Quienes me inspiran a seguir

Mostrando entradas con la etiqueta Relatos Oscuros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relatos Oscuros. Mostrar todas las entradas

viernes, 12 de agosto de 2011

Relatos Oscuros, Parte IX y Final [Puentes de Luz]




Me senté de sopetón, de pronto encandilada al abrir los ojos para encontrarme con la cegadora luz de un amanecer que ya estaba en su gloria máxima. Sentí la tibia hierba bajo mis piernas y, con timidez, miré mi pierna izquierda, que reposaba intacta y limpia sobre el césped que se esparcía brillante sobre el prado, moviéndose a penas con la brisa tibia que hacia bailar mis cabellos. Me levanté de un salto, confundida, mirando todo a mi alrededor, todo lo que cubría el sol con sus rayos cálidos ante mi mirar estupefacto.

En frente un amplio paramo verde, con colinas pequeñas fáciles de subir, cada colina conectada por puentes brillantes de infinitos colores, como múltiples arcoíris cruzando por sobre los pequeños riachuelos que se formaban entre colina y colina. A mi espalda un bosque, frondoso y brillante, multicolor, con millones y millones de flores enroscadas en los troncos de los árboles. Y más allá, muy lejos, un monte que se alzaba en todo su esplendor cubierto por una nieve sobrenatural, un manto blanco que no era compatible con toda aquella luminosidad y calor. Dudé hacia dónde ir.

-¡Miralys! –escuché que alguien llamaba y voltee de inmediato hacia el lugar procedente de la voz dura pero suave, ambigua.

-¿Henrietta? –inquirí mirándola acercarse, con sus cortos cabellos negros que bailaban sobre sus hombros, con sus ojos oscuros como el ónice, con su figura diminuta corriendo hacia mí.

-¡Oh, Miralys! –gimió cuando llegó a mi lado, abrazándose a mi cuerpo. Le devolví el abrazo por inercia- ¡Pensé que jamás te encontraríamos!

-Tranquila, querida –la calmé, enredando mis dedos en su cabellera oscura-. ¿Quién más me buscaba? ¿Las demás están bien?

-Jane, Alice, Carly, todas están bien –aseguró apretando más el abrazo-. Todas están tan, pero tan preocupadas por ti, nos separamos para buscarte.

Aspiré el perfume que desprendía de sus cabellos con una necesidad demasiado incontenible, afianzando más el agarre en torno a su cintura. ¿Había sido, acaso, todo un sueño? ¿Acaso todo había sido solo una alucinación de mi agotada mente? Miré por sobre su hombro y vi más allá de aquel amplio y hermoso paraje que nos rodeaba. Hacía mucho tiempo aquellos riachuelos cristalinos eran mar teñido de carmesí, el césped era inexistente, los árboles y flores reemplazados por espinas asesinas y el monte… Aquel monte cubierto de nieve había sido antes…

-¿Dónde están todas? –inquirí con brusquedad, mirando el monte y buscando algo en mi cinto con desesperación.

-¡Calma, calma! –me urgió Henrietta, azorada pero sonriente. Tomó mi rostro entre sus manos y sonrió, mostrándome sus deslumbrantes diente como perlas blancas- Ya acabó, venciste, acabaste con ella.

-Pero… -tartamudee. Era imposible, ella me había…- Que pasó, Henrietta –exigí saber, con un matiz dulce en mi tono de voz.

Henrietta tomó mi mano, comenzando a guiarme entre los puentes de luz que atravesaban aquel vasto campo, explicándome el desenlace de aquella batalla en la que siquiera había levantado mi arma. Mientras caminábamos, flores nacían desde el suelo cuando pasábamos, brillantes, multicolores, todo un matiz distinto a lo que mis ojos habían visto durante tanto, tanto tiempo. Un cambio por demás agradable. Desee que aquella imagen de paz no se acabara jamás…


_____________________________________________________



-¡Despierta ya! –escuché en un grito.

Del susto caí al suelo de costado, lastimándome la mano. Miré atontada a mí alrededor y pude ver a aquella muchacha con su alocado cabello teñido de azul mirarme desde lo alto, con los brazos en jarra y cara de malas pulgas.

-¿Qué hora es? –inquirí levantándome del suelo, mirando mi mano lastimada.

-Pasado el mediodía –gruñó, plantándose frente al cuadro que reposaba en el atril, brillando a toda la luz del sol que se colaba por la ventana-. Hay, Vi… ¿Qué vamos a hacer contigo?

-¿Quererme y aguantarme? –pregunté sonriente, mirando mi obra al fin terminada.

En el escritorio, junto al atril estaban aquellas páginas revueltas, desparramadas sin orden alguno, más la de encima brillaba con el sol, solo con las dos palabras del título que había escrito para mi novela. Relatos Oscuros iba a ser todo un éxito. Jen tomó las hojas entre sus dedos con cuidado, ordenándolas lentamente según el número de la página escrito toscamente a mano en lápiz verde brillante y recalcado con dorado. Me acerqué a la ventana, mirando la acera que brillaba a la luz del sol.

-Pudiste decirle a Karina que hiciera el cuadro –masculló medio enfadada, medio en broma mi amiga-. Sabes que a ella le interesó mucho la idea de pintar algo tan surrealista.

-Mi proyecto, mí tiempo –suspiré sin dejar de mirar la calle que se extendía frente a mi ventana.

-¡Eres incorregible! –gimió Jen, dándome un suave golpe en la cabeza- ¡Eh, gente! ¡La peque ya acabó!

En cosa de minutos tenia a personas que ni siquiera conocía allí, en MI habitación, invadiendo MI privacidad, manoseando MI cuadro y haciéndome reír hasta que tuve que agarrarme el estomago para evitar que se me saliera de un salto de su lugar. Esa iba a ser una tarde muy, muy larga.

Relatos Oscuros, Parte VIII [Rencor]




Abrí las puertas de par en par, empujando la liviana doble hoja de entrada para dar mi primer paso en aquella estancia abovedada como una cripta húmeda y sin sueños.

Como era de esperarse las sombras estaban alineadas a los costados, pegadas a los muros, acechantes, con sus sonrisas de dientes de tiburón, sus manos alzadas como garras, sus ojos brillando como rubíes de sangre y soltando un gruñido gutural que nacía desde lo más hondo de sus entrañas. Avancé, notando que ninguna se aproximaba a mí, notando que mientras más enfrentaban mi mirada, más gruñían, impotentes ante la orden de ella de dejarme viva hasta el final del camino. Claro, quería acabarme con sus propias manos, tener una lucha “igualada”.

No me detuve. Caminé atravesando toda la estancia con paso solemne, dispuesta a no caer, a no ceder en lo más mínimo. Atravesé una infinidad de puertas, encontrándome cada vez con más y más sombras en cada estancia que dejaba atrás, cada vez un poco más intimidada del poder que ella tenía sobre esas criaturas. Hasta que llegué a ella.

Estaba en la estancia iluminada por antorchas de fatuo fuego azul que colgaban desde el cielo, sin nada aparente que las sujetara. Al final de la sala estaba ella, en su trono de alabastro, sentada con sus largas y níveas piernas cruzadas, con los brazos en los descansos de su trono, con los puños en forma de garras que se apretaban más a cada paso que daba hacia ella. Sus ojos negros refulgían intimidantes desde aquella posición elevada, con los labios apretados en una fina línea de disgusto.

-No pensé que llegarías tan lejos –admitió con desagrado-. Soltaste a todas ellas, alejaste a mi precioso juguete de mí, pero… -hizo una pausa, alzándose de su trono y sonriendo con malicia- Pero sufriste una baja –mi rostro se torció en una mueca de dolor-. Valor ha muerto… Pobrecilla de ustedes, perdieron a mitad de camino. ¿Y qué? ¿Te dignaste venir solo para decírmelo? Lamento…

-No vine por eso –corté. Ella frunció el entrecejo con molestia ante mi descaro de interrumpirla, me serené al instante-. Sé que estabas enterada, pero vine por otra cosa, Odio.

