Quienes me inspiran a seguir

jueves, 28 de julio de 2011

Relatos Oscuros, Parte V [Valor]




-Yo la llevaré –me dijo ella con sus profundos ojos como el océano brillante culpa del sol, que me miraba desde lo alto.

Mi rodilla izquierda se hallaba apoyada en el manto de espinos que hacía de suelo y yo, sujetando a Frustración a mi espalda, miraba con mis ojos cansados hacia ella. Su largo, larguísimo cabello caía raudo en cascada tras su espalda, contrastando con su piel cetrina, con sus labios enrojecidos y sus facciones fuertes y afiladas. Tomó a Frustración como si no pesara un gramo y la sentó sobre sus hombros cubiertos solo por una suave tela de color marfil, que no se ensuciaba a pesar del aire inmundo que nos rodeaba. Tendió su mano en mi dirección y yo, aterrada por la nueva forma de mis uñas solo me levanté por mí misma, no sin algo de dificultad.

-Gracias –musité volviendo a andar. Ella me ofreció su mano para ayudarme a andar, pero la rechacé con un movimiento de cabeza-. ¿Y qué te trae por aquí, Valor?

-Hacer esto es mi trabajo, siempre lo ha sido –inquirió con su voz suave como la seda pero dura como el granito-. Tu lugar no es al otro lado del espejo, ni en este sendero, ni en la cajita de música –continuó, pasándome el brazo izquierdo por la cintura, evitando que cayera de bruces al suelo-. Ahora invierto la pregunta… ¿Qué haces tú aquí?

Me quedé callada. Ni siquiera yo sabía lo que estaba haciendo, hacia donde me dirigía, cuál era mi propósito al irme a enfrentar a Odio. Perdería ante ella y su poder implacable. Si Valor no podía con ella, ¿cómo iba yo a poder? Sacudí la cabeza y me alejé del agarre de Valor suavemente, observándola mejor. Su cuerpo era alargado y fuerte, con los músculos de sus extremidades descubiertas brillando, resaltando en una fina capa de sudor mezclado con la sangre de sus heridas sin sanar. Me pregunté si le dolían, si aquellos cortes incesantes, esas laceraciones y cardenales que tenía en lo extenso de toda su piel como el granito brillante le dolerían aunque su rostro se mantenía con una expresión tan inescrutable como la verdad de su sonrisa.

-Quise venir –dije al fin, sentándome en una nueva roca que estaba en el camino solo por ese propósito-. Dolor y Esperanza se marcharon, no tendrás que ir por ellas otra vez.

-¿Se marcharon juntas? –inquirió Valor, con un brillo se sorpresa destellando en sus orbes azules como el cielo claro de primavera.

-Esperanza tomó a Dolor entre sus brazos y se la llevó volando –señalé, apuntando con un dedo al cielo, trazando una ruta imaginaria desde un punto de suelo gris hasta otro punto sobre nuestras cabezas, en el cielo rojo ennegrecido-. Al fin comienzan a llevarse bien.

-Buen trabajo –me dijo ella, acariciando con sus manos suaves y tibias mi cansado rostro-. Frustración, ¿estás lista para marcharnos?

-Déjame en el suelo, Valor –suspiró la pequeña Frustración, con un brillo que no logré reconocer en sus infinitos ojos marrones.

Valor la dejó en el suelo sin chistar y vi, con pesar, como las heridas de sus pies ya casi curadas volvían a abrirse al contacto de las espinas. Ella dio dos pasos vacilantes hacia mí y se sentó en el suelo, dándome la cara con expresión inocente e inescrutable. Abrí la boca para decirle que volviera a los brazos seguros de Valor, más ella me silenció con una sonrisa y un dedo sobre mis labios, antes de comenzar a silbar una nana, una tonada completamente desconocida por mí.

