Quienes me inspiran a seguir

viernes, 30 de diciembre de 2011

Ella



Porque ella lo sabía, lo comprendía y, aún más importante, lo había aceptado. Ella estaba defectuosa, estaba rota, no servía...


Y ya no le importaba.


No le interesaba que los demás vieran en ella el símbolo de la pureza, no le importaba cuantas veces le dijeran que era adorable. Lo único que a ella le importaba era sonreír, mantener en su rostro la imagen de la felicidad llegando a sus ojos y mostrar que todo estaba bien, aunque fuera una mentira.


Esa era la única manera que conocía para vencer el temor al defecto latente.


Muchos le decían que no estaba rota, que era una buena chica, que tenía un sinfín de cualidades, pero ella simplemente no podía creerlo. Por eso, cuando le regalaban aquellos hermosos halagos ella huía, corría a un lugar lejano y terminaba de romperse, sollozando y gritando, cantando, desgarrando su garganta durante horas en soledad hasta que la calma volvía a serenar su corazón congelado y casi muerto que jamás había conocido ni conocería el amor.


Cuando terminaba de gritar, de romperse, miraba los fragmentos a su alrededor y una mueca de terrible dolor poblaba las siempre frías facciones de su rostro. Decidida, pero no mucho, se remangaba la camiseta que cubría las heridas de sus brazos, ataba su cabello en una coleta y comenzaba la labor de recoger los trozos de su alma destrozada para acomodarlos de vuelta en su lugar antes de que alguien fuera capaz de notar nada. Entonces, finalizada su labor, se sentaba agotada en un rincón y volvía a sollozar mientras trataba de recordar la manera en la que debía hablar y sonreír.


Ese era el momento en el que siempre aparecía él.


Él, quién no tenía nombre, pero tenía muchos nombres. Él, quién no tenía sonrisa, pero destilaba felicidad. Él, quién no era nadie, pero lo era todo para ella.


"No estás rota", le decía él con su suave voz, aterciopelada y cálida, devolviéndole un poco del calor que ella misma se había arrebatado, pero era imposible.


Ella volvía a acomodar la sonrisa en su rostro [por él], volvía a impregnar sus ojos de felicidad [solo por ver sus ojos brillar] y reía, comportándose como a él le gustaba, como solo con él podía [y quería] ser. Porque no concebía que alguien más que no fuera él viera sus millones de defectos, aquel sinfín de imperfecciones disfrazadas en una máscara de alegría infinita.


Pero aún ante todo eso, aquel corazón congelado y casi muerto se dignaba a latir con más fuerza que un suspiro de ángel caído, pues hacerlo latir más que eso concluiría en la muerte de ella, que tanto se había esforzado en levantar murallas para que nadie acariciara aquel corazón. Aquel corazón que se había arrancado del pecho luego de no ser capaz de soportar más dolor, más pesar, más lágrimas de todo lo que ya había soportado.


Por eso estaba defectuosa...


Porque era una cobarde que no quería admitir más allá de sus palabras que vivir en el mundo dolía. Porque más allá de sus palabras "valientes" sobre vivir y recibir el mañana con una sonrisa, no era capaz de admitir que despertaba cada día sollozando de dolor, tratando de alcanzar aquel corazón congelado y casi muerto que reposaba en un frasco de cristal. Porque no importaba cuantas veces dijera que todo estaba bien, nada estaba bien, nada era igual.


Había dejado que una persona alcanzara su corazón, porque había dejado que él alcanzara su corazón... Y eso era muerte.


Porque él no la quería de la forma que ella anhelaba...


Y ahora estaba defectuosa porque jamás podría volver a amar de la manera correcta...


Pero ya no le importaba, pues estaba acostumbrada.

—Quisiera poder decir que no soy yo —dijo ella, dejando de leer de aquel arrugado trozo de papel. Las personas que la rodeaban no terminaba de salir de su sorpresa—, pero eso sería una mentira aún más grande que decir que la luna es de queso. Esto es lo que soy, esto es lo que escondo y... Y soy una cobarde por haberme escudado en esa sonrisa perfecta, en aquellas palabras que son solo palabras. No soy aquella que conocen, aunque me gustaría...

—O sea... —susurró uno de los asistentes, una muchacha de cortos cabellos azabaches, que tenía la sonrisa torpe congelada en el rostro— O sea que nos haz mentido todo este tiempo, ¿no es así, Lise?

