Quienes me inspiran a seguir

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domingo, 23 de noviembre de 2014

Condena


Estaba condenada a continuar caminando entre las estrellas fugaces que no se detenían, todas ellas brillando con los colores del arcoíris. Estaba condenada a correr en busca de lo inalcanzable, sin ser capaz de brillar otra vez como una vez antes lo había hecho. Porque su centro lleno de arte estaba quebrado y no encontraba la manera de pegar los pedazos.

Estaba condenada a vivir con la sombra de Rigel a su zaga. Estaba condenada a sentir eso en su pecho, como si se enfriara y se rompiera a cada minuto, a cada segundo mientras ella avanzaba con la lluvia de estrellas fugaces.

Y quisiera solamente transformarse en una supernova, para así no tener que pensar más, para así no tener que sentir más. Para así no estar condenada al amor impuro de Rigel, ese amor sádico que siempre la había hecho caer y caer.

Estaba condenada a ser una masoquista y, seguramente, como una masoquista terminaría. Convertida en un profundo agujero negro lleno de pena.

domingo, 10 de agosto de 2014

Extraño


Me he puesto a pensar y he llegado a la conclusión de que... hay tantas cosas que extraño...
Extraño el sonido de tus pasos resonando al amanecer sobre las hojas secas.
Extraño el calor de tu mano sujetando la mía en medio de la oscuridad.
Extraño la sonrisa que se dibujaba en tu rostro cada vez que me mirabas.
Extraño el color de tus ojos, que se confunde con la infinidad de una noche cerrada.
Extraño las palabras, esas que viajaban desde ti hasta mí en medio del silencio.
Extraño tus «te quiero», esos susurrados a media voz, como un secreto que quieres sea descubierto.
Extraño el roce de tus labios sobre mi piel, como si trataras de memorizarla.
Y por sobre todo, te extraño a ti.
Te extraño como lo que representas, como un todo, como un conjunto.
Te extraño, aunque suene desesperado.

jueves, 10 de julio de 2014

Vieja página perdida


A veces me pregunto, Rigel, cómo es que he podido vivir tanto tiempo sin ti. Me pregunto cómo fui capaz de sobrevivir por tantas noches sin tu presencia, sin saber siquiera de tu existencia.

Y no puedo evitar preguntarme, al mismo tiempo, si es que tú piensas algo similar.

No puedo simplemente decir que haya sido feliz antes de conocerte, pero no fui del todo desdichada. Me conformaba con mi existencia en este amplio universo oscuro y me repetía que mi presencia, aunque imperceptible, era necesaria.

Y de pronto apareciste tú, en la distancia, brillando tímida pero intensamente.

Fue como una bofetada, un baldazo de agua congelada y, a la misma vez, como una revelación. Apareciste cerca, girando, dando vueltas interminables y yo me preguntaba cuánto tiempo sería capaz de observarte antes de quedar deslumbrada completamente con tu presencia. Antes de ser capaz de apartar la mirada y que me absorbieras por completo.

Es curioso, ¿sabes? Porque llegó un momento en el que simplemente me fue completamente imposible el alejarme de tu órbita. Me habías atrapado irremediablemente y no hice nada para evitarlo. Tampoco es que hubiera querido hacerlo, estaba completamente cegada por tu hechizo, por tu presencia, por todo tu ser...

A veces me preguntas, Rigel, tantas cosas a las que no encuentro solución. No es que no me esfuerce, es que simplemente no puedo dar con la respuesta concreta cada vez que te tengo cerca. Y siempre estás cerca de mí. Ya no es solo una cosa de verte en la distancia y gritarnos desde nuestras posiciones estáticas, esperando que el otro lo escuche. Ahora es casi como si estuvieras siempre a mi lado, incluso cuando no puedo verte ni escucharte.

A veces miro hacia la distancia y espero verte allí. Irremediablemente mis ojos te buscan a cada momento y, cuando no te encuentro, mi garganta se cierra y mi corazón comienza a detenerse. Mi brillo comienza a apagarse lentamente hasta que no queda nada más que un intento de lo que en verdad soy. Pero cuando apareces... es como si parte de mi alma regresara a su lugar. Un suspiro de alivio se escapa de mis labios congelados y mis dedos se estiran en un mudo sentimiento incomprendido que quiere decir “no importa la distancia, sé que si estiro las manos en tu dirección, seré capaz de alcanzar el roce de tus dedos...”

Eres ya una parte demasiado inmensa dentro de mí. Eres el calor de las sábanas en la noche, eres la luz de un sol personal que no me abandona y que está allí, sólo para mí. Eres la luz de la medianoche y la claridad del mediodía. Eres un poco de niebla y un fantasma, tangible e inalcanzable. Eres la sombra de un amor de cuentos de hadas y eres, también, ese príncipe azul que jamás pensé que existiera fuera de las páginas de un libro antiguo y empolvado, desgastado por el paso de los años.

Quizás esté sonando un poco cursi, tal vez demasiado empalagosa. No quiero agobiarte, pero tampoco es que estas páginas estén hechas para que las veas. Estoy escribiendo hacia ti, pero me avergüenza que sepas tanto de los sentimientos, de las emociones desbordantes que mi corazón ha generado y que comienza a acunar celosamente dentro de mi pecho. Pero es todo para ti y estás aquí, estrella mía, en cada palabra y en cada inspiración.

