pensamiento de tenerla tan cerca le puso los pelos de punta. Y también el hecho de que ella quería verlo tanto como él quería verla a ella.

Hoy tengo que andar cerca de la plazoleta, donde estabas en la fotografía número cinco que me enviaste. No esperaré a que llegues, sé que tienes que descansar y todo eso, no soy tan inconsciente como para luego reclamarte el que no aparecieras. También sé que es bastante precipitado, pero es algo que quiero hacer. Estaré allí, solo para que lo sepas, por si te queda de paso y nos vemos aunque sea para saludarnos con la mano en la distancia.

Y ahora me despido sin nada más que agregar.

Te ama.

Edén.


Dirigió su vista a la ventana en un gesto que trató de ser desenfadado, pero no consiguió mantener la mirada en el cristal por más de un segundo. ¿Quedarle de paso el lugar donde ella estaría? Vivía en el quinto piso de edificio de departamentos New Imperial, justo frente a la plazoleta que en su centro tenía un hermoso obelisco de Poseidón. Y lo más probable era que Edén estuviera allí.

Miró el reloj de pared un largo segundo, con las inmóviles manecillas marcando las cinco en punto de la tarde. Se levantó de un salto de la silla y se dirigió hacia el baño, encerrándose rápidamente para alistarse para salir. De todas maneras dentro de cuatro horas tendría que salir de allí para irse a trabajar, por lo que un paseo no le haría daño a sus ya destrozados nervios.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Mensaje — Primera Parte




Tienes un nuevo mensaje en tu bandeja de entrada

Edén había abierto su messenger esperando, rogando que pasado un buen rato Ángel se hubiera marchado a dormir, esperando no encontrarse con él. No lo vio conectado por lo que supo que se había ido a la cama luego de una larga noche de jornada laboral y se maldijo mentalmente por haberse comportado como una niña. Abrió la bandeja de entrada de su e-mail desganada, esperando esos tan típicos mensajes de cadena que siempre le enviaban, incluso esperando también ver otro texto de amenaza de muerte de uno de sus tantos compañeros de facultad. ¿Por qué no la podían dejar amargarse y vivir en paz? Tan ensimismada estaba recordando la última amenaza que, cuando la página terminó de cargar, un gemido ahogado escapó de sus labios.

Urgente: Léelo y dame una oportunidad, por favor – Ángel Labadie – 18/05/2010 – 08:30 A.M.

Apenas se había tardado menos de un segundo en leer esa línea, tardándose el resto de ese segundo en que las alarmas en su mente se dispararan, haciendo martillar rápidamente su corazón, golpeando con violencia dentro de su pecho, con las mejillas ardiendo y los nervios apoderándose de cada molécula de su cuerpo. ¿Debía leerlo? ¿Sería sano para su alma leer aquello? Podía simplemente borrarlo pero… Pero podía ser importante. O podía ser que aquello terminara destrozando su razón de una buena vez y para siempre. Como fuera, tenía que tomar una decisión y tenía que hacerlo rápido. Si no lo leía estaba la posibilidad de arrepentirse luego, si lo leía era igual, podía arrepentirse de hacerlo. Ella no se caracterizaba por arrepentirse luego de haber tomado una decisión, por lo que cliqueó el mensaje rápidamente para abrirlo, esperando que cargara lentamente mientras ponía música y se ajustaba los cascos sobre la cabeza. Cerró los ojos antes de suspirar para, al abrirlos, ver el largo mensaje que estaba dispuesta a leer así luego doliera.

Querida Edén:

Sé que me he comportado como un verdadero tarado en este último tiempo, que pareciera que quiero jugar contigo luego de primero decirte que te veo solo como amiga, para luego llegar y soltarte que me gustas. Pero quiero que trates de comprender que también es difícil para mí, que al igual que tú estoy desencantado del amor, que igual que tú no tengo confianza suficiente en este sentimiento tan conocido pero tan nuevo a la vez.


Edén estaba comenzando a arrepentirse. Odiaba los peros y ese mensaje estaba lleno de eso, de peros. “Es la excusa de los perdedores”, recordó que le había dicho alguien una vez, más alejó las ganas de tirarse a un poso para continuar leyendo. Ya había comenzado y ella jamás dejaba las cosas a la mitad, aunque tuviera muchas ganas de hacerlo.

Cuando te conocí pensé que serías solo una chica más, una muy tímida por cierto. Al leer tus palabras me encontré con una chica sincera, pura y alegre, más cuando comencé a conocerte mejor sentí que solo eras así con pocos y, que al igual que yo, estabas aterrada por dentro. No fue hasta pocos días después que comenzaste a abrirte realmente conmigo, contándome tus alegrías y tus penas, haciéndome sentir útil para alguien más. Siempre fui un hombre de sonrisa pronta, siempre alegre y optimista, pero tú me mostraste que no siempre se puede ser así, que en algunos casos el dolor le gana al sentimiento de querer sentirse bien.

Suspiró. La valoración que Ángel tenía en ella le daba nauseas, pues sentía que lo estaba engañando y, lo que era aún peor, que lo había dejado engañarse a sí mismo en cuanto a ella. Sacudió la cabeza volviendo a alejar los nuevos pensamientos para retomar la lectura.

Y es eso lo que más me atrajo de ti, Edén. Tu sinceridad al soltar una bronca, tus lágrimas escasas pero verdaderas, tu manera de enfrentar el mundo aunque quisieras darte un tiro entre ceja y ceja, como dices tú. Me costó tu distancia el darme cuenta que me estaba enamorando de ti, y sentí miedo de perderte luego, cuando ya era demasiado tarde para retractarme de mis palabras, cuando ya era tarde para cambiar el “te quiero como amiga” a un “creo que estoy comenzando a amarte”. Y ahora estoy como un tonto tratando de enmendar mi error, tratando de que me veas, de que me sientas, de que me creas, de que en realidad creas que mis palabras son sinceras.

Me encantaría decirte a la cara que estoy comenzando a amarte.

Un beso enorme.

Ángel.


Edén se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, lágrimas que no sabía cuando habían comenzado a salir de sus ojos, pero que allí estaban, presentes y, de algún modo retorcido, alegres, calmando el dolor que se había instalado en su pecho luego de dejarlo hablando solo, otra vez.

Y entonces la resolución brilló en sus ojos cuando comenzó a escribir, dejando que todo saliera de adentro de ella, dejando que lo que sentía y lo que pensaba se apoderaran de sus dedos en un largo mensaje para Ángel… Para SU Ángel.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Declaración de Amor Fallida




—Entiendo —la escuchó decir al tiempo que levantaba la mirada, sus ojos color chocolate estaban opacados por un velo de tristeza que le fue muy palpable—. Bueno, entonces te deseo lo mejor y ya sabes, tu alegría te llevará adelante.