Durante inagotables minutos, o quizás horas, ella se mantuvo así, con sus piernitas sobre los espinos, con sus manos sobre las mías, mirándome fijamente. Las sombras que se habían apartado de mi volvieron desde los rincones alejados de los muros de cristal que había dejado atrás. Me levanté de un salto, agotada bajo el peso de mi propio cuerpo para interponerme entre las sombras que aullaban sin piedad y Frustración, que había dejado de cantar y miraba con ojos aterrados como se acercaban a nosotras a velocidad vertiginosa. Fue entonces que Valor, con toda su extensión nos cubrió a ambas, mirando hacia las sombras.

-¡Quítate! –le grité alarmada, ella no me escuchó.

Valor se mantuvo firme frente a nosotras y vi, horrorizada, como las garras de las sombras cortaba aún más su suave piel de granito reluciente. Sangre salpicaba en todas direcciones y chillé como si el dolor que ella recibía fuera mío propio. Me miró una vez con sus profundos e intangibles ojos azules y sonrió quedamente antes de voltear y abrazar a las sombras, absorbiéndolas hacia su propio ser. Frustración lloró desconsolada cuando el cuerpo de Valor cayó sin vida, inerte, brillando sin más sombra que los charcos de sangre.

-Murió –gimió Frustración desolada, sin esperanzas.

Me tambalee hacia ella y la abracé con fuerza, dejándola llorar en mi hombro mientras el cuerpo ensangrentado de Valor se disolvía en polvo multicolor a nuestras espaldas. Aferré su cabeza contra mi pecho, con el desbocado latido de mi corazón delatando mi estado nervioso, aquel estado que estaba comenzando a dejar atrás. Agité la cabeza, mirando mis manos aferrarse a la espalda desnuda de Frustración y noté que mis garras ya no eran garras, sino manos blancas como siempre lo habían sido, blancas y lastimadas.

-No murió, querida –susurré en su oído con voz calma, suspirando-. El valor nunca muere.

Ella me miró una última vez con sus ojos apagados y sonrió, limpiando las lágrimas que corrían por sus mejillas. Se separó de mí y miró el cielo oscuro, rojo como la sangre y levantó un dedo en señal de desafío hacia el castillo que se alzaba oscuro e imponente en interminables senderos llenos de espinas.

-Suerte –me dijo antes de voltear la espalda por donde habíamos venido, echando a correr a toda pastilla.

-¡No pares nunca! –le grité antes de verla desaparecer entre la oscuridad.

La escuché gritar de júbilo aún en la lejanía, cantando. Vi aterrada que las sombras comenzaban a alinearse en la oscuridad para darle alcance, más supe, en el fondo de mi corazón, que no lograrían alcanzarla jamás. Ella era demasiado rápida para ellos, tenía más fuerza y fe en sí misma de lo que todos creían, solo no debía rendirse ya más.

Voltee a ver el sendero espinoso que me esperaba y solté un suspiro, con renovadas energías dentro de mi ser. Di un paso adelante y las heridas no dolieron tanto. Avancé otro y casi no sentí las múltiples punzadas de dolor que recorrió la planta de mi pie. Continué a buen paso por el sendero que serpenteaba ahora colina arriba, viendo como las rocas de descanso estaban cada vez más alejadas la una de la otra. –Menos tiempo para detenerse, más para avanzar-, pensé airada, así si iba a medio camino entre roca y roca no habría posibilidad de rendirme ante la lucha del andar, siempre había que seguir adelante, caminando o corriendo sin jamás detenerse. Comencé a correr a todo lo que dieron mi extremidades.

miércoles, 27 de julio de 2011

Guardiana




Sentí mis extremidades pesadas y, aún estando ida, como drogada, logré abrir los ojos.

Lo que vi, en cierto modo, no me espantó, aunque debió haberlo hecho. Estaba allí, recostada en la húmeda tierra, sintiendo todo a mi alrededor como una mancha oscura, borrosa, como si una neblina mágica y misteriosa se hubiera instalado en el lugar. No era bosque, no era ciudad, no era campo, llano o páramo, pero también era un poco de todo eso y quizás más.