Me pregunto cuántos caminos he de recorrer para llegar a conseguir un solo beso tuyo. Me pregunto cuántas noches más he de pasar, observando la oscuridad y envuelta en un frio glacial hasta que llegues y me abraces, sacudiendo mis miedos, aullentando mis demonios y asegurándome que aunque no estés a mi lado, continúo siendo capaz de brillar con luz propia.

Me ha costado muchas noches aceptarlo, Rigel. Me ha costado mucho el pensar sin temor que lo que siento es más fuerte que una simple ilusión. Porque al principio estaba aterrada y no quería creerlo. Sé que a veces me escudo demasiado tras esta máscara que he formado con el paso del tiempo, sumida en esta oscuridad glacial. Pero tienes que entender que necesito repetirme que todo va a estar bien, porque en el fondo, es una manera de decirme a mí misma, de convencerme de que en realidad será así.

Me pregunto qué estarás pensando ahora... Al imaginar tus reacciones no puedo evitar que se me escape una sonrisa tímida. Sabes tanto de mí, creo que me conoces incluso mejor de lo que me conozco a mí misma. ¿No lo crees tú así? Pero es divertido. En cierto modo me gusta, porque siento que no debo -y tampoco quiero- ocultarte nada.

Aún no creo estar lista para gritarlo con fuerza, hay cosas que no me lo permiten. Quiero hacerlo pero... por estúpido que suene...

Quiero que seas tú quien dé el primer paso.

Y por favor, no confundas mi espera con crueldad. Es solo que me he devanado demasiado el pensamiento mientras busco una manera de gritarte lo que siento.

Tuya, Lyra.

Rigel dobló la hoja de nuevo, guardándola en su bolsillo mientras la observaba. Ella estaba lejos, aún a estrellas de distancia, pero miraba en su dirección. Podía imaginar su ceño fruncido, los labios apretados, la mirada aguzada en su dirección. Eso lo hizo sonreír. Si Lyra llegase a saber alguna vez que él tenía en su posesión aquel documento tan valioso, seguramente lo mataría... aunque eso no le molestaba. Lyra siempre se veía realmente adorable cuando se enfadaba con él, cruzándose de brazos y haciéndose la dura. Pero siempre podía acogerla y acunarla entre sus brazos y contra su pecho, haciendo que toda su molestia se evaporara. Sí, era realmente malo con ella a veces, pero se sentía afortunado.

Ahora, con esa vieja página perdida entre sus manos, se explicaba mejor las reacciones de ella. Pero aunque se las explicaba, no quería dejar de ver esa tierna expresión de berrinche en sus ojos. Le gustaba esa expresión, así como también le gustaba la forma en la que ella sonreía incluso al decirle, tratando de no reír, que aún estaba molesta con él. Así como también le gustaba la expresión soñadora de ella cuando lo miraba, de la misma forma que contemplaba el universo infinito cuando le decía que la distancia no era tan grande si lo analizaban. Así como le gustaba la forma en la que sus manos pequeñas buscaban las suyas para entrar en calor...

En fin, le gustaba Lyra. Y le gustaba también que ella hubiera perdido esa vieja página de su diario.

sábado, 21 de junio de 2014

Lo que no te dije


Querido Rigel:

Escribo esto para comunicarte mi sentir. Otra vez...

Sí, sé que esto comienza más a parecer una broma que otra cosa, pero no puedes decirme que no te lo advertí. Te dije que no sería fácil, te dije que probablemente haría cosas por alejarte. Siempre las hago, es algo que no puedo evitar. Porque tú te acercaste a pesar de mis caras largas y mis gestos e intenciones por alejarte. Mis caras largas que te parecían graciosas, mis gestos que te parecían divertidos y mis intenciones que realmente no eran tan en serio.

Hay muchas cosas de mí que no te he dicho, hay algunas que jamás te diré. No es porque no quiera, sino porque no puedo. O al revés, no estoy segura a estas alturas. Pero lo que sí puedo decirte, lo que necesito aclararte es que a pesar de mis gritos y mis intenciones por alejarte todo el tiempo, en realidad no quiero que te vayas. Pero maldición, estás tan lejos ahora. Siempre fuiste inalcanzable para mí, y ahora lo siento peor y peor. Esta distancia entre tu estrella y la mía parece infranqueable, y siento que voy a perder la cabeza si no me acuno contra tu pecho para dejar de pensar.

Siempre logras hacer que mis neuronas colapsen. Lo detesto, pero es algo necesario para mí.

No quiero depender a este nivel de ti, quisiera en realidad poder dejar de hacerlo, es por eso que, al parecer, me esfuerzo tanto en ser desagradable contigo, haciéndote pagar por mis enojos todo el tiempo. Es algo innato en mí, el ser desagradable. Creo que también te lo había dicho, que por mucho que trato no puedo evitar ser cruel. Al menos dejé de llamarte idiota, ¿cierto?

Hay muchas cosas que no te he dicho aún, partes de mi pasado que no puedo desenterrar ante ti todavía. Tal vez nunca tenga el valor de hacerlo. Y para serte sincera, no sé si podré enfrentar esos demonios algún día. Es una representación muy Quijotesca del asunto, lo sé. Siempre estoy confundiéndote, supongo. Y no espero que me tengas paciencia, incluso aún me pregunto cómo no me has alejado de ti. A veces tengo miedo de que ese momento llegue antes de lo debido sólo por mi absurda forma incontrolable de ser.

Rigel, hay tantas cosas que no te dije, y hay más cosas que no te diré. Realmente no espero que lo comprendas, y mucho menos que tengas paciencia conmigo. No espero nada de ti, por mucho que cueste creerlo. Y si espero algo de ti, será siempre sólo para tu felicidad.