—Lo siento, Scar... —sollozó ella, escondiendo la mirada entre sus cabellos rojos y azules.

Nadie se movió, nadie fue a abrazarla... Como lo había esperado.

Sin esperar nada más, pues sería una pérdida de tiempo tomó su morral, metió en el aquel papel arrugado y enfiló por la avenida sin siquiera mirar atrás, con las lágrimas recorriendo su rostro rápidamente, furiosas e incontenibles. Por un segundo quiso que alguien, que él fuera tras ella, pero eso jamás sucedería... Pues él tenía ya a alguien importante en su vida.

Y sumida en su miseria no pudo ver la máquina. Y sumida en sus gritos de dolor no pudo escuchar la alarma. Y sumida en su tristeza de muñeca rota y defectuosa no sintió el impacto que la arrojó por los aires antes de devolverla al suelo.

Ella supo que aquel era el momento en el que jamás volvería a armarse de nuevo, pero ya no le importaba, pues ellos... Pues él no había ido tras ella.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Todo lo que quieres


Ella corrió a sus brazos con todas sus fuerzas. La sonrisa se extendía por su rostro mientras sus ojos se encontraban con los de él incluso antes de poder darse cuenta. Sintió como sus brazos le rodeaban la cintura, alzándola del suelo y haciendo que el mundo girara sin control, mientras una risa como agua fresca por parte de ambos se extendía en el ambiente.

—Sí me esperaste —susurró ella, asiéndose del cuello de él con fuerza. Aspirando el aroma que salía de los cabellos de él que se mecían con la suave brisa.

—Te dije que esperaría y aquí me tienes, ¿o acaso lo dudabas? —inquirió él por su parte, sonriendo ante el poderoso agarre que había alrededor de su cuello.

—Jamás dudaría de ti, Aramis —dijo ella, sintiendo como sus pies tocaban el suelo de pronto.

Para ser sincera con ella misma, no tenía ni idea de lo que estaba haciendo allí. A la mañana siguiente debía madrugar y era tarde, muy tarde para que una muchacha con una pila de obligaciones estuviera allí "perdiendo el tiempo". Se encogió de hombros ante sus pensamientos, desterrándolos hacia cualquier lugar mientras se perdía otros interminables segundos en aquellos ojos negros, pero que parecían tener un millón de estrellas en su interior.

En un lugar hay un murmullo
Ya está por entrar
Y está saliendo detrás de tu mente
Tú nunca lo tendrás
Si no lo alimentas
Ahora estás aquí y no sabes porqué

—Estás rara —dijo de pronto Aramis, sorprendiéndola. Ella se encogió de hombros como por inercia, más él no le quitó la vista de encima—. Te vez mal, ¿pasó algo?

—Estoy bien —sonrió con todas sus fuerzas. No quería preocupar a Aramis, solo quería que estuvieran bien y tranquilos.

Aramis no dijo nada, pero sintió como el cuerpo de ella se removía suavemente entre sus brazos, buscando un poco más de calor y protección contra su cuerpo. Sabía que mentía, seguro había tenido, como siempre, problemas con su jefa, que jamás dejaba de hacerle la vida imposible y de tratarla como si fuera un ser sin inteligencia. Él sabía que ella podía demostrar de lo que estaba hecha si solo se mantenía firme, pero ella...

—Cassie, deberías aprender un poco de firmeza —le dijo finalmente, ganándose una mirada confundida por parte de ella.

Por debajo de las rodillas raspadas y las huellas dejadas
En los lugares donde solías aprender
Tú aúllas y escuchas, escuchas y esperas
Por los ecos de los ángeles que nunca volverán

—No entiendo a qué te refieres, Aramis —aceptó Cassie, y no por hacerse la tonta, sino porque realmente no entendía a qué iba el comentario de su amigo.

—Mira bonita —comenzó él, acariciando los cabellos de ella con suavidad—. Está bien que quieras ayudar a otros, pero a veces hay que aprender a decir no.

—¿Porqué dices eso? —consultó ella, acomodándose mejor sobre el regazo de su amigo. Le gustaba estar así con él, que la dejara sentarse en su regazo la hacía sentir un ligero calor en el pecho, un calorcito muy agradable— ¿Hice algo mal?

—No, solo que siempre que traes esta expresión es que algo pasó —explicó Aramis, mirando directamente a los curiosos ojos de la joven que le rodeaba el cuello en un abrazo.

