Quienes me inspiran a seguir

lunes, 24 de diciembre de 2012

Porque Eres Tú



No esperó una respuesta, simplemente gritó antes de cerrar la puerta del departamento con fuerza solo para encontrarse con esos ojos avellana que lograban poner su mundo de cabeza. Sonrió, una sonrisa demasiado real y sincera, impulsiva. Sintió los brazos de él rodeando su cintura, levantándola del suelo a pesar de ser ella casi igual de alta que él. Los labios de él se pegaron a los suyos con tanta suavidad que sintió se derretía por culpa de esa caricia.

— ¿Lista para nuestra cita? —consultó Ángel, abrazando a Cassandra contra su cuerpo.

—Yo nací lista —rió ella, remeciendo todos los sentidos de él.

Ángel estaba cada vez más seguro de que esa era una nueva oportunidad de la vida para volver a estar con su Edén. Y aunque su cuerpo había abandonado aquel mundo hacia no mucho tiempo, estaba completamente seguro que el alma de su amada había emigrado para salvarse, refugiándose en el cuerpo de esa chica que estaba ahora entre sus brazo.

Tomó la mano de la muchacha y tiró de ella hacia el ascensor, escuchándola reír a cada paso que daba mientras le comentaba sin parar cosas que él no alcanzaba a entender. Se había acostumbrado a esa nueva parte de ella, ese factor hablador y sincero, pero al mismo tiempo enfurruñado y vergonzoso. Le gustaba eso de ella, le gustaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

— ¿Me repites los nombres de quienes te molestan? —inquirió Ángel mientras salían del edificio, mirándola fijamente mientras hablaba de sus compañeros de universidad.

Cassandra lo miró como si le hubiera salido un tercer brazo pero en medio de la frente.

—Nadie me molesta, Ángel —dijo ella, curiosa—. Si alguien se atreviese, seguramente moriría en las garras de Ange. Aunque ella es buena cuando la conoces, no te asustes —agregó riendo, sin percatarse en la expresión de Ángel.

A veces se le olvidaba que no era ella al cien por ciento. Eran iguales en muchos sentidos, menos en ese. Cassandra era una muchacha amada por todos, que repartía su cariño a partes iguales entre quienes le rodeaban. Le era extraño. De pronto se sentía celoso, poco valorado, molesto porque la atención de ella no le perteneciera por completo. Pero se obligó a recordarse que esa “nueva Edén” venía así y que tendría que acostumbrarse a eso si quería mantenerse a su lado. No le gustaba que ella no dependiera tanto de él como antes.

—Llegamos —sonrió triunfal Ángel, saliendo de sus pensamientos y sonriendo casi como el Jocker.

— ¡Qué lindo! —exclamó Cassandra, con los ojos brillantes y una sonrisa deslumbrante en el rostro.

—Sabía que te gustaría —Ángel la abrazó por sobre el hombro, orgulloso—. He querido traerte desde hace mucho.

—Claro, mucho tiempo —la muchacha le dio un codazo juguetón, guiñándole un ojo—. ¿Desde hace dos semanas, quizás?

—Puede ser —él se encogió de hombros, perdiéndose en la vista de las flores multicolores que se extendían ante ellos.

—Pero bueno, no te equivocaste —ella se inclinó hacia él y besó su mejilla, sonriente—. ¿Cómo sabías que me encantan los girasoles?

—Lo sé porque eres tú —Ángel la miró un segundo, perdiéndose en esos expresivos ojos color chocolate de los que se había enamorado—. Porque tus ojos son como las páginas de un libro, esperando ser leídos solo por mí. Esperando a que descubra todos tus secretos, mi Edén…

Cassandra abrió los ojos como platos y sintió que se le desencajaba la mandíbula. Ángel la miraba como si no la hubiera visto en muchísimo tiempo, la observaba con una clara devoción y tanto amor que se sintió perdida. De pronto todo su cuerpo temblaba, sentía la garganta obstruida por una roca y apenas podía mantener las lágrimas fuera de sus ojos.

— ¿Cómo… me llamaste? —inquirió Cassandra, alejándose de él un paso y obligándolo a salir de su ensoñación.

—Cassandra —dijo él rápidamente, sin pensarlo, casi de manera mecánica—. Ese es tu nombre —sonrió, acercándose lentamente a ella y tratando de tranquilizarla con un abrazo—. ¿Por qué? ¿Qué escuchaste, preciosa?