No hay palabras para decir "lo siento". Sólo tengo esto, una pequeña carta llena de acertijos e interrogantes, más de las que sumo cada día a tu mente. Pero créeme, Rigel, que sin importar lo mucho que trate de alejarte, siempre me mantendré construyendo este puente de razones absurdas para que te quedes a mi lado. Porque me di cuenta que quien comenzó con la construcción de esas razones fui yo, y no tú. Y ahora no puedo detenerme.

Sólo dejo en ti la decisión de destruirlo o de ayudarme a llegar a ti. No necesito que los construyas para mí, mis manos son fuertes, pueden hacerlo. Sólo... cree que en algún momento lo lograré. Llegaré a ti de la misma forma en la que tú saltaste todas mis barreras y te instalaste dentro de mi corazón, creando algo de esperanza con tu luz de estrella azul. Una esperanza que pensé no volvería a aparecer jamás tan cerca de mí.

Y eso no está dentro de lo que no te dije...

sábado, 19 de abril de 2014

El fin de tus días


Ya estoy harta, harta de todo esto, harta de este amor enfermizo que siento por ti. Harta de este amor corrosivo que me atosiga día y noche, sin importar lo mucho que me aleje de ti y de ese destello azul que me enceguece.

Podría intentar simplemente superarte, y lo he intentado antes ya. Podría continuar tratando de arrancarte de mí así, con fuerza, con rabia, con odio y con dolor. Podría intentar mirarte a los ojos y decirte que no siento ni volveré a sentir nada por ti nunca más.

Pero no puedo hacerlo.

Al principio, Rigel, tú eras quien me seguía. Quien seguía mis pasos en este espacio sin gravedad, de quien huía constantemente para poder arrancarte de mi corazón pues sabía era lo mejor para ti. Estúpida de mí, siempre pensando en lo mejor para ti. Siempre pensando en ti, en tus necesidades de afecto, construyendo un maldito estúpido puente de razones para que te quedaras a mi lado, diciendo que en realidad tú eras quien se esforzaba por llegar a mí.

¿Te esforzaste alguna vez, Rigel? ¿Lo hiciste?

Yo era la idiota que miraba siempre en tu dirección, planteándose millones de preguntas sobre ti, sobre las estrellas que te rodeaban, sintiéndome avergonzada en la soledad de mi galaxia lejana. Yo era la que te decía que te fueras porque sabía, ¡sabía! que al final de todo, yo sería la única que saldría lastimada y que luego a ti no te importaría. Sabía que un día mirarías en mi dirección con lástima, negarías rotundamente luego de darme una esperanza y te irías.

Debí haberme ido antes de que entraras tan profundamente en mí.

Estoy segura que cuando esto acabe y pueda volver herida, pero viva a mi galaxia lejana, mirarás en mi dirección y te preguntarás: "¿Por quién estará intentado brillar?". Y querrás saberlo, imaginarás que es por ti, y puede que sea por ti, pero puede que no lo sea más.

Porque no quiero que lo sea más.

Estaba cayendo, Rigel. Y entonces llegaste tú, con tus canciones, con tus palabras bonitas y tus miradas comprensivas. ¿Era todo tu plan? ¿Era todo parte de una estrategia para que no pudiera olvidarte? ¡Porque ahora soy yo la que te persigue como una idiota, gritando, llamándote! Y cuando tú me seguías, estoy segura que solo tratabas de comprobar con tus propios ojos que la pequeña estrella torpe y opaca no fuera a lanzarse delante del primer agujero negro que encontrara. Y espero que estés contento, porque ahora regreso a mi galaxia con unas compañeras que no notaron mi ausencia, otra vez a mirarte desde la distancia, sin que te importe nada.

Igual que la primera vez que te vi.

¿Recuerdas quien unió los pedazos que quedaron de ti, Rigel? ¿Recuerdas quién estuvo allí para sujetarte cuando la estrella fugaz quemó todo a su paso cuando trataste de sujetarla? No, supongo que no lo recuerdas, pero yo lo recuerdo muy bien.

Y ya estoy cansada de recordarlo, Rigel. Estoy cansada de toda esta basura cósmica.

Voy a sacarte de mis días, para que queden sólo los tuyos. Tus días, en tu galaxia, lejos de mí. Muy lejos de mí y de este corazón amargado que no podrás volver a romper con tus acciones distantes y tus palabras ambiguas. Porque no volveré a caer ante tu siguiente "bonita". No volveré a caer rendida ante ti la próxima vez que me digas "aún te quiero". Creo que ya caí las veces suficientes, creo que ya di suficiente de mí incluso cuando, luego de preguntarte una y mil veces si irías tras otra estrella fugaz, ante tus negativas de que eso pasaría... sucedió.

No, no puedo manejar eso dentro de mis días, ni de mis noches.

Rigel, lo siento... pero este es el fin de tus días dentro de mi corazón. Ahora sí te arrancaré, con todo y de raíz. No volverás a crecer dentro de mí.

Se acabó.

Espero que esta estrella fugaz que persigues ahora no te lastime como lo hizo la anterior. Espero que seas feliz... pero yo ya no te haré reír con mis tonterías. Seguiré adelante sin ti, la energía no se me ha acabado. Voy a salir de este agujero negro y volveré a mi lugar. Voy a volver a ser la estrella que antes todos conocían, esa que brillaba con luz propia solo porque existía. Porque tenía un día más de vida. Volveré a ser esa.