— ¡¿Qué?! —exclamó algo pasmado— Edén, ¿a qué te refieres? —preguntó mirando como la muchacha se llevaba el cigarrillo a los labios y, por primera vez en esa mañana él mismo hizo aquello, encender un cigarrillo sintiendo las manos temblar.

—Lo acabas de decir, no quieres ser mi amigo —contestó la muchacha mirando la cámara fijamente, notando como una lágrima rodaba por su mejilla—. Eso significa que este es el adiós…

— ¡Pero mujer! —exclamó el, completamente sorprendido— ¡¿Te dije que te quiero y lo tomas como un adiós?!

—Pero dijiste que no querías ser mi amigo… —aquella frase apenas la había escuchado pues Edén había hablado muy despacio, antes de llevarse el cigarrillo a los labios rápidamente.

—Me gustas —musitó Ángel igual de bajo que ella.

La expresión que puso Edén fue impagable. Se veía sencillamente adorable con las mejillas sonrojadas, los ojos vidriosos y las lágrimas saliendo de esas ventanas del alma color chocolate. Tenía los labios ligeramente entreabiertos, la mano que sostenía el cigarrillo detuvo la trayectoria a los labios pintados de rojo y hasta parecía que temblaba ligeramente. Sabía que él mismo estaba más rojo que nunca, pero lo pasó por alto cuando la muchacha enarcó las cejas y terminó de acercarse el cilindro a los labios, dándole una profunda calada.

—Con esas cosas no se juega, Ángel —dijo ella y entonces la imagen desapareció de manera tan imprevisible como había aparecido.

Iba a escribir que no se fuera, que lo escuchara, más no alcanzó pues inmediatamente después apareció la ventanita que decía “Edén acaba de cerrar sesión”. Dejó el cigarrillo a un lado y se llevó las manos a la cabeza, tratando de entender lo que había pasado para que ella pasara de un sonrojo enternecido y tímido a una furia que la llevó a irse de aquella manera en la que últimamente había agarrado de hacer, dejándolo hablar solo. Suspiró quitándose los fonos y arrojándose a la cama, queriendo una explicación de que rayos había pasado, sin encontrar lógica en todo aquello.

Las últimas palabras de Edén estaban grabadas a fuego en su corazón. “Con esas cosas no se juega, Ángel”. Gritó. Él no estaba jugando ni mucho menos, le había costado un poco darse cuenta que él también la quería de aquella manera, que le gustaba todo de ella más que en el significado de amigos, que la amaba aunque no quería aceptarlo del todo. Claro que le costaba, estaba desencantado del amor, estaba harto de amar y tener luego que cargar con aquellas piedras pesadas que formaban la cruz de la desilusión en la espalda y sabía que en el fondo ella sentía lo mismo. Ambos estaban tan alejados de ese sentimiento que tenían miedo de lo que pudiera pasar luego, por eso actuaban de esa manera pero… Pero la muchacha estaba equivocada.

Se levantó decidido de la cama y volvió a tomar asiento en la silla frente al ordenador, comenzando a escribir a todo lo que sus dedos daban, sacando todo lo que llevaba adentro con el máximo de sentimiento como hacía años no lo había hecho. No supo muy bien cuanto tiempo estuvo en eso pero se dio el lujo hasta de revisar bien su trabajo, agregando y arreglando lo que creía necesario hasta que quedó conforme con el resultado final. Lo envió sin dudar y apagó el ordenador antes de volver a arrojarse a la cama sin siquiera cambiarse. Estaba agotado. Entre que su turno laboral había sido un fiasco total y ahora esas emociones invadiéndolo le tenían los nervios de punta, quizás fue por eso que a los pocos minutos de dar vueltas en la cama cayó rendido a los brazos de Morfeo.

Si bien Ángel nunca había sido muy bueno cuando de interpretar sueños se trataba, sí supo muy bien lo que el suyo significaba apenas abrió los ojos pasadas las cuatro de la tarde, dándose cuenta que a pesar de la tensión que había sentido antes de caer rendido al sueño, había tenido una siesta realmente reparadora. Se levantó de la cama perezosamente, encendiendo el ordenador de manera automática mientras se arrastraba como una sombra al baño, lavándose el rostro mientras escuchaba el ronroneo apagado del polvoriento ordenador. Cuando volvió a la habitación, ya más espabilado, abrió su cuenta de correo electrónico mientras observaba cuidadosamente y ligeramente sonrojado lo que allí ponía.

Declaración de amor fallida – Edén Vanner – 18/05/2010 – 10:30 A.M.

Abrió el mensaje con cada centímetro de su piel temblando de impaciencia y nerviosismo mientras sus ojos veían el texto que la muchacha le había enviado.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Amistad Inestable




Jamás supo de dónde demonios había sacado el valor para hacer lo que había hecho pero supo que era lo correcto, que era la mejor forma, momentáneamente, de arreglar las cosas entre ellos. Ella sabía que él tenía su cámara conectada al ordenador, incluso él muchas veces le había dicho que se hiciera de una para así poder verse y además, dejar el tedio de la charla manual para pasar a algo más amistoso, a las palabras hechas y derechas. Por eso, hacia solo dos días y sabiendo que en algún momento tendría que enfrentarlo había comprado el aparatito, habiéndolo olvidado en su morral sin siquiera conectarlo al ordenador .Por eso, cuando vio la pregunta aparecer en la ventana de mensajería instantánea no lo dudó un segundo. Caminó a su morral y tomó el aparato junto a los fonos que había comprado especialmente para eso, de esos con micrófono incorporado y comenzó la labor de instalarlos en tiempo record. Se puso los fonos a penas, pues le eran muy incómodos y sin dudarlo un segundo envió la solicitud para iniciar el video llamado. Mientras la imagen cargaba encendió un cigarrillo, solo para darse cuenta que estaba más nerviosa de lo que creyó y esperó a que no se le notara tanto.

Vio aparecer la imagen de Ángel en la parte superior izquierda de su pantalla y trató de no sonreír. Llevaba el cabello un poco más largo de lo que lo había visto la última vez y hasta se le veía un poco más oscuro que de costumbre. Sus ojos avellana, a su parecer, no emanaban esa alegría típica que siempre la había hecho sentir bien y, haciendo tripas corazón, implorando a todos los Dioses que su voz saliera controlada habló.

—Dame una buena razón para no mandarte de un insulto a Plutón, Ángel de mierda…

Vio como las cejas de Ángel se alzaban hasta límites nuevos para ella y reprimió una carcajada cuando el hombre comenzó a mover los labios sin que un solo sonido saliera de ellos, como si quisiera hacer tiempo para encontrar una razón válida. Al final pareció rendirse pues se llevó una mano al rostro y se rascó la barba que comenzaba a hacer acto de presencia.