Me incorporé, la cabeza dándome vueltas una y otra vez. ¿Donde estoy? ¿Que hago aquí? Típicas preguntas cuando alguien se encuentra en una situación como esta, no soy la excepción. Sentía como si estuviera lejos, pero cerca de un lugar especial. ¿Dónde ir? ¿Que hacer? Di un paso titubeante, mi pie se hundió en el fango, como si yo misma pesara una tonelada. Seguí caminando.

No sé durante cuanto tiempo caminé, pero sí sé que fue durante muchas, muchas horas. Los árboles, las plantas, todo era igual a medida que avanzaba, no había diferencias entre una rama y otra. Me detuve, abatida, recargando el peso de mi cuerpo agotado en un árbol, quizás un arce, no sé bien, tampoco quiero saber.

De pronto un aullido se alzó en todas direcciones de la espesura y mi cuerpo se estremeció como si aquel miedo irracional fuese siempre a crear aquel temor en mi. Supe que tenía que correr, cada célula de mi cuerpo me lo gritaba. ¡Corre, corre lejos, aléjate de los aullidos! Y lo hice, aún agotada como me encontraba comencé a correr por la espesura, tratando de no tropezar con las engañosas ramas a ras de suelo.

Los aullidos se hicieron más fuertes, más cercanos, como si trataran de darme alcance mientras las patas de lo que fuera que me perseguía rasgaba la tierra. Un claro, a lo lejos, iluminado por una luz verdosa y ambarina, extraña, me recibió, lleno de plantas multicolores, flores exóticas y un precipicio. Voltee con el espanto grabado en mis facciones. No quería morir.

Retrocedí hacia el claro cuando escuché los aullidos a mi espalda, dando un salto hacia atrás, cual conejo asustado. Vi esas... Cosas, acercarse a mí, acechadoras, imponentes, bestiales, exhibiendo sus grandes hileras de colmillos filosos. Chillé de espanto. Una de esas criaturas se dispuso a atacar y yo, asustada, me hice hacia atrás, cayendo sobre mi espalda en la hierba alta y, cuando vi mi final cada ve más cerca un rugido detuvo sus pasos, girando su enorme cabeza hacia atrás.

Un gato grande. No, no era un gato, era casi como una pantera, completamente negra, hermosa y majestuosa, terriblemente peligrosa había saltado desde la espesura hacia mi, por sobre las bestias que me iban a engullir. Miré aterrada a la pantera de proporciones épicas y mi mirar se encontró con sus brillantes ojos verdes. No había mal en ellos.

La pantera saltó hacia las bestias, desgarrando, cortando con sus poderosas y grandes garras toda la carne que alcanzaban sus peligrosas patas... Hasta que no quedó ninguna bestia abominable por asesinar. Fue cuando noté que me ardía el brazo, cerca del hombro y asustada rasgué sin decoro la tela que cubría mi extremidad. El tatuaje de una pantera al acecho estaba allí, rodeado por una aro de piel quemante, como chamuscada. Miré los ojos de la pantera y vi en ellos bondad, sabiduría y años de experiencia en la lucha. Supe que en ella podía confiar.



Abrí los ojos. Aún estaba sentada en el sillón y, en mi regazo, estaba sentada mi querida gata. Sonreí, sintiéndome tonta ante aquel extraño e irreal sueño. La gata me devolvió un maullido.

—¿Nunca dejarás que me suceda algo, cierto? —le pregunté con una sonrisa, ella solo me aulló en respuesta, antes de volverse a dormir.

lunes, 25 de julio de 2011

Relatos Oscuros, Parte IV [Frustración]




Observé con los ojos apagados el panorama que se extendía a mis pies, todo el espinoso camino recorrido hasta allí, que me había dejado en aquel deplorable estado. Me ardían las plantas de los pies y el pecho me pesaba, como si hubieran intercambiado mi corazón muerto con una roca. Los susurros se habían detenido hacia cuestión de metros antes de alcanzar la cima y lo único que había conseguido al llegar allí era frustrarme.