Y quiero que sepas, Rigel, que jamás te odiaré. Pero así como no te odio, no te amaré más. No voy a amar a alguien que no me ama. No me haré esto.

Porque... porque tú me dijiste que nunca lo hiciera...

jueves, 3 de abril de 2014

Profundidad


Voy a contarte un cuento de como una estrella cayó profunda, profundamente en la oscuridad.

Voy a contarte la forma en la que ella cayó en la profundidad, sin quejarse y sin hacer ruido alguno, sólo dejándose arrastrar por las corrientes de un espacio que la aceptaba más de lo que ella misma se aceptaba.

Voy a contarte una historia que tal vez no tenga el final que esperas, pero que seguramente es el final que la pequeña estrella perdida necesita.

Ella viajó largo, largo tiempo antes de encontrar lo que había perdido, antes de encontrar lo que estaba buscando. Ella caminó y voló, ella se arrastró por el espacio dejando una estela de polvo a su paso, cada vez menos, menos y menos brillante.

Llegó un momento en el cual la pequeña estrella se detuvo, contemplando a su alrededor. Se encontraba sobre un agujero tan negro, tan negro que no podía saber dónde terminaría toda aquella profundidad. Y eso alegró su pensamiento pues sabía, en su pequeño, pequeño corazón, que el viaje valdría la pena. Que aquel nuevo viaje la llevaría tal vez no al lugar que quería, pero definitivamente al que necesitaba ir.

Nadie supo nunca si la pequeña, pequeña estrella en realidad se arrojó al vacío. Sólo se sabe que ella llegó sobre ese profundo, profundo agujero negro y que luego, todo explotó en miles de colores llenos de su propia extraña profundidad.

Y ahora estoy pensando en esa pequeña, pequeña estrella solitaria y herida, flotando sobre esta profunda, profunda oscuridad, preguntándome si ella tuvo tanto miedo como el que siento yo ahora...

martes, 11 de marzo de 2014

Medianoche


Terminó de leer la carta y suspiró, enviando su vista al cielo infinito. No sabía desde dónde había llegado, no sabía hacia cuánto había sido enviada, no sabía nada de la corta misiva más que las palabras que leía, los sentimientos que expresaba y el nombre que llevaba.

Sus ojos oscuros, apagados por la tristeza y la melancolía de la medianoche repasaron una y mil veces las palabras más claves de aquella nota: Momentos, roto, libertad, felicidad, cariño... soledad. Sí, sabía lo que era sentirse de esas maneras, pero no podía evitar que su corazón se endureciera a cada momento que pasaba alejada de él. Porque si él había cambiado, ella también lo había hecho al dejarlo. Porque si Rigel creía que su vida era feliz y no estaba de cabeza, se estaba equivocando.

Arrugó la carta entre sus dedos e impidió que las lágrimas salieran de sus ojos. Le tomó toda su fuerza de voluntad el conseguir que sus ojos no sucumbieran al llanto. Entonces sus manos rompieron la misiva en miles de fragmentos que la brisa nocturna se llevó muy lejos, hacia el infinito universo al cual ella no volvería. Aunque por un momento tuvo deseos de conservarla, sabía que sólo sería algo masoquista para ambos.

¿Soy feliz?

Lyra pensó en esas palabras y no pudo evitar que una voz dulce y melancólica las susurrara a su oído. Y se sintió frustrada en esa oscura medianoche ante el hecho de no poder sacarlo de su cabeza incluso cuando sabía lo masoquista que sería el volver a él. Cerró los ojos y se acurrucó sobre la nieve de su planeta. Hacía frio, pero adentro de su corazón estaba mucho más helado.

Estando allí pensó de nuevo en él, en Rigel. Evocó su recuerdo y todos los momentos que habían vivido juntos. Evocó las distancias, las sonrisas, las miradas. Evocó los sentimientos que él generaba en ella. La felicidad, la molestia, la alegría, la tristeza. Evocó el momento en el que se dio cuenta que ya no era más importante para él y el momento en el cual comenzó a cortar el lazo de manera definitiva, para alejarse a la deriva de todas las constelaciones.

Recordó cómo Rigel la había mirado, con esa indiferencia que asesinó todas sus ganas de amar. Recordó su corazón roto y ella dejándolo atrás. Recordó su escape, huyendo de todas las constelaciones, de todas las estrellas en sus planetas. Recordó un grito que la siguió y la tormenta que se había desatado en una medianoche eterna en su propio planeta.

—Lyra.

¿Tú crees que puedo ser feliz, Rigel?

Se sentó otra vez, secando las lágrimas de sus ojos húmedos con rudeza. Ya nada le importaba y ella misma había sucumbido, otra vez, a aquellos mortificantes recuerdos. Y ya no quería ser encontrada así, o simplemente ya no quería ser encontrada.

—Lyra, cariño, ¿qué tienes? —preguntó esa voz que hasta el momento, desde su huida, la había acompañado.

—Estoy bien, Antares —susurró Lyra, viendo cómo el puente la alcanzaba—. Deberías volver a casa.

—Estoy en casa —replicó él, atravesando el puente sin ningún tipo de problema—. Ahora dime, ¿qué sucede? ¿Qué te hizo alejarte de todos?

Lyra se levantó del suelo cubierto de nieve y comenzó a caminar, buscando una respuesta. ¿Qué la había hecho irse? Para ella, la respuesta era obvia: Rigel. Había tenido que irse para no lastimarlo más, para no lastimarse a sí misma y para no terminar implosionando como una vez ya lo había hecho. Pero Antares no entendería todo eso. Antares escucharía con calma y paciencia, la abrazaría y acunaría hasta que su corazón se calmara un poco y luego alimentaría las brazas de algo que no debería existir. Alimentaría un amor no correspondido, alimentaría esperanzas vanas y mortales, alimentaría sueños e ilusiones que no llevarían a nadie a ningún lugar.