—No hay nada que me justifique —lo escuchó decir y su voz, suave y algo gruesa la dejó con el alma congelada—. Soy un estúpido que solo se da cuenta de que mete las patas hasta el fondo cuando ya es demasiado tarde…

—Okey —terminó cediendo sin siquiera poner guerra de por medio, Ángel pareció asombrado, pues abrió los ojos como una persiana que sube demasiado rápido—. Está bien, Ángel, no te preocupes, ya pasó. Podemos seguir siendo igual de amigos que antes.

Decir aquello le había costado horrores. No porque sus palabras no hubieran causado un efecto en ella. ¡Claro que lo habían causado! ¡Ella no era de hierro! Le había costado porque había llegado a esa palabra. Amigos. Al instante en que esa palabra hacía acto de aparición en su mente podía ver las palabras de Ángel aquel día que se le había ocurrido la grandiosa idea de confesarse. “Te quiero solo como amiga”. Cuanto le había dolido eso, pero ella, por sobre todas las cosas le daba un valor tan distinto a los demás a esa palabra, después de todo solo tenía dos amigos y esos eran precisamente los que vivían con ella en esa enorme casa.

Alejó todos los pensamientos de su cabeza para poder serenarse y que Ángel no notara que su expresión había cambiado ligeramente. Se llevó el cigarrillo a los labios y le dio una profunda calada al cilindro al tiempo que inspeccionaba la expresión de su interlocutor. Estaba con las cejas enarcadas, tanto que casi podían chocar la una con la otra, la nariz la tenía ligeramente arrugada, los labios estaban apretados y podían notar un leve color rojo en sus mejillas.

—Me preocupo —lo escuchó decir con un tono de voz tan seguro que casi le quitó el aliento—. Me preocupo porque te quiero y porque eres importante para mí así que no digas estupideces como “No te preocupes, ya pasó”.

—No seas tarado —cortó de manera seca, no quería hacerse ilusiones y sabía que si Ángel continuaba tratándola con esa amabilidad las lágrimas saldrían—. Mira, ya pasó y como dije, podemos seguir siendo amigos a como éramos hasta hace un mes, así, sin dramas ni broncas ni nada.

Lo había dicho todo tan rápido que le faltó un poco el aire, por lo que suspiró pesadamente antes de llevarse el cigarrillo a los labios, bajando la mirada para no verlo a él ni el reflejo de sí misma, de la máscara que lentamente iba cayendo, dejando entrever solo un poco de su alma desgarrada como un velo de seda.

—Es que yo ya no quiero ser tu amigo, Edén…

Abrió los ojos rápidamente, sintiendo como una lágrima escapaba de la ventana de su alma, rodando rauda por su mejilla hasta perderse en su cuello, aún sin siquiera mirar la imagen de Ángel. Tenía miedo de lo que venía ahora, no quería siquiera escuchar lo que se venía pero recordaba claramente las palabras de su amiga de ojos verdes, que le había dicho aquel día en que le había confesado su amor por alguien: “será lo que tenga ser”. Alzó la vista aterrada de lo que sus ojos verían y entonces se desmoronó por completo al ver la expresión compungida de Ángel, con los ojos vidriosos y los labios apretados, como si quisiera decir algo más pero no encontrara las palabras para hacerlo. —Por lo menos no soy la única que no quiere que esto acabe—, pensó llevándose el cigarrillo a los labios y dándole una profunda calada.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Reencuentro — Segunda Parte




Ángel casi se desmaya de la impresión, o sea se esperó de todo menos eso. Edén le había comentado que no se llevaba muy bien con sus compañeros de carrera pero jamás pensó que llegaran a los extremos de hacerle algo que la llevara al hospital. Quiso teclear algo pero no sabía que decir, quería hablar con ella pero temía que ella no quisiera saber nada de él, quería tenerla entre sus brazos y poder acariciar sus cabellos mientras ella le comentaba cómo había sucedido todo pero… Pero estaban tan lejos.

Ángel dice:

Gracias por decirme, dile que espero que se recupere pronto —suspiró mientras escribía, sabiendo que eso era lo único que podía hacer por ella, desearle bien.

Edén dice:

Mensaje recibido —leyó y su pulso se aceleró cuando la siguiente línea apareció en la ventanita de mensajería— Igual no tienes que preocuparte, te dije que me sé cuidar muy bien sola.

Sintió que le volvía el alma al cuerpo con eso. Edén le acababa de responder igual que siempre, una respuesta un tanto seca pero se había dignado a tomarle dos minutos de atención. Volvió a suspirar al tiempo que tecleaba, preocupado por saber más.

Ángel dice:

Sé que eres grande y que te puedes cuidar sola pero eso no va a evitar que me preocupe por ti —contraatacó rápidamente— Ahora dime, ¿qué pasó?

Edén dice:

Nada —comenzó la muchacha, tan campante como si hablara del clima al parecer de Ángel— Creo que a mis compañeros de la uni se les fundieron las neuronas con el sol porque pensaron que iba a ser ultra divertido quitar el cartel de “Cuidado, suelo resbaloso” mientras yo pasaba.

La ironía y la acidez en las palabras de la muchacha eran palpables para él a pesar de siquiera saber la expresión que debía traer. Sonrió recordando una de las fotografías que la chica le había enviado, a petición de él mismo, claro. En la imagen ella llevaba el cabello atado en una cola de caballo alta, dejando que solo el flequillo monocromo se le escapara rebelde hacia adelante. Sus ojos chocolates brillaban con una chispa parecida a la maldad, más sus labios estaban contraídos en una fina línea, como si estuviera tratando de no hacer ningún comentario malintencionado. Ella misma le había mencionado que esas expresiones en ella eran muy habituales, que siempre terminaba poniendo la misma cara larga cuando estaba molesta y quería gritar pero no se atrevía. A él eso le había parecido sencillamente adorable.

Ángel dice:

¿Los demandaste, supongo? —fue lo único que atinó a decir, tratando de alejar aquellos recuerdos de largas mañanas y tardes en los que charlaban animadamente sobre todo y nada a la vez, deseando poder tirarse de un puente.

Edén dice:

No, pero la que les espera cuando los vea, se van a arrepentir de haberse metido conmigo —leyó y en seguida imaginó a la chica con esa mirada de traviesa maldad que una sola vez le había visto, cuando él mismo le había pedido hacerle un video para escuchar su voz.

Ángel dice:

¿Y a mí me llegará algo así por ser el idiota número uno de todo el puto universo? —se atrevió a preguntar, aquel era el momento de la verdad.

Pasaron uno, tres, cinco, diez minutos y Edén no contestaba. De pronto se vio a si mismo sudando frio, con los puños apretados y la garganta cerrada, casi ahogándose con su propia respiración que se mantenía lenta pero tan pausada que en cualquier momento se hubiese detenido. De pronto, cuando pensó las cosas estaban que ardían le apareció un mensaje que casi lo hace caerse de la silla.