—Pues... No ha pasado nada —gran mentira, pero gran verdad a la vez.

No había pasado nada en su trabajo, pero sí pasaba algo. No entendía qué le sucedía, pero llevaba días sin poder dejar de pensar en su amigo, el que ahora la abrazaba manteniéndola anclada a su regazo. Su amigo, que siempre la recibía con una sonrisa. Su amigo, a quien admiraba tanto. Ese amigo que siempre le decía la verdad, aunque doliera. Porque no es que él quisiera hacerle daño, le había dicho una vez, es que él pensaba que ella se merecía por lo menos eso. Un poco de honestidad sumada a una gran dosis de realidad.

Él es todo lo que quieres
Él es todo lo que necesitas
Él es todo lo que dentro de ti
Siempre deseaste ser
Él dice las cosas bien
En el momento preciso
Pero él no significa nada para ti
Y tú no sabes porqué

Se quedaron en silencio. Cassie porque sabía que si abría la boca diría aquella inquietud y Aramis porque no sabía cómo refutar las palabras de ella. Cassie jamás mentía, no que ahora lo estuviera haciendo, pero sentía que no le estaba diciendo toda la verdad. ¿Porqué? ¿Porqué no le decía qué sucedía?

—Cassie, sabes que puedes confiar en mi —dijo él, presionando solo un poco a la muchacha, que de pronto observaba la lejanía como ida.

—Yo sé, pero en serio... —hizo una larga pausa, meditando si decirlo. Suspiró suavemente antes de continuar— Todo está bien...

—Mírame a los ojos y dímelo —ordenó de pronto Aramis, tomando el rostro de ella entre sus manos y obligando a la muchacha a mirarlo.

—Yo... —no podía observarlo a los ojos, estaba súmamente nerviosa— Aramis, yo creo que me gusta alguien...

Y algo en su corazón se rompió ligeramente cuando vio en los ojos de ella, en esos pozos como un mar de luz y fantasía, un deje de felicidad. Y apenas pudo devolverle el abrazo cuando ella le susurró al oído lo feliz que estaba de descubrir que le gustaba de verdad.

Tú estás esperando a alguien que pueda juntarlos
Tú estás esperando a alguien que te pueda empujar
Siempre hay otra herida que descubrir
Siempre hay algo más que deseas que él pueda decir

No había podido decirlo. Había estado a punto de hacerlo, pero no había podido decirlo. Cobarde, eso es lo que era, una cobarde. Ahora solo podía ver como esos ojos oscuros y estrellados se ensombrecían por momentos sin dignarse siquiera devolverle la mirada. ¡Oh Dios! ¿Porqué tenía aquella expresión tan desolada?

—Me alegra que hayas encontrado el amor, Cassie —dijo él, atrayéndola contra su pecho y acariciando sus cabellos, evitando así que le mirase—. Espero él pueda valorar tu cariño como mereces.

—¿Aramis? —le llamó ella, confundida.

—Dime, Cassie —susurró él sin siquiera mirarla.

Cassie se asustó y su cuerpo, por mera reacción de pánico y terror, comenzó a temblar. Las lágrimas no tardaron en hacerse presentes, comenzando a recorrer su níveo rostro con una velocidad alarmante. El único consuelo que encontró fue apegarse más al cuerpo de su amigo y sollozar quedamente mientras él, alarmado, le preguntaba que sucedía.

Pero ella no tenía el valor de mirarlo a la cara y decirle la verdad.

Él es todo lo que quieres
Él es todo lo que necesitas
Él es todo lo que dentro de ti
Siempre deseaste ser
Él dice las cosas bien
En el momento preciso
Pero él no significa nada para ti
Y tú no sabes porqué

—Lo siento... —hipó de pronto, abrazándolo con más fuerza— Es que... Aramis... Y...

—Ya, tranquila Cassie, no te pongas así —trató de calmarla, volviendo a acariciar sus cabellos suavemente y utilizando aquel tono de voz que ella siempre decía le calmaba—. Respira con calma que nadie te apresura, yo estoy aquí contigo.

—Vale... —terminó por sollozar ella, suavemente y sin prisas, antes de secar las lágrimas que recorrían sus mejillas con el dorso de la mano— Lo siento...

—No tienes de qué disculparte, boba —sonrió él para quitarle importancia a la situación—. No tienes que disculparte por ser humana, Cassie.