-¡Ilumíname con tu sabiduría, perra asquerosa! –chilló caminando hacia mí, con las garras más apretadas que antes, las venas de sus brazos saltando culpa de la rabia.

-Vine para terminar con esto de una buena vez –suspiré, sin dejar de mirar sus fríos ojos ébanos que escrutaban mi persona-. Tú, Odio, Rencor, has llenado esta, mí creación con tu veneno y tus inmundas sombras –reclamé sin una pisca de ponzoña en la voz-. Es mi culpa, claro, te dejé hacer con este lienzo lo que quisieras, pero también tienes mucha culpa. Te saliste de control…

-¡¿Y qué?! –gritó alzando sus manos a mi cuello, enterrándome sus garras- ¡¿Harás algo al respecto?! ¡Dímelo!

Con la fuerza de su ira me lanzó lejos. Choqué contra una pared fría y sentí el aire escaparse por mis labios secos, ahogando un gemido de dolor. Ella rió, con su risa desquiciada inundando la estancia, con los ecos de sus sombras extendiéndose a lo largo y ancho de todo el lugar. Me levanté lentamente, apoyando mis manos en el suelo para darle impulso a mi agotado cuerpo, que no quería ya más guerra.

-Haré algo –suspiré, con dolor en mi pecho-. Detendré todo ahora. Puedes lastimarme, puedes matarme, puedes torturarme todo lo que quieras, en cuerpo, mente y espíritu –continué, volviendo a caminar hacia ella-. Pero te detendré así sea lo último que haga.

-¡Será la última acción inútil que harás en tu inmunda existencia! –volvió a gritar, llena de cólera, alzando su mano para dar un profundo corte a mi torso. Aguanté las ganas de gritar- ¡Dime tu último deseo, asqueroso ente del bien!

Acorraló mi cuerpo entre sus insistentes golpes que cortaban todo a su paso y el muro frio y duro contra el que me había lanzado. Apoyé mi espalda contra la piedra fría, los brazos cayendo a los costados completamente inertes, sin oponer la menor resistencia. Sentía, con mis ojos cerrados, sus garras destazando la piel de mi pecho, el abdomen, todo a su paso, salpicando sangre hacia su cuerpo inmaculado. No dije nada, solo escuché su risa frenética, desquiciada, aumentando su volumen a cada uno de sus golpes como maldición sobre mi cuerpo. Caí, y ella vitoreó su inminente victoria.

-¿Acabaste? –consulté en un gemido sordo. Alcé la mirada y me encontré con su rostro hecho un rictus de odio profundo- Porque aún aguanto antes de soltar un sollozo, Rencor…

-¡Perra! –chilló enfurecida antes de propinarme una patada al costado- ¡¿Cómo te atreves a desafiarme?! ¡¿Cómo puedes no pedir clemencia ante tu final?!

Aguanté un grito cuando escuché una costilla romperse a mi costado. Caí al suelo sobre mi lado derecho y vi, con los ojos apenas abiertos, como entre su rabia, Odio se percataba de mi vendaje improvisado. Alzó su pie revestido en un zapato de tacón alto y, con una risa maliciosa lo dejó caer en mi pierna herida. Me mordí el labio durante las incontables veces que dejó caer su pie sobre mi músculo ya desnudo, pues ante sus golpes la venda se había desprendido, empapada de sangre completamente. Se detuvo luego de largo tiempo, respirando agitadamente, mirándome levantarme con dificultad. No quise mirar el estado deplorable de mi pierna, sabía que dentro de poco no sería más que un poco de carne, ya que el resto de los músculos desprendidos los sentí en el suelo que pisaba.

-¿Ya olvidaste mi nombre? O incluso, ¿ya olvidaste tu verdadero nombre? –pregunté sujetando mi costado, a la altura de las costillas rotas. Rencor retrocedió un paso-. No pensé que tuvieras tan mala memoria…

No pude decir nada más. Rencor alzó una de sus manos en forma de garras y atravesó sin piedad mi cuerpo, cerca del corazón. Sonreí, pues aún entre la mirada nublada pude distinguir las lágrimas que brillaban sobre la piel nívea de su rostro. Los ojos ya no estaban endurecidos y los labios apretados en una mueca, sino más bien separados, suspirando agitadamente.

-Lo siento…

Fue lo último que escuché antes de sumirme en la oscuridad absoluta.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Relatos Oscuros, Parte VII [Amargura]




Poco a poco el calor de mi cuerpo había comenzado a llenar a Miedo, que flotaba a mi lado mientras yo andaba a buen paso. Cada tanto observaba su perfil, afilado y enfermizo, con sus ojos grisáceos que miraban hacia ningún lugar en particular. Parecía perdida, y no dejaba de temblar a pesar de sentir el calor de su mano, con sus dedos entrelazados con fuerza a los míos. Me senté de pronto en una de las rocas de descanso, mirando hacia atrás. Había dejado tres de aquellos puntos, con la resolución de no detenerme a menos que fuera más que necesario. Solté la mano de Miedo con suavidad antes de comenzar a ajustar la venda de mi pierna, mientras ella, flotando cerca de mi miraba mi trabajo, mis manos que se movían con maestría sobre la herida, quitando la ya inservible tela para luego arrancar otro buen trozo de tela, volviendo a vendar el músculo expuesto.

-¿No te duele? –inquirió en un susurro tembloroso Miedo, mientras sus manos de nuevo frías paseaban cerca de la venda improvisada.

-La verdad –suspiré, mirando sus manos sin uñas con algo de pena-. No, no me duele para nada.

-¿Crees que sacas algo con mentirle? –siseó una voz dura y amarga. Miedo se estremeció, sin poder controlar los temblores de sus manos, sin mirar hacia atrás-. Dile la verdad. Dile que te duele como el demonio, que tienes miedo, que quieres gritar una y otra maldición hasta quedarte sin aliento –continuó esa voz, que se escuchaba cada vez más cerca-. Di la verdad por una mísera vez en tu vida. La verdad duele, pero la mentira duele más.

-Silencio, Amargura –ordené levantándome de la roca para encararla.

Sus facciones eran realmente deprimentes. Su cabello que debió ser antaño largo y hermoso ahora solo eran nudos que salían desde su cabeza, nudos largos. Pude ver que le faltaban mechones abundantes de cabello, que sujetaba en sus manos ennegrecidas como trofeos de guerra que no quisiera soltar. El color de su piel era de una enfermiza tonalidad grisácea con matices verdosos, como vómito putrefacto y de un brillo fluorescente. Sus ojos eran blancos, sin pupila, sin nada en realidad. Era como mirar dos cuencas vacías que no expresaban absolutamente nada en particular.

-Es mejor ser desagradable y decir lo que se piensa en lugar de lanzar una tras otra mentira descarada –continuó, dando otro paso adelante y al parecer sin notar lo más mínimo los espinos que se enterraban en su piel-. Es mejor decir lo que es real antes de crear un mundo lleno de ilusiones y sueños que en algún momento se romperán.

Miedo tembló, escondiéndose tras de mí en un movimiento involuntario, tratando de ponerse a cubierto, lejos del alcance de esos ojos que nos taladraban a ambas sin piedad. Suspiré. Si había en aquel mundo retorcido alguien que me creara deseos de tomar su cabeza y estamparla contra espinas y cristales más que Odio, ese alguien era Amargura.

-¿Porqué no te callas? –inquirí dando un paso adelante, Amargura arqueó las cejas.