Suspiré, dejándome caer en aquella cima rocosa que había alcanzado. No podía sentir los latidos frenéticos de Esperanza, tampoco las plegarias de Dolor, plegarias que me habían acompañado todo el camino hasta allí. Miré mis manos, las uñas negras en forma de garras, las venas cada vez más hinchadas en mis brazos, dándole un tono mortecino de color a mi piel. La sed me raspaba la garganta, que se contraía ante la saliva seca que se abría paso por el esófago que se quemaba y la nariz ardía ante el beligerante aroma del azufre que provenía desde todos y ningún lugar. Sonreí sarcástica y los colmillos, aquellos caninos, me alertaron de que algo en mi boca iba mal. Chillé despavorida, llevándome las garras a los labios para palpar los dientes que ya se sentían afilados. Sentí el sabor metálico de la sangre sobre la lengua.

Alejé mis manos de los labios. Temblaban y no precisamente de frio. Tenía que hacer algo rápido. Me levanté de la roca y continué caminando, esta vez colina abajo por el espinoso camino serpenteante que aún me quedaba a la espera, largo e interminable, fatal.

-¿Porqué no vuelves? –inquirió una voz malograda, distorsionada en el amplio espacio sofocante-. ¿Por qué no simplemente te rindes? Yo lo hice y estoy mejor así... Levantarse para volver a intentarlo es…

-Frustrante –concluí por la voz, sin dejar de andar.

-Si sabes que no puedes cambiar nada –continuó ella, como si no hubiese dicho nada-. ¿Para qué seguir intentando?

-No soy como tú –recriminé, malhumorada. Lo que menos necesitaba en ese preciso momento era que justamente ella apareciera.

-Eso se nota a la legua –dijo en tono burlón-. ¿Qué sacaste liberando a Dolor y a Esperanza? ¿Qué ganaste con ello? No te dieron nada, ni las gracias…

-No necesito eso –dije no muy convencida de mis palabras. Cierto era que me hubiera gustado por lo menos una palabra de aliento-. Como sea, lárgate, me…

-¿Frustras? –terminó ella con su voz despechada, más como pregunta que como afirmación-. Dilo, voltéate a decirme algo que no sepa. Por eso nadie se acerca, porque los agobio, porque se cansan de mi desesperanza.

Voltee rápidamente con la ira plasmada en mis facciones y vi entonces quién me perseguía desde hacía unos minutos, o quizás horas. Su cabello marrón era corto, cortado irregularmente con las propias pequeñas garras que salían desde sus manos, con sus ojos marrones apagados y sin brillo, sin sonrisa, sin nada. Vacía. Alcé una mano para tocarla y sentir que era real, pero la imagen de mi propia mano como garra que se cernía hacia su cuello me espantó y la alejé rápidamente, escondiéndola tras mi cuerpo y dando un titubeante, temeroso paso atrás. Ella me miró con sus desolados ojos marrones y una lágrima de frustración rodando por su mejilla pálida y polvorienta.

-¿Cuál es tu nombre? –inquirí sin dejar de mirarla.

-Puedes llamarme como gustes –me dijo en un suspiro frustrado-. Me cansé de tratar de hacer que me llamen por mi nombre. Ya olvidé cómo me llamo.

-¿Y cómo te dicen? –rectifiqué mi pregunta, tratando de no desesperarme.

-Desilusión, desengaño, desesperanza, decepción… -enumeró ella con sus pequeñas garras y con una mirada ausente sobre ellas- Pero me llaman más Frustración que otra cosa.

Frustración.

Se veía tan… Frustrada. Tal vez por eso mismo, porque la habían privado tanto tiempo de sus objetivos que hasta había olvidado el nombre que le dieron para izar como bandera en sus luchas por salir a destacar en el mundo que la rodeaba. Ya no sentí pena de ella, más bien curiosidad, una curiosidad inmensa e infinita. La comprendía, claro, pero siempre de un modo diferente, al igual que a las otras.

-Tal vez si dejas de rendirte recuerdes tu nombre –susurré meditabunda, volteando para comenzar a caminar.