—¿Qué sería de mí sin ti, Aramis? —sonrió de pronto ella, con la felicidad llegando de nuevo a sus ojos.

Y eso le bastó para recomponerse y que las dudas y la preocupación se fueran. Esa imagen de ella, sonriendo como siempre hacía, con esa felicidad verdadera llegando a cada centímetro de su rostro, mostrándose como era. Eso le bastaba para sentirse mejor.

Pero tú solo estarás amarrada y lo verás desamarrarse
Es solo por lo que preguntaste siempre
Y tú estarás bien con todo tu tiempo
Es solo lo que esperaste siempre

—Bueno, tengo que irme —se disculpó ella, levantándose de su regazo y mirando el cielo con curiosidad—. Se hace muy tarde ya y tengo que madrugar.

—Siempre te marchas tarde y regresas temprano —le dijo él, desordenándole los cabellos suavemente, ella se quejó haciendo un mohín—. Cuídate y descansa, Cassie.

—Igual tú, Aramis —sonrió, inclinándose hacia él para besar una vez cada una de sus mejillas—. Nos vemos pronto.

—Nos vemos —le escuchó decir antes de comenzar a caminar, atravesando el parque.

Siempre se encontraban allí, era casi una cábala. Y le gustaba eso.

Tal vez no tendría jamás el valor de decirle lo que sentía, tal vez no tendría jamás la fuerza para hacerse notar en él más allá de en los ojos de una bella amistad, pero siendo sincera, no le importaba.

Quería estar a su lado siempre, así solo fuera como su mejor amiga. Quería verlo sonreír siempre, quería que fuera realmente feliz y, a pesar de que ella no aportaba demasiado en esa felicidad, estaba dispuesta a vender su alma al diablo para que él fuera feliz. Después de todo, ¿de qué le serviría un alma, si no podría abrazar con ella el alma cálida y alegre de su ser amado?

Sonrió para sus adentros, esperando que fuera mañana lo más pronto posible. Quería verlo de nuevo y decirle que lo quería mucho.

Afuera de la isla
En la carretera
Atrás en los lugares donde podías haber girado
Nunca te diste cuenta
Siempre seguiste escapando
A la furia de los ángeles que nunca volverán

Porque prefería quererlo así, de esa manera, a arruinar lo tan hermoso que tenían.

Porque prefería que las cosas se quedaran así y huir de sus sentimientos pecaminosos a que su amistad se fuera a la reverenda mierda.

Porque prefería que la viera como su mejor amiga a que se alejara de ella.

Él es todo lo que quieres
Él es todo lo que necesitas
Él es todo lo que dentro de ti
Siempre deseaste ser
Él dice las cosas bien
En el momento preciso
Pero él no significa nada para ti
Y tú no sabes porqué

Y sabía que era mejor que nada cambiara entre ellos...

Yo soy todo lo que quieres
Yo soy todo lo que necesitas
Yo soy todo lo que dentro de ti
Siempre deseaste ser
Yo digo las cosas bien
En el momento preciso
Pero no significo nada para ti
Y no sé porqué...

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Olvidar[te]


Su cabello negro ondeó de manera gracias al tiempo que ella, con sus ojos oscuros como el alabastro observaba la lejanía del basto océano. Tan lejos él se encontraba, al otro lado del mundo él se hallaba, y aún así había sido capaz de llegar a su corazón, aunque ella estuviera lo bastante ciega para no admitirlo. El dolor del corazón roto que había dejado él aún estaba allí, pero una inexplicable felicidad comenzaba a hacerse presente en su pecho, instalándose en la forma de un agradable calor que subía lentamente hacia sus mejillas, tiñéndolas de un suave y brillante carmín. Tal vez, con el tiempo, sería capaz de olvidar y olvidarlo.

Y por sobre todo, dejaría de ser una muñeca rota y recuperaría su capacidad de amar.

Cobarde


Giró sobre sus talones todo lo rápido que su pequeño cuerpo le permitía. Sus cabellos rojos ondearon culpa del furioso viento de diciembre que azotaba las costas de la ciudad portuaria mientras, apretando el móvil en su mano con todas sus fuerzas, recorría las calles a una velocidad increíble para una joven de su tamaño. A pesar de que estaba cansada pues llevaba días trabajando sin parar, eso no fue obstáculo para que, por inercia, su cuerpo comenzara a esquivar a las personas que caminaban por la acera a esas horas de la tarde. De pronto, sin quererlo, chocó con una persona.