-Siempre me enseñaron a decir la verdad –prosiguió sin inmutarse-. Al igual que a ti me enseñaron a decir lo que pienso, cuando lo pienso, sin que me importe lo demás.

-Sabes que los sueños y las ilusiones no se rompen –contraataqué sin piedad-. Lo que es absoluto para ti puede no tener ningún valor para mí, así que no vengas con tu pesimismo como asesina que arroja un cadáver a la hoguera, porque no funcionará.

-Me ha enviado Odio –prosiguió, danzando a nuestro alrededor quedamente, como una bailarina de ballet que ha recobrado las ansias de danzar-. Me envió con un mensaje: “Vuelve por donde viniste, rata sucia e inmunda, vuelve a tu jaulita de cristal que es a donde perteneces. Aléjate de mis tierras, deja que todo se consuma, si no quieres que tus amiguitas nuevas sufran las consecuencias luego”. Fin del mensaje.

Suspiré, aferrando el cuerpo flotante de Miedo entre mis brazos, brindándole un poco de inestable seguridad. Ella temblaba contra mi cuerpo, temblaba más que antes, completamente acobardada por el aura que dejaba Amargura a nuestro alrededor. Ella, por su parte, continuaba danzando, dando tumbos y círculos una y otra vez, mirándonos con sus ojos vacios de soslayo, casi como quien no quiere la cosa.

-¿Qué te ha dado Odio para ponerte de su lado? –pregunté enfrentado su mirada. Amargura se estremeció- Dímelo, ¿qué te ofreció para convencerte de hacer lo que se le viene en gana?

-Jamás entenderías –sollozó ella, hundiéndose en su propia melancolía-. A ti siempre te devolvió a donde pertenecías, jamás te dejó a su lado, enclaustrada, atada a la pata de su cama, diciéndote que tus chillidos como miel le excitaban más…

Y entonces lo comprendí. Miré a Miedo, que ya no tenía su mirar lleno de terror, que lentamente había comenzado a separarse de mí, que había tomado en sus ojos grises de tormenta una determinación que yo era capaz de ver solo cuando sus ojos azules resplandecían en seguridad y amor natural, casi como una beldad. Amargura dio un paso atrás cuando Miedo dejó de flotar, para comenzar a caminar sobre las espinas, abriendo heridas en su inmaculada piel de porcelana envejecida.

-Amargura –le llamé, encontrándome con sus llorosos ojos blancos, con la piel enfermiza de sus mejillas bañadas en lágrimas-. No tienes que volver con ella, puedes irte con Miedo ahora, ella te protegerá mejor que cualquier otro ente, en sus brazos estarás segura –afirmé, dando otro paso hacia ella y extendiendo mis manos, como una invitación.

-Tal vez… -gimió temblorosa Miedo, tomando una de mis manos y otra de las manos de Amargura en un roce conciliador, sonriendo- Tal vez yo no soy como mi hermana, no soy tan fuerte ni tan bonita como ella, pero no dejaré que te lastimen otra vez –aseguró la pequeña, encontrando su mirar de tormenta con el lienzo blanco que eran los ojos de Amargura.

-No necesitas ser como Valor –terminó por sonreír Amargura, acercándose más a nosotras-. A veces Valor era una insensata. Dime, ¿cuántas veces vino a ti en busca de consejo?

Las tres soltamos una risita ligera antes de soltarnos las manos. Miedo se abrazó a la cintura estrecha de Amargura y me despidieron agitando las manos, con hermosas sonrisas brillando en sus labios amoratados y resquebrajados por la fatiga y el cansancio.

-Frustración está al otro lado, esperando por ustedes –les dije mientras se alejaban.

Amargura alzó una mano en señal de haberme escuchado y voltee, segura de que ellas ya estaban corriendo por el camino serpenteado, repleto de espinas que las lastimarían y las desanimarían en más de una ocasión. –Lo lograrán-, pensé mientras retomaba mi paso redoblado, ya sintiendo el castillo tan cerca que podía sentir el aroma de Odio recorriendo cada fibra de mi ser, tratando de intimidarme. No lo hizo.

domingo, 7 de agosto de 2011

Relatos Oscuros, Parte VI [Miedo]




-Mierda… -gemí agotada, con mi rostro enterrándose en el colchón de espinos que formaban el camino serpenteante.

Sentía las lágrimas agolparse en mis ojos, más apretando los puños sobre las espinas contuve el desaliento y las ganas de llorar, levantándome otra vez sin siquiera mirar lo desgarrada que estaba ya mi piel, culpa de las veces que había caído, luchando contra aquella colina encrespada. Aún podía escuchar la música que me perseguía, incansable, inagotable desde hacía un par de curvas y comenzaba a exasperarme no saber el lugar de procedencia de la macabra melodía. Inhalé profundamente, sintiendo el polvillo inmundo meterse en mi nariz y viajar hasta mis pulmones, bloqueando con su suciedad absurda mis vías respiratorias, hasta alojarse pesadamente en mis pulmones. Volví a correr.

-¿No le temes a morir desangrada? –inquirió una voz temblorosa.

Sabía que flotaba a mi lado, lo sabía, pero no quise mirar en su dirección. Fijé mi vista en las curvas de la subida, enterrando con fuerza mis pies en los espinos, buscando el mejor punto de apoyo para darle potencia a mis pasos. Apreté los puños a medida que avanzaba y me perdí en aquellos recuerdos distantes de la forma de Odio. Ella era mi objetivo, todo lo demás importaba relativamente poco.

Rebasé una de las rocas de descanso sin mirarla más de un segundo, con el detenimiento de un rayo y la resolución de una nube. Escuché su risa fúnebre en mi oído, su aliento frio chocando contra la piel de mi cuello, sus ojos taladrando mi perfil con su mirada penetrante. Sentí el estremecimiento recorrer mi cuerpo, ponerme la piel de gallina y gemí de dolor cuando, en mi desconcentración, mi pierna se enganchó con una traicionera rama hecha de espinos en forma de espiral, que se afianzó a mi carne como un gancho a la boca de un pez. Caí, poniendo los brazos frente a mi rostro, sintiendo más y más la carne abrirse. Gemí de dolor.

-¡Mierda! –grité, incorporándome un poco y mirando mi pierna.

La rama en forma de espiral, llena de espinas abrazaba mi pierna como una raíz en crecimiento, cortando más y más la piel y la carne, enterrándose más y más para, con sus surcos, hacerme sangrar. Ardía. En mi escrutinio vi aterrada como la piel de la pantorrilla comenzaba a desprenderse en tiras, cayendo al colchón de espinos que hacía de suelo, dejando al descubierto el músculo de mi pierna. Temblé.

-¿Estás asustada? –volvió a preguntar ella y esta vez no pude evitar su imagen.

Tenía la cabeza cubierta solo por una fina capa de pelusas oscuras, con el cabello cortado casi al ras. Sus ojos grises, brumosos como tormenta brillaban culpa de las lágrimas que pujaban por salir. Debajo de los ojos tenía una gruesa línea oscura de color púrpura, casi negro. Su piel sucia era de un color gris amarillento que parecía enferma. Miré sus manos, intimidada por su imagen y me encontré con que se había arrancado las uñas, pues solo se veía la piel arrugada donde antes debía estar el calcio endurecido en una fina capa.

-No –susurré alejando mi mirada de su cuerpo, volviéndola a mi pierna.

-Estás temblando –aseguró ella, flotando a escasa distancia de mí-. Tienes miedo igual que yo…

Alcé las manos a la altura de mi rostro, viendo los profundos cortes en las palmas, la sangre brillando sobre la piel sucia. Temblaban como si fuese gelatina en una superficie endeble que es azotada por un terremoto. Apreté las manos en puños un segundo antes de volver a mirar mi pierna, que sangraba profusamente.