—Quería estar sola, Antares —replicó Lyra, mirando a la distancia desde un punto completamente congelado de su planeta—. Quería poder enfriarme sin que nadie viera lo horrendo del proceso.

—Lyra...

¡¿Tú crees que puedo ser feliz... sin ti?!

—¡Solo vete, Rigel! —gritó, ya no pudiendo soportar más las lágrimas. Apretó los puños y le dio la espalda a Antares, que la observaba congelado, al igual que el páramo que les rodeaba— Solo... Déjame sola...

Pudo escuchar los pasos de Antares alejándose de ella, pudo escuchar el sonido del puente destruyéndose mientras él se iba. Y el eco de aquella destrucción la llevó a su miseria, pues recordaba así el día y el momento en el cual Rigel se había ido por última vez. El momento en el cual ella le había echado y había destruido todo a su paso.

Y pensar en él, pensar en el modo de reemplazar ese amor, pensar en el modo de no morir tratando de superarlo era algo que dolía demasiado. Era algo que ella sabía no conseguiría jamás. Y era algo con lo que tendría que vivir en su completo estado de medianoche.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Ausencia


El tic-tac del reloj me alarma, me alerta.

A veces siento que todo fue un sueño, que todo continúa siendo un sueño del cual no quiero despertar. Y aunque quisiera, no estoy del todo segura poder.

¿Recuerdas esos días, Rigel, en los cuales las horas transcurrían interminables, desde un punto muerto hasta el otro? ¿Recuerdas cómo dolía el adiós?

Yo lo recuerdo, y considero que es una tragedia el que tú no lo recuerdes.

Te observo desde aquí, ¿sabes? Pero pareces no darte cuenta. Es como si ya nada te importara. Es como si yo ya no fuese más importante para ti como tú lo eres para mí. Y es en serio algo triste y decadente, casi doloroso el sentir tu ausencia. La ausencia de ti en mi vida. La ausencia de tus sonrisas, de tus miradas.

Porque te quiero, Rigel, pero es tan triste el darme cuenta que no debo necesitarte más de lo que ya te necesito.

...

Los días continúan pasando, Rigel. Pasan sin ti. Pasan con la ausencia de ti, con la ausencia de mi, con la ausencia de ambos. Pasan y el tic-tac del reloj no cesa. Y a veces quisiera volver a ese lugar sin tiempo ni espacio del cual me sacaste, pero sé que no tengo el valor para hacerlo.

¿Cómo sobrevivir en aquel espacio sin ti, Rigel? ¿Cómo podré yo vivir en un mundo en el que tú no existes?

...

Estoy aprendiendo a orbitar en tu ausencia. Cada giro en espiral provoca nuevos sentimientos, cada nuevo punto de vista es algo que cambia la perspectiva de mis pensamientos y emociones.

Continúa siendo difícil sin ti aquí, pero creo que podré lograrlo. O no lo sé, pero quiero creer en ello porque, al final y en este momento, la esperanza es lo único que tengo.

Estoy seca sin ti, Rigel. Un poco vacía, un poco más oscura, bastante más solitaria. Pero creo que puedo hacerlo, porque aunque ya no te veo, aunque tu luz ya no brilla cerca de mí, tan brillante y caliente que inmola mis sentidos, estoy comenzando a acostumbrarme a este frio glacial que me envuelve, que me atosiga y me controla.

...

Aprendí a vivir en tu ausencia, Rigel.

Esta será mi última carta. O tal vez no.

Yo solo quería que me amaras. Tal vez no que me amaras más, pero sí que me amaras mejor.

Y digo que tal vez sea la última carta, Rigel, porque te he visto. Te he visto tomando su mano, y sentí que con eso podrías ser más feliz de lo que yo hubiera podido conseguir en felicidad y en amor para ti.

Solo quiero tu felicidad. Eso es todo lo que quiero ahora.

Aprendí a respirar sin tu aliento, aprendí a sobrevivir a tu ausencia, aprendí a querer un poco más de mí sin ti.

Pero aún no aprendo a olvidarte.

No sé si alguna vez podré hacerlo, Rigel, pero lo intentaré. Intentaré arrancarte de mi corazón, o por lo menos a guardarte celosamente hasta que nadie más pueda ver el amor profundo que marcaste a fuego, como un tatuaje de estrella, en mi piel y en mi alma. Guardaré nuestros recuerdos, nuestras sonrisas, nuestras locuras y ese corto pero imperecedero amor que nos profesamos de manera tan ferviente.

Lo guardaré para mí y lo guiaré al olvido, o tal vez solo al baúl de los recuerdos que, acumulando polvo día tras día, se irán perdiendo hasta que no sea ya capaz de encontrarlos.

...

Rigel...

Continúo siento tuya...

Siempre tuya...

...

Aún no te olvido. Aún no te borras. Aún te...

...

Amor...

Que triste recuerdo es aquel...

Rigel... ¿dónde estás ahora? ¿Qué estás haciendo?

Aún siento tu ausencia...

...