—Disculpe —dijo ella de manera atropellada y forzando una sonrisa antes de retomar su marcha a toda la velocidad que podía.

El joven contra el que había chocado apenas alcanzó a decirle que no había cuidado antes de ver desaparecer su espalda entre la multitud. Sintió una punzada en su pecho, pues la joven parecía realmente aterrada. Tal vez era su imaginación, había tenido un pesado día en el trabajo.

¿Quién lo sabía? ¿Quién lo pensó?
Nada en sus gestos lo delató
Nadie la oía, nadie la vio
Girar la cara a su dolor

Ella continuó recorriendo las calles a toda velocidad. Podía sentir su aliento aún en la nuca como hacía mucho tiempo, podía escuchar su voz susurrándole al oído aunque lo hubiera escuchado solo por el móvil. Dios, ¿acaso aquello jamás acabaría? ¿Acaso jamás la dejaría en paz?

Atravesó el parque que tantas veces había fotografiado la última semana y entonces tropezó de nueva cuenta con otra persona. Alterada alzó la cabeza cuando aquella persona la asió en un abrazo poderoso, pero en lugar de encontrarse con el rostro de él, se encontró con el rostro de su nuevo amigo. Drew, allí estaba de nuevo para abrazarla. Se perdió en su pecho un largo segundo antes de separarse y sonreír, aunque por dentro solo tenía deseos de gritar y llorar.

—¿Que pasa, querida? Te vez rara —inquirió el modelo, mirando a la joven fijamente a sus ojos color chocolate.

—No pasa nada, no te preocupes —ahora la sonrisa salió de sus labios de manera más espontanea antes de encender un cigarrillo—. ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar en otra sesión?

—Nos soltaron antes —susurró él, acompañándola en un paseo corto.

A veces Drew se sorprendía. Ella era tan buena, tan atenta. Cuidaba a su hermano menor con su vida, cuidaba de sus amigos, de otros niños que no podían cuidarse solos. Cuidaba plantas, a personas que ni siquiera conocía, cuidaba animales también y aún se mantenía activa con una sonrisa, aunque las modelos que fotografiaba le hicieran la vida imposible, aunque su jefa fuera un arpía la mayoría de las veces.

—¡Oh Dios! —la escuchó decir y, antes de poder decir cualquier cosa, la vio arrojar la colilla del cigarrillo al suelo y correr hacia un niño que se había caído de su bicicleta.

No pudo evitar que una sonrisa aflorara en sus labios.

Por el parque la vi pasear, ángel hecho mujer
Toda amabilidad
Y aunque estaba llena de dolor
No dejó de sonreír hasta el día final

Al cabo de una hora había podido convencer a Drew de que estaba bien, que todo iba sobre ruedas y que volvería al hostal, más en el fondo de su corazón sentía unas ganas locas por enterrarse viva. Se despidió de él con la mejor sonrisa que pudo fingir y se alejó a toda velocidad, encendiendo un nuevo cilindro de tabaco. estaba tan nerviosa, sentía tanto terror... Pero tenía que mantenerse firme, entera. Si él olía su miedo estaría perdida, tenía que soportar.

Dobló la esquina hacia el edificio en el cual se hospedaba y el móvil volvió a sonar, martilleándole la cabeza con cada pitido. Con su cuerpo temblando de pies a cabeza sacó el aparato del bolsillo, apretó el botoncito verde sin mirar la brillante pantalla parpadeante y se llevó el auricular al oído.

—¿Bueno? —tartamudeó suavemente, ahogada con sus propias palabras. Tranquila, se instó a pensar, lanzando un suave suspiro antes de escuchar la voz al otro lado de la línea.

—Si vuelves a colgar el teléfono, pagarás caro —siseó esa voz al otro lado de la línea, arrancándole un escalofrío de terror—. ¿Dónde estás?

—A media cuadra del edificio —susurró ella con la voz contenida. Tranquila, pensó de nuevo, cerrando los ojos y llevándose el cigarrillo a los labios. Solo quiere asustarte, nada más—. ¿Porqué? ¿Acaso olvidas la orden de alejamiento?

—¿Olvidas que la orden es por ti, no por él? —su cuerpo se paralizó y un grito de terror quiso escapar de su garganta.

No supo como fue capaz de contenerlo, pero lo hizo.