-Silencio –ordené, concentrándome en lo que debía hacer.

Aferré con fuerza la rama que se unía a mi pierna en forma de espiral, comenzando a separar las espinas afiladas de la piel y la carne. Apreté los labios, mordiéndome el labio inferior para no gritar de dolor mientras los ganchos se separaban de mi extremidad, que sangraba más y más a cada segundo. Llegué desenrollando la rama espinosa hasta la parte de mi pierna que era solo músculo expuesto y tomé aire profundamente, reteniéndolo en mis pulmones, volviendo a aferrar mi labio inferior con los dientes. Sentí el sabor a óxido y sal en la boca, incluso fui capaz de olerlo mientras continuaba separando las espinas de mi pierna con dificultad. Cuando al fin pude liberar mi pierna la recogí contra mi cuerpo, aferrándome el músculo empapado de sangre entre mis manos adoloridas y llenas de espinas. Lloré.

-Creo que tendrás que cortarla –gimió ella, con su voz temblorosa e insegura llenándome por completo, haciéndome estremecer.

-Cállate –ordené, con mi voz igual de temblorosa que la de ella, aferrando mi extremidad entre mis manos ardientes.

-Necesitarás hielo y un serrucho –continuó ella, con lágrimas en los ojos nublados por la nada-. Va a doler mucho, aunque dolerá más si continuas caminando con ella en su estado.

-¡Cállate! –grité exasperada.

Si la cortaba tendría que llegar arrastrándome hasta el castillo, si no la cortaba llegaría con una pierna esquelética, o sea, arrastrándome de todas maneras. Me obligué a pensar en algo, dejando el murmullo ausente y despiadado de Miedo lo más lejos posible de mis ideas. Podía sentir la sangre cayendo entre mis manos, el músculo húmedo y latente entre mis dedos que trataban de retenerlo en su lugar. Abrí los ojos de pronto, soltando mi pierna rápidamente y desgarrando la sucia parte baja de la tela que cubría mi cuerpo. Era lo suficientemente gruesa para mantener las espinas lejos del músculo, aguantaría si lo hacía bien.

-¿No temes que el músculo se te salga? –preguntó Miedo con un escalofrío recorriendo su cuerpo flotante.

La ignoré, dándole vuelta tras vuelta a mi venda improvisada con una confianza que había comenzado a desaparecer apenas la había sentido a ella a mi espalda. Ignoré el sentimiento de vencedora que me embargó. En realidad ignoré cada sentimiento que quisiera tomar posesión de mí, ya que si quería hacer las cosas bien tendría que estar centrada, paciente y relajada, nada más que eso. Me levanté y di un paso cuidadoso con mi pierna izquierda, la vendada. No dolió tanto como pensé que dolería, por lo que retomé el paso como si nada hubiese pasado. Miedo no me seguía, lo supe pues no sentía el típico frio de su proximidad, por lo que voltee a mirarla. Lloraba, sin despegar sus grisáceos orbes de mi pierna herida.

-¿Vienes? –inquirí alzando mi mano en su dirección.

Ella dudó, flotando lentamente hacia mí, pero la tomó. Su piel era fría como hielo, pero suave como la seda. Entrelacé mis dedos con los suyos y volví a caminar con paso seguro, ahora viendo a mis pies como las ramas se retorcían por alguna extraña razón.

jueves, 28 de julio de 2011

Relatos Oscuros, Parte V [Valor]




-Yo la llevaré –me dijo ella con sus profundos ojos como el océano brillante culpa del sol, que me miraba desde lo alto.

Mi rodilla izquierda se hallaba apoyada en el manto de espinos que hacía de suelo y yo, sujetando a Frustración a mi espalda, miraba con mis ojos cansados hacia ella. Su largo, larguísimo cabello caía raudo en cascada tras su espalda, contrastando con su piel cetrina, con sus labios enrojecidos y sus facciones fuertes y afiladas. Tomó a Frustración como si no pesara un gramo y la sentó sobre sus hombros cubiertos solo por una suave tela de color marfil, que no se ensuciaba a pesar del aire inmundo que nos rodeaba. Tendió su mano en mi dirección y yo, aterrada por la nueva forma de mis uñas solo me levanté por mí misma, no sin algo de dificultad.

-Gracias –musité volviendo a andar. Ella me ofreció su mano para ayudarme a andar, pero la rechacé con un movimiento de cabeza-. ¿Y qué te trae por aquí, Valor?

-Hacer esto es mi trabajo, siempre lo ha sido –inquirió con su voz suave como la seda pero dura como el granito-. Tu lugar no es al otro lado del espejo, ni en este sendero, ni en la cajita de música –continuó, pasándome el brazo izquierdo por la cintura, evitando que cayera de bruces al suelo-. Ahora invierto la pregunta… ¿Qué haces tú aquí?

Me quedé callada. Ni siquiera yo sabía lo que estaba haciendo, hacia donde me dirigía, cuál era mi propósito al irme a enfrentar a Odio. Perdería ante ella y su poder implacable. Si Valor no podía con ella, ¿cómo iba yo a poder? Sacudí la cabeza y me alejé del agarre de Valor suavemente, observándola mejor. Su cuerpo era alargado y fuerte, con los músculos de sus extremidades descubiertas brillando, resaltando en una fina capa de sudor mezclado con la sangre de sus heridas sin sanar. Me pregunté si le dolían, si aquellos cortes incesantes, esas laceraciones y cardenales que tenía en lo extenso de toda su piel como el granito brillante le dolerían aunque su rostro se mantenía con una expresión tan inescrutable como la verdad de su sonrisa.

-Quise venir –dije al fin, sentándome en una nueva roca que estaba en el camino solo por ese propósito-. Dolor y Esperanza se marcharon, no tendrás que ir por ellas otra vez.

-¿Se marcharon juntas? –inquirió Valor, con un brillo se sorpresa destellando en sus orbes azules como el cielo claro de primavera.

-Esperanza tomó a Dolor entre sus brazos y se la llevó volando –señalé, apuntando con un dedo al cielo, trazando una ruta imaginaria desde un punto de suelo gris hasta otro punto sobre nuestras cabezas, en el cielo rojo ennegrecido-. Al fin comienzan a llevarse bien.

-Buen trabajo –me dijo ella, acariciando con sus manos suaves y tibias mi cansado rostro-. Frustración, ¿estás lista para marcharnos?

-Déjame en el suelo, Valor –suspiró la pequeña Frustración, con un brillo que no logré reconocer en sus infinitos ojos marrones.

Valor la dejó en el suelo sin chistar y vi, con pesar, como las heridas de sus pies ya casi curadas volvían a abrirse al contacto de las espinas. Ella dio dos pasos vacilantes hacia mí y se sentó en el suelo, dándome la cara con expresión inocente e inescrutable. Abrí la boca para decirle que volviera a los brazos seguros de Valor, más ella me silenció con una sonrisa y un dedo sobre mis labios, antes de comenzar a silbar una nana, una tonada completamente desconocida por mí.

Durante inagotables minutos, o quizás horas, ella se mantuvo así, con sus piernitas sobre los espinos, con sus manos sobre las mías, mirándome fijamente. Las sombras que se habían apartado de mi volvieron desde los rincones alejados de los muros de cristal que había dejado atrás. Me levanté de un salto, agotada bajo el peso de mi propio cuerpo para interponerme entre las sombras que aullaban sin piedad y Frustración, que había dejado de cantar y miraba con ojos aterrados como se acercaban a nosotras a velocidad vertiginosa. Fue entonces que Valor, con toda su extensión nos cubrió a ambas, mirando hacia las sombras.