—Yo… —ella tartamudeó, sin saber qué pensar. Tal vez había escuchado mal, tal vez se estaba imaginando cosas. Como fuese, las manos de Ángel acariciando su espalda con cuidado y delicadeza lograron calmarla, hacerla sonreír— Nada, perdona. Esta semana la universidad me tuvo de cabeza y estoy actuando como una desquiciada.

—Una desquiciada adorable —rió Ángel, abrazándola con más fuerza para que no viera su expresión culpable.

En ese momento se sentía como un verdadero hijo de puta por hacerle eso.

martes, 18 de diciembre de 2012

Duda


No sabía qué pensar. Había pasado dos semanas horribles preguntándose la misma cosa, sin poder hacer nada bien. Apenas comía, dormía escasos minutos al día, tomaba más café del habitual y fumaba hasta quedar con la voz rasposa y ardor en la garganta, aunque eso era normal en ella. Y por mucho que pensaba, no encontraba la respuesta a la pregunta si sería correcto o siquiera sano el tratar de intentarlo de nuevo.

Algo dentro de él la hacía sentir mal, la hacía dudar pero, al mismo tiempo y de manera absurda la hacía sentir fuerte. Porque lo peor ya había pasado y ella había aprendido a la mala. De la peor manera había entendido que las relaciones significaban sacrificios que no valían la pena y asesinaban parte importante de su dignidad en el proceso. Y Rebecca no estaba segura de querer pasar por eso nuevamente, aunque su corazón le gritara que le quería. Porque ella estaba segura que le amaba, siempre lo había tenido presente incluso mientras trataba de olvidarlo. Aunque eso no significaba que no dudara.

Su mente se ocupaba de gritarle a cada segundo del día los pros y los contras de volver a tener una relación con Leo. Y desgraciadamente para el corazón de ambos, eran más contras que pros.

Leo era un sujeto cariñoso y atento, sabía que podía confiar en él y contarle hasta el más mínimo de sus secretos con lujo de detalles. Pero por eso mismo dudaba. Estaba aterrada de volver a pasar por lo mismo. Tenía miedo de volver a demostrarle ese cariño como una vez lo había hecho para que él, con su voluble manera de ser simplemente le dijera un buen día que estaba confundido. No, Rebecca sabía que no podría soportar ese golpe. Apenas había podido superarlo la vez anterior, no estaba segura de sobrevivir a una segunda vez.

Lo cierto era que quería creer en él. Además, Leo se estaba esforzando. Cada día Cassandra le preguntaba cosas, preguntas que ella no sabía cómo responder. Porque Leo era de todo menos una persona sutil, solo le había faltado comenzar a gritar con un megáfono que le diera otra oportunidad.

Desde la noche que habían hablado que todos los días le enviaba cinco mensajes de texto como mínimo, le escribía cartas que deslizaba por debajo de su puerta y un repartidor iba cada dos días a dejarle un presente. Rebecca estaba embelesada y asustada a partes iguales, pero no podía de todas maneras despegar sus oscuros ojos marrones del regalo del día. Un jarrón que competía con los de la realeza y no necesariamente porque se viera costoso, sino más bien porque era del tamaño de una casa. Un jarrón de cristal tallado que contenía una veintena de rosas blancas. Maldición, Leo sabía cómo ganarse su corazón de nuevo. Estaba irremediablemente perdida.

Miró el reloj de pared. Apenas eran las cinco y media de la tarde. Seguramente Cassandra estaba con ellos en el lugar de siempre así que, con poca confianza y decisión pero dispuesta a aclarar todo de una buena vez tomó su cazadora de la percha, guardó cigarrillos, llaves y el móvil en el bolsillo y salió del departamento sin mirar atrás.

El recorrido hacia el parque se le hizo eterno, a cada paso que daba su nula decisión parecía esfumarse a pasos agigantados, pero aún así continuó caminando con un cigarrillo en los labios y obligándose a no ser tan cobarde e indecisa.

Cuando llegó al parque, los vio. Todos estaban iguales a como los recordaba de la última vez. Scarlett estaba sentada junto a su hermana, hablando en voz baja entre risas y miradas de esas que las adolescentes se dan. Frente a ellas, recostado sobre el césped y mirando el cielo nublado se encontraba Aramis, con esa eterna expresión indescifrable en el rostro. También vio a Joshua y a otros más a los que no reconoció. Se encogió de hombros y siguió buscando con la mirada, pero no estaba.