“Edén quiere iniciar una video llamada”, decía en letras negras y luego aparecían las opciones “Aceptar” o “Rechazar” en azul para poder acceder al servicio o denegarlo. Con un temblor recorriéndole todo el cuerpo puso “Aceptar”, dejando que el cuadrito donde estaba la imagen de la chica cambiara, cargando primero para luego dejarlo ver el rostro de ella, sereno pero con las cejas enarcadas en un rictus pensativo. Los labios estaban apretados, su cabello caía graciosamente alborotado en todas direcciones, apenas controlado por los fonos que la chica se había puesto y podía ver una de sus manos de largos y pálidos dedos que sostenían un cigarrillo con gracia. Podía ver también una mesita de noche un poco más atrás, estaba atestada de libros y con una taza en una esquina, peligrosamente a punto de caer. También, más atrás pudo ver la puerta que tenía un gancho del cual colgaba una chaqueta de cuero, la misma con la que salía la chica en la mayoría de las fotografías que le había enviado. La vio despegar los labios y sintió que se le iba el aliento cuando la escuchó decir:

—Dame una buena razón para no mandarte de un insulto a Plutón, Ángel de mierda…

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Reencuentro — Primera Parte




Mabel no pudo sino desternillarse de risa cuando leyó aquellas palabras en la ventana de mensajería instantánea, llamando la atención de una adormilada Edén que hojeaba su libro de “Fotografía Aplicada Volumen 3” con un cigarrillo en la mano y una humeante taza de café reposando sobre la mesita de noche frente a la cual estaba sentada. La miró con una ceja alzada, notando que su mejor y única amiga siquiera se había dado cuenta que la había desconcentrado de lo interesante que era leer la diferencia entre un modelo de cámara y otro. Se levantó de la incómoda silla en la cual estaba recargada y caminó tambaleante los dos pasos que la separaban del escritorio donde reposaba el antiguo ordenador que Mab en ese momento estaba usando para revisar sus cosas como siempre hacía. Tamaña sorpresa que se llevó cuando vio que su amiga estaba usando su messenger sin autorización y que además estaba hablando con nada más y nada menos que Ángel.

Apenas si habían cruzado unas pocas palabras, suficientes para poder leer la conversación completa que no llevaba más de tres a cinco minutos según calculaba ella, pero eso había sido suficiente para que los colores se le subieran al rostro. Se maldijo internamente, tratando de hacer nota mental de cerrar su dirección de mensajería instantánea cada que dejara a su amiga usar el aparatito ese. Tomó el hombro de Mabel con fuerza inusitada, haciendo que la chica lanzara un grito despavorido mientras la volteaba a mirar tan pálida como un fantasma. Ni siquiera la había escuchado acercarse a pesar de que Edén usaba unos tacones que hubieran resonado a kilómetros de distancia.

— ¡No me des esos susto, mujer! —exclamó Mab, completamente indignada, más calló al ver la expresión de su amiga, que miraba fijamente la pantalla.

—Cierra eso —dijo en un murmullo, llevándose una mano a la cabeza. No quería enfrentarlo, no todavía.

— ¿Quién es? —preguntó al instante la muchacha, perforando la figura de su amiga con sus verdes ojos brillando de manera suspicaz.

—Nadie —cortó Edén antes de volver a su asiento como si nada le importase, poniendo su mejor cara de póker, que en esas circunstancias no era la mejor—. Cierra eso o no le digas a nadie como estoy.

Mabel se levantó, pasando de estar sentada en la silla del escritorio a estar recargada contra la mesita de noche que su amiga usaba para estudiar, así fuera pequeña e incómoda. Se miraron unos segundos, taladrando los verdes a los chocolates de manera inquisitiva y reprobatoria. Hacía dos semanas habían tenido una muy larga charla sobre confianza y ambas habían llegado al acuerdo de contarse todo, así fuese solamente para dar cuentas de a qué hora habían ido al baño. Edén suspiró derrotada, llevándose el cigarrillo a los labios pero decidida a no decir una palabra hasta que la chica de largos cabellos negros soltara su tan típica frase.

— ¿Y bien? —apuró Mabel poniendo los brazos en jarra.

—Ya te hablé de él —dijo simplemente la muchacha, escondiendo su mirar bajo el flequillo monocromo con vergüenza.

Mab puso los ojos en blanco ante la escueta respuesta de su amiga, pero sinceramente no esperaba más. Miró la pantalla del ordenador y notó que el estado del susodicho no había cambiado y que incluso había agregado la frase “¿Alo?”, esperando una respuesta. Sonrió de medio lado. Claro que recordaba lo que su entrañable amiga le había contado de él, por supuesto. Ella en ningún momento le había llamado por un nombre pero pudo darse cuenta rápidamente que era él quien hacía suspirar de amor y llorar de dolor a su amiga cada día, aunque las lágrimas no salieran de sus ojos sino más bien de su alma, como una nube negra cerniéndose sobre ella. Volvió al escritorio frente al ordenador y tecleó rápidamente, a sabiendas que su amiga la observaba por el rabillo del ojo.

Edén dice:

Está bien —comenzó, saboreando el momento que se venía. Él quería saber, ella le daría en el gusto así luego terminara peleando otra vez con su amiga depresiva— Estuvo en el hospital hace unos días, sus compañeros de la universidad le hicieron una broma muy pesada que le terminó en un desgarro de tendón de la pierna izquierda.

Escuchó un fuerte y claro “¡MABEL HERVIA!” que casi le rompe los tímpanos de lo agudo que había salido el grito de la garganta de su amiga y entonces dijo patitas para que las quiero, saliendo de la habitación a toda carrera, cerrando la puerta de un azote y topándose con su novio, que la miraba con las cejas alzadas. Ella se encogió de hombros antes de que una carcajada escapara de sus labios, arrastrando a su novio escaleras abajo, comentándole lo que acababa de suceder mientras le invitaba un chocolate caliente.

Por su parte, Edén miraba la pantalla con los ojos chispeantes y los puños apretados de rabia contra su amiga, deseando tener un revolver y poder darse un tiro entre ceja y ceja a ver si con eso salía del dilema en el que la había dejado sumida la muchacha de brillantes ojos verdes.

martes, 20 de septiembre de 2011

Preocupación




Ángel inició la sesión de Messenger sin esperanzas de ver conectada a la muchacha que lo traía con los nervios de punta. Desde aquella mañana en la que Edén se había mostrado tan fría, lejana y agresiva para con él habían pasado ya casi dos semanas, la misma cantidad de tiempo que habían pasado sin hablar luego de que la chica se le confesara. Estaba preocupado por ella, eso estaba más que claro pues era lo único que podía pensar en sus días y noches de arduo trabajo arreglando computadores para la importante empresa que lo había contratado justo unos días antes de conocerla.