-¡Quítate! –le grité alarmada, ella no me escuchó.

Valor se mantuvo firme frente a nosotras y vi, horrorizada, como las garras de las sombras cortaba aún más su suave piel de granito reluciente. Sangre salpicaba en todas direcciones y chillé como si el dolor que ella recibía fuera mío propio. Me miró una vez con sus profundos e intangibles ojos azules y sonrió quedamente antes de voltear y abrazar a las sombras, absorbiéndolas hacia su propio ser. Frustración lloró desconsolada cuando el cuerpo de Valor cayó sin vida, inerte, brillando sin más sombra que los charcos de sangre.

-Murió –gimió Frustración desolada, sin esperanzas.

Me tambalee hacia ella y la abracé con fuerza, dejándola llorar en mi hombro mientras el cuerpo ensangrentado de Valor se disolvía en polvo multicolor a nuestras espaldas. Aferré su cabeza contra mi pecho, con el desbocado latido de mi corazón delatando mi estado nervioso, aquel estado que estaba comenzando a dejar atrás. Agité la cabeza, mirando mis manos aferrarse a la espalda desnuda de Frustración y noté que mis garras ya no eran garras, sino manos blancas como siempre lo habían sido, blancas y lastimadas.

-No murió, querida –susurré en su oído con voz calma, suspirando-. El valor nunca muere.

Ella me miró una última vez con sus ojos apagados y sonrió, limpiando las lágrimas que corrían por sus mejillas. Se separó de mí y miró el cielo oscuro, rojo como la sangre y levantó un dedo en señal de desafío hacia el castillo que se alzaba oscuro e imponente en interminables senderos llenos de espinas.

-Suerte –me dijo antes de voltear la espalda por donde habíamos venido, echando a correr a toda pastilla.

-¡No pares nunca! –le grité antes de verla desaparecer entre la oscuridad.

La escuché gritar de júbilo aún en la lejanía, cantando. Vi aterrada que las sombras comenzaban a alinearse en la oscuridad para darle alcance, más supe, en el fondo de mi corazón, que no lograrían alcanzarla jamás. Ella era demasiado rápida para ellos, tenía más fuerza y fe en sí misma de lo que todos creían, solo no debía rendirse ya más.

Voltee a ver el sendero espinoso que me esperaba y solté un suspiro, con renovadas energías dentro de mi ser. Di un paso adelante y las heridas no dolieron tanto. Avancé otro y casi no sentí las múltiples punzadas de dolor que recorrió la planta de mi pie. Continué a buen paso por el sendero que serpenteaba ahora colina arriba, viendo como las rocas de descanso estaban cada vez más alejadas la una de la otra. –Menos tiempo para detenerse, más para avanzar-, pensé airada, así si iba a medio camino entre roca y roca no habría posibilidad de rendirme ante la lucha del andar, siempre había que seguir adelante, caminando o corriendo sin jamás detenerse. Comencé a correr a todo lo que dieron mi extremidades.

lunes, 25 de julio de 2011

Relatos Oscuros, Parte IV [Frustración]




Observé con los ojos apagados el panorama que se extendía a mis pies, todo el espinoso camino recorrido hasta allí, que me había dejado en aquel deplorable estado. Me ardían las plantas de los pies y el pecho me pesaba, como si hubieran intercambiado mi corazón muerto con una roca. Los susurros se habían detenido hacia cuestión de metros antes de alcanzar la cima y lo único que había conseguido al llegar allí era frustrarme.

Suspiré, dejándome caer en aquella cima rocosa que había alcanzado. No podía sentir los latidos frenéticos de Esperanza, tampoco las plegarias de Dolor, plegarias que me habían acompañado todo el camino hasta allí. Miré mis manos, las uñas negras en forma de garras, las venas cada vez más hinchadas en mis brazos, dándole un tono mortecino de color a mi piel. La sed me raspaba la garganta, que se contraía ante la saliva seca que se abría paso por el esófago que se quemaba y la nariz ardía ante el beligerante aroma del azufre que provenía desde todos y ningún lugar. Sonreí sarcástica y los colmillos, aquellos caninos, me alertaron de que algo en mi boca iba mal. Chillé despavorida, llevándome las garras a los labios para palpar los dientes que ya se sentían afilados. Sentí el sabor metálico de la sangre sobre la lengua.

Alejé mis manos de los labios. Temblaban y no precisamente de frio. Tenía que hacer algo rápido. Me levanté de la roca y continué caminando, esta vez colina abajo por el espinoso camino serpenteante que aún me quedaba a la espera, largo e interminable, fatal.

-¿Porqué no vuelves? –inquirió una voz malograda, distorsionada en el amplio espacio sofocante-. ¿Por qué no simplemente te rindes? Yo lo hice y estoy mejor así... Levantarse para volver a intentarlo es…

-Frustrante –concluí por la voz, sin dejar de andar.

-Si sabes que no puedes cambiar nada –continuó ella, como si no hubiese dicho nada-. ¿Para qué seguir intentando?

-No soy como tú –recriminé, malhumorada. Lo que menos necesitaba en ese preciso momento era que justamente ella apareciera.

-Eso se nota a la legua –dijo en tono burlón-. ¿Qué sacaste liberando a Dolor y a Esperanza? ¿Qué ganaste con ello? No te dieron nada, ni las gracias…

-No necesito eso –dije no muy convencida de mis palabras. Cierto era que me hubiera gustado por lo menos una palabra de aliento-. Como sea, lárgate, me…

-¿Frustras? –terminó ella con su voz despechada, más como pregunta que como afirmación-. Dilo, voltéate a decirme algo que no sepa. Por eso nadie se acerca, porque los agobio, porque se cansan de mi desesperanza.

Voltee rápidamente con la ira plasmada en mis facciones y vi entonces quién me perseguía desde hacía unos minutos, o quizás horas. Su cabello marrón era corto, cortado irregularmente con las propias pequeñas garras que salían desde sus manos, con sus ojos marrones apagados y sin brillo, sin sonrisa, sin nada. Vacía. Alcé una mano para tocarla y sentir que era real, pero la imagen de mi propia mano como garra que se cernía hacia su cuello me espantó y la alejé rápidamente, escondiéndola tras mi cuerpo y dando un titubeante, temeroso paso atrás. Ella me miró con sus desolados ojos marrones y una lágrima de frustración rodando por su mejilla pálida y polvorienta.

-¿Cuál es tu nombre? –inquirí sin dejar de mirarla.

-Puedes llamarme como gustes –me dijo en un suspiro frustrado-. Me cansé de tratar de hacer que me llamen por mi nombre. Ya olvidé cómo me llamo.

-¿Y cómo te dicen? –rectifiqué mi pregunta, tratando de no desesperarme.

-Desilusión, desengaño, desesperanza, decepción… -enumeró ella con sus pequeñas garras y con una mirada ausente sobre ellas- Pero me llaman más Frustración que otra cosa.

Frustración.

Se veía tan… Frustrada. Tal vez por eso mismo, porque la habían privado tanto tiempo de sus objetivos que hasta había olvidado el nombre que le dieron para izar como bandera en sus luchas por salir a destacar en el mundo que la rodeaba. Ya no sentí pena de ella, más bien curiosidad, una curiosidad inmensa e infinita. La comprendía, claro, pero siempre de un modo diferente, al igual que a las otras.

-Tal vez si dejas de rendirte recuerdes tu nombre –susurré meditabunda, volteando para comenzar a caminar.

Frustración no se movió ni un centímetro de su lugar, lo sabía pies las espinas se quebraban a mi paso, delatando que íbamos por el sendero mortal. Voltee la cabeza para mirarla y ella, con sus apagados ojos marrones negó, sin sonrisa, sin esperanza, sin fe. Sin nada tal y como yo había estado una vez. Volví en mis pasos y me agaché frente a ella, mostrándole mi espalda y sonriendo de medio lado, fuerte, segura, pero con una pisca de petulancia en el brillo de mis ojos, eso seguro.