Leo no estaba allí.

—Estúpida —musitó en voz baja, dándole la última calada al cigarrillo antes de voltear.

Apenas alcanzó a dar medio giro cuando su cuerpo chocó contra el de alguien. Un torso amplio y unos brazos fuertes que la rodearon en un abrazo antes de poder darse cuenta. Y Rebecca por pura sorpresa se sacudió del abrazo, cayendo de bruces al suelo solo para soltar la maldición más grande de su vida.

— ¿Estás bien? —Leo se arrodilló en el suelo frente a ella, con esa sonrisa que le asesinaba la cordura.

—Sí, obvio —Rebecca se levantó de un salto, notando la mirada sorprendida de su hermana en la distancia—. Solo vine a… Cass y eso… A ver si… Mierda —gruñó al no poder controlar sus tartamudeos.

— ¿Alguien te dijo que eres una horrible mentirosa? —rió él, despejándole el cabello del rostro.

—No, Cassandra tiende a pasarlo por alto —se encogió de hombros, sonrojada hasta la raíz del cabello—. Bueno, tampoco no permití a nadie hacerlo desde que… Nosotros. Ya sabes —sin poder evitarlo, Rebecca se metió las manos en los bolsillos y comenzó a balancearse en su lugar—. Aunque no me molestaría que volvieras a hacerlo… Solo tú y a tiempo completo.

Leo sonrió tan ampliamente que pensó que esa sonrisa era la más grande del mundo por lejos. Él la abrazo con fuerza y besó sus labios casi con desesperación y Rebecca, aunque sabía que eso era lo que quería, no podía despejar las dudas que se apilaban en su mente.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Verde



Y allí estaban de nuevo los tres, gritándose y discutiendo como siempre. A veces se empujaban, tratando de obtener más espacio del que realmente necesitaban, aunque en realidad el espacio donde reposaban era de por sí bastante amplio para todos. Era lo suficientemente grande para que ese mudo espectador se mantuviera apartado del tumulto, simplemente observando.

—Hoy me usará a mí —dijo Negro, sonriendo orgulloso y repartiendo más empujones a los dos que estaban a su lado—. Tiene el corazón roto y necesita ver a alguien que sea el verdadero reflejo de su alma en este momento.

—Eso es una estupidez —apeló Azul, indignado—. Como está deprimida, necesita ver a alguien más que le muestre que puede haber otro color entre tanta oscuridad, pero sin olvidar que la oscuridad nunca se marcha. Ella me necesita a mí ahora.

— ¡Por favor! —bufó molesto Rojo, rodando los ojos— Ella es una mujer apasionada, ustedes no la comprenden. No importa cuántas veces le rompan el corazón, ella sabe que allá afuera hay alguien que está interesado en devolverle la pasión. Me necesita a mí, no a ustedes.

La discusión se mantuvo durante largos minutos más, hasta que la puerta de la habitación se abrió y los tres guardaron silencio, en total expectativa. Pudieron verla encender la luz, secar las lágrimas que rodaban por sus mejillas antes de quitarse la mochila y arrojarla a un lado, sentándose en la cama con el rostro escondido entre las manos. Lo cierto es que ellos tres quisieron sentir compasión por ella, pero estaban demasiado ansiosos por ser de utilidad, por lo que se mantuvieron pensando en sus deseos egoístas.

—Ya basta —la escucharon decir luego de unos segundos, viendo cómo secaba de nuevo sus lágrimas y se levantaba, caminando hacia ellos—. El mundo no se va a acabar aquí y ahora, no señor. No me voy a deprimir.

Y entonces, para total sorpresa de los tres ella estiró su mano y alcanzó a Verde, observándolo con una sonrisa en los labios antes de sentarse en la cama y comenzar a escribir hasta entradas horas de la madrugada.

martes, 27 de noviembre de 2012

Vómito Verbal

Suceden cosas curiosas cuando te guardas algo y, al final de todo, termina saliendo. Y es gracioso cuando ese algo sale de la manera más esperada pero menos prevista.

Hace unos días nos vimos en una galería y creí haberte dicho todo lo que quería decirte, todo lo que tenía atorado, pero me di cuenta que al final nada ganaba haciéndolo porque terminé chocando, como antes, contra una muralla infranqueable de cinismo y estupidez. Por eso me dije a mí misma que lo mejor sería ignorarte de allí en más. Si volvía a verte en un lugar público simplemente te ignoraría y seguiría con mi camino y con mi vida como si en realidad no existieras, como si en realidad jamás te hubiera visto. Y si por azares del destino -pues el destino es caprichoso, un verdadero hijo de puta- tenía que interactuar contigo sería con lo más usado en el mundo para ser tajante con alguien: monosílabos.