Creyó que algún día él podría llegar a cambiar
Soñó lo feliz que era con él
Lloraba a escondidas intentando callar la verdad
Maldigo al que pegue a una mujer
¡Que el infierno se cebe con él!

No había podido pegar ojo en toda la noche. Se había mantenido agazapada junto a la cama, rodeando sus piernas con los brazos y apoyando el rostro sobre las rodillas. Sus pantalones estaban empapados culpa de las lágrimas que no habían dejado de fluir desde sus ojos color chocolate. Quería gritar, quería desparecer de la faz de la tierra. ¿Dónde estaría? ¿Qué estaría planeando su podrido cerebro? Dios, tantas cosas llegando a su cabeza, tantas imágenes, tantos recuerdos.

Apoyó la cabeza en la muralla con cuidado, los mechones de cabello rojo pegándose a su rostro anegado en un rictus de dolor y desolación. Tenía que mantener la cabeza fría, tenía que mantener la calma y pensar con cuidado cual debía ser su siguiente movimiento. Lo primero, hablar con el abogado. Lo segundo, enviar a su hermano a algún lugar donde él no pudiera encontrarlo jamás. Tercero y final... Enfrentarlo en el divorcio.

—Estoy hasta el cuello... —gimió, levantándose del suelo con cuidado.

Sus extremidades gritaron de dolor cuando un calambre la tiró de bruces al suelo, cosa normal si pasabas más de cinco horas en la misma asquerosa y deplorable posición. Y no encontró las fuerzas en su interior para levantarse, por lo que se quedó allí tendida en el suelo de la habitación, sin deseos de levantarse, de pelear más.

No te rindas, dijo una voz en su cabeza, la voz de quien le había dado el impulso para continuar adelante, quien le había dado el valor de romper su cárcel de cristal. No quería rendirse, pero mantenerse en la pelea se le hacía cada vez más difícil, cada vez más agotador. No quería rendirse, pero cada palabra de él era como un puñal envenenado dirigido directamente a su corazón.

Lentamente sus ojos se fueron cerrando culpa de las horas en vela, culpa del cansancio mental y emocional al que estaba sometida. No le importaba tener que trabajar en un par de horas más, no le importaba morir de hambre si eso significaba quedarse en aquellas estrechas pero seguras cuatro paredes. Con un último suspiro de dolor y agonía, ella se unió a Morfeo.

Creyó que algún día podría llegar a cambiar
Soñó lo feliz que era con él
Lloraba a escondidas intentando callar la verdad
Maldigo al que pegue a una mujer...

—¡Preciosa, que bueno que despiertas! —escuchó que le decían nada más abrir los ojos.

Se incorporó en la cama con cuidado. ¿Dónde estaba? Porque aquella no era la habitación en la que había estado, aquel no era el lugar en el que se había dormido, ¿o desmayado?

—¿Dónde estoy? —consultó confusa, mirando aquellos ojos como el cielo de manera dubitativa.

—En mi casa, te dormiste en el suelo de una de las habitaciones del hostal de Margareth —contestó él de manera atropellada antes de alargarle un vaso con agua a la joven. Ella bebió ávidamente y él esperó paciente hasta que ella dejó el vaso a un lado—. Tienes algo que decirme.

—¿Eh? —susurró ella confundida, abriendo desmesuradamente sus ojos color chocolate— Ay Drew, lo siento, sé que falté a mi trabajo y seguro la arpía de...

—No es con el trabajo —negó él, suspirando. O bien ella era tonta o demasiado inocente, pero lo cierto era que no sabía mentir. Tomó el móvil de ella entre sus manos y mostró el número de llamadas perdidas con apremio—. Cincuenta llamadas perdidas, treinta mensajes de texto, cinco mensajes de voz.

—Seguro es de mi hermanito... —intentó arrebatarle el móvil de las manos, pero él fue más rápido. ¡Dios, no!


—Los mensajes de texto, amenazadores —mostró él con cuidado. Lo cierto es que mientras los leía, una punzada de dolor helado se había instalado en sus entrañas—. Los mensajes de voz son insultos y más insultos.

—Puedo explicarlo —gimió ella, con nuevas lágrimas rodando por sus mejillas.

—Te escucho, preciosa —dijo él, sonriendo suavemente para alentarla.

Lentamente, ella comenzó a relatar su historia.