-Las espinas se enterrarán más a tus pies si me cargas –dijo Frustración, quedándose a resguardo del sendero sin espinas, rodeaba de sangre seca-. ¿Por qué no te quedas de este lado, muy quieta?

-Porque me cansé de rendirme –le dije, mirando hacia el suelo cubierto de espinas-. Nadie nos dice que el camino va a ser fácil, nadie nos asegura que dolerá menos que la recompensa del final pero… Pero llega un momento en que, de la misma manera en que te cansaste de luchar, te cansas de tu propia infundada y autoalimentada frustración.

Supe que me miraba con sus apagados y confundidos ojos marrones, dubitativa sobre la decisión que tomar. Estaba tan cómoda y segura entre las espinas, en ese caminito que se había creado de tantas veces que había pasado por el, conocido y reconfortante, más con un suspiro resignado, aún sopesando la verdad ilógica de mis palabras, ella trepó con cuidado en mi espalda, pasando sus ligeros brazos de porcelana fría y resquebrajada, seca y polvorienta, por mi cuello. Sus piernas se enroscaron en mi cintura en una presa fuerte, aferrándose a mi cuerpo como si fuese un bote salvavidas. Pasé mis manos hacia mi espalda para sujetarla por las piernas mientras comenzaba a andar lentamente, sin prisas. Frustración apoyó su cabeza sobre mi hombro, con sus labios secos y fríos posados contra mi cuello, con su aliento amargo chocando contra mi piel tibia.

-¿Estás segura de esto? –inquirió ella, temblando de pies a cabeza.

-Más que nunca –dije, muy pagada de mi misma, sonriendo y comenzando a tararear una nana.

jueves, 21 de julio de 2011

Relatos Oscuros, Parte III [Esperanza]




Y allí estaba yo, observando aquellas dos figuras que se batirían a duelo para conformarse en su propio consuelo y regocijarse en su propia victoria. Dolor se abría paso por el cristal oscuro, aferrando con sus garras los bordes del cristal que rompía, que saltaba en grandes trozos en todas direcciones, lastimando a las sombras que acechaban desde mi propia sombra. Sus manos se enterraban en los cristales, arañándose el cuerpo mientras salía de su lugar seguro, del lugar donde podía lastimarme solo con palabras, pues el dolor físico ya era parte de mí. Solo yo podía lastimar mi cuerpo, y lo sabía.

Esperanza la esperaba, con sus hermosos y largos brazos colgando a los costados, mirando a Dolor lastimarse como una niña pequeña que no entiende la situación, con una sonrisa tensa en sus labios perfectos, una sonrisa que no alcanzaba a llegar a sus ojos verdes. A cada movimiento de Dolor, Esperanza vacilaba entre continuar plantada en su lugar, inmóvil, o ir a ayudar a su contraparte, que se lastimaba en su salida profiriendo alaridos de frustración.

-Vuelve adentro, Dolor –imploré en un susurro, dando un paso hacia ella.

Hizo caso omiso de mis palabras y suspiré cuando su cuerpo ensangrentado estuvo fuera de una vez. Si bien Esperanza parecía una niña pequeña de expresión inocente aún en su elegante cuerpo desarrollado, Dolor era una verdadera niña. Era más baja que yo misma, encorvada sobre sí misma, con sus cuencas carmesís brillando en amenaza, con las garras sujetándose con fuerza a los brazos, enterrándose en la carne, salpicando gotas de sangre a cada paso que daba, a cada movimiento de su tembloroso y pequeño cuerpo, con su rostro sombrío distante de haber conocido otra cosa que no fuera esa oscuridad. Sentí lástima de ella.

-No vayas con ella –gimió en una súplica casi inaudible. Di un paso firme hacia ella y escuché a Esperanza gritar mi nombre-. Siempre te deja, siempre que vuelve para llevarte con ella llegas llena de heridas, de dolor externo. Yo soy puerto seguro… Querida asesina…

-Ella se lastima por lo que le metes en su inocente cabecita –suspiró Esperanza, tomando mi mano para llevarme con ella. Me pregunté en qué momento se había acercado tanto a mí.

-¡Tú la dejas lastimarse! –chilló Dolor, amenazante, mostrándole todos sus amarillentos dientes de tiburón a su contraparte- ¡Tú tienes la culpa de que ella termine más mal que bien! ¡Alimentas lo que no existe!

-¡Basta las dos! –ordené con la voz más segura de lo que esperé, sujetando las manos de ambas. La mano de Esperanza era suave y cálida, curaba con su tacto mis heridas sangrantes mientras la mano de Dolor sujetaba helada y pétrea la mía, enterrándome sus garras, haciendo sangre. Ambas me miraron, expectantes- Dolor tiene razón, Esperanza, siempre que me marcho contigo la caída es más dura.

-¡Te lo dije! –gritó victoriosa Dolor, sonriendo sádicamente.

-Pero Esperanza también tiene razón, Dolor –continué sin mirarlas-. Tú metes cosas, ideas en mi cabeza, haciéndome creer que todo siempre irá mal –guardé silencio durante una fracción de segundo, soltando las manos de ambas-. Mátense si quieren, yo me marcho.

-¿A dónde irás? –consultó Esperanza, abrazando por sobre el hombro a Dolor, que se removió entre sus cálidos brazos que cerraban las heridas de su cuerpo al contacto de sus pieles.

-No lo sé –suspiré, acercándome al gran agujero que había creado Dolor en su salida del cristal, acariciando el vidrio cortado con cuidado de no lastimarme-. Iré por este camino y luego ya veré.

-Ven conmigo a la cajita de música –imploró Esperanza, con su voz musical, sin soltar el agarre que tenía sobre su contraparte-. No permitiré que hagas más cosas tontas, lo prometo, solo… Solo no vayas allá.

-Ambas le temen tanto a lo desconocido –suspiré con una sonrisa melancólica-. Al igual que yo.

-¿Es eso que veo en tus ojos una luz de esperanza? –agregó casi feliz, pero dubitativa, Esperanza.

-No –negué, también meneando la cabeza-. La semilla de la esperanza la plantas tú, cuando te miro a los ojos y sanas mis heridas. Dolor hace lo propio con su semilla oscura.

Miré a Dolor, que había recuperado gracias al toque de Esperanza parte de lo que alguna vez había sido. Sus cabellos oscuros, solo unos tonos más oscuros que los de su contraparte brillaban de limpios, las heridas cerradas siquiera habían dejado cicatrices, sus garras habían desaparecido al igual que sus dientes de tiburón. Lo único que permanecía igual era su mirar, con sus ojos carmesís brillando como una gema preciosa.

-No vayas –suplicó Dolor, aferrándose a la túnica brillante de Esperanza-. Allí es feo, lastiman, sangras, te hacen mal.

-Te lastimaron mucho, querida –susurré conciliadora, acariciando sus largos cabellos que caían sobre su cuerpo sin desarrollar-. No vuelvas allí, pase lo que pase no vuelvas allí y no me sigan –decreté con firmeza-. Esperanza, tampoco vuelvas a la cajita de música.

-¿Porqué? –preguntó confusa, con una nota de alarma en su voz de miel.

-Porque sembrarse uno mismo esperanzas es destructivo –afirmé solemne-. Tomen la mano
de la otra y protéjanse, pero no vuelvan a los lugares de donde salieron.