Ahora el problema es que me di cuenta que tú te paseas por estos lugares, leyéndome en silencio, discretamente y saliendo sin haber dejado ninguna huella más de tu fugaz aparición que mi contador de visitas en un número más alto.

¿Y cómo me di cuenta que esto sucedía?

Porque fuiste lo suficientemente idiota de dejarme un mensaje en CaraLibro, reprochándome cosas de las cuales en realidad no tienes derecho alguno nombrar.

Además, tu mensaje aparte de desagradable fue también muy molesto. Creo que, al final de todo, a la única persona de la cual me molestarán eternamente las faltas ortográficas -aunque lo tuyo son más bien horrores- eres tú. Y no tienes idea todo lo que me molesta el haber recibido ese mensaje, el haberme dado cuenta de su existencia un mes después de que lo dejaste. Bueno, nadie puede culparme, hay cosas desagradables que uno ignora de manera inconsciente, eso es un punto para mí.

Ahora, ¿a qué viene todo esto? Pues que te pido. No. Te exijo que no vuelvas a aparecer por estos lugares. Así como no me interesa tu vida tampoco quiero que estés al tanto de la mía. Me tomé las libertades correspondientes de bloquearte de CaraLibro y de miles de aplicaciones sociales que, a pesar de que no las conoces, tampoco es que te falte ingenio -o tal vez sí, demasiado- para imaginarlo y buscar otro método de joderme la existencia.

Porque, al final de todo, no soy yo la que debería agachar la mirada, sino más bien tú. Y por eso, porque yo ya pasé por el ciclo en el que todo es caótico luego de pasar algo fuerte con una persona en la que depositaste tu confianza, es que no tengo miedo en realidad de decir esto. Porque, al final de todas las cosas que sucedieron, yo no tuve culpa alguna más que mi propia tontería de creer que serías diferente a lo esperado. Maldición, las apariencias engañan realmente, porque a pesar de que muchos te ven y dicen "pero que persona más dulce y adorable", yo te conozco de verdad y sé quién realmente eres.

No te sientas tan importante cuando leas esto, en serio. Si llego a verte de nuevo créeme que no será lindo que te diga esto de frente.

Atentamente, la única persona que te apoyó de verdad y a la cual traicionaste y apuñalaste sin piedad esperando que muriera. Sorpresa, soy inmortal ante esos ataques.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Contradictorio



Aún no entendía por qué había accedido a hacer la locura que estaba a punto de hacer, pero por cosas de ese loco mundo en el que vivía, lo estaba haciendo. Pero es que no había podido ignorar ese mensaje, aunque la hubiera despertado a los cinco minutos de apoyar la cabeza en la almohada. Tampoco había podido ignorar el lugar y la hora del encuentro, pero claramente tampoco tenía muchas opciones. Si salía de día, su hermana la ametrallaría con preguntas a las que ella no sabría responder. Si salía de madrugada, cuando ella durmiera, lo más probable era que no se diera ni por enterada. Además, tampoco quería tenerlo metido en su departamento. No de nuevo.

Encendió un cigarrillo y suspiró, sintiendo dolor de cabeza. Tenía que dejar de darle tantas vueltas al asunto, pero no podía, le costaba demasiado. El mensaje había sonado tan desesperado, tan horriblemente desgarrador y lleno de emociones que, otra vez se recordó, había sido imposible ignorarlo. Estaba en un verdadero dilema, dilema del que no quería conocer la solución.

—Becca —ella alzó la mirada para encontrarse con los ojos grises repletos de desolación. Él se sentó a su lado, taciturno—. No pensé que vendrías…

—Te respondí en un mensaje que lo haría —sin poder evitarlo suavizó la mirada y le abrazó por sobre el hombro, sintiendo el calor de él llegando a su cuerpo—. ¿Qué pasó?

—Rompí con mi novia —dijo él, bajando la vista y alejando sus ojos grises de ella. Rebecca era adicta a esa mirada, por eso sintió un enorme vacío en sus entrañas al no tenerla—. Le dije que estaba confundido, que no me sentía querido y que… No sé. Son muchas cosas, no creo que entiendas.