Eran las seis de la mañana y hacía un frio del demonio por lo que, mientras la sesión iniciaba caminó hasta la cocina para preparase un café caliente y cargado que pudiera relajarlo tanto como las palabras alegres que ella le había regalado durante casi tres meses. Volvió a la habitación con la taza en la mano y se sentó frente al ordenador, inspeccionando quienes estaban en línea a esa hora de la mañana. Grande fue su sorpresa al ver conectada a Edén en su típico estado de ocupado, con su nombre escrito en letras rojas y azules, con un subnick que decía claramente “Mon Petit Ciel”. A saber a qué se refería con eso. Hizo doble clic con el corazón latiéndole a mil por segundo y tecleo lentamente, sin saber con claridad a donde lo llevaría todo aquello. Se dio cuenta mientras tecleaba que la personalización de la muchacha había cambiado otra vez, pero ahora el color que lo asaltaba era un marrón claro mientras que el avatar que traía esta vez era nada más y nada menos que ella misma. Una fotografía de ella que él jamás había visto y que definitivamente casi hizo que le saltara una lágrima de angustia. La muchacha miraba a la cámara con ojos vacios, opacos y sin brillo mientras una de sus manos sujetaba el cigarrillo que sus labios pintados de púrpura suave sujetaban casi como si un pétalo de rosa estuviera apoyado contra ellos. Sus mejillas estaban enrojecidas y una lágrima apenas perceptible rodaba lenta por la mejilla izquierda, casi siendo cubierta por el flequillo monocromo.

Ángel dice:

Buen día —“sí, muy atinado de tu parte”, se regañó mentalmente. Tenía tanto que decir y solo se le ocurría saludar de aquella manera tan escueta y formal.

Edén dice:

¿Qué onda?

Las letras en marrón oscuro, contrastando con el marrón claro de la personalización de la ventana de mensajes lo sorprendieron sobremanera. “¿Qué onda?” ¡¿Quién rayos era esa y qué había hecho con su Edén?! Edén jamás le hubiera saludado así en la vida, la conocía lo suficiente para saber que no era ella así que las palabras brotaron de sus dedos sin dudarlo ni un solo segundo, diciendo lo que su cabeza había pensado.

Ángel dice:

¿Quién eres tú y que hiciste con mi Edén? —se mordió el labio inferior, palideciendo. Se le había escapado el lado posesivo que solo usaba en su mente cuando la imaginaba a su lado, mirándolo con esos bellos ojos color chocolate.

Edén dice:

¿Eres el novio de Edén?

Ángel dice:

No, soy un amigo —contestó rápidamente. Esa pregunta le había dejado muy en claro que la persona con la cual hablaba no era con quién quería hablar en aquellos momentos.

Edén dice:

¿Amigo? —leyó rápidamente, más el o la desconocida continuaba escribiendo, por lo que aguardó pacientemente— Qué raro, Ed nunca me ha hablado de ti.

Ángel dice:

¿Eres amigo/a de ella? —tecleó con las manos congeladas de frio, tratando de calmar los temblores de su cuerpo— ¿Podrías decirme como está?

Edén dice:

Soy Mabel, su compañera de casa —aclaró la muchacha rápidamente para luego agregar— Y sí, Edén está bien, se recupera de a poco.

Las alarmas de Ángel se dispararon como una bala hasta el cielo. ¿Recuperarse? ¿Estaba enferma? ¿Le habrían hecho algo? ¿Tal vez su rechazo había sido demasiado para ella? Tantas preguntas generándose en su cabeza, tanto nerviosismo recorriéndole cada célula del cuerpo que se sintió desfallecer ante una inminente desgracia. Hasta la imagen de ella, su silueta pura recortada por la luz ambarina de la lámpara, su expresión triste le rompió el corazón y fue lo primero que imaginó sintiéndola un mar de lágrimas por alguna causa que deseaba saber ya mismo. Tecleó frenético, hundiendo los dedos en las teclas, que sonaban con dureza al paso de sus manos por el aparato, creyendo que lo rompería si continuaba maltratándolo de esa manera.

Ángel dice:

¡¿Qué rayos le pasó a esta chica ahora?! ¡Júrame que está bien, por favor!

domingo, 11 de septiembre de 2011

Amiga




Se dejó caer en la cama pesadamente, sin siquiera quitarse los zapatos mientras abrazaba la almohada, tratando de conciliar el sueño. Había sido tan ruda, tan fría, tan ella que en cierto modo le había hasta dolido su manera de tratarlo, pero tenía que hacerlo si quería sacarse ese estúpido sentimiento de su corazón, de su cuerpo y de su alma. Ligeros golpes a la puerta la hicieron voltear la cabeza, mascullando un escueto “adelante” mientras veía como por el umbral atravesaba la figura alta de largos cabellos negros que la miraba con esos brillantes ojos verdes.

—Edén —la llamó con una voz suave, cantarina, mientras se sentaba en la cama junto a ella—. ¿Dónde pasaste la noche?

—En la playa —mintió incorporándose del lecho y alcanzando los cigarrillos que reposaban en la mesita de noche, encendiendo uno sin querer mirar a los ojos a su compañera de casa.

—No me mientas —exigió la muchacha aferrando la mano de su amiga, tratando de captar su mirada—. Sabes que no puedes mentirme, no a mí.

—Mira Mab —suspiró ella ahora encontrándose con las esmeraldas de su amiga-, da igual donde estuve, que hice o lo que pasó, da igual, estoy aquí, viva y entera así que no tienes que preocuparte.

—Me preocupo —interrumpió Mab viendo las pronunciadas ojeras que se marcaban bajo los ojos color chocolate de la muchacha—. No es el primer día que llegas a esta hora. Eso sumado a que no comes, casi no duermes, apenas y te ven en la facultad… Me preocupas amiga, lo sabes. Adín también está preocupado, mucho. No nos hagas esto…

— ¡Suficiente Mabel! —exclamó Edén levantándose de un salto de la cama y llevándose el cigarrillo a los labios— ¡Lo que haga o deje de hacer es mi problema así que deja de meterte en mi vida, ¿quieres?!

Mabel se levantó airada, encarando a la chica, plantándole cara con dureza, mirándola con sus ojos verdes ahora congelados, fríos y distantes, realmente enfadada. Alzó una mano que impactó en la mejilla de su amiga, quien la miró con fiereza antes de abrir la boca, pero fue acallada rápidamente por su amiga, quien al parecer estaba mucho más enojada con ella, mostrando que esta sí que no se la dejaba pasar.

— ¡Eres una estúpida! —grito Mabel, roja de cólera— ¡Claro! ¡Nosotros muertos de preocupación por ti y tú! ¡A ti todo te da igual! ¡Nadie te interesa más que tú y tu miseria! ¡¿Qué sacas auto compadeciéndote?! ¡Dímelo!