Di media vuelta y por el cristal oscuro vi a Dolor cerrar la cajita de música suavemente, antes de entregármela con cuidado. Acaricié sus manos suavemente y besé su frente antes de hacerla volver con Esperanza, que la aferró entre sus brazos con fuerza. Suspiré antes de entrar por el agujero que Dolor había creado en el cristal antes de voltear a verlas, viendo como el agujero filoso se cerraba, creando sonidos ensordecedores. Cuando estuvo cerrado sonreí, lanzando con fuerza la cajita al suelo, haciéndola mil pedazos. Vi a Esperanza alzar el vuelo con sus brillantes alas de color verde limón, sujetando a Dolor entre sus brazos como quien carga a un bebé. Las vi desaparecer en la infinidad de la cárcel de cristal.

Voltee, observando con suspicacia el camino oscuro que se manifestaba como epifanía ante mí, esperándome quizás por cuánto tiempo. Me había desligado del dolor y la esperanza, ahora me quedaba un más largo camino por recorrer y medité cuál sería mi próximo objetivo.

-Ven a mí, si te crees tan valiente –siseó una voz gutural, muy pagada de sí misma.

-Caerás, y lo sabes… -susurré comenzando a caminar, enterrándome en la planta de los pies las espinas que se extendían por el camino- No cantes victoria antes de que te encuentre, Odio.

Relatos Oscuros, Parte II [Punto Muerto]




-Esta paz no es eterna –me dije sujetando la pequeña cajita musical que reposaba sobre mi regazo, abierta, con su hermosa melodía rompiendo el silencio de aquella cárcel de cristal oscuro-. En algún momento terminará, ¿no es así, sombra mía?

-Por vez primera no me gritas, querida asesina –me contestó con sus dientes de tiburón sonriéndome, al tiempo que volvía mi cabeza al muro de cristal oscuro de mi izquierda para mirarla-. Y tal vez, te digo. Tal vez no dure para siempre como deseas, pero ten en cuenta el lado positivo, no estás sola, siempre estaré aquí para cuidarte del dolor externo.

-Aunque eso me desgarre por dentro –gemí acariciando a la bailarina de porcelana que sujetaban mis helados dedos. Por un segundo me perdí en esas cuencas carmesís que tenía mi reflejo por ojos y esta vez no me infundieron tanto temor-. Creo que comienzo a acostumbrarme a tu presencia.

-Eso no está bien –gruñó mi reflejo, sentado a lo indio junto a mí, al otro lado del cristal-. Mi deber es infundirte miedo, traer de vuelta a esta prisión aquella desesperación que quieres dejar atrás, para eso estoy aquí y lo sabes.

-Tienes razón –suspiré-. ¿Pero, sabes? Cuando el dolor viene de adentro llegas a un punto muerto en el que ya no te duele tanto. Aprendes a vivir con el de manera tal que solo tienes una escapatoria para volver a sufrir…

-¿Cuál escapatoria? –inquirió enseñándome sádicamente sus dientes de tiburón.

-Salir, dejar que alguien o algo me lastime fuera y luego simplemente volver a entrar –mascullé. La idea no me apetecía, pero así solamente podría vivir de nuevo.

-Buena lógica… -aceptó con su voz gutural como gruñido ensordecedor- Dime más sobre tu dolor –pidió saber casi con acritud-. A veces no entiendo a qué te refieres con tu sentido del dolor. ¿A qué te refieres con “punto muerto”?

-Significa que no siento nada –dije en un susurró suave, sin dejar de mirar la bailarina, escuchando la melodía sin interés, ya que lentamente estaba comenzando a volverse monótona-. ¿Recuerdas cuando entré aquí por primera vez? –pregunté mirando de soslayo al reflejo, asintió con una sonrisa que exhibía todos sus afilados dientes de tiburón.

-Cómo olvidarlo –asintió mi reflejo, casi extasiada con el recuerdo de aquellos días-. Tus gritos eran música, tan altos que salían desgarrando tu garganta.

-Eso era porque el daño apenas estaba hecho –expliqué arrojando lejos a la bailarina de porcelana, que se rompió en millones de fragmentos pequeños cuando chocó contra el cristal oscuro-. La herida de mi pecho estaba tan abierta que hasta en mis mejores momentos de lucidez me sentía… Muerta.

Guardé silencio, viendo como los fragmentos de porcelana brillaban en la oscura luminosidad que nos daban los espejos. Las sombras bailaban a mí alrededor, acechantes, alertas, esperando a que mi dolor naciera, aflorando desde mi pecho como huracán que todo lo destroza. Mi reflejo observaba también a la bailarina, de seguro preguntándose a qué se debía mi arranque de rabia. Jamás lo sabría, jamás se lo diría, nunca comprenderían nada que no estuviera más allá del dolor, pues esta pequeña prisión mía solo servía para eso, para evocar los recuerdos dolorosos que me hacían saber que estaba viva, que aún podía sentir algo, lo que fuera.

Dejé la cajita musical a un lado, abierta, con su música resonando en aquella estancia tan familiar, tan conocida, tan siniestramente acogedora. De pronto las sombras chillaron, sus voces resonando como el desgarro del metal que se hace jirones en una colisión, como esos gritos que solo los seres de abismo pueden sacar desde sus gargantas destrozadas de tanto gemir. Voltee a ver a mi reflejo, que corría de un lado a otro por el cristal oscuro, gritando, enterrando sus manos en forma de garras en su cabeza, haciendo puntos de sangre que se clavaban en su cráneo, con sus dientes de tiburón y sus chillidos de sirena maldita resonando en el espacio, con su cuerpo huesudo, feo, grisáceo como enfermo estremeciéndose, bailando con frenesí de miedo. Miré hacia arriba. Los espejos eran oscuros e interminables, mi vista no alcanzaba a divisar el final de aquella caída a la que siempre me sometía, aquella caída que rompía cada hueso de mi cuerpo, aquella caída que me veían practicar casi como las fases de la luna, hasta desaparecer en el vacío que yo misma había creado. Por fin había encontrado el punto muerto de mi prisión, aquel punto en el que no sentía nada pero lo sentía todo al mismo tiempo, aquel punto donde los millones de sueños no soñados se hacían bello polvo estelar oscuro, como magia infinita, como alucinación beligerante.

-Toma mi mano –ordenó una voz plateada, mientras un aroma que no era ni cítrico ni dulce, ni amargo ni almizcleño llenaba el ambiente.

-¡No! –chilló mi reflejo, golpeando con sus garras el cristal oscuro que la apresaba- ¡Es mía! ¡No te la llevarás!

-Tenemos un acuerdo, Dolor –la nombró, yo temblé ante el nombre de ella.

-¡Yo no firmé nada! –volvió a gritar Dolor, sin dejar de exhibir sus dientes de tiburón. El cristal oscuro que golpeaba parecía comenzar a ceder, pues esquirlas de espejo saltaban en todas direcciones.

-Cállense los dos –ordené mirando la cajita musical-. Dolor, deja de golpearte, te estás lastimando demasiado y eso debe doler.

-¡No me duele! –chilló y yo sonreí, pues al parecer y sin querer, los papeles se habían invertido en un segundo.

-Hazle caso, Dolor –secundó mi orden esa voz suave, aterciopelada, como la voz de un coro de ángeles cantando una nana.

Había encontrado mi punto muerto, aquel punto en el que el dolor y la esperanza, con apariencias cambiadas, podían estar juntas en la misma habitación. Mire a Esperanza, que salía lentamente de la cajita de música que yo había dejado en el suelo. Era un ente hermoso, casi como un verdadero ángel caído del cielo. Sus cabellos largos, de limpio color marrón brillaban aún en esa pulcra oscuridad. Sus ojos brillaban en infinitas tonalidades de verdes. Su sonrisa era amplia, limpia, casi como su risa en forma de cascada dulce y pura. Sus manos eran de largos dedos suaves a la vista, tan suaves, tan hermosos, y se estiraban en mi dirección, invitándome a dejar mi puerto seguro.