Creyó que algún día él podría llegar a cambiar
Soñó lo feliz que era con él
Lloraba a escondidas intentando callar la verdad
Maldigo al que pegue a una mujer
¡Que el infierno se cebe con él!

—¿En que pensabas cuando decidiste no contarme? —gruñó él. No estaba realmente enojado, pero le sorprendía la ingenuidad de ella, sobre todo con aquella actitud tan vivaracha que solía mostrar a veces.

—Lo siento... —agachó la mirada lentamente, mirándose las manos apretadas en puños sobre las mantas. Tonta, tonta, tonta, se reprendió mentalmente, abrumada.

Y es que solo eso le faltaba, que Drew se enterara de aquella manera de lo que le había pasado. No, siquiera eso era lo que la hacía sentir deprimida y estúpida, era el hecho de que se hubiese enterado lo que la hundía más en su miseria. Quería tratar de arreglar eso sola, ya había tenido suficientes problemas luego de contarlo una vez, ya había tenido problemas una vez por soltar la lengua en lugar de quedarse callada como una "chica buena".

Escuchó durante unos minutos a su compañero modelo despotricar e insultar a los cuatro vientos, pero ella le escuchó la mitad de lo que decía, y eso con suerte. Su mente estaba preocupada de memorizar los mensajes de texto y las grabaciones de los mensajes de voz en su móvil que otra cosa, por lo que se perdió la mitad de la perorata del modelo.

Luego se distendió de él con la excusa de cambiarse, por lo que se escabulló al baño, móvil en mano y preparada para discar aquel número de teléfono que conocía más que bien. El primer tono de la bocina fue un segundo horrible en el que todo su cuerpo tembló. El segundo se obligó a sí misma a calmarse, a guardar paciencia y encontrar un poco de estabilidad para que su voz no se quebrara. Al fin, en el tercer tono, esa voz habló y ella, como nunca, se sintió con fuerzas para enfrentarlo.

—Pensé que te habías acobardado —dijo él de manera burlona. Aún ella, allí sola, podía verlo frente a sí misma, con esa sonrisa de triunfo burlón en su moreno rostro. Apretó los ojos un segundo y se armó de valor.

—Yo no soy una cobarde como tú —le espetó, y su voz salió tan endurecida que hasta ella se sorprendió de su valía.

—Será mejor que controles tu lengua si quieres que tu hermanito esté entero —dijo él, amenazador. Por un segundo de nuevo ella fue capaz de sentirlo a solo un paso de su cuerpo, con los puños preparados para lastimarla. Un nuevo suspiro y las palabras fluyeron solas.

—Si tocas a mi hermano vas a conocer quien soy de verdad, zángano —eso era mucho más de lo que había esperado decir, por lo que otra vez se encontró sorprendida de su valor. De pronto se sintió fuerte, poderosa por primera vez, y eso le gustó—. Tu problema es conmigo, así que arreglemos esto entre nosotros.

—Bueno, princesa —se burló él, al parecer sin amedrentarse de las palabras de la joven. Eso fue suficiente para tirar sus ánimos al suelo—. Arreglaremos esto entre los dos y luego veremos si eres tan fuerte como quieres parecer.

Quiso replicar, pero ya era tarde. Él había colgado la llamada.

—¡Te odio! —gritó ella, como si él fuera capaz de escucharla, antes de desplomarse sobre sus rodillas en las baldosas del baño— ¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Cobarde!

Y allí se quedó, buscando de nuevo la manera de enfrentarse a él...

lunes, 19 de diciembre de 2011

Abriendo el Pecho [Carta a uno mismo]

A veces es bueno admitir las cosas que uno siente y ponerlas en un lugar significativo. Nos gusta conocernos, pero más nos gusta que nos conozcan. Es extraño, pues aunque estas palabras van dirigidas solamente a mi, en el fondo anhelo con que las personas vean y lean lo que siento y que de mis temores y mis sentimientos ellos se sientan representados. ¿Quiero decir con esto, acaso, que quiero ser una valiente destacada? Quizás, quizás no, pero es lo que hay.


Estuve pensando también que tipo de etiqueta debería llevar esta entrada y, al no poder decidirme por una sola, pues puse los grupos que más se aferraban a las palabras que están por aflorar, a pesar de que estas palabras se apegan a mi carácter que desea siempre mostrar la parte introductoria de cualquier cosa. Es extraño, pues lentamente he comenzado a escribirme a mí misma como si le escribiera a un extraño, con protocolo y decoro, con un saludo, un texto de fondo y una conclusión, más estas palabras van dedicadas a todos y a la vez a nadie en especial. Dedicadas a quien quiera tomarse un segundo de su tiempo para detenerse y observar este pecho que está abierto, y que sangra en palabras de colores. Y creo que ya comienzo a sonar redundante.