Rigel, tú... ¿eres feliz...?

lunes, 21 de octubre de 2013

Sin Aire


A veces miro el cielo, tan vasto e infinito, y siento a mi corazón latir con una fuerza casi indómita. Y entonces es cuando pienso en ti, preguntándome si este amor será para siempre, o si en cambio será solo el recuerdo hermoso de una quimera, un ensueño interminable. Y llego a la conclusión de que no me importa, pues te amo. Te amo a ti y a los momentos efímeros y eternos que vivo contigo. Te amo y sé que, aunque puedo vivir sin ti, no quiero hacerlo.

Si me pongo a pensar en ello, hay muchas cosas que podrían faltarme e incluso así sería capaz de seguir viviendo.

Podría vivir sin sol, sin lluvia y sin un suelo estable en el cual posar mis pies. Podría vivir sin objetos que me rodearan, sin ojos con los cuales mirar los tuyos y sin voz para definir de manera imperfecta esta manera en la que me haces sentir. Podría vivir sin esas cosas, e incluso podría vivir sin ti...

El problema es que no puedo vivir sin aire. Y tú eres aire. Y aunque quieres, aunque deseas dejar de respirar, no puedes hacerlo. No puedes vivir sin aire, sin luz, sin luna ni estrellas. Y vivir sin ti sería como vivir sin todo eso. Sin el aire que me dan tus besos, sin la luz de tu presencia, sin la luna cuando despertamos en medio de la noche, sin las estrellas de tu mirada.

No quiero vivir sin ti porque tú, Rigel, me has enseñado una nueva manera de vivir. Por primera vez alguien necesita de mi amor para sanar sus heridas. Y mi amor imperfecto y moribundo, aunque no es nada, parece significar tanto para ti.

Me gustaría poder ser tu aire, y tengo miedo cada vez que te miro... tengo miedo de pensar, de imaginar que tú si puedes vivir sin aire. Que si tú quisieras, podrías vivir sin mí.

Rigel, tal vez no te hayas dado cuenta todavía, pero debo decirte, necesito aclararte que esta estrella se apaga cada día un poco más. Yo no tengo planetas que orbiten a mi alrededor, no como tú. Y a veces quiero odiarte pues yo sabía vivir sin aire, yo sabía vivir sin ti, pero ahora no sé hacerlo más. No sé, no recuerdo qué se siente cerrar los ojos y sentirme bien abrazándome a mí misma en este vacío oscuro que es el universo. Y ahora que te tengo, ahora que me atrapaste ya no sé, ya no puedo.

No quiero vivir sin ti, Rigel.

Llámame estúpida, tonta, torpe, ingenua e irracional. Llámame todo lo que quieras, incluso cuando yo solo quiera que me llamaras por mi nombre. Llámame, solo hazlo, sabes que acudiré. En sueños, en sombras, en el mismo aire que respiras, incluso aunque no lo sea. Incluso aunque no sea nada para ti, estaré como tu todo.

Sé que solo soy una estrella que se apaga, sé que no tengo nada que ofrecer más que este brillo que se apaga un poco cada momento que pasa. Sé que mis palabras son atropelladas, quizá demasiado cargadas y desesperadas. Pero maldición, Rigel... estas palabras no pueden ser de otra manera porque esta es la única forma que conozco de amar. Amar como una tonta desesperada de tu afecto, esperando un abrazo sanador mientras me regresas la vida con tu aire, con ese aire que tú tienes y que a mí me falta.

Solo sé amar de esta manera, mi querido Rigel. Loca, desquiciada, quizá apasionada. Pero este es mi amor. Y si en realidad no es amor, créeme que es lo mejor que tengo. Es todo lo que tengo.

Eres mi aire en este universo sin oxígeno. Eres la vida que me faltaba y que ahora no sé si me sobra o no me alcanza para estar contigo para siempre.

Y si es un sueño de estrellas que se consumen en implosiones y supernovas, sinceramente no quiero saberlo. Porque lo único que necesito saber para mantenerme cuerda es que allá, desde el lugar en el que te encuentras, me miras. Y eso significa que te importo. Y eso es todo lo que necesito para obligarme a brillar y que me notes para que, de cierta forma, puedas llegar a amarme. Y no puedo dejar de pensar que vivir sin ti, ahora que te conozco, sería como tratar de vivir sin aire.

No puedo vivir sin aire. Y no puedo vivir sin ti.

lunes, 5 de agosto de 2013

Gravedad


Puedo verte desde aquí, ¿sabes? Y mientras te observo, recuerdo como todo esto comenzó.

Antes, hace muchísimo tiempo, incluso más tiempo del que alguien puede recordar, nosotros estuvimos juntos. Bueno, no "juntos, juntos", pero sí compartíamos un pequeño espacio de metro cuadrado. Antes, hace mucho tiempo, podía ver tus ojos infinitos todo el tiempo que quisiera, tanto tiempo como tu mirada se encontrara de manera fugaz con la mía. Y aunque fuese un solo segundo, eso era más que suficiente para mí. Porque solo una mirada tuya bastaba para acercarme un poco más al cielo, brillando como la estrella que soy ahora.

Tus miradas, tus ligeras sonrisas discretas me mataban lentamente, me trajeron hasta este punto. Pero no me mataban de la mala manera. ¡Hubiera muerto mil veces solo para tener mil miradas más de esas! Miradas tuyas, sonrisas tuyas, palabras tuyas sin fondo, sin principio ni final. Palabras superficiales, pero que siempre imaginé que en el fondo podrían, si acaso, llegar a ser algo más algún día. Sonrisas que a veces eran condescendientes, otras tantas solo amigables. La última de la sonrisas que me regalaste, fue en realidad la que terminó de empujarnos en esta dirección.