Frustración no se movió ni un centímetro de su lugar, lo sabía pies las espinas se quebraban a mi paso, delatando que íbamos por el sendero mortal. Voltee la cabeza para mirarla y ella, con sus apagados ojos marrones negó, sin sonrisa, sin esperanza, sin fe. Sin nada tal y como yo había estado una vez. Volví en mis pasos y me agaché frente a ella, mostrándole mi espalda y sonriendo de medio lado, fuerte, segura, pero con una pisca de petulancia en el brillo de mis ojos, eso seguro.

-Las espinas se enterrarán más a tus pies si me cargas –dijo Frustración, quedándose a resguardo del sendero sin espinas, rodeaba de sangre seca-. ¿Por qué no te quedas de este lado, muy quieta?

-Porque me cansé de rendirme –le dije, mirando hacia el suelo cubierto de espinas-. Nadie nos dice que el camino va a ser fácil, nadie nos asegura que dolerá menos que la recompensa del final pero… Pero llega un momento en que, de la misma manera en que te cansaste de luchar, te cansas de tu propia infundada y autoalimentada frustración.

Supe que me miraba con sus apagados y confundidos ojos marrones, dubitativa sobre la decisión que tomar. Estaba tan cómoda y segura entre las espinas, en ese caminito que se había creado de tantas veces que había pasado por el, conocido y reconfortante, más con un suspiro resignado, aún sopesando la verdad ilógica de mis palabras, ella trepó con cuidado en mi espalda, pasando sus ligeros brazos de porcelana fría y resquebrajada, seca y polvorienta, por mi cuello. Sus piernas se enroscaron en mi cintura en una presa fuerte, aferrándose a mi cuerpo como si fuese un bote salvavidas. Pasé mis manos hacia mi espalda para sujetarla por las piernas mientras comenzaba a andar lentamente, sin prisas. Frustración apoyó su cabeza sobre mi hombro, con sus labios secos y fríos posados contra mi cuello, con su aliento amargo chocando contra mi piel tibia.

-¿Estás segura de esto? –inquirió ella, temblando de pies a cabeza.

-Más que nunca –dije, muy pagada de mi misma, sonriendo y comenzando a tararear una nana.

jueves, 21 de julio de 2011

Relatos Oscuros, Parte III [Esperanza]




Y allí estaba yo, observando aquellas dos figuras que se batirían a duelo para conformarse en su propio consuelo y regocijarse en su propia victoria. Dolor se abría paso por el cristal oscuro, aferrando con sus garras los bordes del cristal que rompía, que saltaba en grandes trozos en todas direcciones, lastimando a las sombras que acechaban desde mi propia sombra. Sus manos se enterraban en los cristales, arañándose el cuerpo mientras salía de su lugar seguro, del lugar donde podía lastimarme solo con palabras, pues el dolor físico ya era parte de mí. Solo yo podía lastimar mi cuerpo, y lo sabía.

Esperanza la esperaba, con sus hermosos y largos brazos colgando a los costados, mirando a Dolor lastimarse como una niña pequeña que no entiende la situación, con una sonrisa tensa en sus labios perfectos, una sonrisa que no alcanzaba a llegar a sus ojos verdes. A cada movimiento de Dolor, Esperanza vacilaba entre continuar plantada en su lugar, inmóvil, o ir a ayudar a su contraparte, que se lastimaba en su salida profiriendo alaridos de frustración.

-Vuelve adentro, Dolor –imploré en un susurro, dando un paso hacia ella.

Hizo caso omiso de mis palabras y suspiré cuando su cuerpo ensangrentado estuvo fuera de una vez. Si bien Esperanza parecía una niña pequeña de expresión inocente aún en su elegante cuerpo desarrollado, Dolor era una verdadera niña. Era más baja que yo misma, encorvada sobre sí misma, con sus cuencas carmesís brillando en amenaza, con las garras sujetándose con fuerza a los brazos, enterrándose en la carne, salpicando gotas de sangre a cada paso que daba, a cada movimiento de su tembloroso y pequeño cuerpo, con su rostro sombrío distante de haber conocido otra cosa que no fuera esa oscuridad. Sentí lástima de ella.