Hoy, al igual que todos mis días desde hace casi dos semanas, ha sido un día lleno de emociones. En el fondo siempre está sembrada la duda [¿Me quieres? ¿Te quiero? ¿Somos un capricho?] y por mucho que trato de responder esas interrogantes, no me siento capaz de hacerlo, así que espero a que alguien me observe, me mire a los ojos y me de las respuestas que necesito. A veces, durante estos días, he sentido la inmensa necesidad de echarme a llorar abrazando una almohada y tratando de aceptar que la situación es así y que, a pesar de estar juntos, nuestras almas están en polos opuestos y buscan cosas realmente diferentes. Hemos llorado y reído juntos, pero en realidad no estamos juntos, ¿o sí? No lo sé, te siento lejos, pero más que tú estés lejos, la que está perdida soy yo. ¿Podré encontrarme si no estás aquí?


Ahora estoy escuchando una canción, no sé si la conozcas [tal vez sí, tal vez no. Tal vez te la canté alguna vez, tal vez olvidé mencionarla, da igual] y puedo decir, sin temor a que suene falso o hipócrita, que su letra va dedicada a ti. Sí, lo sé, soy una persona que siempre está dando señales de cariño, pero como dice una humorista que vi una vez: Si eres una mujer fea, estamos mal, pero te puedes salvar con tu inteligencia. Pero si además de ser fea, eres tonta y, encima de todo, no tienes carisma, estamos sonados, nena.


Tal vez no seré una chica hermosa, a pesar de no ser fea, no soy bonita, soy una chica más que físicamente no destaca por nada más que no sea su cabello rojo, por lo que tengo que salvar con otras cosas, con otras cualidades. Ya he admitido que soy tierna y ha quedado claro que mi cerebro tiene lo suyo, pero más allá de eso, no soy graciosa y normalmente los hombres tienden a sentirse intimidados cuando una mujer muestra señales de inteligencia superior [si es que se le puede llamar así], por lo que todo lo que me queda es usar mi casi nulo encanto para ser una persona agradable que derrocha amor. Ahora bien, que no se mal interprete. No muestro abiertamente la forma de querer que tengo solo para ser aceptada, me muestro así porque es la única forma que me queda de destacar sin utilizar los métodos de arpía hija de su madre que trataron de enseñarme a ser desde niña. Además, me gusta demostrarle a las personas que amo, que les amo.


Ahora volvamos a ti, querido. ¿Piensas en mi? ¿Me quieres? Muchas preguntas que yo no sé contestar y que tú no te dignarás jamás a contentar. Y pensar que esta carta va dedicada a mi, pero está tomando el rumbo de la carta a un amante, a pesar de que tú y yo no somos nada más que... ¿Qué? ¿Qué somos, querido? ¿Somos amantes? ¿Somos amigos? ¿Somos algo más que conocidos? Yo puedo decir sin temor a equivocarme que siento un gran afecto por ti, pero lentamente estoy comenzando a arrancarte de mi corazón, pues de momento es lo más sano que encontré como respuesta. Abrir mi pecho fue la parte fácil, lo más sencillo de esto, pero la parte complicada vino después, cuando hice una mirada en retrospectiva hacia tu recuerdo gravado a fuego en mi piel y mi mente, en mi alma, para darme cuenta que estás asido más firmemente a mi corazón congelado de lo que quiero aceptar. Así que corrijo, no voy a arrancarte de mi corazón [de momento], pero sí voy a suprimir [o intentar suprimir] lo que siento para no destrozarme más...

Dejó el lápiz sobre la mesa y miró la hoja que se extendía frente a ella. Tenía manchas de vino, quemaduras de cigarrillo y estaba arrugada de tantas veces que sus manos habían intentado detener las letras que fluían desde su mente hasta su mano y de allí, con la extensión del bolígrafo negro, hasta el papel.

—Necesito otro trago... —susurró levantándose de la silla, encendiendo un nuevo cigarrillo y arrojando aquella carta a la chimenea.

Ya había soltado lo que tenía que soltar, ahora solo debían consumirse aquellos sentimientos obscenos.