Rigel, recuerdo ese día como si aún estuviera sucediendo. Fue una de las más hermosas coincidencias de mi vida, de la vida que tuve antes de esta.

El tren iba casi vacío, ¿recuerdas? Estaba allí, sentada, la maleta repleta de papeles sobre mi regazo y un libro entre mis manos. Subiste de pronto, cuando yo iba en la parte más interesante de la novela que me había estado atrapando durante días. Era la tercera vez que leía ese libro y no me cansaba de hacerlo. No me percaté de tu presencia antes porque iba inmersa en mi lectura, pero te sentaste junto a mí (sentí que alguien se había sentado junto a mí, aunque jamás imaginé que podías ser tú). Yo no levanté la mirada de mi libro en ningún momento.

—¿Podrías dejarme ver tus ojos al menos una vez?

El susurro de tus palabras, tan cerca de mí, me hicieron saltar hasta un lugar sin gravedad, sin aire, sin espacio. Era el cielo, tus palabras tan cerca de mí eran el cielo repleto de estrellas. Giré la cabeza en tu dirección, y estabas tan cerca que me dolió la distancia. Parecía una distancia infranqueable de galaxias y universos infinitos, pero aún así tan cerca de ti.

Recuerdo que susurré tu nombre y tú acariciaste mi mejilla, tus dedos acercándose lentamente a mi cuello, acariciando con tanta delicadeza que mi piel se erizó y una sonrisa se extendió por mis labios. Era la primera vez que me tocabas de aquella manera y juro, por todas las constelaciones que existen, que jamás olvidaré ese momento.

—Mucho mejor —susurraste, aún tan cerca de mí. Quise gritar de felicidad, pero las palabras no me salían—. ¿Te gusta esta caricia?

Estaba muda ante ti, ante tu contacto, ante tus ojos fijos en los míos, ante toda tu presencia por primera vez tan cerca de esa manera tan especial. ¿Qué podía decir? Asentí con la cabeza y, naturalmente, me apoyé en tu hombro, abrazando tu brazo porque quería más y más de ti. Mi libro quedó olvidado, solo estabas tú y esa caricia que mantenías en la base de mis cabellos. Solo estaba ese momento en el que mi corazón saltaba fuertemente dentro de mi pecho.

—¿Estás incómodo? —pregunté luego de varios minutos, totalmente relajada ante ti, ante el movimiento del tren, ante ese espacio sin gravedad.

—No, estoy bien —susurraste. Podía sentir el movimiento de tu rostro, de tus labios contra mi cabeza al hablar—. ¿Sabes, Lyra?, me gustaría besarte ahora.

—Nada te detiene —susurré, escuchando mis palabras un poco demasiado altas.

La respuesta salió instantánea de mis labios. Quizás y lo sabías, quizás y supiste siempre que te miraba de esa manera. Sí, soy invisible por naturaleza, pero soy cariñosa también. ¿Te diste cuenta alguna vez de eso? ¿Lo sabías ya todo cuando nos encontramos por esa casualidad del destino en ese tren sin gravedad, que me hacía girar en un cielo, en un paraíso personal incluso ante ese amanecer coloreado de calor?

—Vas a tener que girar un poco, entonces...

Alcé mi rostro y te miré, demasiado cerca, demasiado lejos, demasiado todo. Y me acerqué a ti al mismo tiempo que te acercabas a mí. ¿Cómo puede existir esta atracción sin siquiera darte cuenta de lo que significa? ¿Cómo pudiste de pronto cambiar mi espacio flotante a uno de completa gravedad, y viceversa? ¿Cómo lo hiciste?

Tus labios fueron un roce cálido, bienvenido. Tus manos sujetaron mi rostro y mi cintura a la misma vez, empujándome más a ti, acercándome más, transformándote en el centro de mi gravedad. Y aún ahora, cuando estamos a universos, a galaxias completas de distancia, acaricio mis labios y revivo ese momento que yo recuerdo, pero que tú has olvidado. ¿Cómo puede ser? ¿Tan malo fue?

Rigel, eres una estrella azul que brilla tan intensamente que... que incluso en esta distancia, si me concentro lo suficiente, puedo sentir el calor de esa antigua vida llegando hasta mí. Esa vida donde las estrellas eran distantes y nosotros las observábamos siempre desde lugares completamente distintos.

Me diste un momento de movimiento, haciéndome girar a tu alrededor. Siendo mi centro de gravedad por unos minutos que quise extender para que fueran eternos. Pero nada es eterno, ni siquiera las estrellas.

Minutos después de ese roce maravilloso, bajaste del tren. Y antes de bajar, mientras yo te miraba con las mejillas completamente sonrojadas... me regalaste un guiño y te fuiste. Y esa fue la última vez que te vi. Y aún la recuerdo y jamás la olvidaré. Y me hace feliz recordarla, incluso cuando te dedicas a construir ese puente de razones absurdas para estar a mi lado, sin saber que si solo lo pidieras como me pediste ese beso, yo te entregaría incluso el centro de mi constelación.

Y ahora estoy aquí, observando el resto de las estrellas en la distancia. Y tú estás tan lejos... siendo mi centro de gravedad incluso cuando no lo sabes...

martes, 16 de julio de 2013

Implosión


Ella se ve a sí misma, reflejada en el espejo, pero no logra encontrarse. Ella se busca en sus pensamientos, en sus recuerdos, pero solo encuentra oscuridad donde los colores una vez vivieron. Ella está cansada, perdida y quiere darse por vencida. Ella quiere acabar con todo, pero sabe que aunque tiene el valor de hacerlo, jamás lo hará. Porque sin importar lo mucho que duela, porque sin importar lo destruida que se encuentre, sabe que no puede faltarle a quienes le rodean. Sabe que si simplemente desaparece, el daño que cause no podrá ser compensado incluso con el alivio de simplemente dejarse ir.