-No vayas con ella –gimió en una súplica casi inaudible. Di un paso firme hacia ella y escuché a Esperanza gritar mi nombre-. Siempre te deja, siempre que vuelve para llevarte con ella llegas llena de heridas, de dolor externo. Yo soy puerto seguro… Querida asesina…

-Ella se lastima por lo que le metes en su inocente cabecita –suspiró Esperanza, tomando mi mano para llevarme con ella. Me pregunté en qué momento se había acercado tanto a mí.

-¡Tú la dejas lastimarse! –chilló Dolor, amenazante, mostrándole todos sus amarillentos dientes de tiburón a su contraparte- ¡Tú tienes la culpa de que ella termine más mal que bien! ¡Alimentas lo que no existe!

-¡Basta las dos! –ordené con la voz más segura de lo que esperé, sujetando las manos de ambas. La mano de Esperanza era suave y cálida, curaba con su tacto mis heridas sangrantes mientras la mano de Dolor sujetaba helada y pétrea la mía, enterrándome sus garras, haciendo sangre. Ambas me miraron, expectantes- Dolor tiene razón, Esperanza, siempre que me marcho contigo la caída es más dura.

-¡Te lo dije! –gritó victoriosa Dolor, sonriendo sádicamente.

-Pero Esperanza también tiene razón, Dolor –continué sin mirarlas-. Tú metes cosas, ideas en mi cabeza, haciéndome creer que todo siempre irá mal –guardé silencio durante una fracción de segundo, soltando las manos de ambas-. Mátense si quieren, yo me marcho.

-¿A dónde irás? –consultó Esperanza, abrazando por sobre el hombro a Dolor, que se removió entre sus cálidos brazos que cerraban las heridas de su cuerpo al contacto de sus pieles.

-No lo sé –suspiré, acercándome al gran agujero que había creado Dolor en su salida del cristal, acariciando el vidrio cortado con cuidado de no lastimarme-. Iré por este camino y luego ya veré.

-Ven conmigo a la cajita de música –imploró Esperanza, con su voz musical, sin soltar el agarre que tenía sobre su contraparte-. No permitiré que hagas más cosas tontas, lo prometo, solo… Solo no vayas allá.

-Ambas le temen tanto a lo desconocido –suspiré con una sonrisa melancólica-. Al igual que yo.

-¿Es eso que veo en tus ojos una luz de esperanza? –agregó casi feliz, pero dubitativa, Esperanza.

-No –negué, también meneando la cabeza-. La semilla de la esperanza la plantas tú, cuando te miro a los ojos y sanas mis heridas. Dolor hace lo propio con su semilla oscura.

Miré a Dolor, que había recuperado gracias al toque de Esperanza parte de lo que alguna vez había sido. Sus cabellos oscuros, solo unos tonos más oscuros que los de su contraparte brillaban de limpios, las heridas cerradas siquiera habían dejado cicatrices, sus garras habían desaparecido al igual que sus dientes de tiburón. Lo único que permanecía igual era su mirar, con sus ojos carmesís brillando como una gema preciosa.

-No vayas –suplicó Dolor, aferrándose a la túnica brillante de Esperanza-. Allí es feo, lastiman, sangras, te hacen mal.

-Te lastimaron mucho, querida –susurré conciliadora, acariciando sus largos cabellos que caían sobre su cuerpo sin desarrollar-. No vuelvas allí, pase lo que pase no vuelvas allí y no me sigan –decreté con firmeza-. Esperanza, tampoco vuelvas a la cajita de música.

-¿Porqué? –preguntó confusa, con una nota de alarma en su voz de miel.

-Porque sembrarse uno mismo esperanzas es destructivo –afirmé solemne-. Tomen la mano
de la otra y protéjanse, pero no vuelvan a los lugares de donde salieron.