-A mi lado estarás segura –afirmó Esperanza, casi con amor en su voz.

-No te creo –refuté segura de mis palabras, no iba a salir de la seguridad recientemente encontrada-. Cuando la esperanza se marcha el dolor es más grande y lo sabes…

Relatos Oscuros, Parte I [Dolor]




Otro rincón sin salida…

Continúo caminando, chochando contra esas paredes translúcidas con la mandíbula apretada y notando que tal vez ya es demasiado tarde para salir de esta jaula de cristal que he construido yo misma, cual muralla china durante años para mantenerme alejada lo más posible del mundo.

Agotada me acomodo en una esquina, agazapada hecha un ovillo, abrazando mis piernas con los brazos entumecidos, hundiendo mi rostro entre las extremidades cual si eso fuese alivio de la aplastante soledad. Solo llevando mi traje de tela roída, cual si fuese una esclava, el frio me cala hondo en los huesos y en el alma. Soy esclava, claro, prisionera de mi misma y de mis miedos desde hace mucho tiempo, más no logro recordar desde hace cuanto con exactitud. Tanto tiempo ha transcurrido, tantas emociones contenidas que el tiempo, las horas son desdibujadas de mi mente por las imágenes de soledad oscura que rodea aquellos recuerdos lejanos.

-Eres una asesina, lo sabes… -susurra la oscuridad, la penumbra, las sombras que me asedian tormentosas alargándose desde mi propia sombra- Sola, desanimada, destruida por dentro y por fuera… A nadie le importas y a nadie le importarás jamás. Eres mala, la muerte te acecha en cada rincón porque lo mereces… Eres una asesina cruel.

-¡No! –sollozo aún con la cabeza hundida entre mis extremidades, temblando de frio, de terror.

Intento convencerme de que esas palabras son viles mentiras, manchas negras ensuciando un precioso y pulcro lienzo en blanco. Me repito que no soy yo misma la que las ha pensado y tiemblo. Tiemblo espasmódicamente cuando las sombras rozan mi piel con su frio tacto gélido parecido a la caricia de la dama Muerte.

-Levántate y mírate –ordenaron las sombras y yo, sin dudarlo me levanté, mirando el reflejo que el cristal oscuro me devolvía. Yo misma estaba allí, frente a mí, con una mirada sádica y una sonrisa torcida que no parecía de este mundo-. ¿Tienes frio?

-No –negué rápidamente, notando que mi aliento salía de mi boca en forma de una nube de vapor frio.

-Mientes. Estás sola y tienes frio, ese frio de la muerte que siempre te ha acechado, ilusa –mi reflejo en el espejo movía los labios mientras yo me mantenía en silencio. Me asusté.

-No estoy sola, no estoy muerta –volví a negar sin entusiasmo, sin fuerzas, sin voluntad-. Sé que pronto la soledad se irá, solo… Solo déjame en paz…

Esperé con paciencia a que mi reflejo me devolviera una respuesta, notando que de pie el frio era más intenso. Vi mi silueta como reflejo moverse por los cristales oscuros y la seguí apenas con la mirada, temerosa de perder la estabilidad al moverme un solo milímetro. Sentía el alma pesada, pesada de vacío, pesada por no tener nada que cargar.

-Nadie vendrá a sacarte de aquí –se mofó mi reflejo con una sonrisa sádica en sus filosos dientes se tiburón, amarillentos-. Nadie vendrá a protegerte de la soledad, de la oscuridad. Estarás aquí por siempre porque tú misma te encerraste aquí.

-Mentira… -mascullé apenas con un hilo de voz.

Comenzaba a desesperarme. A cada palabra de mi reflejo sentía el nudo de mi garganta acrecentarse y lo poco que me restaba de voluntad irse a los suelos. Mi reflejo se mofó de mi con carcajadas estruendosas, atronadoras como esos truenos que me hacían esconderme debajo de la cama. Solté un sollozo cuando quise voltearme a encarar al reflejo, más perdí la estabilidad cayendo al suelo, apenas alcanzando a apoyarme en el muro de cristal oscuro para no hacerme más daño. Notó como una vieja herida en mi mano se abría, dejando un borrón carmesí en el cristal, haciendo de mi dolor el goce de mi reflejo, aumentando sus carcajadas.

-¡Niña tonta, ilusa, débil y cobarde! –chilló mi reflejo, ahora mirándome con sus ojos carmesís sin dejar de caminar por el espacio al otro lado del cristal- ¡Chilla! ¡Grita! ¡Pide la piedad que siempre te será negada, vil perra!

-¡Cállate! –supliqué en un gemido alto, sofocado, mientras mis manos golpeaban el cristal para aplacar el sonido de su risa maldita.

Mi silencio continuó siendo roto por los incesantes sonidos de mis puños golpeando el cristal oscuro. Golpee con todas mis fuerzas mientras gritaba de manera triste, desgarradora, pidiendo un poco de ayuda, de piedad y compasión. Al final, luego de unos minutos que me parecieron eternos me detuve, mitad culpa del cansancio mitad culpa del desanimo. Comenzaba a faltarme el aliento, las manos me escocían de dolor culpa de los pequeños cristales que se habían incrustado en mis puños cuando golpeaba. Alcé la mirada esperanzada, con renovadas fuerzas al ver el cristal trisado, más mi desesperanza fue mayor cuando vi que el muro oscuro y reflectante se recomponía como en mis peores pesadillas. Algo húmedo recorrió mis mejillas y noté, con apremio, que eran lágrimas.

-¿Cuándo fue la última vez que lloraste? –me susurró mi reflejo ya cerca de mi otra vez, tratando de parecer amable y compasivo.

Confuso. No lograba recordar cuándo había llorado por última vez, solo sabía que había sido hace mucho, muchísimo tiempo. Recordé sin embargo que había llorado muchas veces, cuando escuchaba en susurros a mi conciencia repetir aquellas palabras que quería negar, palabras ciertas que salían de labios ajenos y que se quedaban en mi interior, enterrándose en mi corazón. Recordé tanto que el miedo se hizo presente más allá de la desolación. Y lloré…

Me incliné hacia el suelo, apoyando mis antebrazos allí, escondiendo mi cabeza hacia mi pecho mientras las lágrimas caían ahora hacia el suelo de cristal oscuro también. Aún con las manos empuñadas, enterrando más los cristales en la carne debido a la presión. Ni siquiera sentí ese dolor. Volví a gritar, a pedir piedad mientras las carcajadas se extendían otra vez a mí alrededor, las sombras como garras, como zarpas acercándose a mi cuerpo, lastimando, arañando, desgarrando piel y carne, haciendo sangre.

-¡No estoy llorando! –grité enfurecida, alzando los brazos de su apoyo y dejándome caer al suelo con fuerza, golpeando sin dejar la posición, abriendo más las viejas heridas.

Dolor, dolor, dolor. Todo en mi ser era eso, solo dolor. Grité todo y nada, desgarrando las cuerdas vocales alojadas en mi garganta como si con eso todo ese sentimiento amargo como hiel se fuese a marchar de mis entrañas. Las carcajadas cesaron abruptamente cuando una lágrima roja salió de mis ojos, en forma de sangre desde mi alma. Me detuve bruscamente al no escuchar las risas, las incitaciones a continuar mi masacre personal y, en el reflejo de cristal oscuro noté una luz ambarina, cálida, encendida justo a mis espaldas. Iluminaba con su calidez una mesita redonda y baja que portaba sobre si una pequeña cajita de música que me trajo paz durante un segundo. Me levanté del suelo, arrastrándose hacia mi nueva salvación…