Ella está cansada de abrir los ojos, levantarse de la cama y fingir que el dolor no le pesa. Ella está cansada de decir que sin importar lo que suceda, la sonrisa no se desvanecerá de su rostro. Ella está cansada de poner la máscara en su lugar cada segundo, cada momento para que nadie se de cuenta del dolor que la consume. Ella está cansada de decir que puede cuando lo único que desea es gritar que quiere llorar, sin preocuparse de lo que los demás puedan pensar de su falta de valor y voluntad. Porque ya no sabe qué hacer, porque ya no sabe qué pensar. Porque ha perdido su norte y no se encuentra en condiciones de luchar para poder recuperarlo.

Ella se siente perdida, hundida. Ella toma lápiz y papel, sintiendo que se consume lentamente. Ella escribe, porque sabe que es la única forma de contenerse de hacer algo irracional. Ella rasga el papel y siente las lágrimas rodar por sus mejillas hasta manchar el blanco papel, emborronando la tinta.

Ella es una persona que perdona a quienes se enfadan con su persona, ella es una persona que tiene miedo de estar sola. Ella es una persona que actúa como si fuera fuerte todo el tiempo, cuando en realidad se está desmoronando por dentro. Ella es una persona que dice que sí a todo porque odia decepcionar a quienes ama, ella es una persona que trata de ser amable con todos aunque después no la valoren. Ella es una persona que trata de expresar cómo se siente, pero que tiene miedo de ser rechazada. Ella es una persona que se encariña rápido, que entrega su confianza incluso sabiendo que la romperán en mil pedazos.

Y ella no puede evitarlo, ya no puede luchar contra ese dolor tan poderoso que la posee. Ella ha perdido contra el dolor, ella se ha perdido en el dolor y no sabe qué hacer para salir de allí. Ella siente el vacío en su pecho extenderse por todo su cuerpo y sabe que se acerca al borde, sabe que está por implosionar.

Ella deja el lápiz a un lado y corre, sintiendo como el peso de la soledad la desborda. Ella abre cajones, ella se busca a sí misma en cualquier rincón, en cualquier objeto. Ella descubre sus brazos y los mira, sintiéndose morir. Ella toma un cuchillo y corta, esperando que por las heridas el dolor se vaya. Y ella grita, porque el dolor no desaparece.

Ella se deja caer al suelo, esconde el rostro entre las manos y llora amargamente, totalmente perdida. Ella está implosionando y no sabe cómo detenerlo. Ella quiere que ese dolor se detenga y ya no sabe qué más hacer para que pase. Ella se escuda en su caparazón, ella piensa en lo que debería hacer, ella se golpea la cabeza con las manos mientras la sangre corre por sus brazos. Ella no sabe que hacer. Ella se encuentra tan sola...

Nadie llega a rescatarla en lo que parecen años, en lo que le parecen milenios.

Ella se reconstruye, lentamente. Ella se levanta, vaciada, cansada, queriendo morir. Ella venda sus heridas y se arrodilla en el suelo, inconsciente de que continúa llorando. Ella limpia el estropicio, ella se arrastra por la casa de vuelta al papel con la tinta emborronada por culpa de las lágrimas. Ella quema el papel y se sienta, perdida, sin saber qué pensar, sin saber qué hacer.

Ella vuelve a llorar. Y vuelve a gritar.

Ella ha implosionado. Se ha perdido. Su sonrisa ha muerto y no sabe qué hacer para recuperarla y darle la cara a quienes ama.

Ella sabe que debe rearmarse, pero...

Está tan cansada...

miércoles, 27 de febrero de 2013

Nuestra Historia


Nunca creí que fuésemos solo nosotros dos en todo el universo. Ciertamente me había dado cuenta, incluso, que no estaba completamente sola en este oscuro y abundante espacio que no está ubicado en ningún lugar, pero que lo abarca todo.

Apareciste como invocado. De pronto me encontraba observando la oscuridad, preguntándome si en realidad todo era negro o si, en cambio, era yo quien estaba ciega. Y al segundo siguiente estabas tú, brillando con tanta intensidad que me dolió la vista.

He conocido historias iguales a esta, o tal vez muy parecidas. He visto el eterno e imposible amor entre Antares y Casiopea, destinados a amarse a gritos. Obligados a construir un puente de razones absurdas para permanecer juntos por un momento más. He visto el amor de tantas otras estrellas en el universo, incluso ante mi ceguera, que me parece increíble que nuestra historia sea así de concreta.

Así de tangible y a la vez de imposible.

Y ahora tú te acercas a mí, con una sonrisa implacable y hermosa. Y yo no te pongo caras malas ni gruño en desacuerdo, a pesar de saber que lo nuestro es, en cierta medida, imposible. Lo único que hago por ti, por mí, por nosotros es estirar mis manos en tu dirección, esperando que tus dedos se entrelacen con los míos.

Porque he soñado incontables veces el momento en que el universo nos permita estar juntos. Porque he anhelado incluso desde antes de tener consciencia el momento en el que llegas, derribas mis murallas, barres los escombros y me cobijas bajo tu calor y tu manera de ser.

Porque me haces feliz y me devuelves la calidez, Rigel...