Di media vuelta y por el cristal oscuro vi a Dolor cerrar la cajita de música suavemente, antes de entregármela con cuidado. Acaricié sus manos suavemente y besé su frente antes de hacerla volver con Esperanza, que la aferró entre sus brazos con fuerza. Suspiré antes de entrar por el agujero que Dolor había creado en el cristal antes de voltear a verlas, viendo como el agujero filoso se cerraba, creando sonidos ensordecedores. Cuando estuvo cerrado sonreí, lanzando con fuerza la cajita al suelo, haciéndola mil pedazos. Vi a Esperanza alzar el vuelo con sus brillantes alas de color verde limón, sujetando a Dolor entre sus brazos como quien carga a un bebé. Las vi desaparecer en la infinidad de la cárcel de cristal.

Voltee, observando con suspicacia el camino oscuro que se manifestaba como epifanía ante mí, esperándome quizás por cuánto tiempo. Me había desligado del dolor y la esperanza, ahora me quedaba un más largo camino por recorrer y medité cuál sería mi próximo objetivo.

-Ven a mí, si te crees tan valiente –siseó una voz gutural, muy pagada de sí misma.

-Caerás, y lo sabes… -susurré comenzando a caminar, enterrándome en la planta de los pies las espinas que se extendían por el camino- No cantes victoria antes de que te encuentre, Odio.

Relatos Oscuros, Parte II [Punto Muerto]




-Esta paz no es eterna –me dije sujetando la pequeña cajita musical que reposaba sobre mi regazo, abierta, con su hermosa melodía rompiendo el silencio de aquella cárcel de cristal oscuro-. En algún momento terminará, ¿no es así, sombra mía?

-Por vez primera no me gritas, querida asesina –me contestó con sus dientes de tiburón sonriéndome, al tiempo que volvía mi cabeza al muro de cristal oscuro de mi izquierda para mirarla-. Y tal vez, te digo. Tal vez no dure para siempre como deseas, pero ten en cuenta el lado positivo, no estás sola, siempre estaré aquí para cuidarte del dolor externo.

-Aunque eso me desgarre por dentro –gemí acariciando a la bailarina de porcelana que sujetaban mis helados dedos. Por un segundo me perdí en esas cuencas carmesís que tenía mi reflejo por ojos y esta vez no me infundieron tanto temor-. Creo que comienzo a acostumbrarme a tu presencia.

-Eso no está bien –gruñó mi reflejo, sentado a lo indio junto a mí, al otro lado del cristal-. Mi deber es infundirte miedo, traer de vuelta a esta prisión aquella desesperación que quieres dejar atrás, para eso estoy aquí y lo sabes.

-Tienes razón –suspiré-. ¿Pero, sabes? Cuando el dolor viene de adentro llegas a un punto muerto en el que ya no te duele tanto. Aprendes a vivir con el de manera tal que solo tienes una escapatoria para volver a sufrir…

-¿Cuál escapatoria? –inquirió enseñándome sádicamente sus dientes de tiburón.

-Salir, dejar que alguien o algo me lastime fuera y luego simplemente volver a entrar –mascullé. La idea no me apetecía, pero así solamente podría vivir de nuevo.

-Buena lógica… -aceptó con su voz gutural como gruñido ensordecedor- Dime más sobre tu dolor –pidió saber casi con acritud-. A veces no entiendo a qué te refieres con tu sentido del dolor. ¿A qué te refieres con “punto muerto”?

-Significa que no siento nada –dije en un susurró suave, sin dejar de mirar la bailarina, escuchando la melodía sin interés, ya que lentamente estaba comenzando a volverse monótona-. ¿Recuerdas cuando entré aquí por primera vez? –pregunté mirando de soslayo al reflejo, asintió con una sonrisa que exhibía todos sus afilados dientes de tiburón.

-Cómo olvidarlo –asintió mi reflejo, casi extasiada con el recuerdo de aquellos días-. Tus gritos eran música, tan altos que salían desgarrando tu garganta.

-Eso era porque el daño apenas estaba hecho –expliqué arrojando lejos a la bailarina de porcelana, que se rompió en millones de fragmentos pequeños cuando chocó contra el cristal oscuro-. La herida de mi pecho estaba tan abierta que hasta en mis mejores momentos de lucidez me sentía… Muerta.