Edén dejó caer el cigarrillo al suelo de madera descuidadamente antes de sentarse en la silla del escritorio, su mirada fija en el suelo, viendo como el fuego del tabaco prendido comenzaba a ennegrecer la madera que tan cuidadosamente encerada estaba. Mabel aplastó el cigarrillo con saña antes de acariciar el flequillo de su amiga, sus dedos cuidadosamente acomodando los mechones monocromos mientras decidía si era prudente decir algo más. Le había dolido ser así de dura con ella que tanto había sufrido pero tenía que dejar de hundirse en su propia miseria. No estaba sola, la tenía a ella pero sabía en el fondo de su alma que eso para su amiga no era suficiente. Conocía su historia, sabía lo brutal que podía ser la vida…

—No saco nada… —gimió Edén llevándose las manos al rostro— Pero Mab, no sé hacer otra cosa y…

—Tranquila —susurró Mabel abrazando a la muchacha con fuerza, de manera posesiva y sin dejar de acariciar su largo cabello rojo, azul y negro—. Lo siento linda, no quise ser dura pero no puedes vivir toda tu vida de esos recuerdos. Ya diste el primer paso para salir de tu miseria y me alegra aunque no quieras contarme qué te impulso ese cambio —continuó hablando, su voz suave tranquilizando lentamente los destrozados nervios de la chica—. Sabes que puedes contar con mi apoyo pero linda… Por mucho que desees que las cosas fuesen diferentes no lo serán. Dema no volverá a ti…

— ¡Era mi hijo! —gimió Edén al fin dejándose llevar por un llanto desgarrador, abrazando la cintura de su amiga como si de un salvavidas se tratase.

Mabel la dejó llorar aferrada a su cuerpo, sintiendo como las manos de su amiga se cerraban en una fuerte presa en la camiseta que llevaba puesta, notando que la muchacha estaba comenzando a cambiar ya fuese para bien o para mal. Edén nunca, jamás había sido tan abierta con sus sentimientos, nunca se había mostrado ante nadie, ni siquiera ante ella de esa manera tan vulnerable y eso, en cierto sentido le asustaba. Aquella muchacha siempre había sido fuerte, o por lo menos se mostraba así desde que la conociera por lo que ese brutal cambio la tenía alarmada, pero feliz. Feliz porque sabía que su amiga iba a confiar más en ella de ahora en más, feliz porque ya no se sentía inútil ante el dolor que llenaba las paredes de esa pulcra habitación.

Edén, por su parte, no dejaba de aferrarse a su amiga de profundos ojos verdes, abrazando su cintura, aferrándose a ella, buscando el consuelo que tanto necesitaba, el bálsamo que sanara sus heridas.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Distancias




Habían pasado dos semanas y de Edén ni sus luces. El primer día, cuando ella se le había declarado supo por su respuesta que no volverían a charlar ese día y quizás al siguiente, ya al tercer día había comenzado a sentirse nervioso, al cuarto le había enviado un mail que al quinto día no había sido contestado. Ya cuando llevaba diez días había vuelto a insistir con el mensaje y ahora, el día número catorce los nervios se lo estaban comiendo vivo mientras las preguntas se apilaban una sobre otra, demasiado pesadas para pensar en otra cosa al punto de llegar a tener pesadillas en las que aquella hermosa chica volvía a ese trabajo de mierda que le había contado tenía solo para no tener tiempo de volver a encontrárselo. Ahora, mirando el monitor con nerviosismo se daba cuenta que estaba preocupándose demasiado por ella, que tantos nervios no eran normales.

Abrió la fotografía de la muchacha y se perdió en esos brillantes ojos color chocolate, en esa “trollface” como solía llamarla ella. Si, Edén era una hermosa chica, tanto que él mismo se sentía ligeramente atraído por ella, cosa normal ante ese cuerpo, ante ese rostro cetrino y afilado, esas mejillas sonrojadas, esos labios que deseaba besar…

-Oh… Mi… Dios…

Susurró suavemente, pasmado. Pasó una mano por su cabello de manera descuidada, nervioso, mientras su mandíbula temblaba ligeramente y sus ojos avellanas viajaban por la imagen frente a él, tratando de grabar a fuego a la muchacha, más de lo que ya lo estaba, memorizando cada detalle. Y entonces sucedió, una ventanita se abrió en la parte inferior derecha de su pantalla, una frase que no era la que esperaba pero que sabía era a quien había esperado por catorce días. Ansioso cliqueó sobre la ventanita y esta se abrió, dejando que la ventana de charla del messenger se abriera en finos colores violetas que eran la personalización de la muchacha.

Ángel dice:

¿Edén?

Garden~ Heal the Scars dice:

Aún no me cambio el nombre, así que creo que soy yo —leyó rápidamente. Por el sarcasmo supo que no estaba bien, pero aún así preguntó lo obvio.

Ángel dice:

¿Estás bien?

Garden~ Heal the Scars dice:

Supongo… Estoy viva y entera que yo sepa —vio que aparecía en una línea en su pantalla, más la chica seguía escribiendo— ¿Y tú qué tal?

Ángel dice:

Estoy bien, solo estuve preocupado por ti, como no aparecías y eso —se sinceró con el corazón latiéndole a mil por segundo.

Garden~ Heal the Scars dice:

No tienes que preocuparte por mí, me sé cuidar sola.

Eso era malo, muy malo. Edén estaba tomando una postura muy agresiva con él, más de lo necesario. Bueno, tal vez no tanto, la chica estaba ¿triste? ¿Enfadada por su rechazo? Ni idea de lo que sentía, era una muchacha tan misteriosa que si él no le preguntaba qué era lo que sentía ella jamás en su vida lo diría. Tal vez debía darle más tiempo para que se recuperara, para que lo… ¿Olvidara? Pero, por alguna razón el pensar en alejarse de ella, en no hablarle a diario como habían estado haciendo los últimos meses lo ponía nervioso, ansioso y hasta podría decir que triste y acongojado.

Ángel dice:

Estás molesta conmigo —aseguró, viendo el avatar de Edén, una mariposa envuelta en llamas.

Garden~ Heal the Scars dice:

No digas estupideces, solo tuve un mal día —leyó.

Ángel dice:

Sabes que puedes contar conmigo para lo que sea, linda —la animó, o trató ya que el color de la personalización de la ventana de charla había cambiado de un hermoso violeta claro a un gris oscuro, opaco.

Garden~ Heal the Scars dice:

No merece la pena hablarlo ahora y, ¿sabes? Estoy cansada, acabo de llegar del trabajo, son las siete de la mañana por si te habías dado cuenta, tengo sueño… Te cuidas.

Y sin más el estado de disponible de la chica cambió a desconectado.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Perder




¡Paren el mundo que me quiero bajar! dice:

Comprendo —contestó casi al instante, demasiado apresurada para su gusto mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.

Ángel dice:

¿Estás bien? —leyó y, dando una profunda respiración, volvió a poner la máscara en el lugar correspondiente.