—Puedes tratar —como no había hecho en mucho tiempo con nadie, Rebecca sonrió. Y él le devolvió la sonrisa cuando la miró—. Oye, Leo, sabes que siempre entiendo todo —le animó antes de darle una calada al cigarrillo.

—Sí, tienes razón —Leo suspiró antes de acomodarse mejor en la banca, recargándose contra ella suavemente—. Hace tiempo que veníamos con problemas, ¿sabes? Ella me engañó y yo dejé a una chica maravillosa por ella, que al final siempre termina buscándome cuando yo ya no puedo más. Y ahora que no pude, ella simplemente me dijo que me amaba, cosa que jamás hace. No la entiendo… Te abandoné por ella y no valió la pena. Ahora me odias y sé que lo merezco, pero en todos estos años no he logrado arrancarte de mi corazón.

Rebecca se quedó congelada, con el cigarrillo a medio camino en la trayectoria a sus labios. ¿Había escuchado bien? ¿Leo se acordaba de… lo que habían tenido? ¿En serio lo recordaba? ¿Y ahora le decía que, básicamente, había terminado con su novia por… ella? Rebecca no lo podía creer. Sabía que tenía una expresión impagable, pero no le importó. Sabía que debía decir algo, pero no sabía qué debía decir. Sabía que Leo estaba esperando una respuesta, la que fuese, pero no tenía siquiera el impulso de contestar un “también te quiero” o, en el mejor de los casos, golpearlo por haber tardado tanto. Pero lo que sí sabía era que estaba feliz.

Ahora miles de sentimientos reprimidos escapaban de sus jaulas. Aceptación, cariño, dolor, alegría, angustia. Eran tantos que no sabía dónde terminaba uno y comenzaba el siguiente. Lo que era peor, los sentimientos estaban acompañados de una infinidad de recuerdos que había tratado por años de borrar de su mente al pensar que él la había olvidado. Pero Leo no la había olvidado. Leo la recordaba y sentía cosas por ella al igual como ella siempre sentiría cosas por él.

—Ah… —Rebecca espabiló, llevándose el cigarro a los labios antes de removerse incómoda— No sé qué decir, Leo. Perdona.

—Tranquila, no espero que me digas nada —él le sonrió de esa manera tan despreocupada que solo él tenía y ella sintió que se derretía—. Solo quería decirlo, que lo supieras. Cuando estuvimos juntos no nos dijimos muchas cosas y ese fue mi error. O sea, tú siempre fuiste sincera conmigo, pero yo me encargué de joder las cosas a base de bien. Perdón por eso, Becca.

—No hay nada que disculpar —ella apagó el cigarrillo, deshaciéndose del abrazo y levantándose de la banca con gesto despreocupado—. Creo que necesitaré unos días para pensar y asimilar esto. Digo… No es que no me haga feliz, pero quiero estar segura de que esto que sientes y de lo que yo puedo llegar a sentir está bien.

—No hay problemas —Leo se levantó y la abrazó por la espalda, apoyando su barbilla en el hombro de Rebecca—. Pero tienes que saber que eres perfecta para mis brazos, igual que lo eras entonces.

—Tonto… —gruñó por lo bajo ella, escondiendo el sonrojo de sus mejillas bajo su alocada mata de cabello corto— Tengo que volver, si Cass despierta y no me ve seguro le entra un ataque de nervios.

Rebecca no esperó a despedirse, no tuvo el valor siquiera de mirarlo a los ojos. Se escabulló de los brazos de Leo y corrió en dirección a su edificio a todo lo que daban sus piernas, con el corazón golpeando dentro de su pecho y no necesariamente por la carrera. Se suponía que lo odiaba, se suponía que debía odiarlo con todo su ser por lo que le había hecho pero… ¡Dios! Siempre que lo veía miles de cosas se removían en su interior y ahora, con ese nuevo conocimiento, sabía que estaba total e irremediablemente perdida.

Cuando llegó al departamento se encerró en la habitación, se escondió entre las mantas y se quedó allí, muy quieta hasta que, justo cuando estaba a punto de quedarse dormida, su móvil vibró en el bolsillo de su pantalón. Lo sacó y miró la pantallita brillante que iluminó su rostro escondido entre las sábanas.

Buenas noches, princesa de mis sueños congelados.

Y luego de leerlo cinco veces, Rebecca se permitió llorar hasta que el sueño la venció.