Guardé silencio, viendo como los fragmentos de porcelana brillaban en la oscura luminosidad que nos daban los espejos. Las sombras bailaban a mí alrededor, acechantes, alertas, esperando a que mi dolor naciera, aflorando desde mi pecho como huracán que todo lo destroza. Mi reflejo observaba también a la bailarina, de seguro preguntándose a qué se debía mi arranque de rabia. Jamás lo sabría, jamás se lo diría, nunca comprenderían nada que no estuviera más allá del dolor, pues esta pequeña prisión mía solo servía para eso, para evocar los recuerdos dolorosos que me hacían saber que estaba viva, que aún podía sentir algo, lo que fuera.

Dejé la cajita musical a un lado, abierta, con su música resonando en aquella estancia tan familiar, tan conocida, tan siniestramente acogedora. De pronto las sombras chillaron, sus voces resonando como el desgarro del metal que se hace jirones en una colisión, como esos gritos que solo los seres de abismo pueden sacar desde sus gargantas destrozadas de tanto gemir. Voltee a ver a mi reflejo, que corría de un lado a otro por el cristal oscuro, gritando, enterrando sus manos en forma de garras en su cabeza, haciendo puntos de sangre que se clavaban en su cráneo, con sus dientes de tiburón y sus chillidos de sirena maldita resonando en el espacio, con su cuerpo huesudo, feo, grisáceo como enfermo estremeciéndose, bailando con frenesí de miedo. Miré hacia arriba. Los espejos eran oscuros e interminables, mi vista no alcanzaba a divisar el final de aquella caída a la que siempre me sometía, aquella caída que rompía cada hueso de mi cuerpo, aquella caída que me veían practicar casi como las fases de la luna, hasta desaparecer en el vacío que yo misma había creado. Por fin había encontrado el punto muerto de mi prisión, aquel punto en el que no sentía nada pero lo sentía todo al mismo tiempo, aquel punto donde los millones de sueños no soñados se hacían bello polvo estelar oscuro, como magia infinita, como alucinación beligerante.

-Toma mi mano –ordenó una voz plateada, mientras un aroma que no era ni cítrico ni dulce, ni amargo ni almizcleño llenaba el ambiente.

-¡No! –chilló mi reflejo, golpeando con sus garras el cristal oscuro que la apresaba- ¡Es mía! ¡No te la llevarás!

-Tenemos un acuerdo, Dolor –la nombró, yo temblé ante el nombre de ella.

-¡Yo no firmé nada! –volvió a gritar Dolor, sin dejar de exhibir sus dientes de tiburón. El cristal oscuro que golpeaba parecía comenzar a ceder, pues esquirlas de espejo saltaban en todas direcciones.

-Cállense los dos –ordené mirando la cajita musical-. Dolor, deja de golpearte, te estás lastimando demasiado y eso debe doler.

-¡No me duele! –chilló y yo sonreí, pues al parecer y sin querer, los papeles se habían invertido en un segundo.

-Hazle caso, Dolor –secundó mi orden esa voz suave, aterciopelada, como la voz de un coro de ángeles cantando una nana.

Había encontrado mi punto muerto, aquel punto en el que el dolor y la esperanza, con apariencias cambiadas, podían estar juntas en la misma habitación. Mire a Esperanza, que salía lentamente de la cajita de música que yo había dejado en el suelo. Era un ente hermoso, casi como un verdadero ángel caído del cielo. Sus cabellos largos, de limpio color marrón brillaban aún en esa pulcra oscuridad. Sus ojos brillaban en infinitas tonalidades de verdes. Su sonrisa era amplia, limpia, casi como su risa en forma de cascada dulce y pura. Sus manos eran de largos dedos suaves a la vista, tan suaves, tan hermosos, y se estiraban en mi dirección, invitándome a dejar mi puerto seguro.

-A mi lado estarás segura –afirmó Esperanza, casi con amor en su voz.

-No te creo –refuté segura de mis palabras, no iba a salir de la seguridad recientemente encontrada-. Cuando la esperanza se marcha el dolor es más grande y lo sabes…