¡Paren el mundo que me quiero bajar! dice:

Claro que si, tonto —tecleó antes de llevarse un cigarrillo a los labios— Oye, debo irme, ya me siento mejor para irme a trabajar. Te veo al rato.

Y sin esperar respuesta cerró todo lo que tenía abierto antes de apagar la computadora mientras se cubría con una cazadora de cuero, tomando su morral y saliendo de la habitación de manera apresurada. Bajó las escaleras casi saltando de dos en dos hacia abajo para encontrarse con su amiga al pie de las escaleras. Una muchacha de largos cabellos lisos de color negro y unos ojos claros, un verde brillante y juguetón. Abrió la puerta al verla, notando su prisa y susurrándole un escueto “hasta pronto” antes de verla perderse corriendo como alma que lleva el diablo. Edén siquiera se dignó a contestarle, solo se dignó a correr, correr hasta que sus piernas no dieran más, hasta perderse para siempre, hasta dejar de sentir ese dolor que sentía. Apartó el cigarrillo de sus labios mientras corría, arrojándolo furiosa contra el pavimento mientras se detenía de golpe, recordando que debía trabajar. Acomodó el flequillo hacia un lado, endureciendo la mirada y secando los residuos húmedos que aún quedaban en sus mejillas antes de meter las manos en los bolsillos y caminar como si nada hubiese sucedido, esperando que el resto de su día no fuese tan mierda como lo era. Lástima que no sería así.

Al llegar a su trabajo en la tienda lo primero que hizo su jefa fue echarle la bronca por haber llegado tarde y sin avisar. Luego, cuando la habían enviado a limpiar los escaparates de la tienda de antigüedades en la que laboraba a uno de sus compañeros de facultad se le ocurre dar un vistazo hacia adentro y verla en una mala posición. Se acababa de caer por la escalera y la falda que llevaba, una hermosa falda blanca hasta la rodilla había acabado manchada de rojo debido a la cera de pisos y además, ya no cubría hasta donde debía cubrir sino mucho más arriba. Se maldijo al no ser tan rápida para gritarle un insulto cuando lo vio comenzar a reír.

Se levantó del suelo rápidamente, devolviendo la poca dignidad que le quedaba a su lugar cuando recordó que en su antiguo trabajo las cosas eran más fáciles…

—No Edén, no lo eran —se dijo en un susurro volviendo a la trastienda para poder cambiarse.

Por suerte siempre llevaba consigo otra falda o un par de pantalones, un hábito que había agarrado en su anterior trabajo cuando en ocasiones le tocaba “ir a terreno”. Se encerró en el camerino revolviendo las pertenencias de su morral hasta topar con la falda negra que había llevado por si acaso. Hasta ese día no recordaba porqué la había comprado en ese color, pero ahora todo parecía más claro. Había comprado esa prenda en ese justo color solo porque era así como siempre se sentía. Y por eso ahora usaba blanco, porque también se sentía así y podía decir sin miedo que lo único en su triste vida que tenía color era su cabello y sus ojos, nada más. Lo demás en su vida siempre había sido monocromo, blanco o negro, malo o muy malo, ni siquiera gris. Hasta que él había aparecido. Ángel…

Entonces Edén se dio cuenta de todo. Comprendió porqué lo amaba, comprendió porqué jamás lo hacía, porqué se había negado a volver a amar otra vez hasta que él se había colado de esa manera en su vida… Y en su corazón.

Sacudió la cabeza con fuerza antes de comenzar a cambiarse, maldiciéndose internamente por haberse dejado llevar unos minutos por su miseria y por su sonrisa. Por eso jamás confiaba en nadie, por eso no entregaba nada, por eso había decidido convertirse en una cáscara vacía, por eso solo tenía dos personas que se mantenían a su lado, al pie del cañón sin importar nada desde que ella se había transformado en lo que era. Claro, no siempre había sido así, no siempre había sido una perra desgraciada para con el mundo. No… Antes Edén era diferente, pero se había dado cuenta que el mundo no valía las sonrisas que se esforzaba por dar. No, ya nada lo merecía cuando lo había perdido a él… A Dema…

Y Ángel no la iba a volver débil, eso no volvería a suceder nunca más en la vida. Había jurado sobre la tumba inexistente que su vida sería diferente, que jamás iba a volver a ser la misma, así fuese para bien o para mal.

Salió de la trastienda solo para encontrarse de lleno con su jefa, que la miraba de arriba abajo y, notando el cambio en la falda y un rasguño en su rodilla izquierda prefirió pasar por alto el que la muchacha dejara su puesto. Le dio una palmadita en el hombro antes de decirle que podía irse temprano ese día, que la venta estaba floja y que mejor se fuera a estudiar para el examen de a saber cómo se había enterado si Edén y su jefa no se hablaban más allá del buenas tardes. Edén le dio las gracias quedamente antes de perderse por su morral y salir de la tienda encendiendo un cigarrillo y comenzando a caminar calle debajo de manera perezosa, intranquila. No quería llegar aún a casa…

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Llamar a Dios




—Dios —salió en un suspiro de los labios de Ángel, que miraba la fotografía que llenaba la pantalla de su ordenador. ¿Y así decía ella que no era bonita? ¡Por dios que esa chica era preciosa!

Al final, después de insistir un buen rato ella había accedido a enviarle una foto suya antes de marcharse al trabajo. Llevaba sus buenos diez minutos sin despegar los ojos de la imagen que se presentaba ante él, tratando de imaginar qué tipo de persona podía ser tan rematadamente estúpida de dejar a semejante belleza con el corazón roto.

Tal vez no se conocían hace mucho tiempo (vamos, que tres meses tampoco es tanto tiempo) pero en ese lapso de tiempo ya conocía por completo la “miserable vida” de Edén. La chica le había contado tantas cosas, tantas de sus penas que él pensó que un alma fea estaba en un cuerpo feo, pero al final después de muchas advertencias por parte de ella había terminado accediendo a cada cosa que él le pedía saber. Ella misma se catalogaba como una horrible persona, cosa que él no lograba tragarse ni con un largo trago de agua. Claro, él también le había advertido sobre sí mismo, ya que no se encontraba en el mejor momento de su vida cuando la había conocido pero bueno, al igual que él mismo ella había dicho “entre tú y yo, yo soy peor”, lo que había acabado en una discusión de horas contándose el porqué ambos eran malas personas. Al final había terminado riéndose mucho. Ella no era mala persona, solo estaba asustada.

Se obligó a salir de sus pensamientos cuando una ventanita se abrió de pronto en la parte inferior derecha de su pantalla, haciéndolo sonreír. ¡Paren el mundo que me quiero bajar! acaba de iniciar sesión. Cliqueo rápidamente sobre la miniatura, sonriendo.

Ángel dice:

¿Qué no te ibas a trabajar? —preguntó sonriendo.

¡Paren el mundo que me quiero bajar! dice:

No me siento bien del todo para ir —leyó, preocupándose al acto— Además, debo decirte algo muy importante.

Ángel dice:

¿Decirme el qué? —ahora si estaba preocupado. ¿Acaso habría vuelto a tener problemas con sus “antiguos clientes”?

¡Paren el mundo que me quiero bajar! dice:

Mira, Ángel… Creo que esto no está bien. Digo, yo no estoy bien —hubo una larga pausa en la que se sintió tentado de apurarla a continuar, pero prefirió esperar, apretando los puños— No quiero que te preocupes en vano, no es nada grave, es solo que tengo un problema y no sé cómo solucionarlo.

Ángel dice:

Sabes que puedes confiar en mí —la apoyó y es que claro, él estaría allí para ella siempre que lo necesitara.

¡Paren el mundo que me quiero bajar! dice:

Ese es el problema corazón, tú menos que nadie puede ayudarme —se tensó al leer aquello, aterrándose ante la posibilidad de que Edén hubiera roto la promesa de alejarse de aquel dolor contra el que tanto habían luchado, o incluso, que él mismo le estuviera causando daño— Mira, no te aterres ni nada que esto no es tu culpa… Solo pasa que me di cuenta de algo, algo que te molestará —hubo otra larga pausa hasta que pudo leer claramente las dos palabras que más temor tenía de volver a leer o escuchar en su vida otra vez— Te amo.

—Dios —repitió, esta vez con un gran nudo en su garganta-, Dios no… ¡Edén, no!

Y no pudo evitar que aquel grito escapara de sus labios, un grito ahogado, nervioso, lleno de rabia… Un grito que hasta le era incomprensible. Jamás había tenido una reacción tan aterrada por algo en su vida y eso, sumándole la declaración de esa hermosa muchacha le estaba poniendo realmente mal los nervios. Meditó largos minutos, mirando como el estado de la muchacha con la que charlaba se mantenía inmóvil en color verde y con la palabra “disponible”, que parecía recalcarle que debía o decir algo o huir como cobarde. Y él no era un cobarde. Tomó aire luego de darse cuenta de los largos minutos en los que había permanecido sin decirle nada y tal vez hasta matándola de los nervios, más de los que lo consumían a él.

Ángel dice:

Lo siento Edén —tecleó rápidamente, con sus dedos temblando ligeramente— En serio lo siento pero yo te quiero… Y te quiero solo como amiga…

martes, 6 de septiembre de 2011

Felicidad Absurda




Edén arrojó furiosa su maleta sobre la cama antes de apoyar la espalda contra la puerta de su habitación y encendiendo un cigarrillo, aspirando el humo como si su vida dependiese de ello. Se acarició el flequillo monocromo que caía sobre su ojo izquierdo antes de acomodar los anteojos que resbalaban por el puente de su nariz con un gesto descuidado. Miró su camiseta favorita, blanco perfecto ahora arruinada por un idiota que le había derramado encima media taza de café y apenas y se había disculpado por ello.

Apoyó el cigarrillo en un cenicero antes de quitarse la prenda rápidamente, volviendo a acudir a su cilindro al notar lo peligrosamente enrojecida que había quedado su piel.

— ¡Perfecto, Edén! —masculló encendiendo el viejo ordenador que casi nunca ocupaba— ¡Perfecto!

Se quitó las botas con una mano mientras tecleaba rápidamente la contraseña con la otra. Una vez hubo encendido completamente abrió su amado reproductor de música, dejando que la música de Rammstein invadiera la habitación con la canción "Asche zu asche". Automáticamente después abrió el messenger en estado "ocupado" mientras buscaba una de sus tantas películas de terror que copiaba para su único y mejor amigo.

Ángel dice:

¿Muy ocupada? -y allí estaba su salvación, la única persona que podría hacerla sentir bien en ese momento.

¡Paren el mundo que me quiero bajar! dice:

Tengo tiempo para ti —bromeó solo como con él podía (y sabía) hacerlo— ¿Que tal tú, Ángel? -Consultó curiosa encendiendo otro cigarrillo.

Ángel dice:

Podría estar mejor pero eso sería tener una sobredosis de endorfinas —sonrió por lo bajo antes de asesinar la colilla que había quedado mal apagada y olvidada en el cenicero hacía rato.

¡Paren el mundo que me quiero bajar! dice:

Si tú lo dices —tecleó rápidamente antes de levantarse y cubrir su torso semidesnudo con una camisa que estaba tirada por ahí.

Ángel dice:

Eres tan divertida, nena —y cuando leyó eso sintió las mejillas arder de pronto, su corazón latiendo a mil por segundo.

¡Paren el mundo que me quiero bajar! dice:

Odio que me llames nena, lo sabes —reprochó tratando de mantener su pulso bajo control— Solo dime... No sé, cualquier cosa menos nena.

Ángel dice:

Vale, vale —terminó cediendo, para el bienestar de los nervios casi destrozados de Edén, que se acomodó mejor en la silla— Pero me debes un favor, ¿eh?

¡Paren el mundo que me quiero bajar! dice:

Okey, pero solo por esta vez —sonrió, inspeccionando de manera impaciente un estuche repleto de dvd´s— A ver, ¿qué quieres como compensación?

Ángel dice:

Déjame pensarlo… —Edén se carcajeó ante la larga pausa que hacía su interlocutor solamente para dejarla en ascuas, pero la sonrisa se le torció al ver la petición de él— Quiero una fotografía tuya.

-¡¿Qué?! —gritó levantándose de la silla de un salto, dejando caer los dvd´s que reposaban en su regazo. Miró la pantalla casi con miedo, sintiendo que cada músculo de su cuerpo se contraía por culpa de los nervios.

Caminó de un lugar a otro de la habitación, tratando de mantener la cabeza fría mientras coreaba la canción que se reproducía. El cigarrillo había quedado olvidado entre sus dedos, que se apretaban un poco más cada vez que miraba la pantalla que no tenía respuesta. Estaba aterrada ante la petición. Claro, no era nada raro después de los meses que habían pasado juntos, charlando y apoyándose, siendo la mano ayuda del otro cuando lo necesitaba. Sabían muchas cosas del otro pero ella siempre lo había dejado hasta allí, hasta saber solo un poco por temor a la repulsión de Ángel o, por defecto, a que él se enterara de que estaba loca y perdidamente enamorada de una persona que jamás vería.

Ángel dice:

¿Estás? —apareció en la pantalla de pronto, justo cuando se había volteado a mirarla otra vez.

¡Paren el mundo que me quiero bajar! dice:

Si claro, lo siento corazón, copiaba una película —mintió descaradamente mientras volvía a sentarse frente al ordenador

Ángel dice:

¿Y bien? —Edén tembló— ¿Me mandarás tu fotografía?